Expansión del idioma

 

 

 

Las ilusiones perdidas son hojas, desprendidas del árbol del corazón.
José de Esponcedra

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Son tus labios un rubí partido por gala en dos,
arrancado para ti de la corona de un dios.
José de Esponcedra

 

Esta lengua también se llama castellano...por ser el nombre de la comunidad lingüística que habló esta modalidad románica en tiempos medievales: Castilla. Existe alguna polémica en torno a la denominación del idioma; el término español es relativamente reciente y no es admitido por los muchos hablantes bilingües del Estado Español, pues entienden que español incluye los términos valenciano, gallego, catalán y vasco, idiomas a su vez de consideración oficial dentro del territorio de sus comunidades autónomas respectivas; son esos hablantes bilingües quienes proponen volver a la denominación más antigua que tuvo la lengua, castellano entendido como ‘lengua de Castilla’.

En los países hispanoamericanos se ha conservado esta denominación y no plantean dificultad especial a la hora de entender como sinónimos los términos castellano y español. En los primeros documentos tras la fundación de la Real Academia Española, sus miembros emplearon por acuerdo la denominación de lengua española.

Quien mejor ha estudiado esta espinosa cuestión ha sido Amado Alonso en un libro titulado Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual de tres nombres (1943). Volver a llamar a este idioma castellano representa una vuelta a los orígenes y quién sabe si no sería dar satisfacción a los autores iberoamericanos que tanto esfuerzo y estudio le dedicaron, como Andrés Bello, J. Cuervo o la argentina Mabel Manacorda de Rossetti.

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Renunciar al término español plantearía la dificultad de reconocer el carácter oficial de una lengua que tan abierta ha sido para acoger en su seno influencias y tolerancias que han contribuido a su condición. Por otro lado, tanto derecho tienen los españoles a nombrar castellano a su lengua como los argentinos, venezolanos, mexicanos, o panameños de calificarla como argentina, venezolana, mexicana o panameña, por citar algunos ejemplos. Lo cual podría signifcar el primer paso para la fragmentación de un idioma, que por número de hablantes ocupa el tercer lugar entre las lenguas del mundo. En España se hablan además el catalán y el gallego, idiomas de tronco románico, y el vasco, de origen desconocido.

Como dice Menéndez Pidal "la base del idioma es el latín vulgar, propagado en España desde fines del siglo III a.C., que se impuso a las lenguas ibéricas" y al vasco, caso de no ser una de ellas. 

De este substrato ibérico procede una serie de elementos léxicos autónomos conservados hasta nuestros días y que en algunos casos el latín asimiló, como: cervesia > cerveza, braca > braga, camisia > camisa, lancea > lanza. 

Otros autores atribuyen a la entonación ibérica la peculiar manera de entonar y emitir el latín tardío en el norte peninsular, que sería el origen de una serie de cambios en las fronteras silábicas y en la evolución peculiar del sistema consonántico.

Otro elemento conformador del léxico en el español es el griego, puesto que en las costas mediterráneas hubo una importante colonización griega desde el siglo VII a.C.; como, por otro lado, esta lengua también influyó en el latín, voces helénicas han entrado en el español en diferentes momentos históricos. Por ejemplo, los términos huérfano, escuela, cuerda, gobernar, colpar y golpar (verbos antiguos origen del moderno golpear), púrpura (que en castellano antiguo fue pórpola y polba) proceden de épocas muy antiguas, así como los topónimos Denia, Calpe.

A partir del renacimiento siempre que se ha necesitado producir términos nuevos en español se ha empleado el inventario de las raíces griegas para crear palabras, como, por ejemplo, telemática, de reciente creación, o helicóptero.

Entre los siglos III y VI entraron los germanismos y su grueso lo hizo a través del latín por su contacto con los pueblos bárbaros muy romanizados entre los siglos III y V. Forman parte de este cuerpo léxico guerra, heraldo, robar, ganar, guiar, guisa (compárese con la raíz germánica de wais y way), guarecer y burgo, que significaba 'castillo' y después pasó a ser sinónimo de 'ciudad', tan presente en los topónimos europeos como en las tierras de Castilla, lo que explica Edimburgo, Estrasburgo y Rotemburgo junto a Burgos, Burguillo, Burguete, o burgués y burguesía, términos que entraron en la lengua tardíamente. 

Hay además numerosos patronímicos y sus apellidos correspondientes de origen germánico: Ramiro, Ramírez, Rosendo, Gonzalo, Bermudo, Elvira, Alfonso. Poseían una declinación especial para los nombres de varón en -a, -anis, o -an, de donde surgen Favila, Froilán, Fernán, e incluso sacristán.

Junto a estos elementos lingüísticos también hay que tener en cuenta al vasco, idioma cuyo origen se desconoce, aunque hay varias teorías al respecto. Algunos de sus hábitos articulatorios y ciertas particularidades gramaticales ejercieron poderosa influencia en la conformación del castellano por dos motivos: el condado de Castilla se fundó en un territorio de influencia vasca, entre Cantabria y el norte de León; junto a eso, las tierras que los castellanos iban ganando a los árabes se repoblaban con vascos, que, lógicamente, llevaron sus hábitos lingüísticos y, además, ocuparon puestos preeminentes en la corte castellana hasta el siglo XIV. Del substrato vasco proceden dos fenómenos fonéticos que serán característicos del castellano. 

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La introducción del sufijo -rro, presente en los vocablos carro, cerro, cazurro, guijarro, pizarra, llevaba consigo un fonema extravagante y ajeno al latín y a todas las lenguas románicas, que es, sin embargo, uno de los rasgos definidores del sistema fonético español; se trata del fonema ápico-alveolar vibrante múltiple de la (r).

La otra herencia del vasco consiste en que ante la imposibilidad de pronunciar una f en posición inicial, las palabras latinas que empezaban por ese fonema lo sustituyeron en épocas tempranas por una aspiración, representada por una h en la escritura, que con el tiempo se perdió: así del latín farina > harina en castellano, pero farina en catalán, italiano y provenzal, fariña en gallego, farinha en portugués, farine en francés y faina en rumano; en vasco es irin.

La lengua árabe fue decisiva en la configuración de las lenguas de España, y el español es una de ellas, pues en la península se asienta durante ocho siglos la dominación de este pueblo. Durante tan larga estancia hubo muchos momentos de convivencia y entendimiento. Los cristianos comprendieron muy pronto que los conquistadores no sólo eran superiores desde el punto de vista militar, sino también en cultura y refinamiento. 

De su organización social y política se aceptaron la función y la denominación de atalayas, alcaldes, robdas o rondas, alguaciles, almonedas, almacenes. Aprendieron a contar y medir con ceros, quilates, quintales, fanegas y arrobas; aprendieron de sus alfayates (hoy sastres), alfareros, albañiles que construían zaguanes, alcantarillas o azoteas y cultivaron albaricoques, acelgas o algarrobas que cuidaban y regaban por medio de acequias, aljibes, albuferas, norias y azadones. 

Influyeron en la pronunciación de la s- inicial latina en j- como en jabón del latín 'saponem'. Añadieron el sufijo -í en la formación de los adjetivos y nombres como jabalí, marroquí, magrebí, alfonsí o carmesí. Se arabizaron numerosos topónimos como por ejemplo Zaragoza de "Caesara(u)gusta", o Baza de "Basti". No podría entenderse correctamente la evolución de la lengua y la cultura de la península sin conceder al árabe y su influencia el lugar que le corresponde.

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POLÉMICA EN TORNO A ESPAÑOL O CASTELLANO

La polémica en torno a los términos "español" y "castellano" consiste en decidir si, dado el uso histórico de los dos términos, resulta más adecuado llamar a la lengua hablada en la mayor parte de América Latina y la península ibérica "español", o bien, "castellano".

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INTRODUCCIÓN

Aunque la introducción del idioma en los países conquistados fue previa a la existencia de España como Estado moderno, el Diccionario de Lengua Española de la Real Academia Española de la Lengua, da castellano y español como sinónimos. La denominación español fue predominando en la península ibérica a partir de la unificación de los reinos de España durante el reinado de Carlos I de España en el siglo XVI.

La denominación castellano es más frecuente en Sudamérica y península ibérica, mientras que en Centroamérica, México y Colombia es más frecuente el término español, si bien cuesta discernir si la respuesta es condicionada por la pregunta, pues la denominación de castellano es más frecuente en contextos de oficialidad, y el término español es más frecuente en la denominación espontánea.

En España a menudo se usa el término español al referirse a la lengua en contraposición a lenguas extranjeras, y castellano con relación a otras lenguas que también son españolas. Este es el uso que recomienda Manuel Seco en su Diccionario de dudas y dificultades del castellano. La Constitución Española de 1978, en su artículo tercero, utiliza la denominación castellano para la lengua, diferenciándola de las otras lenguas españolas:

El castellano es la lengua española oficial del Estado. (...) Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas...

Se arguye que el resto de lenguas habladas en España, como el euskera, el catalán o el gallego, también son españolas[1], y que los casos del alemán en Alemania y del francés en Francia surgen de una centralización lingüística con orígenes completamente diferentes a los del castellano en España.
 

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Por el contrario, hay quienes argumentan que el término español hace referencia a la lengua oficial del Estado español, mientras que un idioma como el gallego hace referencia a la lengua propia de Galicia. El hecho de que provincias como La Coruña sean gallegas y españolas a la vez, son la base de la llamada cooficialidad de los idiomas español y gallego.

Otros autores afirman que aunque el castellano medieval se vio influido en su evolución por otras lenguas peninsulares, los cambios no fueron significativos. En base a esto se propone como denominación correcta el término castellano, pues es el idioma que surgió en Castilla y después se extendió por todo el territorio español por la supremacía política del Reino de Castilla sobre los demás reinos peninsulares. Estos autores suelen poner como ejemplo que en el Reino Unido y otros países angloparlantes el idioma se denomina inglés (y no británico), pues es originario de Inglaterra, aunque éste caso no es enteramente extrapolable a nuestra lengua pues el término castellano no encuentra eco en otras lenguas como sí lo halla el inglés (y ente caso el término español).

Después que España perdiera sus últimas colonias americanas, algunos intelectuales americanos siguieron empleando el término "América Española", en las primeras décadas del siglo XX. Aunque esto causó rechazo en algunos sectores sociales, todos los países de habla castellana denominan oficialmente española a su lengua , como lo evidencian sus afiliaciones a la Asociación de Academias de la Lengua Española.

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ALGUNAS RAZONES DE LA CONTROVERSIA

La controversia trasciende el debate méramente académico o de adecuación terminológica, ya que con cierta frecuencia el debate se ha mezclado con intencionalidades políticas de dos tipos:

Dentro de España, ciertos sectores nacionalistas y/o regionalistas han preferido el término castellano por entender que todas las lenguas de España son autóctonas de un cierto territorio que es subparte del territorio español. Sin embargo, en los últimos tiempos puede percibirse también una tendencia a utilizar el término español por parte de estos sectores, para reforzar la idea de que los territorios como Cataluña o Euskadi no forman parte de España. En contraposición, el españolismo, defiende mayoritariamente el término español para señalar la preeminencia o naturalidad de describir a la lengua como forma predominante de comunicación en España.

En tiempos de la dictadura de Primo de Rivera se produce un apropiamiento del término español al mismo tiempo que se fijan cánones de corrección basados en el uso castellano (y concretamente burgalés) para evitar la centrifugación patente en las hablas periféricas (bable, andaluz, panocho...). Más tarde durante la dictadura de Franco se reforzará la identificación del español con la indisolubilidad de la patria.

En América latina, se ha llegado a considerar que el uso del término español era una forma de subordinación cultural a España.

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PREFERENCIAS DE USO

Las academias de la lengua

Las Academias de la Lengua de los países en los que el término castellano es usado corrientemente (como Chile, o Argentina) han adoptado la denominación de idioma español. Para estas academias, que fijan el vocabulario oficial de su país, el término es de origen filológico y no tiene connotaciones políticas. Por ejemplo, según la Academia Argentina de Letras:

En el uso general las denominaciones «castellano» y «español» son equivalentes. No obstante, es preferible, en razón de una más adecuada precisión terminológica, reservar el tradicional nombre de «castellano» para referirse al dialecto de Castilla anterior a la unificación, y llamar «español» -como internacionalmente se hace- a la lengua que desde entonces lleva en sí, junto al viejo tronco, los múltiples aportes que otros pueblos de España y de América han dado al «castellano»

Por su parte la Asociación de Academias de la Lengua Española mediante su publicación, el Diccionario panhispánico de dudasha dicho:

Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos castellano y español. La polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más apropiada está hoy superada.

 

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LAS LENGUAS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

Aunque el latín no era una lengua autóctona de la península ibérica, el hecho de que en ella se hablara la lengua de los iberos, celtíberos, cántabros o lusitanos no tuvo la misma importancia que la llegada del latín en la Hispania, a partir del año 218 a.C., el cual, una vez impuesto, fue usado con propiedad por los hispanos. Sin embargo, luego del debilitamiento, fragmentación y finalmente caída del imperio de occidente, la lengua latina siguió su propio camino, en el cual confluyeron las formas tradicionales de expresión y los nuevos hábitos lingüísticos desarrollados por estos hablantes.

Justamente, es en este periodo, que va desde el siglo IX hasta el XII, cuando surgieron en la península unos romances, que darían paso a lenguas románicas —gallego-portugués, leonés, castellano, navarro-aragonés, catalán y mozárabe—, unas nuevas formas de hablar el latín, sólo que independientes ya de su lengua madre, convertidas cada una en un sistema propio, siendo el castellano —de todas ellas— la lengua destinada a ser una de las más habladas en todo el mundo y de ser, además, la lengua de transición entre la edad media y la edad moderna.

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ORÍGENES DEL ESPAÑOL

El castellano, dialecto románico surgido en Castilla y origen de la lengua española, nació en una franja montañosa, mal y tardíamente romanizada, inculta y con fuertes raíces prerromanas (Burgos, Iria Flavia, Oviedo, Amaya, Pamplona), en la cual surgieron los condados y reinos medievales españoles, y en torno a esos nuevos centros fueron desarrollándose las variedades dialectales. El castellano, dialecto de los montañeses y vascos encargados, en el siglo IX, de defender de los árabes (en la península desde el año 711) la frontera oriental del reino asturleonés, toma su nombre de castilla —del latín castella, plural de castellum— que en periodo visigótico significó ‘pequeño campamento militar’ (diminutivo de castrum) y luego ‘tierra de castillos’. Con respecto a los vascos, se sostiene que éstos, con su propia lengua , influyó profundamente en esta nueva lengua románica.

La modalidad idiomática navarro-aragonesa, utilizada en el lugar en donde confluían tres reinos, Castilla, Navarra y Aragón, dio origen, en el siglo XI, a los primeros documentos peninsulares en una lengua romance: las glosas emilianenses (puedes consultar un interesante artículo sobre ellas en la Página de Ricardo Soca)y las glosas silenses . En el año 1042, por otra parte, se escribieron las jarchas, primeros textos en castellano, pero con caracteres árabes o hebreos.

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CONSOLIDACIÓN DEL CASTELLANO

El primer texto literario escrito íntegramente en castellano fue el anónimo Cantar de mío Cid, cuya versión original data del siglo XII (1140 aproximadamente), aunque la que hoy se conoce es la de 1307, copiada por Per Abatt. También del siglo XIII es la Grande e General Estoria de España de Alfonso X, rey de Castilla entre 1252 y 1284. Estos primeros textos escritos en castellano no se ajustaban a una única norma ortográfica, ya que ésta no existía. Sin embargo, a partir de Alfonso el Sabio que publicó sus obras en castellano en vez de latín es posible detectar una cierta uniformidad y ésta es, probablemente, la escritura más fonética de la historia del idioma, además de haber adquirido, gracias a este monarca, el prestigio de lengua nacional. De hecho, se consideran que en la historia lingüística del castellano se pueden distinguir dos etapas: la primera, denominada "romance", en la que se escriben las primeras muestras de la nueva lengua, donde las variedades se van homogeneizando en torno al habla de Burgos, primer centro de nivelación del idioma, y la segunda, denominada "castellana", que comienza a partir de la obra del mencionado Alfonso X el Sabio. Más tarde, en el siglo XIV, aparece el Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita.

Por su parte, en el ámbito histórico, Castilla se consolidó como la monarquía más poderosa del centro peninsular, lo cual le permitió, en el siglo XIII —gracias al dominio que ejerció sobre los reinos vecinos convertirse en el único reino ibérico capaz de lograr la recuperación de los territorios bajo dominio musulmán, lo cual es, prácticamente, sinónimo de la expansión del castellano. Es entonces cuando este dialecto, eminentemente innovador e integrador, se hizo lengua de cultura, pues Castilla convertida ya en una gran nación necesitó de una forma lingüística común.

Además, fue la lengua a través de la cual se tradujeron grandes obras históricas, jurídicas, literarias y científicas, gracias a lo cual en toda Europa se conoció la cultura de Oriente, proceso en el cual tuvo importancia radical Alfonso X y su corte de intelectuales agrupados en la Escuela de traductores de Toledo, integrada, entre otros, por judíos conocedores del hebreo y el árabe.

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EL CASTELLANO COMO LENGUA UNIFICADORA

Con la unión monárquica de Castilla y Aragón se concluyó el proceso de la reconquista, con el cual se había iniciado la lucha contra los musulmanes y que concluyó con la recuperación del reino de Granada, además de, con la expulsión de los judíos en 1492, los cuales hablaban una variedad del castellano: el judeoespañol o sefardí.

Según los especialistas, el castellano actuó como una cuña que, clavada al norte, rompió con la antigua unidad de ciertos caracteres comunes románicos antes extendidos por la península, penetró hasta Andalucía, dividió alguna originaria uniformidad dialectal, rompió los primitivos caracteres lingüísticos desde el Duero a Gibraltar, borrando los dialectos mozárabes, y ensanchó cada vez más su acción de norte a sur para implantar la modalidad especial lingüística nacida en el rincón cántabro. A la vez, el castellano se enriqueció gracias a los regionalismos peninsulares; por ejemplo, del gallego y del portugués (bosta, corpiño, chubasco), del leonés (rengo ‘cojo’), del andaluz (barrial ‘barrizal’, pollera ‘falda de mujer’), etcétera. Así, el castellano unificó rápidamente a gran parte de la península: desplazó las hablas leonesas y aragonesas; se convirtió en la lengua romance propia de Navarra, en lengua única de Castilla, de Andalucía y del reconquistado reino de Granada. Tuvo tal fuerza que no sólo se consolidó como lengua de unidad, sino también se vio definitivamente consagrada con la aparición de la primera gramática de una lengua romance: la Gramática de la lengua castellana de Elio Antonio de Nebrija, publicada en 1492 y, veinticinco años después, en 1517, con la obra del mismo autor, las Reglas de ortografía castellana, que compendia el texto anterior en su parte ortográfica.

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EL ESPAÑOL LLEGA A AMÉRICA

En 1492, cuando Cristóbal Colón llegó a América, el castellano se encontraba consolidado en la península, pero durante los siglos XV y XVI se produjo una verdadera revolución consonántica que afectó especialmente a las llamadas sibilantes, las cuales se redujeron, y ésa fue la variedad que llegó al Nuevo Mundo, generalmente conocida como español de América. En este continente se enriqueció con el aporte de las lenguas aborígenes de Hispanoamérica.

A partir del siglo XVI se impuso el término de español al convertirse en lengua nacional. De hecho, en 1536, es el emperador Carlos I, en presencia del Papa, quien utiliza por primera vez la expresión lengua española, la cual —según el monarca— "era tan noble que merecía ser sabida y entendida de toda la gente cristiana, hecha para hablar con Dios". El término castellano subsistió como nombre del actual dialecto de Castilla.

Desde 1492 a la fecha, el español se ha extendido por los cinco continentes. Además de ser la lengua oficial de España y de diecinueve países de América y el Caribe (México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Cuba, República Dominicana, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Argentina, Chile y Puerto Rico, en este último, junto con el inglés), es, además, idioma nativo —total o parcialmente— en determinadas zonas de Estados Unidos (Nuevo México, Arizona, Texas, California y Florida), país en el cual es la segunda lengua principal, con 23 millones de hablantes. Se estima que en la próxima década, entre 27 y 30 millones de norteamericanos hablarán español, los cuales constituirán el 12% de la población de Estados Unidos. Ya Nueva York y Los Ángeles tienen, respectivamente, más de un millón de hispanohablantes.

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EL ESPAÑOL EN OTROS LUGARES DEL MUNDO

El español también se habla en Filipinas (cerca de un millón y medio de hablantes en 1988), junto con el inglés y el tagalo, y en Trinidad, isla situada cerca de Venezuela. Por otra parte, debido a que la isla de Pascua (cuya lengua nativa es el rapa-nui) es territorio de Chile, también se puede decir que el español se habla en la Polinesia.

Se afirma que el español es asimismo la lengua materna de cientos de miles de judíos sefardíes o sefarditas descendientes de aquellos expulsados de España en 1492, quienes viven especialmente en Turquía, los Balcanes, el Asia Menor, norte de África; pero también en Holanda, Grecia, Bulgaria, Yugoslavia, Egipto, Líbano y Siria; además, existen grandes comunidades en Francia, Estados Unidos e Israel.

En África, se habla español en Marruecos, y es lengua oficial y de instrucción en la Guinea Ecuatorial, donde la hablan más de 300.000 habitantes, mientras que en Oceanía cada día crece el porcentaje de hispanohablantes, pues en Australia reside un gran número de inmigrantes de origen hispano. Finalmente, se estudia en colegios y/o universidades en casi todas partes y es lengua oficial de las Naciones Unidas, la Unión Europea y otros organismos internacionales.

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En consecuencia, la lengua española tiene presencia en todos los continentes, lo que la convierte en la tercera lengua más hablada en el mundo y en una de las más extendidas geográficamente. De las aproximadamente 5.000 lenguas que existen en todo el orbe, el español ocupa un lugar de privilegio con cerca de 400 millones de hablantes.

Reto de futuro de acuerdo con la Real Academia Española

Según el análisis del director de la Real Academia Española, Victor García de la Concha, "La globalización tiende a reducir el número de lenguas internacionales de comunicación. Y, para sobrevivir, hay que ser una lengua de uso de gran número de personas, tener un idioma unitario, estar muy presente en las tecnologías y ser una lengua importante en la diplomacia y los foros internacionales. De momento cumplimos las dos primeras condiciones, pero hay que fortalecer la segunda y considerar las otras dos como reto del futuro".

El nuevo gobierno español ya ha señalado que el Instituto Cervantes y la proyección exterior de la cultura española serán dos de sus grandes prioridades. El primer gran reto, según los expertos, es tratar de consolidar la buena salud del idioma.

La labor del Instituto Cervantes, aunque necesaria, no es suficiente. Según José Antonio Millán, lingüista y creador del Centro Virtual Cervantes (CVC), con 40 centros no es posible llegar físicamente a todos los lugares donde hay gente que quiere aprender español. En 2004 el Instituto Cervantes ha tenido un presupuesto de 60 millones de euros, un 124 % más que en 1996, y desde entonces ha inaugurado 13 centros físicos nuevos (hay cuatro más listos para su apertura) y ocho Aulas Cervantes de documentación y apoyo a hispanistas, de las que abrirá tres más en universidades extranjeras. Si en el curso 95-96 había matriculadas en los centros del IC 26.878 personas, en el curso 2002 la cifra ascendió a 81.689. Durante estos años se formó a 400.000 alumnos y a 40.000 profesores.

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En el cuadro comparativo del Instituto Cervantes con las otras instituciones europeas para la difusión de la cultura y la lengua podemos apreciar que España sigue muy por debajo de los grandes países europeos. Tanto Inglaterra (British Council), como Alemania (Instituto Goethe), sobrepasan con creces el presupuesto y el número de centros del IC.

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Recopilado de:

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