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GLOSAS EMILIANENSES - EL INICIO DE TODO - IDIOMA ESPAÑOL

Las herencias que ha recibido España a lo largo de los siglos es incontable. Herencia cultural, idiomática, psicológica, social, económica. Aquí lo que dice el diccionario de la RAE sobre la herencia: Rasgos o circunstancias de índole cultural, social, económica, etc., que influyen en un momento histórico procedentes de otros momentos anteriores. En esta recopilación de datos se pueden ver también: Lenguas Romances - Plácidos Casineses - Glosas Emilianenses - Dialectos - La Historia - Vagido de la lengua - Dialecto Riojano - Mil años de ...

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ASOMBROSA HERENCIA

Es realmente asombrosa la herencia, la caudalosa herencia que de esas mínimas palabras se ha desprendido. Con razón pueden ponerse hoy en esa lápida que, desde hace unos instantes, brilla en las paredes de esta casa. Lo que a mediados del siglo X se nos presenta como un penoso balbuceo es hoy la lengua de más de doscientos millones de hombres y tiene a sus espaldas el haber creado, única entre las lenguas modernas, mitos de universal valía: La Celestina, Don Juan, Don Quijote no supieron nunca, en la anchura generosa de su personal vuelo, nada de su humilde antepasado, aquí, en la raya del vasco, en una situación conflictiva entre la huella de las legiones y la administración romanas y una cultura de signo popular, rural, vitalista, apegada al terruño. De una conjunción tan dispar ha salido Como resultado el ademán español ante el mundo. De ese ademán recordamos hoy, aquí, su primera manifestación escrita, tímida, acobardada, recelosa casi, agazapada entre el prestigio religioso de las palabras latinas, las palabras ungidas por la cultura superior, por el mito, por la relación con lo inasible.

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LENGUAS ROMANCES

Toda persona que se acerca al campo de las ciencias filológicas tropieza más de una vez con estas pequeñas advertencias, vocablos sueltos, alguna frasecilla breve que un monje probablemente vasco, por lo menos, bilingüe, escribió en el cenobio de San Millán a mediados del siglo X. La lingüística románica, ciencia ,que avanzó a una rapidez de vértigo en el siglo XIX y la primera mitad del XX (tan aprisa que está hoy moribunda, exangüe) , tuvo que encararse con este testimonio. y se destacaron de mil maneras, con esa afición pedantesca del hombre de ciencia a ordenar todo según su personal capricho, los rasgos de las voces contenidas en el rancio documento. Y, como era de esperar, se comparaban con sus parientes no españoles. Sobre todo con los testimonios franceses e italianos, ya que otras lenguas eran poco conocidas (el caso del portugués, del rético) , o había aparecido muy tardíamente sobre el papel (el caso del rumano) .Se destacaba siempre ,que el primer texto escrito en francés, los Juramentos de Strasburgo, del año 842, era un texto político, y 'que el primer texto escrito en italiano (Plácitos Casineses) , de hacia 960, era un texto jurídico. y se proclamaba que el nuestro, el español, basándose especialmente en la traducción final de un sermón agustiniano, era una oración.

Nada más fácil que deducir de ahí casi la prefiguración total dela historia subsiguiente en cada una de las lenguas. El francés, la lengua de la política, de las cancillerías, la lengua de los salones, hábil con especial empeño para dirimir cuestiones de límites, de peleas dinásticas, de política, en una palabra. El italiano salía de esas confrontaciones hecho la lengua del derecho, la de los sesudos estudiosos de Bolonia. (El otro texto primitivo, más primitivo aún, puesto que es de fines del VIII o principios del IX, L´indovinello Veronese es una adivinanza, con lo que nos llevaba al camino de la astucia y la artería renacentista, y salían los Borgias al retortero, claro está, pero olvidándose de que los Borgias tenían su mucho de valencianos). Y el español, en esta ruta, era la lengua del rezo, de la conversación con Dios. Realmente, era difícil hallar una solución más oportuna para explicar, ya en los años del siglo X, los místicos del XVI, la frase del Emperador en la archifamosa reunión italiana, incluso la evangelización de América o los Ejercicios de San Ignacio; pero. ..

Todo esto es verdad. Es, además de verdad, extraordinariamente subyugador. Yo veo prefigurada en esas palabras iniciales la verdadera historia íntima de los pueblos. la historia que en estos momentos parece estar en descrédito, ahora que los historiadores se lanzan de preferencia por las interpretaciones económicas de la conducta humana, e incluso de la literatura. (Hay ilustre profesor que piensa que los judíos fueron expulsados de España a fines del siglo XV por razones económicas : ahí tenemos un ejemplo de la falta de seriedad a que nos pueden llevar nuestras opiniones partidistas).Todo eso, digo, es verdad, pero la historia no puede ser solamente una cosa, una sola cosa, de entre las muchas que el hombre hace. Al hablar de hombres no podemos reducirlos a simplistas esquemas, sino que conviene replantearse la situación de cada cosa, de cada sucedido, para ver cuál es el que más se repite y extraer de ello consecuencias estructurales, formales, que nos sirvan para algo más y las Glosas como sujeto histórico también nos dan ejemplar enseñanza.

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JURAMENTOS DE STRASBURGO

Es verdad que los textos francés e italiano son así, son lenguas que yo me atrevería a llamar de estadios superiores de la vida (y entra, naturalmente, la realidad económica que los historiadores actuales buscan} .La gente que jura en Strasburgo los límites delas tierras del Rin son ,gentes de salón, nobles, palatinos, gentes con el riñón bien cubierto, y está fuera de toda duda que pertenecen a la casta directora, son los que pueden repartir sobre el mapa sus heredades, sin contar para nada con los repartidos. Ahí está la realidad de una historia secular, el eterno litigio, ese ir y venir de un lado a otro las tierras de Alsacia y de Lorena. Y las gentes que lo hablan y escriben son siempre aristócratas en el bueno y único sentido de la palabra, aunque pueda coincidir con el más usual. Una transformación fonética del francés, incluso casual, puede hacerse 'general si ha sonado bien en los oídos cortesanos o si ha sido pronunciada por los labios de una amante del rey. La lengua se impone de arriba abajo, cortesanamente, ayudada por los gramáticos. En toda la larga historia, larga y brillante, de la lengua francesa, tan sólo un hecho evolutivo es obra del pueblo, de la comunidad, y 'para eso ,hay que llegar a la Revolución, a los años de la Restauración borbónica en el siglo XIX. Lengua, pues, superior, dirigida desde arriba por los socialmente mejores, y aceptada por los de abajo, por el predicamento intocable, mítico, que los de arriba ejercen.

PLÁCITOS CASINESES

Algo parecido, incluso más extremista, ocurre en el italiano. Los plácitos de Montecasino revelan el imperio de la ley, de la mejor herencia romana: el derecho, así, en abstracto. Se tiene un sentido reverencial de la legislación, lo que no excluye el uso de trampas. El hecho de las testificaciones de Capua lo demuestra. Pero esas personas son también de la tradición culta, son de salón, Jueces, magistrados; incluso las palabras populares que suelta el labriego en el juicio están teñidas de leguleyismo, son acomodadas del ritual consagrado y acatado. Los jueces marcan una diferenciación entre su 'habla, saturada de latines, y la del labriego ignaro. La lengua literaria misma, por encima de las infinitas variedades dialectales, es un invento superior, el resultado de una laboriosa contienda entre el hombre, creador y artista, y la lengua común. Esa lengua se la han sacado de la manga, un buen día de la Florencia del XIV, tres hombres egregios: Dante, Petrarca, y Boccaccio. y esa lengua sigue pesando sobre todo nacido en la península italiana, una lengua exquisita, pulidísima, que sirve de fácil espejismo de coterraneidad, pero que, en realidad de verdad, no lo es. Tan fuerte es o ha sido su fuerza sugeridora, que acabó con las posibilidades literarias de otros dialectos, con el veneciano, por ejemplo, o con el romano, vivo aún en el XVI, extinguido a pesar del enorme relumbrón de la corte pontificia. El halo cortesano del francés es aquí deslumbramiento de la personalidad creadora, pero el primero es muy parecido.

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LAS GLOSAS. MÍSTICA Y PICARESCA

Vengamos ahora a nuestras Glosas y a nuestra habla castellana. Nos encontramos con una lengua hecha totalmente al revés que sus hermanas, el francés y el italiano. Es una lengua que no sabe de salones, que está hecha de abajo arriba. Se va imponiendo en su historia como la obra de todos, colectivamente, en quehacer común, el del pueblo, y al decir pueblo no quiero decir plebe, que es otra cosa, digo pueblo, la organización sociocultural en la que todos entramos, donde habita por igual el prelado, el noble de sangre, el artesano, el villano, el sometido, el delincuente, el santo... Una lengua que alcanza sus cimas expresivas sin otra ortopedia que el «escribo, como hablo», que defendía Juan de Valdés, o el «buen gusto» de la reina católica. Una lengua como la vida misma, en tumultuoso devenir, dejando a cada paso su huella imborrable.

Este anónimo glosador es un monje que probablemente no tiene el castellano como lengua materna. Desliza voces de claro aire aragonés, con las oclusivas sordas sin sonorizar; no está muy seguro todavía en lo que a las vocales finales se refiere. Su peso latinizante le hace respetar siempre la «f» inicial latina, pero es muy probable que le llamara, y mucho, la atención el que muchos hablantes no la pronunciaran, y quizá eso fuese ya para él un testimonio de vulgarismo intolerable; tiene las formas arcaicas del artículo y diptonga algunas formas del verbo ser, (que ya aparece invadido por sedere) , como solían hacer los mozárabes en muchos sitios. ...Ha dejado escapar entre sus Glosas algunas en vasco, y en un vasco algo dificilillo, que participa de caracteres de varias variantes de esta lengua. En fin, se tiene la impresión de estar oyendo a un mozárabe que se empeña en adiestrarse en un latín olvidado.

Es un poco maestrillo, por otra parte, que necesita, por alguna razón, allanarse dificultades en el texto fuente. Este monje emilianense, que no pudo nunca calcular qué flaco servicio nos hacía al tener que estar desentrañándole, me produce la impresión de un estudiante actual, que va a los exámenes con alguna minúscula, inocente trampa, donde van escritas las contestaciones a las temidas preguntas, la resolución a las fórmulas de los horripilantes problemas. ¿Que no sabemos traducir Et ecce repente? Pues escribo entre líneas lueco; ese luego que significa «inmediatamente», como lo significó hasta la lengua del XVlIl y como todavía se puede perseguir en América. ¿Que suscitavi es rarillo ? Pues escribo al lado levantai y ya está resuelto. ¿Que pecuniam es confuso? Nada más fácil que poner al lado ganato.

En fin, si mirando las Glosas desde el punto de vista del contenido y el contexto hemos llegado a explicarnos los místicos, mirándolas desde el hecho mismo de hacerlas, nos encarrilamos hacia la picaresca. Qué le vamos a hacer. y esto sí Que es español, de veras español; un sentido integral de la existencia, una mezcla extraña y absurda de dignidad y satanismo, de bondad generosa y de roñosería inequívoca.

Y digamos, para concluir, que lo que el monje anónimo está haciendo no es otra cosa que escribir lo que habla. Palabra romance, familiar, o vasca aún más familiar 'Y limitada, igual que andando el tiempo, Santa Teresa recurrirá a tachar cualquier voz que le parezca seria o erudita para sustituirla por otra del mercado o de la conversación, incluso 'por un regionalismo agresivo. Así va penetrando en nuestros mejores hitos esa voz de la calle, la del que canta en la esquina, la que resuelve, rapidez y buena intención, los problemas del desvivirse cotidiano. Esos son las Glosas, nada más, nada menos.

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PALABRAS QUE CONGREGAN

Sin embargo, no debemos hacer generalizaciones peligrosas. Se han podido perder muchos documentos que alterarán esta visión con que la filología románica nos ha venido atrayendo a sus filas. Han podido ocurrir tantas y tantas cosas ...N o olvidemos que estamos en 950, que aquí en esta tierra, no hay ni siquiera españoles, que la palabra español es un provenzalismo, que los que aquí habitan son gentes en una constante lucha religiosa, enajenada, enloquecida. Para un europeo, la que hay en la Península Ibérica, en la vieja Hispania, son gentes de tres tipos...cristianos, moros y judíos.

Esas tres palabras no añaden al hombre una connotación terruñera o geográfica, sino que aluden a una peculiar manera de resolverse los problemas de esta vida y de la otra. Y aquí sí que las Glosas, con su papel de aclaración de unos textos piadosos, cumplen con un papel muy del tiempo. Los españoles hemos sido, de entre todos los pueblos modernos, los únicos que hemos confundido, a veces muy peligrosamente, las fronteras de la vida política con las fronteras de la creencia. De ahí también que este monje anónimo de San Millán, que hoy recordamos, tenga todavía la fuerza necesaria para congregarnos, para ,hacernos ir una vez y otra a rebuscar en las palabrejas sueltas que intercaló sobre un texto ya entonces venerable. Lo que no pudo prever cuando escribía cuidadosamente seguro, muy despacito, y paseando la lengua de extremo a extremo de los labios, para que saliera bien su grafía, lo que no pudo prever, repito, fue esta formidable descendencia que, en voz, en letra, en aliento, ha vivido el español, en aquella lengua de su pequeña trampa de latinista mediocre: una literatura incomparable, que participa, no podía ser menos, de lo que tienen otras, es decir, de la que acarrea consigo el hecho de ser hombre.

La Real Academia Española, que, ha tenido el acuerdo de designarme para representarla aquí, no podía estar ausente en este acto, en el que se recuerda el primer balbuceo, a mil años vista, de la lengua cuya custodia le está encomendada. Alonso Zamora Vicente - Secretario Perpetuo de la Real Academia Española

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ESTUDIO PRELIMINAR DE LAS GLOSAS

Las glosas emilianenses son las anotaciones en latín, romance y vasco, interlineadas o marginales, escritas en el siglo XI en el códice latino Aemilianensis 60 (Biblioteca de la Real Academia de la Historia), con la intención predominante de resolver dificultades de comprensión sintáctica, morfológica y léxica de ese texto latino.

2. La lingüística nos obliga a puntualizar que una lengua no nace en un momento exacto y en un lugar determinado. Una lengua hablada experimenta modificaciones que se difunden y admiten por los hablantes con lentitud (E. Coseriu, 1988; E. Alarcos, 1982; F. Lázaro, 1980); por ello, un planteamiento riguroso a la hora de abordar lo concerniente al nacimiento de nuestra lengua sería el que se encuentra en las palabras justas y expresivas de Dámaso Alonso (1972, p. 11): «el latín llega a ser el español a lo largo de una evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y decir: " Aquí está el español recién nacido." Así contestó la ciencia. Pero en el espectro hay un instante en el que ya estamos seguros de ver el color amarillo, y no verde. Se trata, pues, de saber cuál es el primer testimonio conservado que caiga ya del lado del español, y no del latín».

Y en este sentido, con la cautela y relativismo convenientes, no cabe duda de que con las Glosas Emilianenses nos encontramos ante «la más antigua aparición escrita (por ahora) de algo que no es latín y parece castellano», ante "el primer ejemplo histórico de nuestra lengua» (E. Alarcos, 1982, pp. 10 y 17).

3.1. La importancia filológica del Aemilianensis 60 radica en la presencia en él de las antedichas anotaciones o glosas.

Es extraño que los más solventes archiveros del Monasterio de San Millán, PP. Mecolaeta y Romero, del siglo XVIII y Minguella, Prior del convento, en el XIX, no fijaran su atención en la existencia de tan valiosas aclaraciones; sólo repararon en la rareza y antigüedad del manuscrito. Tampoco apreciaron el valor excepcional para la Historia de nuestra lengua de las glosas de este códice los distinguidos codicólogos y paleógrafos de finales del siglo pasado Eguren, Ewald, Pérez Pastor o Ferotin.

Quien primero percibió tal trascendencia fue D. Manuel Gómez Moreno (1911), que transcribió todas las glosas y las envió a Menéndez Pidal; a la vista fundamentalmente de la doxología que constituye la glosa más extensa, concluyó que el romance castellano existía en San Millán como lengua literaria. Dos años más tarde este autor (1913, p. 99) publicó por primera vez esa glosa:

«Cono aiutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena honore, e qual duenno tienet ela mandatione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos sieculos de losieculos. Faca nos Deus omnipotes tal serbitio fere ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen».

Posteriormente, don Ramón Menéndez Pidal (1976) publicó las glosas romances y estudió el códice y sus contenidos en la obra, en todos los sentidos magistral, Orígenes del español. Las glosas emilianenses constituyeron para el maestro de la filología española una fuente capital en el análisis de la etapa inicial de nuestro idioma.

Ya en las últimas décadas los mejores análisis e interpretaciones del Aemilianensis 60 los debemos a D. Manuel C. Díaz y Díaz. En 1976 ofreció la descripción del manuscrito y presentó una bibliografía actualizada sobre el códice en su estudio Manuscritos visigóticos de San Millán de la Cogolla. En Las primeras glosas hispánicas (1978) llevó a cabo una minuciosa descripción codicológica, que todavía precisó más en Libros y librerías en la Rioja altomedieval (1979).

3.2. En cuanto al contenido del códice, considera este autor (1979, pp. 238-240) que el manuscrito 60, originario de zona navarra o pirenaica (en el sentido medieval de los términos), está constituido por la unión de dos piezas independientes en su origen; «el sector A contiene una versión de las Sentencias de Padres que tradujo al latín Pascasio de Dumio, incompleta en su texto. Concluye en el folio 28 recto actual, quedando en blanco el verso del folio.

El sector E, que [...] comenzaba con el fol. 50, presenta en el folio 50, y por consiguiente con la distribución usual en un códice, las Orationes in diem sanctorum Cosme el Damiani.. que se inician con el Vespertinum, el cual lleva la Completuria y la Benedictio; siguen luego nueve oraciones, tres para cada uno de los grupos de cantos y oraciones que constituían las denominadas "missae" [...].

Todo este conjunto de oraciones concluye en el folio 59 donde se ha quedado medio folio en blanco. Desde el fol. 55 se lee una serie de homilías, introducidas [...] por el epígrafe Incipit liber sententiarum [...]. En el fol.67 Incipiunt sermones cotidiani beati Agustini, que son coincidentes en parte con textos también transmitidos en las llamadas Homilías toledanas, las cuales se caracterizan, cuando no son más que piezas tomadas de grandes sermonarios, como los de Agustín, León Magno, Máximo de Turín y singularmente Cesáreo de Arlés, por la libertad con que han sido tratadas [...].

El primer y grave problema que nos afecta es el de los añadidos del códice. En efecto, el primero de ellos consiste en la Passio beatissimorum martirum cosme el damiani, copiada por letra similar a la del sector A [ ...] .En el fol. 42 se inicia la Missa in diem sanclorum cosme el damiani, que concluye en el fol. 48. Al final de este texto aparece la firma del copista, que se repite en fol. 28 [...]. T odavía ha tenido el manuscrito una vida mucho más agitada. Una mano algo posterior, muy burda y desaliñada, incorporó aprovechando los blancos restantes un Officium de litanias, que se inicia en el folio 28 vuelto, corre por el folio 29 recto y sigue ocupando los folios 48 vuelto, 49 íntegro y 50 recto».

3.3. Santos García Larragueta (1984), autor de una completa publicación codicológica sobre las Glosas Emilianenses, ofrece la descripción de las características materiales del Amelianensis 60 (pp. 35-43). Se trata de un códice de 97 folios, en pergamino de escasa calidad, que una mano moderna numeró Con numeración arábiga del 1 al 96, omitiendo el folio situado entre el 25 y el 26. Las hojas Son de forma rectangular, desgastadas en los bordes, con una media de tamaño de 188,5 por 137 mm, dispuestas en bifolios, agrupados por lo general en cuaterniones.

La tinta predominante es la de color marrón oscuro, y son los colores verde, rojo y marrón los preferidos para la iluminación.

El trazado de las letras de las glosas es ligero de peso, de ástiles finos, hecho con pluma fina; su tamaño es menor que el de las letras del texto, como consecuencia del espacio en que han de plasmarse.

3.4. Este códice, en el que en los siglos XIII o XIV se siguieron escribiendo palabras interlineadas o en los márgenes (M.C. Díaz y Díaz, 1979, p. 241), salió de San Millán a Burgos por decisión del Jefe Político de esa ciudad castellana, como describe J.B. Olarte (1977), a principios de marzo de 1821, junto con otros setenta y dos valiosísimos ejemplares (códices góticos, códices galicanos e impresos incunables) y posiblemente permaneció allí hasta 1872; hoy día se encuentra en la Real Academia Española de la Historia.

4.1. De la mayor importancia es plantear si nos hallamos ante uno o varios autores de las glosas.

Considera Díaz y Díaz (1978, pp. 27-29) que el manuscrito hubo de ser utilizado en dos momentos diferentes, ya en el siglo XI: en el primero, como material escolar para el análisis gramatical; en el segundo (tiempo después), dos autores habrían introducido en el manuscrito las glosas ( este extremo no parece ofrecer duda a J. Fortacín -1980, pp. 85-6 - que habla de la existencia de «un grupo de comentaristas» ).

Ello daría explicación coherente a la causa que hizo aparecer las glosas, al propósito de quien o quienes introdujeron sus anotaciones en el Aemilianensis 60.

Las interpretaciones al respecto se dividen entre la que es opinión predominante, la de los investigadores que no dudan de que el glosador era un estudiante de latín, y la de aquellos que consideran que su actividad de anotación tenía que ver con necesidades pastorales.

Abona la primera consideración el hecho de que el autor utilizara un manuscrito materialmente pobre, sin iluminar y falto de adornos; asimismo, el que proliferen en el códice letras superpuestas que indican el hiperbatón de la frase latina, el oficio de sujeto, complementos, etc., que hacen algunas voces; el que abunden llamadas comunes a las glosas y palabras problemáticas, así como la presencia constante de aclaraciones poco ortodoxas y otras jergas seudopedagógicas.

El tema de que tratan los textos glosados encamina, sin embargo, hacia la concepción de un monje predicador que glosa para aclarar un texto del que ha de servirse en su tarea pastoral. Los textos en los que aparece mayor número de glosas son, en efecto, una meditación sobre las señales que precederán al Juicio Final (glosas 11-29) y, sobre todo, los sermones de San Cesáreo de Arlés, destinados al adoctrinamiento de las gentes; en cuatro de esos sermones aparecen ciento dieciséis glosas (de la 30 a la 145) J.B. Olarte, 1977, pp. 18-9).

Bien es cierto, sin embargo, que de admitirse la idea de la existencia de un solo glosador, esta conjetura de que las glosas nacen para solventar necesidades de predicación se compadecería mal con la evidencia de que quien anotó el Aemilianense 60 desconocía el significado y estructura de voces comunes en la predicación como deuotos, adulterium o iniuste.

Ahora bien, no es menos cierto y no deja de ser notable (como percibe M.C. Díaz y Díaz, 1978, p. 31) que ambas actividades, la escolar y la catequética, prácticamente se superpongan. A este respecto, es revelador comprobar que en la glosa más extensa y elaborada (la doxología, que es el traslado al romance de la deprecación con que concluye la homilía de san Cesáreo) el glosador revele la pervivencia de los hábitos de análisis de textos latinos que pueden observarse a lo largo de las anotaciones del códice. Así lo ejemplifica Díaz y Díaz (1978, p. 31) (entre paréntesis en el texto latino las explicaciones sintácticas que facilitaban habitualmente la comprensión):

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adiubante domino nostro

cono aiutorio de nuestro
                            [dueno

ihesu xristo

dueno xpo dueno
                            [ salbatore

cui ( domino) est honor

 qual dueno ge ella
                            [honore

cui ( domino est)
                                [imperium

 e qual duenno tienet ela
                            [ mandatione

cum patre et spiritu
                                [sancto

cono patre cono spu sco

 in secula seculorum.
                                [
Amén

enos sieculos de lo
                            [
sieculos
                     
Faca nos ds ompts tal
                            [serbitio fere ke denante ela sua face
                            [gaudioso segamus  Amén

4.2. Si el propósito y número de los glosadores es cuestión, como vemos, que plantea problemas de interpretación, no parece haber duda, por el contrario, sobre la condición idiomática del glosador ( o de uno de los glosadores). Las glosas del Aemilianensis 60 revelan la presencia de un glosador bilingüe, vascorrománico. Tal condición es más que comprensible si se piensa que en aquella época -y aún después- se hablaba vasco en buena parte de la Rioja occidental (algo que se confirma por la pervivencia de topónimos de origen euskara en esa zona: Ezcaray, Ollauri, Zalduendo...), e incluso al sur de la provincia de Logroño (lo que vendría a explicar la nutrida presencia de voces vascas en la documentación notarial riojana) J.J.. Merino Urrutia, 1978; E. Alarcos, 1982; M. Alvar, 1976).

De cualquier forma, no ha de ser solo de la presencia de las dos glosas escritas en vascuence (31: izioqui dugu; 42: guec aiutuezdugu) de donde se pueda inferir, según ha venido haciéndose, que el glosador era hablante de romance y vasco; como bien hace notar Fernando González Ollé (1978, pp. 113-4), un hablante puede utilizar palabras o frases de una lengua que no es la suya, máxime si se encuentra en una zona fronteriza con la otra lengua. Ahora bien, la hipótesis del glosador hablante vascorrománico se refuerza cuando a la existencia de esas dos glosas pueden añadirse otros dos rasgos más de raigambre lingüística vasca. Es el primero «la conservación regular, casi total de las consonantes sordas intervocálicas», resultado que «coincide con el que presentan los préstamos léxicos de latín al vascuence»; y el segundo, «un proceso de sonorización de consonante sorda tras sonante, n t >nd, cambio que caracteriza el tratamiento de las palabras latinas y románicas primitivas en casi toda el área del vascuence» (Ibid., pp. 114-115).

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4.3. Cuanto venimos diciendo sobre el autor o autores de las glosas ya habrá puesto de relieve de forma suficiente (frente al tópico de la candorosa ignorancia del monje medieval del que no escapará el mismísimo Berceo) un hecho manifiesto: que nos encontramos ante una actividad erudita; como hace notar Díaz y Díaz (1978, p. 43), «la introducción de tales glosas y, sobre todo, el esfuerzo para transcribir los vocablos de la lengua vulgar suponen y exigen no pocos conocimientos y un notable dominio, con conciencia refleja, de los mecanismos de la escritura tradicional, junto con un hábito admirable de la técnica lexicográfica. No se trata, digámoslo en fin, de simples y tímidos tanteos, sino de la expresión decidida de unas formas que comienzan a ser consideradas algo más que apoyo para que comprendan textos difíciles gentes de mediocre formación».

5. En el códice Aemilianensis 60 figuran, a juicio de Menéndez Pidal (1976), 145 glosas, si bien en cuatro ocasiones, al menos, prescinde este autor de la forma quomodo (en otros momentos computada por él mismo), lo que sumaría un total de 149.

En el Códice Aemilianensis 60 hallamos glosas latinas, romances y vascas.

5.1. Numerosas anotaciones realizadas en el Aemilianensis 60 no están en romance, sino que se limitan a ofrecer un sinónimo o equivalente latino de la palabra o frase difíciles. Valgan, como muestra, los casos de pugna (texto latino: bellum y certamina) 4 y 96; partitiones (texto latino: diuisiones) 16; uerecundia (texto latino: pudor) 17; quomodo (textos latinos: uelut, sicut o quasi) 25, 50, 52 y 83; merita (texto latino: iuducauit [...] meridie) 27; sanos el salbos (texto latino: incolomes) 30; promissiones (texto latino: deuotos) 33; donauit (texto latino: concessit) 34; non quieti (texto latino: Si uero [...] non patiatur) 40;fornicationem (texto latino: adulterium) 46; de tota fortitudine (texto latino: totius uiribus) 57; peccatos (texto latino: criminis) 81; mandatione (texto latino: imperium) 89; albis (texto latino: candidis) 95; sine arma (texto latino: inermis) 97;felicitudine (texto latino: beatitudinem) 123; prenditio (texto latino: acceptio) 125, etc.

Conviene aclarar que muchas de estas glosas latinas, así como las del mismo carácter que se documentan en las Glosas Silenses, coinciden con las que hallamos en el Corpus Glossariorum Latinorum de Goetz (1923), tales como bellum: pugna 4; criminis: peccatos 81, 136; solliciti: ansiosu 39 (en CGL, anxians); inermis: sine arma (igual en las glosas de Reichenau) 97, etc. La mayor parte de estas coincidencias nos llevan a creer que en los monasterios de La Rioja y Castilla circulaba un Glosario Latino-Latino que sirvió a los autores de las Glosas Emilianenses y Silenses. En este sentido, y a juicio de J.B. Olarte (1977), sin salirnos de la documentación emilianense, el Aemilianensis 44 de la Real Academia de la Historia, que presenta traducciones de un latín más culto a otro más asequible, quizá sea el que utilizaron ambos glosadores. Confirman esta suposición las explicaciones bimembres, frecuentes en los dos libros de glosas. He aquí algunos ejemplos: incolomes: sanos et salbos 30; occupare: parare uel aplecare 59; terribilem: paboroso uel temeroso 107, etc.

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Este trabajo mecánico de consulta de un vocabulario latino-latino se revela con claridad en un serio error cometido por el amanuense de San Millán, que percibió Menéndez Pidal (1976, pp. 382-3): «uota era explicado con la voz promissione en ese diccionario que manejaba el glosador de Silos 152, y el glosador de San Millán, leyendo mal deuotos, entendió de uotos y puso al lado promissiones 33, no sacando de su propia cabeza una voz explicadora, sino valiéndose maquinalmente del mismo diccionario para poner una glosa disparatada que nada explica».

Pero todavía hay más: Con frecuencia la misma palabra latina que resulta difícil de entender se aclara del mismo modo en los dos códices de glosas, lo que permite suponer la existencia de un apéndice latino- romance en el Diccionario Latino-Latino o bien la presencia de significantes vulgares, patrimoniales, añadidos a cada uno de los artículos del Glosario mencionado. Se llega a esta creencia de forma indefectible cuando se observa que ciertas voces latinas de los textos de San Millán y de Silos aparecen glosadas por la misma expresión romance, aun cuando esta no sea, no ya indispensable, sino ni siquiera propia, ajustada: así el latín prius se traduce uniformemente por la forma anzes lo mismo en San Millán que en Silos; forsitan se explica por el raro adverbio alquieras, tanto en uno como en otro monasterio; exercere se explica porfacere tanto en las Glosas Emilianenses como en las Silenses, etc.

5.2. De entre las glosas del Aemilianensis 60, dos están escritas en vascuence; se trata, como quedó apuntado, de la glosa 31: izioqui dugu, que traduce la expresión latina inueniri meruimur, y la glosa 42: guec aiutuezdugu, que corresponde al latín del códice precipitemur.

La traducción de estas dos glosas sigue planteando en la actualidad problemas a los vascólogos; la 31 podría significar 'hemos encendido', 'lo hemos [ solicitado] ardientemente', 'lo hemos ahuyentado', pero este significado no coincide con el original latino al que se supone trata de corresponder; algo similar sucede con la 44: 'nosotros no nos arrojamos', 'nosotros no lo hemos adaptado a nuestra conveniencia' (M. Alvar, 1976, pp. 20-21).

Al margen de estas dificultades de compresión, el interés de estas dos glosas para la lingüística vasca es excepcional, pero, como indica Fernando González Ollé (1978, p. 114), no porque sean las primeras palabras euskaras atestiguadas, como en ocasiones se afirma, sino porque son «nada menos que las primeras frases».

5.3. El mayor número de glosas en el Aemilianiensis 60 son traducciones (más o menos felices) de lo que el glosador no entendía en el texto latino, análogas a las notas o aclaraciones marginales o interlineales de los estudiantes de idiomas, aunque no falta alguna como la oración de la glosa 89 que es anotación vertida y no glosada.

Entre todas estas glosas unas son simples lexías o palabras independientes: trastorné 8, amuestra 11, uerterán 22, seingnale 26, correnteros 28, anzes 47, etc., y otras se manifiestan enhebradas en sentido, y, por tanto, interesan incluso al nivel sintáctico; por ejemplo: nos non kaigamus 43, non conuienet a nobis 44, qui dat a los misquinos 48, non se bergudian tramare 75, quemo enospillu no ke non quemo eno uello 115, zerte dicet don Paulo apostolo 137, etc.

Al hilo de la consideración precedente, es conveniente advertir la existencia de distintos procedimientos técnicos a la hora de glosar el texto latino. Como bien observa Rafael Cano (1991), hay varios tipos de glosas. Unas, las más simples, como ya se ha podido percibir, sustituyen una palabra por otra, tanto en latín como en romance: suscitabi: lebantaui, 6; submersi: trastorné 8; otras dan el equivalente de la expresión latina y además lo insertan en su entorno gramatical romance: et multiplicabitur beneficia: elos serbicios 18, qui [...] pauperibus reddet: qui dat a los misquinos 48, non se circumueniat qui talis est: non se cuempetet elo uamne en siui 68. En alguna ocasión un término de la glosa subsume dos del texto latino :Juste et merito: mondamientre 32, salute adtentius: buenamientre 58, ad litigandum: demandare 60, si bien lo más frecuente es que el término latino de base dé origen a una glosa duplicada, en forma yuxtapuesta pertinet: conuienet fere 35, intelligite: intellegentia abete 38, inligat: non separat 55, potius:plus maiius 61, o coordinada: incolomes: sanos et salbos 30, occupare: parare uel aplecare 59, terribilem: paboroso ud temeroso 107. Ahora bien, «las más notables» -afirma acertadamente Cano (Ibid., p. 35)- «quizá sean aquellas que suponen una variación clara respecto de la estructura sin táctica latina del texto base, lo que indica una clara conciencia de las diferencias estructurales entre los respectivos modos lingüísticos (latino y románico»>: Et tertius ueniens: do terzero diabolo uenot 9, asperius: plus aspero mas 105, carens: lebando 108, 120, siquis: qualbis uemne 130.

6. La vertiente lingüística de las glosas emilianenses ha dado lugar a excelentes estudios de R. Menéndez Pidal (1976), E. Alarcos (1982), M. Alvar (1976), etc.

Desde el punto de vista lingüístico se entiende, de manera casi uniforme, que las glosas son el primer testimonio escrito de una lengua romance peninsular, la primera muestra de un sistema lingüístico, perfecto en sí mismo en razón de su utilidad comunicativa, alejado ya de los esquemas latinos (vid. supra Dámaso Alonso, 1972), con independencia lingüística consciente, y que descubre las peculiaridades idiomáticas de una región concreta. O más brevemente, a nuestro juicio, las glosas son la primera manifestación escrita del dialecto riojano; en rigor, del habla altorriojana. Por tanto, estas palabras transcritas por el amanuense de San Millán sólo podrán ser consideradas lengua castellana o española en cuanto que revelan la existencia de unos rasgos lingüísticos que son comunes al dialecto que, con el transcurso de varios siglos, se convertirá en lengua nacional (M. AIvar, 1987). En cualquier caso, conviene precisar con Alarcos, que en ellas son más las singularidades distantes del castellano ulterior y comunes con las de los otros dialectos o romances vecinos (aragonés, leonés, navarro) que los rasgos análogos a los que se estabilizaron en el castellano literario medieval con la normalización elaborada por Alfonso X el Sabio, como por ejemplo, la diptongación ié único heredero de la ĕ breve tónica etimológica.

En lo que sigue vamos a pasar al estudio pormenorizado de estas particularidades lingüísticas, en el intento no de apurar ningún tema concreto, sino de indicar algunos aspectos esenciales para la comprensión lingüística del conjunto.

En este análisis se aportan testimonios dialectales hoy vigentes en su mayoría, en la convicción de que para conocer el estado dialectal de la Edad Media prestan inestimables servicios las hablas actuales: en el arcaísmo del dialecto se pueden rastrear con mayor abundancia los rasgos populares que enmascara la tendencia latinizante medieval.

6.1.1. La ŏ breve tónica diptonga en ué, tanto en sílaba libre como en trabada, aunque lo sea por nasal, según puede apreciarse: lueco 2, amuestra 11, aluenge 15, buenamientre 58, cuempetet 68, nuestro 89, duen(n)o 89, de fueras 102, uello 115 y uemne 130.

Ante la yod de -K'L-, ŏ breve tónica diptonga: uello 115, rasgo que los mozárabes poseen en común con el leonés y el aragonés. Del mismo modo se produce diptongación ante la yod 2.ª procedente del grupo -NG- interior: aluenge 15.

El uso frecuente del heredero de d ŏ m i n u m don, ante antropónimos: don Paulo 137, lo debilita acentualmente: de ahí la no diptongación.

Aparece, asimismo, con diptongación antietimológica quemo 115, forma analógica de todas las que tenían abreve tónica en su origen, frente al puro latinismo quomodo, documentado en cuatro glosas diferentes: 25, 50, 52 y 83.

Más interés tiene la diptongación uá de (h)uamne 68 y 128, frente a la solución general uemne 130, pues la existencia de tales variantes refleja vivamente el estado de vacilación primitiva por que pasó la diptongación de abreve tónica. En el riojano primitivo se documenta algún caso más de pervivencia de uá (incluso de uo: Quova), pero condicionado a hechos de onomástica: Lifuar-, Lifuarrez . (M. Alvar, 1976, p. 41).

Hoy, en el habla viva, el occidente del dialecto leonés presenta, al Iado de la solución más frecuente ué la variante uá: nuaz 'nuez' en el Valle del Ibias; en Navia se ha señalado puarta 'puerta', cuarno, 'cuerno', muarda 'muerda'; en La Cabrera dipuás 'después', etc. Del mismo modo, el resultado uá goza de gran vitalidad en Aragón: buano 'bueno',fuande 'fuente', puande 'puente', etc., recogidos en Aragüés, Jaca, Tena, Biescas?, etc.

6.1.2. En voces comunes, la vocal postónica desaparece por norma general: duen(n)o 89, spillu 115, quemo 115, altra 116 y uemne 130. El mismo comportamiento se atestigua en la documentación riojana medieval (M. Alvar, 1976, pp. 42-3): annada.. cabçaleros, maniplos, etc.), y hoy quedan restos de esta tendencia fonética por las formas sincopadas o contractas en el superlativo absoluto sintético en -ísimo, buenismo, grandismo, etc.

Son voces latinas o cultas: diabolo 9, ficieremus 41, fortitudine 57, Spiritu 89, omnipotes 89, aspero 105,felicitudine 123, merita 27, quomodo 50, 52, 83 (pero quemo 115) y apostolo 137.

No hay tampoco síncopa en el semicultismo sieculos, documentado dos veces en la glosa 89.

Más interesante es hallar una vocal postónica que no responde en modo alguno al timbre de la vocal etimológica, pues ha pasado de la serie posterior (u) a la anterior (e): cuempetet ( < c ŏ m p u t e t) 68. Acaso la e epentética no sea sino mero recurso de vocal perdida, indicativa del esfuerzo articulatorio exigido por la pronunciación de dos consonantes exageradamente distintas en el grupo derivado (R. Menéndez Pidal, 1976, pp. 165-6).

Por lo demás, el estado de gran vacilación que en este período existía entre formas cultas o semicultas con postónica conservada y formas transformacionales que aparecían sin ella, es motivo suficiente que explica la adición indebida de una e antietimológica en gelemo 'yelmo' ( < germ. h e l m u s) 112. La ultracorrección era fenómeno endémico en esta época de vacilaciones. Bien es verdad que la epéntesis en estos grupos quizá sea la misma tendencia enfática que se manifiesta en cualquier época, sin que sea preciso recurrir a la causa histórica apuntada. Hoy día vemos cómo la afectación declamatoria produce el mismo fenómeno de adición de una vocal relajada: heremanos, veredad... (R. Menéndez Pidal, 1976, pp. 197-8).

6.1.3. En posición final absoluta se registra la presencia habitual de -o: castigo 80, coniuro 56, dico 82, lueco 2, lebando 108 y 120, terzero 9, ganato 84, duen(n)o 89, etc. forma muy del adverbio proclítico actual). Hay reducción del diptongo en deritura 90. Estas son, como se sabe, las soluciones generales en Aragón y Navarra; Castilla ofrece ya en la misma época el sonido palatal africado de la [ĉ] . En La Rioja, la presión aragonesa, ha dicho M. Alvar (1976, p. 57), esto es la solución KT > it, «se siente por más tiempo y con mayor amplitud en la zona oriental de nuestra región [...]. Tras las Glosas [...] en la Rioja Alta, ch es la solución única: p a c t a r e >peggare[...], f r a c t a > ' Rueta fregga'». Sin embargo, para Menéndez Pidal (1976, p. 281) «la historia de la región hace presumir que la forma propiamente espontánea allí era la t, mientras que la ĉ era debida a influjo castellano». Y ello al punto de que las glosas silenses muito 368, scuitare 120,fruitu 143, etc., para este mismo autor (Ibid... pp. 281-282), más que recordar un arcaísmo indígena en Castilla obedecerían a la influencia del dialecto navarro-riojano, ejercida por el monasterio de San Millán de la Cogolla.

De la terminación -u sólo hay un testimonio: spillu 115, favorecido seguramente por su posición proclítica, si bien no ha de descartarse la acción latinista ( distinción rigurosa entre -ŭ breve y -ō larga finales; R. Menéndez Pidal, 1976, pp. 170-172) o un posible influjo vasco (esta lengua, como es bien sabido, oscurece normalmente la -u breve final; hoy día espillu es usado en Vizcaya -Ibid.-, p. 467-). La vitalidad de -u final fue especialmente acusada en leonés y todavía es frecuente dicho fenómeno en el habla viva de esa región: pinachu, suelu, tenelu, etc. Este paso -o > -u, del que no faltan testimonios en los escritos primitivos de la Rioja Alta, Tellu, Nuñu, Conventu, riu, Sabucu (M. Alvar, 1976, p. 43), está igualmente muy documentado en riojano actual: el prau, colorau y en general, en los participios -ado> ao> au (llegau,pasau, apretau, etc.) (A. Zamora Vicente, 1967, p. 337).

La forma Spiritu del sintagma nominal Spiritu Sancto 89 es claro latinismo.

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En el plural de los sustantivos -os se encuentra también regularmente o patrimonial: serbicios 21, nafregatos 21, correnteros 28, sieculos 89, etc. Se observa vacilación solamente en los casos en que el plural va unido al verbo ser, pues junto a gaudioso segamus 89, se documenta ansiosu segamus 39. Una vez más parece que la proclisis justifica esta reducción. (R. Menéndez Pidal, 1976, p. 169).

Conviene, por otra parte, indicar el carácter hipotético de la persona Nosotros en las formas verbales: segamus 39 y 89, kaigamus 43, lebartamus 119, etc., ya que todos estos testimonios presentan morfema desinencial en abreviatura. Fue Menéndez Pidal (1976, p. 170) quien resolvió tales compendios basándose en un único caso documentado en las Glosas Silenses, con desinencia -mus: debemus 310. Respecto de esta terminación -us, notamos el escaso uso que tiene ya en nuestra región el imperativo visus 'idos', en otro tiempo muy frecuente, especialmente en la Rioja Baja.

6.1.4. Salvo en las formaciones originariamente analíticas del futuro (ferán 15, nafregarsán 20, uerterán 22, a!ongarsán, 23, etc.), que presentan regularmente apócope de -e final en el infinitivo en presencia de la forma auxiliar tónica de haber, y con excepción de algún caso esporádico de forma apocopada como los pronombres ta! y qual de la glosa 89, resulta habitual la conservación de dicha vocal; tanto en los infinitivos (fere 35, seruire 37, parare 59, demandare 60, etc.) como en sustantivos (salbatore 89, honore 89, seingnale 26,flore 133) o en otras categorías gramaticales (aluenge 15, mondamientre 32, obe 121, etc.).

El predominio de estas formas plenas debe achacarse a la escasa cabida que en la lengua común tenía todavía la apócope, si bien no debe desecharse el influjo del cultismo monacal (R. Menéndez Pidal, 1976, p. 186). No será inútil a este respecto, recordar los hasta ahora muy frecuentes imperativos con -e final conservada, característicos de La Rioja, del tipo: venide, subide, marchaide, etc., o los sustantivos como céspede (en alternancia con césped).

6.2.1. La j- inicial ante e se conserva en geiiat (<j e c t a t) "echa" 45, que, según Manuel Alvar (1976, p. 48), deberá ser juzgado como influencia aragonesa. Otras formas análogas del riojano primitivo son Gelvira 'Elvira', iermana 'hermana', etc.

Conviene recordar que la pérdida de esta consonante, usual hoy en el idioma oficial, se encuentra documentada en esta época solamente en Castilla. Actualmente esta consonante sonora se conserva en mirandés: gelar 'helar', janeiro 'enero', y en aragonés, en sonidos palatales con diversas variantes: šen 'gente', chelar 'helar', chirmán 'hermano', etc.

6.2.2. Los grupos iniciales PL- y FL- se conservan en los dos únicos testimonios que los presentan en su origen: aflarát 29 y aplecare 59. En castellano, ya desde el siglo XI se produjo la reducción a [ ], como se comprueba por las frecuentes ultracorrecciones. El leonés palatalizaba ambos grupos, mientras que el aragonés los conservaba. Hoy lo típico aragonés es el mantenimiento del grupo: plover 'llover', plorar 'llorar', plen 'lleno', flama 'llama', flamarada 'llamarada', etc., si bien al riojano actual no le es ajeno plegar 'allegar', flama 'llama', plantaina 'llantel' (A. Zamora Vicente, 1967, p. 337).

6.2.3. Es general en las Glosas la conservación de las consonantes sordas intervocálicas: lueco 2, moueturas 7, nafregatos 21, tota 57, aplecare 59, ganato 84 y 9 casos más. Sólo está documentado un caso de sonorización: bergudian 'se avergüenzan' 75. El mantenimiento de estos sonidos sordos (atestiguado, asimismo, en la documentación riojana primitiva: laco (A. Ubieto año 800); Ripa acuta (Ibid.-, año 800); Capezon (Ibid.-, año 934, etc.) se opone a la norma castellana y leonesa, pero coincide con la navarra y aragonesa. Según Menéndez Pidal (1976, pp. 250-251), «Es de suponer que en la Rioja y en toda la Navarra lindante con el país vasco, existía una fuerte repulsión popular a la sonorización consonántica, semejante a la del Alto Aragón, aunque no tan tenaz». Ahora bien, dado el latinismo eclesiástico, puede plantearse hasta qué punto la consonante sorda en estos viejos diplomas refleja una lengua latinizante o más bien una pronunciación popular. En cualquier caso, los frecuentes testimonios de ultracorrección atestiguados en la documentación riojana más primitiva «muestran a las claras que se cumplía ya la sonorización» (M. Alvar , 1976, p. 51): Letesma « Ledisama), Secobia « celta s e g o 'fortaleza'), etc.

6.2.4. Los grupos interiores -KT- y -ULT -presentan una solución originaria -it-, -uit-, respectivamente: feito 94 y 106, geitat 45, muitas 54 y muitos 71 (recuérdese la forma muy del adverbio proclítico actual). Hay reducción del diptongo en deritura 90. Estas son, como se sabe, las soluciones generales en Aragón y Navarra; Castilla ofrece ya en la misma época el sonido palatal africado de la [ĉ] . En La Rioja, la presión aragonesa, ha dicho M. Alvar (1976, p. 57), esto es la solución KT > it, «se siente por más tiempo y con mayor amplitud en la zona oriental de nuestra región [...]. Tras las Glosas [...] en la Rioja Alta, ch es la solución única: p a c t a r e > peggare [...], f r a c t a > 'Rueta fregga'». Sin embargo, para Menéndez Pidal (1976, p. 281) «la historia de la región hace presumir que la forma propiamente espontánea allí era la t, mientras que la ĉ era debida a influjo castellano». Y ello al punto de que las glosas silenses muito 368, scuitare 120,fruitu 143, etc., para este mismo autor (Ibid., pp. 281-282), más que recordar un arcaísmo indígena en Castilla obedecerían a la influencia del dialecto navarro-riojano, ejercida por el monasterio de San Millán de la Cogolla.

6.2.5. El mantenimiento del grupo de nasal /m / más oclusiva sonora de igual articulación que la nasal / b / es, a juicio de los dialectólogos, rasgo específico de la Rioja. Así lombana, (A. Ubieto, año 872?), lomba (Ibid., año 912), Cambero (Ibid., año 1076), etc. En este sentido nuestra región se opone a la norma castellana y a la aragonesa que reducen mb a m. El único testimonio de las Glosas, ambas partes 24, nos parece poco expresivo, pues la conservación del grupo en esta voz es corriente por latinismo. Piénsese, por otra parte, en los restos de este comportamiento en el habla viva actual riojana: támbara, lamber (voz extendida por casi todo el castellano popular y vulgar), camba (del arado), la ultracorrección cambión, etc.

6.2.6. La consonante dental oclusiva sorda [t] del grupo -NT- sonoriza en el único testimonio que presenta dichos fonemas etimológicos: alquandas ( < a l i q u a n t a s) 73. Atestiguan frecuentemente esta sonorización, característica del vascuence (vid. supra), los documentos aragoneses, navarros y riojanos. La toponimia actual de La Rioja (A. González Blanco, 1987) muestra testimonios claros del cambio -NT > -nd-: Abando/Abanto, Andona/Antona,. Canderuela/Las Canteruelas, Aliende/Aliente.. etc. (así como sonorización de otras consonantes sordas tras sonantes: Albergue/Alberque, Alberqui; Ardachos/Artacho, Barda/Barta, Burdenco/Burtengo, Cambarera, Cambarés/Camparesa, etc.). Asimismo, todavía hoy perviven en La Rioja casos de sonorización como ablendar, arricongas 'a hombros', aparranguillas 'a horcajadas', angongos 'a hombros', etc.; en la comarca de Sercué y Torla, por otro lado, se presenta con enorme vitalidad la sonorización: planda 'planta', mendir 'mentir', sendir 'sentir', pariende 'pariente', fuande 'fuente', etc.

6.2.7. Las Glosas registran dos interesantes documentaciones de palatalización del grupo secundario -K'L-: spillu 115 y uello 115, resultado constante en leonés, navarro, aragonés y altorriojano, habla esta última donde se conserva de modo intermitente hasta el primer tercio del siglo XII : clavilla, Apellia, annollio 'becerro de un año', etc. (M. Alvar, 1976, p. 54); en tanto el castellano prefirió desde antiguo un sonido que había perdido ya su carácter de palatal [ļ] y que sin duda debemos de interpretar como prepalatal predorsal fricativo [ž] o africado [] .También se documenta la solución [] en las glosas silenses gasaillato 230, taillatu 293, conceillo 283; para Menéndez Pidal (1976, p. 274) «En un códice escrito en Castilla en el siglo X esto pudiera explicarse por arcaísmo que conservase un sonido precursor del castellano prepalatal predorsal [] (africada) [ž] (fricativa), pero mejor se explica por influencia navarra de los monjes de San Millán». Obsérvese que en La Rioja este grupo -K'L- permanece en [] lateral todavía hoy de modo esporádico: agullaero 'agujero', aiguillau y arguillao 'flaco, delgado como una aguja' o tapabulleros 'tapaagujeros, juego de niños'.

6.3.1. Las Glosas usan el artículo elo,. masculino singular, procedente del acusativo ĭ l l u m: non se cuempetet elo uamne en siui 68, elo terzero diabolo uenot 9, elo leged... 12; elos « ĭ l l o s), masculino plural: elos serbicios 18; y ela ( < ĭ l l a), femenino singular: ela mandatione 89, ela sua face 89. En todos estos casos puede apreciarse que el artículo presenta una forma plena, con e- inicial conservada, frente a los casos en que va precedido de preposición: de lo sieculos 89, de la probatione 85, a los misquinos 48, que por esa partícula prepositiva muestran aféresis de e- inicial. La forma ulterior, lo, con aféresis de e- inicial, tan frecuente en los textos riojanos medievales (M. Alvar y E. Pottier, 1983a, p. 113), es todavía hoy corriente en extensas áreas aragonesas (Subordán, Valle del Tena y en Buesa).

Conviene destacar los casos de conglomerado de preposición terminada en -n más artículo, pues aquí además de perderse la -e inicial del artículo, la l- se asimila a la -n de la preposición: cono ajutorio 89, cono Patre 89, cono Spiritu 89, eno spillu 115, eno uello 115, enos sieculos 89, ena honore 89, ena felicitudine 123. Estos casos en que el artículo se funde con la preposición se documentan abundantemente hasta el siglo XIII en la Rioja Alta {especialmente en Gonzalo de Berceo) y no son, por otro lado, desusuales en el leonés actual.

Como puede percibirse, estos ejemplos son ya clara muestra de función propia de artículo romance, esto es, de actualizador puro: elo terzero diabolo 9, cono aiutorio 89, ena honore 89, etc.

6.3.2. La expresión latina tu ipse es aparece glosada por tu eleisco ies 138 'tú mismo eres', sintagma que recoge un caso extraordinariamente raro de forma pronominal de indentidad (sólo se ha documentado otro testimonio similar en las Silenses, glosa 129: per semed ipsum: per sibieleiso). Eleisco procede del latín vulgar, no documentado,'ĭ l l e * ĭ c s u, formación ésta sustituta de la más usual 'ĭ l l e ĭ c s u (R. Menéndez Pidal, 1976, p. 348). El valor fonológico de la grafía isc / š / se documenta, asimismo, en ne deseras te: tu non laisces, glosa 142 .

6.3.3. Presentan notable interés las siguientes formas de pronombres indefinidos :

a) Qualbis.. en el sintagma qualbis uemne 'qualquier hombre' 130, compuesto del relativo q u a I e y el sufijo verbal -v i s (bajo latín por q u a I i s I i b e t). Traduce la expresión latina si quis. Fue bastante usual en este período (si in licore: in qualbis bebetura, glosa silense 333, por ejemplo), pero se olvidó pronto y no llegó a la época literaria. La Rioja, como perteneciente a la gran zona oriental que usó v o l o por q u a e r e r e, conoció otros indefinidos con este verbo: s i v ŏ l i t q u i> sivuelque 'cualquiera', s i v ŏ l i t q u a l e> sivuelqual 'cualquiera', s i v ŏ l i t q u a n d o> sivuelquando 'cualquier día, algún día' (Gonzalo de Berceo).

b) El otro indefinido importante, y que tampoco tuvo continuadores en época literaria, es quiscataqui 'cada uno', 'cada cual', forma que glosa al latín unusquisque, glosa 66. Se usa también como adjetivo, en la glosa 128: quiscataqui huamne 'cada hombre'. Obsérvese que los elementos de este indefinido, quiscataqui, reaparecen, aunque ordenados de otro modo en el moderno y vulgar cada quisque, cada quisqui o caquisque, especialmente usuales en la jerga estudiantil. Recuerda, por otra parte, este indefinido la forma quis cada uno del Poema del Cid y la peculiar y exclusiva de Berceo quisque 'cada uno'.

6.3.4. En el verbo son dignas de consideración las si- guien tes singularidades :

a) El mantenimiento persistente de la -t en la tercera persona del singular: fot 'fue' 1, uenot 9, aflarat 29, conuienet 35, kalet 65, liebat 100 y 19 casos más, contra sólo cuatro ejemplos de apócope de -t: amuestra 11,je 'es' 94 (pero get 89 -o jet 93, 117-), Faca nos 89 y k ale uos 129, testimonios estos dos últimos en que la pérdida de t es muy explicable por la unión del verbo a un pronombre enclítico que empieza por consonante.

En cualquier caso, esta -t final de la persona Él, que como se sabe se perdía ya en el latín vulgar peninsular, parece deberse a una reacción cultista que obró tenazmente para mantener o restaurar dicho sonido. Por otra parte, la grafía -d final, documentada ampliamente en los diplomas riojanos medievales parece denunciar valor fonético (R. Menéndez Pidal, 1976, pp. 352-353).

b) Interesa mencionar la coexistencia de las siguientes desinencias de la primera persona de la conjugación -are en el perfecto: forma latina lebantaui 6, forma vulgar arcaica lebantai 3 y forma neológica y coincidente con la actualmente en vigor trastorné 8. La convivencia de tan distintos morfemas verbales es, una vez más, consecuencia lógica de un momento de gran inestabilidad morfológica.

c) Proliferan los futuros tanto sintéticos, como analíticos o con pronombres átonos interpolados: tarán 'te harán' 14, se ferán 'se harán', 15, nafregarsán 'se hundiran' 20, alongarsán 'se alargarán' 23, aflarát 'hallará' 29, tardarsán 70, no se endrezarán 91, irás 103, etc., formas que se atestiguan en la documentación riojana primitiva: Et por fuero exient ad Cabannas nuevas et ficaran cabannas. Et deinde a iuso et ad sursum por o potieren pasceran et de Cabannas nuevas a iuso pasceran tota die et in nocte a retro. El in Pratiella el in Losiellas fincaran cabannas ad sursum et a iuso por o potieren (A. Ubieto, año 1044 ).

d) Los herederos de la segunda y tercera personas del singular del verbo ser son: tú jes 138 y él get (jet) 89, 93, 117 o je 94. Estas formas diptongadas que, a juicio de M. Alvar (1976, p. 64), no se documentan en la Rioja más que en las glosas, se justifican por su tonicidad. En castellano Tú ě s, él ě s t se tratan como formas átonas. Por otra parte, los presentes Tú yes, Él ye son hoy usuales en leonés y aragonés (M. Alvar y E. Pottier, 1983a, p. 226).

6.4. Las partículas que pueden tener más interés son aluenge 'lejos' 15, procedente del adverbio latino lŏnge (comp. Poema del Cid, aluen 2696); anzes 'antes' 47 (indéntica forma en la glosa silense 183), deriva seguramente de a n t e a, precediendo a palabra con a- inicial, o bien de a n t e, más palabra que empieza por vocal; a cualquiera de los dos étimos habría que añadir la llamada -s adverbial. Piénsese en el italiano anzi, voz que presenta una sucesión fonemática similar. Alquieras 69 (también en la glosa silense 200) es un curioso sustituto romance, procedente del latín a I i d q u a e r a s, que traduce el clásico forsitan 'quizá' (comp. con el pronombre cualquiera o con los adverbios siquier(a) y cuandoquiera); denante 89 'delante' mantiene la nasal etimológica de d e i n a n t e y es muy frecuente en este pe- ríodo (R. Menéndez Pidal, 1976, J? 373). De los adverbios compuestos con el sufijo -mente quedan dos testimonios: mondamientre 32 y buenamientre 58; en la glosa 88, uoluntaria, que traduce el latín libenter, debe de faltar el sufijo -mientre.

Interesa, por fin, señalar la presencia de la preposición ata 'hasta' 110, del sintagma ata quando, que traduce el latín donec 'mientras'. Esta forma, heredera del árabe h á t t a con simplificación consonántica, fue corriente en la época primitiva.

7. En conclusión, la lengua de las Glosas, manifestación notable del romance riojano primitivo y, más exactamente, del habla altorriojana, embrión o ingrediente básico del complejo dialectal que conformará el castellano, revela la confluencia de formas que representan diversos estados de evolución; el texto, como hemos visto, refleja la existencia de una contienda entre posibilidades diferentes: diptongación uá /ué grados distintos de desinencias del perfecto, presencia / ausencia de -e final, etc. Sin embargo, frente a esa impresión de anarquía formal (que viene reforzada, a nuestro juicio, por la potente reacción culta latinizante ejercida por el sistema escrito) hay una transparente tendencia a uniformarse en torno a una norma; una norma elaborada y profundamente enraizada en tierras riojanas y que en muchos aspectos coincidía con la que por los mismos años estaba modelando y caracterizando a los dialectos navarro y aragonés. Por Claudio García Turza y Miguel Ángel Muro - Univdersidad de La Rioja

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PRIMER VAGIDO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - DÁMASO ALONSO

Esta lengua que uso, por la que a cada instante vierto mi pensamiento y mi corazón, ¿cuándo sonó por primera vez en España? Hace mucho que la Lingüística contestó (y, en lo esencial, aún vale esta respuesta): «El español actual es el latín que se habla en España en el siglo XX.» O, de otro modo: que el latín llega a ser el español a lo largo de una evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y decir: «Aquí está el español recién nacido.» Así contestó la Ciencia. Pero en el espectro hay un instante en el que ya estamos seguros de ver color amarillo, y no verde. Se trata, pues, de saber cuál es el primer testimonio conservado que caiga ya del lado del español, y no del latín.

La dificultad estriba en que hasta los aledaños del siglo XIII se escriben en latín más o menos correcto lo mismo los documentos que las historias. Ese muro artificial nos tapa lo que detrás ocurre. Sabemos que un siglo antes la lengua hablada había ya producido nada menos que el Poema del Cid (pero la copia que nos lo conserva es tardía). Desde época muy anterior, los documentos en latín dejan filtrar a veces la realidad de lo que se hablaba: algunas palabras del romance diario se escapan de la pluma que quiere escribir latín. Ni faltan tampoco quienes anoten sobre los documentos latinos la traducción al vulgar de algunas palabras que ya resultaban difíciles de entender. A tales anotaciones llamamos glosas. Estudiando esas glosas y esas faltas, ha podido Menéndez Pidal rastrear la lengua que vivía en España entre los siglos X y XI: genial reconstrucción que nos honra a los españoles, pues no tiene par en la ciencia moderna.

Pero el rastreo es siempre por palabras sueltas o muy cortas frases. Sólo una vez, entre las glosas del monasterio de San Millán de la Cogolla, atribuidas al siglo X, hay un trozo que se puede decir que casi tiene ya estructura literaria. El monje estaba anotando un sermón de San Agustín. En las palabras finales le ha apretado la devoción dentro del pecho. La última frase latina (dos líneas y media) la ha traducido íntegra. Sin duda le ha parecido seca: la ha amplificado (hasta doce líneas cortas), añadiendo lo que le salía del alma. He aquí este venerable trozo (publicado por Gómez Moreno y por Menéndez Pidal), que es, por hoy, el primer texto, no podemos decir que de la lengua castellana, pues hay algún matiz diaIectal, pero sí el primero de lengua española:

Cono ayutorio de nuestro dueño dueño Christo, dueño Salbatore, qual dueño yet ena honore e qual dueño tienet era mandacione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos siéculos de los siéculos. Fácanos Deus omnipotes tal serbicio fere que denante ela sua face gaudiosos seyamus. Amen.

O sea, en castellano de hoy: «Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén».

El primer vagido de la lengua española es, pues, una oración.

¿Qué balbucen por primera vez el francés, el italiano? Es el año 842. Junto a Estrasburgo se reúnen dos nietos de CarIomagno, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, y forman contra otro hermano un tratado de alianza. Luis jura en lengua francesa, para que le entiendan los súbditos de Carlos; y éste en alemana, para ser comprendido por las huestes de Luis. Estos famosos juramentos nos han sido fielmente transmitidos, y en ellos tenemos el primer balbuceo del período francés, un siglo, pues, anterior, al del monasterio de San Millán. Pero trasladémonos ahora a Italia, a la región de Nápoles. Es el año 960 y en Capua están, delante del juez, el abad de Montecassino y un tal Rodelgrimo. Discuten por unas tierras, y el abad prueba la posesión por treinta años mediante tres testigos que repiten una misma fórmula de juramento. Todo el documento está en latín; pero los testigos juran en vulgar, y su jura­mento es el primer testimonio de redacción italiana (si se prescinde de una adivinanza, más latinizante, de la región Norte).

Tres primeros murmullos de tres grandes lenguas, cuya literatura llenará el mundo. Y miro, y pienso si habrá sido casualidad. ¿ O no es, más bien, que tenía que ser así, porque de lo que está lleno el corazón habla la boca? España, Francia, Italia ... i Oh, no!: no ha sido casualidad que las primeras frases francesas que conservamos sean militares y políticas (genio de Richelieu, glorias de Austerlitz). Ni que las primeras italianas miren a los bienes materiales (recuérdense las burlas contra banqueros genoveses, en nuestras letras clásicas, pero no se olvide tampoco cuánto oro de Venecia hay en los cuadros de Tiziano). Y no puede ser azar, no. O, si acaso lo es, dejadme esta emoción que me llena al pensar que las primeras palabras enhebradas en sentido, que puedo leer en mi lengua española, sean una oración temblorosa y humilde. El César bien dijo que el español era lengua para hablar con Dios. El primer vagido del español es extraordinario, entre los de sus hermanas. No se dirige a la tierra: con Dios habla, y no con los hombres. Dámaso Alonso

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LOS JUGLARES Y LOS ORÍGENES DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

Es opinión muy común la de que las literaturas románicas empiezan hacia los siglos XI o XII, poco antes de los primeros textos conservados, y que nacen dirigidas por clérigos imitadores de la literatura latina medieval y de la antigüedad clásica. Se cree muy comúnmente también que los juglares y los clérigos no iban por caminos opuestos, como postulaba la crítica romántica, sino que los juglares se habían formado técnicamente en la escuela de los clérigos, aunque el tono de su poesía resultaba diverso del literario y eclesiástico. Pero todo esto, que responde a ciertos aspectos de los siglos tardíos, resulta inaceptable si tendemos la vista a tiempos anteriores.

La razón de ser de toda juglaría es que ella procura el recreo, alivio indispensable del ánimo, según decían concordes los antiguos. El Libro de la Nobleza y Lealtad, dedicado a san Fernando, recomienda al rey la honesta diversión con los juglares, y se apoya en uno de los famosos dísticos de Dionisio Catón, el mismo dístico que citan las Partidas, el mismo que el Arcipreste de Hita aplica a su arte: «Palabras son de sabio e díxolo Catón, / que omne a sus coydados que tiene en coraçón / entreponga plazeres e alegre la razón, / que la mucha tristeza mucho pecado pon».

Sin duda, el placer recreativo que ahuyenta las tristezas del corazón es necesidad inexcusable del hombre, y lo es sobre todo el solaz del canto, imperativo eterno lo mismo en el descanso que en el trabajo, esos «dulces cantares» (Libro de buen amor, 649) que aminoran las pesadumbres del alma, llegando hasta paliar los dolores físicos del enfermo (según se dice en el Cancionero de Baena); y de ese solaz musical los juglares son los dispensadores profesionales: «illorum officium tribuit laeticiam», según dicen unas leges palatinae (de Mallorca, 1337). Pues respondiendo a una necesidad vital, el oficio juglaresco hubo de ser ejercido continuadamente. Los que recreaban al público en los teatros de la antigüedad, los histriones y mimos que declamaban, los thymélicos y citharistas que tañían y cantaban, debieron transmitir ininterrumpidamente su arte a sus sucesores medievales.

Esta continuación del arte antiguo en el medieval se nos impone también considerando que los pueblos románicos no pudieron estarse sin ningún recreo literario medio milenio largo antes de ese siglo XI en que se suponen nacidas las literaturas neolatinas. El canto del juglar, como espectáculo público debió empalmar con el espectáculo público del histrión y del thymélico; el cedrero de tiempos de Berceo debió heredar su canto del citharista de tiempos de Cicerón, como heredó su instrumento con el nombre de cithara o de cedra por tradición ininterrumpida de mano en mano y de boca en boca .

La dificultad para comprender esa tradición está en el cambio de lengua en que unos y otros cantaban. En los primeros tiempos de ese medio milenio se olvida el latín de los histriones y nacen las lenguas romances de los juglares. Y en este punto surge la perpetua oposición de la crítica entre los dos conceptos antagónicos en el modo de entender la poesía en cuanto diversión pública, el individualista y el tradicionalista: los que iniciaron el cultivo literario de las lenguas neolatinas ¿fueron los clérigos por disperso trabajo individual o fueron los juglares por continua tradición de su oficio? Sin duda contribuyeron unos y otros, pero creo inexcusable pensar que los juglares tuvieron la iniciativa y la parte mayor, la más difícil y la decisiva en esos primeros tiempos. El juglar, hombre indocto, que cada día entiende menos el bajo latín, usual entre las personas instruidas, puesto en el trance de divertir a un concurso de gentes que, cada vez más también, iba dejando de entender la lengua de los letrados, se vio antes que nadie obligado, por necesidad apremiante de su oficio, a emplear las formas del latín vulgar, ajenas a la gramática, para con ellas sustituir las formas más o menos gramaticales heredadas de los actores del teatro antiguo. Era necesario darse a entender en todo momento, era urgente renovar el repertorio heredado, haciendo que el habla de los vulgares usos cotidianos entrase más y más en la prosa recreativa y en la canción musical del improvisado espectáculo público. En ese período inicial en que las hablas románicas se iban apartando totalmente del latín escrito, siglos debieron pasar en que el canto y recitación de los histriones o juglares fue la única literatura que existió en los nacientes idiomas de la Romania. En la plaza de la villa, en el atrio de la iglesia, en las danzas, en las romerías, durante el solaz público, se realizaron los difusos y pequeños aciertos de inspiración poética que fueron elevando lentamente la humilde lengua vulgar, hasta hacerla apta para ennoblecer la imaginación y la sensibilidad de los oyentes.

En fin, dedicados los juglares al espectáculo poético-musical en lengua diversa de la latina, se encontraron frente al mismo problema que afrontó muchos siglos después Lope de Vega cuando hubo de ejercitar el arte nuevo del espectáculo teatral moderno. Lope, no vacilante y tímido como suele decirse, sino muy seguro de su decisión, «encerró bajo seis llaves» los vigentes preceptos del arte docto muy envejecido, y atendió sólo a los gustos del vulgo que eran los propios de la sociedad moderna de su tiempo. Los juglares, no por decisión unipersonal sino colectiva, en esfuerzo difuso e instintivo, hicieron lo mismo que Lope: echaron las seis llaves al arte de los clérigos, continuador de una tradición latina docta, extremamente empobrecida, y dejándose conducir del gusto vulgar al que inexcusablemente debían atender, crearon una nueva tradición popular en la lengua románica de los nuevos pueblos medievales.

Es verdad que el clérigo por razón de su ministerio, lo mismo que el juglar por razón de su oficio, tuvo que allanar su lenguaje para ser mejor comprendido de sus fieles; pero la oratoria sagrada no se propone divertir sino adoctrinar, no busca el solaz recreativo sino el «solatium charitatis» que dice el Apóstol, de modo que su esfuerzo por sacar de la vulgaridad el habla diaria fue siempre mucho menor que el de la juglaría. El clérigo, servidor de una ideología teológica y moral formulada desde antiguo con una terminología latina muy suya, no podía intentar apartarse de ese tecnicismo consagrado, imposible de alterar; su trabajo había de consistir no en inclinarse hacia el habla vulgar, sino en levantar la comprensión del vulgo hacia ese tecnicismo latino, inculcando en el uso corriente varias de esas expresiones doctas, tarea también, sin duda, ennoblecedora del lenguaje vulgar, de la que se aprovecharían los juglares. Los clérigos despreciarían la obra del juglar construida con formas vulgares, que para ellos no eran sino horrendos barbarismos, hasta que avanzando la literatización de los espectáculos musicales, llegó un día en que los doctos debieron sorprenderse grandemente al oír la primera canción afortunada de un juglar que les ponía delante una lengua nueva, capaz de nuevas posibilidades artísticas, y entonces, cuando ya estaba muy usado el canto en lengua vulgar, pudo haber clérigos que abandonasen el latín para escribir en la lengua común, tratando temas propios de la clerecía (Berceo, Libro de Alexandre). Hubo antes también clérigos que cultivaron la canción y la música juglaresca, aunque éstos ya no eran muy bien vistos en sus biografías o en los vejámenes literarios (Peire Rogier, Hugo Brunenc, Pedro Amigo); en fin, también hubo siempre algún clérigo mal inclinado que practicaba todos los divertimientos no literarios del histrión o del juglar, pero ése era condenado y castigado por la Iglesia, lo mismo en el siglo VII que en el XIV. Juglares y clérigos fueron, pues, dos clases sociales muy distanciadas entre sí en su origen, y sólo tardíamente tuvieron contacto literario.

En conclusión: durante los primeros siglos generadores de las lenguas neolatinas, existió necesariamente en éstas una elemental poesía recreativa de la que formaba parte principal la canción, género esencialmente indocto, poesía consustancial al idioma, que, a la par que el idioma, se reforma y conforma siguiendo el mismo proceso evolutivo. A la vez que del fondo latino van surgiendo las lenguas romances, va a la par desgajándose de la canción del cítarísta la canción del cedrero. Esto me parece indisputable. [ ... ]

A España se aplica rutinariamente la teoría de los orígenes monacales, sin hacerse cargo de que el espíritu de los cantares de gesta es tan civil, tan no eclesiástico que en el Mío Cid, se nombran 25 personajes hidalgos y guerreros, muchos de ellos insignificantes, y, sin embargo, todos en los diplomas aparecen comprobados como realmente existentes; en cambio, en el poema sólo se cita una persona monacal, y ésa lleva nombre falso, cuando en la realidad era un abad que hasta tenía fama de santidad entre los clérigos. Lo mismo en el Romanz del ínfant Carcía, todos los ricos hombres que en él intervienen llevan nombre exacto, comprobado documentalmente, aunque no figuran en las crónicas, mientras el único personaje eclesiástico, el obispo de León, aparece con un nombre arbitrario. Esto no puede hacerlo un monje, sino un juglar.

Que los juglares fueron los primitivos poetas en lengua románica y que por ellos inducidos entraron los clérigos a cultivar el nuevo arte, lo confirma un hecho no bastante considerado: el más antiguo clérigo que poetiza en romance español, Gonzalo de Berceo, y aun el autor del Alexandre que más pretendía ser ajeno a la escuela juglaresca, sin embargo se dieron a sí mismo el nombre de juglar por hallarlo en uso ya de antiguo con la significación del latinismo «poeta», totalmente inusitado.

En los siglos anteriores a Berceo, ocurrió sin duda varias veces que algún clérigo se asociase al arte producido por los legos (Auto de los tres Reyes) Vida de Santa María Egipciaca} etc.), pero en metro y rima juglarescos. Posteriormente muchos casos semejantes sucedieron; la historia de las literaturas occidentales durante toda la Edad Media y hasta comienzos de la Edad Moderna, es la historia de cómo los legos van entrometiéndose a tratar en su lenguaje vulgar los temas o géneros reservados a la lengua latina, y cómo los clérigos se van sintiendo tentados a abandonar su latín escribiendo en vulgar, viéndose a causa de ello menospreciados por sus colegas y hasta acusados de impiedad por poner al alcance del vulgo delicados temas religiosos; tal fue el caso del inquisidor Valdés frente a los dos Luises, de Granada y de León, como escritores en lengua vulgar.

En fin, en esta multisecular competencia entre la lengua latina y la romance, no es posible negar a los juglares el mérito de haber reñido la primera y más grande batalla, la de la poesía; y fue la primera, porque el cultivo literario de toda lengua comienza siempre por el canto y por el verso, y no por la prosa. El juglar primitivo, como el de todos los tiempos, debió comunicar con los clérigos y aprender algo de ellos, pero, repitamos, el primer clérigo que conocemos como poeta en lengua del vulgo se estima juglar, prueba que entra en un campo ajeno, a cultivar un arte que no era el de los clérigos. Ramón Menéndez Pidal.

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LA CULTURA LATINA Y LOS CO MIENZOS DE LAS LITERATURAS EN LENGUA VULGAR

La literatura francesa comienza en el siglo XI con relatos religiosos en verso; la perla de estos relatos, la Vie de Saint Alexis (hacia 1050), es la bien meditada composición de un culto poeta artístico, que conocía todos los recursos retóricos y había leído su Virgilio. Aparece luego, como nuevo género, la epopeya heroica nacional, iniciada gloriosamente con la Canción de Roldán (hacia 1100). Hay en ella elementos estilísticos que muestran un conocimiento de Virgilio, de los comentarios virgilianos de la Antigüedad tardía y de la cultura clerical de la Edad Media. A partir de 1150 se compone gran número de epopeyas sobre Guillermo [de Aquitania]. Por esa época surge un nuevo género, el roman cortesano en verso, que se vuelve a los temas antiguos -tomados de Virgilio, de Estacio, de Dares y Dictis- y a los temas célticos [o 'artúricos' que constituyen la «materia de Bretaña»]. Su refinada técnica retórica y su sutil casuística amorosa están inspiradas en Ovidio. El roman cortesano revela la influencia del renacimiento latino del siglo XII en la poesía francesa. También la poesía alegórico-didáctica se inspira en la ciencia latina; una de las fuentes principales de la segunda parte del Roman de la Rose (hacia 1275) es el Planctus Naturae de Alain de Lille.

El rico despliegue de la poesía francesa en los siglos XI, XII y XIII está, pues, en estrecha relación con la poesía y la poética latinas que florecían en la Francia y en la Inglaterra francesa de esa época. La cultura y la poesía latinas van a la vanguardia, y siguiendo sus huellas, la cultura y la poesía francesas. Al francés se le soltó la lengua gracias al latín. Como Francia era la representante del Studium, y como las artes, con la gramática y la retórica a la cabeza, tenían su cuartel general en Francia, fue aquí donde brotó por vez primera la flor de la poesía en lengua vulgar.

A Edmond Faral corresponde el mérito de haber reconocido antes que nadie [en 1913] la influencia de la poética y retórica latinas medievales sobre la antigua poesía francesa. La mayor parte de los poetas que escribían en lengua vulgar eran hombres de cultura; habían aprendido las artes y leído a los auctores en las escuelas catedralicias del siglo XII. Era tal el número de los que concurrían a esas escuelas, que no había suficientes puestos eclesiásticos para los clérigos que habían terminado la carrera. Hubo así una oferta excesiva de intelectuales, que fueron absorbidos, en su mayoría, por las cortes feudales de Francia e Inglaterra. Los señores feudales, como dice Alfred Weber, habían sustituido desde hacía mucho la economía propia por un sistema de impuestos. «Del caballero para arriba, hasta llegar al más alto príncipe feudal, la pirámide del feudalismo fue pérdiendo su dimensión económica. La estructura feudal se transforma así en una estratificación de castas, que tienen ahora libertad para entregarse a intereses extraeconómicos, esto es, espirituales. Los cabaIleros, sobre todo, vienen a constituir una extensa capa, que en las épocas en que no anda enredada en guerras y querellas, tiene que buscar una actividad espiritual.» La sociedad cortesana de Francia, como la Jonia de la época de Homero, busca esparcimiento. Las epopeyas heroicas y los romans caballerescos vienen a satisfacer esta necesidad. Sus autores son clérigos sin empleo, que refieren a su público las historias de Troya, de Tebas y Roma, además de aprovechar las obras de Ovidio; engalanan sus composiciones con todos los ornamentos de la retórica, que emplean también para temas modernos, como los célticos. [ ... ]

España apenas tuvo un papel en el renacimiento latino del siglo XII. La cultura islámica del Sur era muy superior a la cristiana del Norte. Sólo en el Noroeste -en Navarra, y sobre todo en Cataluña- hay desde el siglo XI centros en que se cultiva la literatura latina, tal como irradia desde Francia. El más importante de estos centros es el monasterio de Santa María de Ripoll, cuna de la reforma cluniacense; florece aquí una escuela de poetas latinos, a la cual debemos canciones amorosas y también lamentaciones fúnebres panegíricas. Entre éstas hay un poema sobre el Cid, [el Carmen Campidoctoris,] del que desgraciadamente sólo se conservan las primeras estrofas, de modo que no es posible saber si se escribió antes o después de su muerte; en todo caso, es el primer poema que se compuso sobre el Cid. El más antiguo relato en prosa acerca de este héroe es la Historia Roderici (de hacia 1110). El Cantar de mio Cid adopta, pues, un tema ya tratado en latín; se ajusta formalmente al modelo de la epopeya francesa y emplea clichés estilísticos que en Francia no aparecen sino entre 1150 y 1170; de ahí que no pueda haberse escrito antes de 1180. Vemos, así, que la literatura española comienza más de un siglo después de la francesa. La razón es clara: en España faltaba el estímulo del florecimiento espiritual latino.

Apenas en el siglo XIII llega la cultura de los letrados al otro lado de los Pirineos. Los poetas de ese tiempo llaman a la rítmica y retórica latinas «mester de clerecía» (= "técnica culta') o «nueva maestría», en contraposición al «mester de juglaría». Berceo se jacta de su saber libresco («ál [´otra cosa'] no escribimos si non lo que leemos»). Los temas son en su mayor parte de origen eclesiástico (Berceo) o antiguo (leyenda de Alejandro, novela de Apolonio). Hacia 1330, en su Libro de buen amor, Juan Ruiz importa a España, con gran desenfado, la erótica de Ovidio y de sus refundiciones medievales. A una libre versión del Ars amandi (que leyó en el original) añadió una adaptación de la popularísima comedia medieval Pamphilus de amore, la cual, a su vez, se remonta a una elegía de Ovidio (Amores, I, VIII) que pinta a una alcahueta en el elocuente desempeño de su oficio. El Arcipreste siguió los lances del Pamphilus casi al pie de la letra, sin más alteración que la de hacer españoles los nombres de lugar y de persona, para dar a su obra sabor local y colorido temporal. [ ... ]

La poesía latina de la Edad Media penetró en España por etapas. Una oleada llegó hacia 1230, con Berceo; otra hacia 1330, con el Arcipreste de Hita; la tercera con Alfonso de la Torre. Todavía hacia 1440 pudo este último escribir una enciclopedia con ropaje alegórico sobre las siete artes liberales, la Visión delectable, inspirada en Marciano Capela y en Alain de Lille.

Como los españoles incluyen a los autores ibéricos del Imperio dentro de su literatura nacional, el tardío comienzo de la poesía en lengua vulgar no los desazona mayormente. El Poema de mio Cid constituye la espléndida iniciación de la poesía romance en España. Italia no tiene nada que se pueda comparar con él; se puede decir que hasta 1200 carece de literatura en volgare. Sólo hacia 1200 se inicia la poesía italiana. ¿Por qué tan tarde? Hace varias décadas que se viene discutiendo esta cuestión. Puede responderse a ella con sorprendente facilidad; basta considerar a la Romania en su conjunto. En la Italia del siglo XII florecen la jurisprudencia, la medicina y el arte de escribir epístolas; pero el estudio de los auctores está en decadencia, lo mismo que la poesía y la poética latinas; no hay humanismo, ni tampoco filosofía. La lírica romance del siglo XIII es un trasplante de la poesía artística provenzal. Sólo Dante dará vuelta al timón y hará que su poesía vaya a nutrirse en el legado de la Edad Media latina. La pregunta de por qué comienza tan tarde la literatura italiana está mal formulada; lo que hay que preguntar es más bien por qué comienza tan pronto la literatura francesa. Creemos haber dado ya la solución. Pero hay que ir más adelante y preguntar: ¿Por qué el renacimiento latino (1066-1230) sólo se dio en Francia y en la Inglaterra francesa? La respuesta es: porque la reforma de los estudios en tiempo de Carlomagno construyó cimientos que pudieron sobrevivir a las conmociones de los siglos IX y X. Ernest Robert Curtius.

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EL DIALECTO RIOJANO

" el riojano resulta ser un dialecto más caracterizable por la pluralidad lingüística que por su misma individualidad. Cultura monástica latinizante, de una parte; vida rural y arcaizante, de otra. Y, en medio, Berceo, que casa a maravilla lo popular y lo culto, lo campesino y lo devoto."

LA HISTORIA

1. La Rioja es una región de transición: se divide claramente en dos zonas geográficas y la historia anduvo condicionada por tal hecho. En la época de Constantino y en la primera división eclesiástica de Hispania, la Rioja pertenecía a la Tarraconense 1, por más que -en tiempos del reino visigótico- Cantabria se extendiera hasta nuestra región, de donde habían de salir más tarde los primeros caudillos de la Reconquista: Pelayo, Alfonso I 2. La ocupación árabe no pasó, de una manera estable, de la ciudad de Nájera, que se convirtió en la plaza fronteriza más importante que los árabes tenían frente a las últimas estribaciones del reino asturiano 3. Aunque Nájera fue conquista leonesa (923 ), la plaza fue pronto cedida a Navarra (924 ), ya que la dinastía pamplonesa se sentía heredera de la tradición romana 4. El padre Serrano, poco afecto a la acción oriental en Rioja, juzga intrusismo la presencia de Navarra o Aragón en estas tierras sin tener en cuenta los hechos históricos que la condicionaban; sin embargo, acierta, probablemente, cuando interpreta las donaciones de García de Navarra a San Millán como una medida política para asegurarse la fidelidad del importantísimo monasterio 5, al mismo tiempo que sus concesiones en Rioja, Navarra y Aragón trataban de borrar el límite del río Najerilla situando a la Rioja occidental dentro del marco territorial de Navarra 6. Justamente, este carácter fronterizo de la Rioja volveremos a verlo jugar un importante papel cuando Fernán González, en rebeldía contra León, ayuda al monasterio de San Millán tratando de granjearse de este modo el apoyo de Navarra 7. Por más que Castilla, en la persona de su primer conde independiente, consiguiera situar sus límites entre los ríos Oja y Najerilla (no lejos de San Millán) 8, Navarra nunca cedió en su pretensión de dominar toda la Rioja y llevar sus posesiones hasta las regiones castellanas donde se sentía la influencia riojana : así, en 1052, García de Navarra fundó Santa María de Nájera, iglesia episcopal que extendería su jurisdicción por los terrenos burgaleses de la Bureba, Oca y la más vieja Castilla 9. Sin embargo, las aspiraciones navarras no siempre lograron buen fin: Fernando I (1062) dominaba la Bureba y la cuenca del Oja, Alfonso VI llegó a ocupar todo el territorio (1076) 10, que fue castellano hasta 1109 11. Algún testimonio de 1114 muestra a Alfonso I el Batallador como señor de la Rioja 12; hecho que no extraña puesto que el dominio aragonés se extendió hasta la provincia de Burgos, donde Belorado era límite extremo de las tenencias aragonesas 13. Sin embargo, un solo monasterio riojano, el de Valbanera, fue hostil al gran rey 14. Después de la derrota de Fraga (7-IX-1134), donde Alfonso I perdió la vida, Alfonso VII reconquistó Nájera (antes del 10-IX-1134) y luego, toda la región 15. Esta dominación duró hasta 1162 y, más tarde, en 1176, la Rioja se incorporó definitivamente a Castilla 16.

2. Vemos, pues, que la fluctuación de la Rioja hacia el centro o hacia el oriente peninsular es una herencia de los tiempos romanos y visigóticos. De estas vacilaciones anteriores a la Reconquista, habían de salir las rivalidades medievales. y es que la Rioja es tierra de paso, y tierra de contrarias fisonomías. De ahí esa Rioja Alta -desde el Iregua hasta Logroño-que gravita hacia Castilla y por la que discurrió el «iter francorum» (vid. §§ 13-14); de ahí esa Rioja Baja, vertida hacia Navarra y Aragón, y en la que la diócesis de Calahorra fue sufragánea de Zaragoza hasta 1574 y Alfaro, hito oriental de la región, perteneció siempre al obispado de Tarazona. Esta partición geográfica y eclesiástica hemos de ver que tuvo también sus consecuencias para la lingüística 17.

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LOS MONASTERIOS RIOJANOS

3. El monacato fue muy importante en la Rioja medieval. Sobre todo en el occidente de la región donde los cenobios de Albelda, San Millán y Valbanera fueron focos de irradiación cultural. En Albelda (siglo x) hubo residencia episcopal ( el monasterio se fundó el año 924) y una comunidad benedictina 18: en su época de florecimiento, llegó a competir con San Millán y en él -doblada ya la mitad del siglo XI- se redactó el cronicón que lleva el nombre del monasterio y en el que se insertó la ya famosa Nota emilianense 19. En cuanto a Valbanera, fue un monasterio de no relevante significado, pero esto mismo hizo que allí se escribieran unos documentos que suelen considerarse como de carácter más vulgar 20; resulta obvio decir que -desde un punto de vista lingüístico- estas escrituras tienen para nosotros un interés mucho mayor 21 que las redactadas en un latín más correcto. Pero, sin duda, es San Millán el más famoso de los cenobios riojanos: su origen remonta al año 574 en que murió el eremita San Millán; sobre el oratorio que él mismo había levantado, vino a erigirse el monasterio de San Millán de Suso 22. La tumba del santo gozó tanto de abundantísimos favores regios como de la generosidad de toda clase de donantes y, a pesar de su localización, era lugar al que venían a peregrinar los castellanos. Así, para que las disputas de Alfonso VI y Sancho el de Peñalén no afectarán a la vida espiritual de estas regiones, el conde Gonzalo Salvadórez, gobernador del alfoz de Lara, hizo ver a Sancho de Navarra cuán dañado resultaba el honor de San Millán por los impedimentos que el rey navarro ponía a las gentes que iban a adorar al santo. Como el monarca se arrepintió de su conducta, visitó el sepulcro en compañía de Gonzalo y rectificó su comportamiento dando licencia para que cualquiera pudiera venir ( «con sportella vel ferrone» ) de donde quiera que fuese, sin sufrir ninguna clase de molestias y estableció -además- severas penas para quienes atentaran contra tal libertad 23. De estas peregrinaciones hubo de salir la superchería conocida como «los votos de San Millán»: las limosnas al santo eran recogidas por unos colectores que -así- facilitaban la caridad, pero en el siglo XIII decayó mucho la generosidad de las gentes, y, en vista de ello, se inventó un testimonio escrito en el que Fernán González establecía la contribución en especie que debían de pagar los pueblos de Castilla para corresponder a la ayuda que San Millán había prestado en las guerras contra los moros 24.

4. El monasterio, ya en el siglo X, debió tener una buena biblioteca, parte de ella copiada en el propio convento: comentarios de Esmaragdo a la Regla de San Benito, una «famosa» colección de vidas y tratados monásticos, recopilación de concilios y decretos, bibliografía de autores religiosos, historias eclesiásticas, repertorios jurídicos y los tesoros de cualquier cenobio medieval: la Biblia, las Etimologías de San Isidoro, las colaciones de los Santos Padres 25, el antifonario, el «liber ordinum». Como una necesidad cultural -lectura de textos latinos- aquí se redactó el más viejo testimonio de una lengua peninsular: La Glosas Emilianenses 26. Son éstas anotaciones para aclarar diversos problemas -ordinariamente léxicos- empleándose para ello otras equivalencias latinas, románicas o vascas 27. Las Últimas líneas del sermón de San Agustín que se copia en primer lugar, ya no son glosadas, sino íntegramente vertidas. Pero el escritor no se conforma con traducir el «adjubante domino nostro Jhesu Christo cui est honor et jmperium cum patre et Spiritu Sancto jn secula seculorum» 28, sino que ex imo cordis, añade unas emocionadas palabras de oración: «conoajutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena honore, equal dueno tienet ela mandatjone cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos sieculos delosieculos. Facanos Deus omnipotes tal serbitjo fere ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen». Primer testimonio de una lengua peninsular, nacido, precisamente, en un cenobio riojano, con las peculiaridades idiomáticas (cono, enos) de la región, sin excluir la de una impronta navarro-aragonesa que había de ser muy duradera (get, honore femenino). Como al santo de Silos, al viejo escriba le «fue saliendo a fuera la luz del corazón» 29. y le brotó en forma de rezo en su dialecto local: primer temblor de una lengua peninsular, nacido, precisamente para hablar con Dios 30.

5. Este florecimiento cenobítico hizo que los monasterios riojanos conocieran viejas acciones cultizantes o corrientes culturales extranjeras. Cuando el anotador de San Millán debe glosar los términos oscuros, muchas veces recurre al propio latín: partitjones por diuisiones, verecundia por pudor, sicut por quomodo, etcétera 31, y es que la tradición latina no se agostaba en un solo venero. Y aquí -también- Munio, el copista de la Nota emilianense 32, demostraba conocer una tradición épica «no cronística, sino legendaria, y casi seguramente poemática» 33, a la que podría traducir en un latín bárbaro. Pero cualquiera que sea el valor de estas transmisiones, lo cierto es que, junto a San Millán de Suso, vinculado a la tradición del monasterio, iba a florecer Gonzalo de Berceo, artista de valor inestimable y el poeta de íntención más latinista en toda nuestra historia literaria 34.

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LOS ELEMENTOS VASCOS

6. Por los siglos IX y X, el río Najerilla fue el límite del vascuence 35. Así, pues, hace mil años, todo el occidente de la provincia de Logroño no hablaba romance; y en esas tíerras se alzaban, o habían de alzarse tiempos después, cenobios y poblados en los que identificamos buena parte de las características de la región: Nájera, Berceo, San Millán de la Cogolla, Valbanera y, el más tardío, Santo Domingo de la Calzada. Sin. embargo, J. J. Merino ha venido a demostrar cómo el vascuence llegó muy al sur en la provincia de Logroño, hasta una línea cuyos hitos se fijan en Villavelayo, Mansilla, Viniegra de Arriba, Brieva de Carneros, Villanueva de Carneros, Laguna de Carneros y Enciso 36 (mapa 2). Estos hechos nos explican las numerosas voces vascas que encontramos en los documentos riojanos, y que no son sino eslabones de una cadena que, en los testimonios toponímicos, nos llega hasta hoy.

7. Así, las Glosas emilianenses ( c. 950) 31 tienen un par de ellas en vasco, no en romance o con sinónimos latinos, según es norma 38: «jnueniri meruimur» = 'jzioqui dugu' (glosa 31), «precipitemur» = 'guec ajutuezdugu' (glosa 42). La segunda de estas aclaraciones se documenta también en romance: 'nos nonkaigamus'. El vasco recién transcrito no es demasiado fácil de identificar; Menéndez Pidal 39 recurrió a ilustres vascólogos (Echegaray, Ugarte, Campión, Urquijo) que tradujeron así:

Glosa 31: 'hemos encendido', 'lo hemos [solicitado] ardientemente', 'lo hemos ahuyentado' o alguna frase semejante, que no coinciden con el original latino.
Glosa 44: 'nosotros no nos arrojamos', 'nosotros no lo hemos adaptado a nuestra conveniencia', con las mismas dificultades de la glosa anterior.

8. Resurrección María Azkue 40 anotó unos cuantos elementos léxicos del vasco que se incorporan a las obras de Berceo, pero su lista es insegura: de una parte, hay que eliminar voces como bren 41, entecada 42 y jeme 43 y, por otra, que añadir alguna que falta. Así, pues, son vasquismos de nuestro viejo poeta las azconas (Duelo, 81), relacionadas con el vasco a z , a i t z 'piedra' 44, los zaticos (Sacrificio, 275) < z a t i 'pedazo' + -k o 45, gabe (Milagros, 197) < g a b e 'privado'46 y algunos que se pueden añadir a los escasos de Azkue: don Bildur (Milagros, 292) < b i l d u r 'miedo', socarrar (SMillán, 388) < s u 'fuego' + k a r r (a) 'llama' y, tal vez, amodorrido (Milagros, 528) y cazurro (Milagros, 647), si es que tiene algo que ver con z a k u r r 'perro'.
Entre estos dos hitos -las Glosas, Berceo- la documentación notarial permite enriquecer el parvo manojuelo.

9. En los documentos riojanos -por ejemplo- los tratamientos de respeto son con frecuencia de origen vasco. Se repiten hasta la saciedad eita ( < e i t a, a i t a 'padre') y ander(a) 'señora'. En cuanto a los testimonios del primero, son de señalar las formas Aita 47, que aparece en un documento de Valbanera ( «Aita Gomiz», 1068), y Eita, atestiguada con más frecuencia 48: «Eita Valeriz» (SMC, 996-1020, pág. 60), «Eita Didaco» (ib., 988, pág. 74), «Eita Johannis» (ib., 998, pág. 79), «Eita Alarice» (ib., 1009, pág. 85), «Eita Masciacon» (Valb., 1035, pág. 466 ), «Eita Iohannes» (lb., 1037, pág. 467), «Eitavita» (SMC, 1063, pág. 186), «Eita Gomiz» (Valb., 1067, pág. 515) 49. Los formas con it han evolucionado a ch, transcrita normalmente con gg 50: «Eggabita Moriellez» (SMC, 1065, pág. 195), «Eggagolen» (ib., 1067, pág. 199), «Egga Lacine» (ib., 1077, pág. 238), «Eggauitaz» (Valb., 1078, pág. 530), «Duen Eggavita» (SMC, 1079, pág. 247), «Agga Sango» (Valb., 1081, pág. 569), «Egga de Millan» (SMC, 1083, pág. 255). Una fórmula de compromiso entre las formas con i y con g debe ser -si no se trata de un yerro de transcripción- «Eigiga don Nunnu» (SMC, 1048, pág. 145). Como quiera que en el dialecto se conoce la solución it del grupo latino -KT-, se han cometido ultracorrecciones como «Acta Fanni» (SMC, 1035, pág. 121), «Ecta Albaro» (Valb., 1073, pág. 508, passim), «Acta Santio» (ib., 1081, pág. 570, passim). La voz vasca se usó «como título de respeto o de amor» y desde allí pasó a convertirse en nombre propio.

10. La correlación femenina del vasco eita es -en los documentos riojanos- anderazo: Anderazo (SMC, 1009, página 85), «Anderazo de Fortes» (Valb., 1035, pág. 465), «Anderazo de Clementi» (ib., 1071, pág. 500, passim), Anderazu (SMC, 1074, pág. 223) y más testimonios en Alvar, Valb., § 29. La voz es la misma con la que hoy se designa a la 'señorita' en bajo navarro y suletino (andere) y a la 'señora' en el resto del dominio lingüístico vasco (andra en Vizcaya, andre en las otras provincias) 51. En su origen, la voz equivalía al tratamiento romance de domna, según podemos atestiguar: en un documento de Ramiro I 52, se lee endregoto (año 1052), nombre que tuvo cierta buenandanza en aragonés pirenaico 53. Se trataba de un 'doña Goto', según justifican otros documentos 54, y aunque hubiera redundancias como la de «donna Andregoto» 55, bien que no sea distinta del «domina domna» de cualquier documento que quiera ser romance. El becerro de Valbanera autoriza a dar a la voz anderazo el significado de 'uxor', pues la «mugier de Brasko Roman» de un documento del año 1081 (pág. 562) es la «anderazo de Blasco Roman» en otro lugar del mismo instrumento jurídico.

En cuanto a la terminación azo creo que es la misma palabra que el vasco moderno atso, que en la lengua común significa 'anciana' y en bajo navarro 'abuela' 56, tal como hace inferir algún documento riojano: «[damus] duas eras: una in uallego de Padul, circa de sancta Maria de Azo» (Valb., 1081, pág. 578). La advocación mariana que aquí se cita es un híbrido que valdría tanto como 'Santa María la Antigua', tan abundante en España. En otro cartulario puede leerse «Bal de Azu» (SMC, 1078, pág. 242) que, si no es un error 57, equivale a 'Valle Viejo' 58.
Concluyendo: Anderazo es, en su origen, una fórmula de tratamiento respetuoso en la que entran dos elementos (ander(a) 'señora' + azo 'anciana') con el mismo valor, semántico e histórico, que el español señora doña. Después, como Eita, se convierte en nombre propio, y si no lo encontramos formando apellido es por la preponderancia familiar del varón; de este modo, Eita sirve -incluso- para formar gentilicios: Aitaz, Eytaz.

11. Otros vasquismos en documentos riojanos son: ama « ama 'madre' 59), documentado en SMC (1069, pág. 204) y Valb. (1079, pág. 543); amuña ( < a m u ñ a 'abuela') 60 en Valb. (1061, pág. 484) o el difundidísimo anaya 61: «Annaia Monnioz» (SMC, 1042, pág. 130), «Annaia Moriellez» (ib., 1065, p. 195), «Annaia Ferrero» (Valb., 1073, pág. 506), etc.62. De este último, se forman apellidos: «Garcia Annaiaz" (SMC, 1083, pág. 256), «Semeno Annaiaz" (ib., 1090, pág. 280)63. Obsérvese que todos estos testimonios, como los de eita o anderazo son fórmulas de respeto o cariño que con cierto carácter fósil se usan, a veces, en los documentos medievales; en ello radica su capacidad de pervivencia: rara vez se identifican con los usos románicos y, de ese modo, pueden subsistir en un nivel de lengua que se mantiene incontaminado. Naturalmente, el empleo cortés o afectivo de estas fórmulas no impide que se usen como apelativos comunes (campo del que salieron), o, incluso, como nombres propios: de ahí, también, la capacidad de algunos de estos términos para formar derivados gentilicios.

12. Con excepción de los hechos anteriores, los demás elementos vascos de los cartularios riojanos se reducen a hechos de onomástica ( toponimia, antroponimia), que si son valiosos para la historia lingüística no muestran en modo alguno su grado de vitalidad en las hablas vivas 64.

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LOS FRANCOS EN LA RIOJA

13. La presencia de los francos en la Rioja es inseparable de la historia de las peregrinaciones. Al parecer, fue Sancho III el Mayor (1000-1035), quien decidió bajar la vía francígena desde los altos montañeses a la llanura de Rioja. Buscaba en ello «una nueva ruta política, militar y económica, de acuerdo con los nuevos reinos cristianos de la Reconquista» 65. Así, Nájera, que en 1052 tenía un mercado en manos de judíos y francos, y parece plausible la hipótesis de que, a partir de 1079, se incrementaría la emigración francesa por donación de Alfonso VI al Cluny de la iglesia y alberguería de Santa María: hubo aquí una comunidad francesa, que sustituyó a la española, y un prior francés. Hasta el siglo XIX llegó la vida de esta abadía que aún sostenía tres camas, mermados restos de la que fue -todavía en el siglo xv- generosa hospedería de peregrinos 66. Así otra ciudad famosa en los anales riojanos, Santo Domingo de la Calzada, debió su vida toda, al «iter francorum». El santo que dio nombre al pueblo, construyó la calzada entre Nájera y Redecilla, movido por las penalidades que vio sufrir a los peregrinos que atravesaban el río Oja, en las cercanías de su ermita. Allí levantó un puente, erigió una alberguería y, gracias a la generosidad de Alfonso VI, vio nacer la población que llevó su nombre67 y que se pobló después (en 1207) con el fuero de Logroño, «ad forum de francos» 68. Así, también, Logroño, que había de acabar siendo la capital de la Rioja: en 926, García Sánchez de Navarra podía ceder a San Millán la villa, esto es, 'explotación agraria', de Logroño «cum omnibus hominibus, terris, vineis, ortis, pomariis, montibus ac defesis et pascuis, cum exitu et regressu, et cum suas pescheras, cum omnibus mobitilibus [sic] et inmobilibus» 69; pero siglo y medio después, esta villa era poblada con gentes «tan Francigenis quam etiam Ispanis» 70 y estos francos son quienes dieron resonancia extrapeninsular al naciente núcleo urbano 71 o quienes determinaron la construcción de un puente sobre el río Ebro, obra que coronó San Juan de Ortega en 1183 72.

14. Sin entrar en pormenores sobre otros núcleos menos importantes, vemos cómo Nájera, Santo Domingo y Logroño debieron su florecimiento a la venida de estos francos que -incluso- determinaron el nacimiento de un nuevo estatuto jurídico, establecido para fomentar las nuevas poblaciones. En 1092, el Cid destruyó Logroño y suele decirse que de este hecho derivó la repoblación del conde García Ordóñez, que intentó crear un núcleo urbano denso y vinculado a Castilla. Según esta hipótesis en 1095 se concedió a la población un fuero para que en él se ampararan tanto las gentes venidas del otro lado de los Pirineos como las peninsulares 73. Por fortuna, sobre este fuero y sus consecuencias jurídicas tenemos un trabajo fundamental debido a mi maestro Ramos y Loscertales 74. Gracias a esto podremos con todo rigor determinar el sentido de esta puebla: la desviación del Camino de Santiago hizo que el fundo agrario que García Sánchez de Pamplona cedió a San Millán, pasara -otra vez- al honor real, como fin de etapa importante en las peregrinaciones jacobeas 75. De este modo, el rey, pensó atraer gentes extrañas a las de su tierra para que, con un estatuto jurídico poco gravoso y con garantías suficientes, trocaran el lugar su vivienda 76; de ahí que ese nuevo estatuto tuviera una personalidad muy definida: la franquicia; es decir: «integración de una libertad y una ingenuidad, como una capacidad del ejercicio de todos los derechos inherentes al status libertatis y como una exención de las cargas que debían levantar, al igual de los siervos, los hombres libres que poseían un predio en el dominio ajeno, cuya tenencia les imponía, además, una limitación de su libertad» 77. Así, pues, lo que fue un mero adjetivo de carácter étnico, francus, se convirtió en un estado social. y su motivación fue, incuestionablemente, la atracción de gentes que tuvieran facilidades para ejercer el comercio y para desenvolver una vida segura, gracias a unos privilegios reales. Aunque el fuero dice específicamente que a Logroño podían venir francigenis, ispanis o ex quisbuscumque gentibus, sin duda -al legislarse pensó en los franceses y por eso en su capítulo III se explica el significado de una expresión que allí se usa: "foro de francos» 78; esto es, algo que motivado por gentes ultrapirenaicas iba a tener aplicación para las de montes adentro. Baste recordar, por ejemplo, que cuando Sancho, conde de Castilla, ofrece la villa de Quintanilla al cenobio de San Millán ( 1003) la franquitas no se designa, por más que el hecho jurídico se formule: la cesión se hace genua et libera 79, es decir franca, según la terminología que -más tarde- había de acuñar el fuero de Logroño 80.

15. A pesar de estos hechos, no abundan los franceses en los documentos riojanos. He leído cuidadosamente los textos transcritos por don Luciano Serrano 81 y no he obtenido ningún fruto; idéntico resultado se infiere al estudiar los que editó M. Lucas Alvarez ( Valb. ) 82. No es mucho conseguir en más de doscientas páginas de lectura la documentación de un Monnio Peregrino 83 y el topónimo Covadegallecos 84, que debe remontar a g a l l i c u 'de Galia' (aunque no es imposible que fuera 'de Galicia'), cf. río Gállego, en Aragón 85. No es muy claro por qué esta ausencia de francos en la documentación, cuando tanto -lo sabemos- abundaron en las ciudades riojanas 86. La única explicación plausible es la de pensar que los documentos de San Millán y Valbanera son de carácter rural (compras, ventas, cesiones, etc., de predios más o menos en proximidad de los cenobios o de gentes que se relacionan o buscan su amparo en ellos), mientras que los franceses, cuando se establecían para afincarse en un sitio lo hacían buscando el lugar donde pudiera prosperar el comercio; esto es, en las ciudades con importante núcleo urbano o a las que iba a rendirse el final de una etapa de peregrinación.

16. Que la presencia de estos franceses fue abundante, por más que la lingüística lo silencie, está acreditado por el testimonio de la literatura. En Rioja se conocieron las gestas francesas y una nota, copiada en San Millán, precisamente, ha venido a revolucionar los estudios de la épica rolandiana 87. Esta nota es fechada por su editor entre 1065 y 1075; es decir, coincide con los años que otros documentos señalan ya como de abundante presencia de franceses: recuérdense los comerciantes que dominaban el mercado de Nájera en 1052, y a quienes he aludido en líneas anteriores. Manuel Alvar

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MIL AÑOS DE CASTELLANO - CUNA PARA UN IDIOMA

 
Era Castilla entonces un pequeño rincón:
era de castellanos Montes de Oca mojón.
y era de la otra parte Hitero el hondón:
Carazo era de moros en aquella sazón»

El «pequeño rincón» del siglo IX descrito en el poema de Fernán González se libera de la tutela leonesa en el siglo X se transforma en reino independiente en el XI y sus reyes sostendrán con los leoneses una dura pugna. que acaba en 1230 con la unión de ambos reinos bajo Fernando III. Durante estos siglos, la lengua castellana desplaza al latín, se impone al leonés y se convierte en lengua culta que llevan a su esplendor el poema del Cid y las obras - en prosa del Alfonso X el Sabio, hijo del rey unificador de Castilla y León.

Dividida en múltiples condados, Castilla debe su unidad y su independencia a su carácter de frontera oriental del reino leonés; mientras las revueltas internas mantienen a los emires cordobeses alejados de la frontera cristiana. Castilla ha estado dividida y los reyes de León han podido imponer fácilmente su voluntad; cuando Abd al-Rahmán III unifique de nuevo al-Andalus y lance sus ejércitos contra los cristianos, la defensa del reino leonés exigirá la unificación de Castilla, la creación de un mando único que permita hacer frente a los ataques musulmanes, iniciados desde la zona del Ebro, para evitar el poco poblado valle del Duero.

Esta unión, realizada espontáneamente por los castellanos y alentada por los monarcas leoneses, dará al nuevo conde, Fernán González, un poder que le permitirá enfrentarse al rey de León y conseguir para Castilla una situación de independencia reclamada por los castellanos, que se sienten y son distintos a los leoneses. Las tendencias disgregadoras del reino se manifiestan simultáneamente en los dos extremos: en Galicia y en Castilla, pero mientras los condes gallegos carecen de fuerza para imponerse -sólo en el siglo XII se independizará Portugal en momentos de debilidad de la monarquía-, los castellanos logran, a partir del siglo X, que sea reconocida políticamente su originalidad, aunque para conseguirlo tengan que enfrentarse a leoneses, navarros y musulmanes o aliarse a unos contra otros.

La fuerza militar y las ambiciones personales de Fernán González y de sus herederos son factores importantes a la hora de explicar la independencia de Castilla, pero ésta no habría sido posble si castellanos y leoneses no hubieran sido diferentes; del mismo modo, puede afirmarse que sin la existencia de semejanzas y de intereses comunes no habrían sido posibles las uniones que culminarían en la unión definitiva de 1230, a la que seguiría un proceso de unificación interna que aparece consolidado en el siglo XIV.

En el siglo X, los castellanos tienen intereses distintos y se sienten diferentes de los leoneses; repoblada en los siglos IX y X por cántabros y vascos occidentales poco «civilizados», es decir, poco romanizados y escasamente influidos por la cultura visigoda, Castilla prefiere la costumbre ancestral o la decisión de hombres justos antes que la aplicación de la ley, representada en el reino por el Liber Iudiciorum visigodo, y cuando los castellanos creen sus propias leyendas las centrarán, en primer lugar, sobre los llamados Jueces de Castilla, que son los representantes de la diferenciación jurídica respecto a los leoneses y también los defensores de la independencia política, según se desprende del poema anteriormente citado:

 
«Todos los castellanos a una se concertaron,
dos hombres de valía por alcaldes alzaron ;
los pueblos castellanos por ellos se guiaron :
sin nombrar ningún rey largo tiempo duraron.»


Las diferencias jurídicas no son las únicas que separan a castellanos y leoneses: el idioma los diferencia, igualmente, y también la organización social, de la que el Derechó es un reflejo. Los repobladores de Castilla no conocen la jerarquización social acentuada que, derivada del mundo visigodo, se impone en el reino leonés, y las desigualdades que pueden observarse entre los primeros castellanos proceden no de la herencia, sino de la función que cada uno puede desempeñar en una sociedad guerrera; será noble aquel que por su riqueza esté capacitado para combatir a caballo, pero su situación no difiere mucho de la de sus convecinos.

La libertad individual frente a la servidumbre gótico-asturleonesa será, pues, la primera característica de la población castellana que alternará el trabajo de los campos con el ejercicio de las armas exigido por el carácter fronterizo de Castilla, mientras en Asturias y León la guerra, como en época visigoda, es eminentemente una actividad nobiliaria y esporádica, hecho que pone de manifiesto el mayor precio de los caballos de guerra y de las armas en Castilla que en León. A las diferencias entre una sociedad guerrera y otra alejada de la frontera alude el Cantar de Rodrigo cuando contrapone la mula que monta el rey de León al caballo de Fernán González:
 
«Maravillado estoy conde, de cómo sois tan osado
de no venir a mis cortes para besarme la mano,
que el condado de Castilla es de León tributario,
porque León es el reino y Castilla es un condado.
Entonces respondió el conde: Mucho vais andando en vano.
Vos estáis en buena mula y yo sobre un buen caballo.»

El carácter fronterizo no anima a instalarse en Castilla ni a la nobleza de origen o cultura visigoda ni a los clérigos mozárabes huidos de Córdoba, por lo que en Castilla ni existirán grandes linajes ni proliferarán como en León, al menos hasta época tardía, los monasterios y las grandes sedes episcopales, que son los dueños de la tierra, de la riqueza, y poseen la fuerza necesaria para someter a los campesinos libres que subsisten en las montañas asturleonesas. No se produce, por tanto, hasta época posterior, la concentración de la propiedad que puede observarse en otras zonas y se mantiene la libertad individual que está, además, garantizada por la mayor resistencia que pueden ofrecer las comunidades rurales -predomina el hábitat concentrado frente al disperso propio de las montañas leonesasa la absorción de sus bienes y personas por los grandes propietarios.

Estas diferencias con la población asturleonesa terminarán provocando una diferenciación política que se traduce en la independencia lograda a mediados del siglo X bajo la dirección de Fernán González; pero mucho antes se han producido las primeras manifestaciones del particularismo político castellano. Desde la creación de condados en Castilla (el primer conde conocido, Rodrigo, aparece documentado en el año 850), sus habitantes se ven obligados a erigir fortalezas que suplan la ausencia de defensas naturales, y desde ellas los condes no tardan en desafiar la autoridad de los reyes leoneses del mismo modo que desafían al poder carolingio los condes situados en zonas fronterizas. Castilla se independiza de León del mismo modo que los condados catalanes se apartan de la obediencia carolingia.

Mantener la independencia no fue fácil para quien, según el Cantar de Rodrigo, «no quería obedecer a moro ni a cristiano» y veía sus dominios rodeados por leoneses, navarros y musulmanes. Una hábil política de equilibrio y oportunas alianzas con unos y otros permitirán a Castilla mantenerse independiente y ampliar considerablemente sus fronteras a costa de los musulmanes, pero no pudieron impedir que Castilla se convirtiera en un protectorado de Navarra a raíz del asesinato en León del infante García, en 1029.

A la muerte de Sancho el Mayor de Navarra (1035), su hijo Fernando sería rey de Castilla y dos años más tarde reinaría en León después de haber derrotado al monarca Bermudo III; en adelante, la hegemonía corresponderá a Castilla. Una inteligente política de atracción de la nobleza leonesa y la evolución de la sociedad castellana hacia formas feudales semejantes a las leonesas facilitaron el entendimiento durante el reinado de Fernando, pero no fueron suficientes para impedir que a su muerte resurgieran las diferencias entre gallegos, castellanos y leoneses, cuyos enfrentamientos ocupan los años 1065-1072 hasta la muerte en Zamora de Sancho II de Castilla y la aceptación de Alfonso VI como rey único tras jurar no haber tomado parte en el asesinato de su hermano.

Nuevos enfrentamientos entre castellanos, leoneses y gallegos tienen lugar a comienzos del siglo XII durante la minoría de Alfonso VII el Emperador, quien, una vez más, dividió en 1157 sus dominios entre sus hijos: Sancho III sería rey de Castilla, y Fernando II, de León; los enfrentamientos entre ambos reinos fueron continuos y también los tratados de paz, uno de los cuales iría avalado por el matrimonio de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla; su hijo, Fernando III, heredaría los derechos de uno y otra y unificaría ambos reinos en 1230, a la muerte de Alfonso.

De simples condes dependientes del reino de León, los señores de Castilla se han convertido en reyes con autoridad sobre el antiguo reino; Castilla ha pasado a ser hegemónica y así lo demuestran las divisiones de 1065 y 1157: en ambos casos, el primogénito fue rey de Castilla, como símbolo de la importancia adquirida, y el segundo se vio relegado a reinar en León; Fernando III y sus sucesores antepondrán el título castellano al leonés...

Expansión del castellano

Paralela al ascenso político de Castilla es la extensión de la lengua castellana, que si en principio es una más entre las lenguas romances terminará convirtiéndose en el idioma único de ambos reinos; signo distintivo de la personalidad castellana, del mismo modo que las «fazañas» reflejan la oposición al Fuero Juzgo, el castellano adquiere importancia, según los lingüistas, porque evoluciona más rápida y completamente que el leonés, y las razones de esta evolución hay que buscarlas de nuevo en la situación de Castilla en el siglo X.

Allí donde existe una población relativamente culta el latín conserva un gran prestigio, mientras el romance sólo tiene utilidad en la conversación y se halla minusvalorado; en Castilla, la tradición culta es prácticamente inexistente, el castellano es el único medio de expresión para la mayor parte de los pobladores y el deseo o la necesidad de diferenciarse de León da al castellano un prestigio del que carece el leonés.

Pronto el idioma se convierte en arma política utilizada por los poetas para cantar a los héroes de Castilla y para, en cierto modo, crear una «conciencia nacional» en la que cabe destacar el antileonesismo y los ataques a los musulmanes; los cantares de Fernán González, de los Siete Infantes de Lara, de la Condesa traidora, del Infante Garcia... preparan el camino, son el precedente del Cantar de Mio Cid, sobre el que otros especialistas escriben en este número.

Diferente de León por su situación fronteriza y por el distinto origen étnico y cultural de sus pobladores, Castilla irá perdiendo sus rasgos diferenciales a medida que cambien las circunstancias; su organización interna le permitirá extenderse por el semidesierto valle del Duero en los años iniciales del siglo X, y la unión con los leoneses ampliará su capacidad ofensiva y repobladora hasta hacer posible la ocupación, en 1085, de la antigua capital visigoda y la repoblación de las tierras situadas entre el Duero y el valle norte del Guadiana.

A medida que avanza la ocupación de territorios por el esfuerzo, conjunto o separado, de castellanos y leoneses, disminuyen las diferencias entre unos y otros; en las zonas nuevamente ocupadas, la repoblación es llevada a cabo del mismo modo: el sistema empleado en Avila o Segovia no difiere del utilizado en Zamora o Salamanca; los habitantes de la nueva frontera son libres en su mayoría como lo exige la situación de guerra permanente y son dueños de la tierra que cultivan; al igual que en los concejos castellanos del siglo X, quien posee un caballo pasa a formar parte de la nobleza conocida con el nombre de caballería popular o villana que, con el tiempo, se reservará en exclusiva el gobierno de los concejos...

En la zona norte de ambos reinos, las diferencias subsisten, pero van disminuyendo continuamente; también en Castilla con el paso del tiempo se crea una nobleza de sangre, surgen grandes monasterios, se restauran las sedes episcopales, aumentan las diferencias económicas y sociales entre los hombres y los pequeños campesinos ven cómo sus tierras son absorbidas por las grandes propiedades y cómo ellos mismos se ven obligados a aceptar o a reconocer la protección, la dependencia respecto a los grandes propietarios.

Paradójicamente, la existencia de nuevas tierras que cultivar y la oferta de libertad y de tierras en propiedad a quienes se trasladen a ellas perjudica a los campesinos dependientes del Norte; la emigración masiva habría dejado sin cultivadores los viejos campos y para evitarlo se reduce la libertad de movimiento y se incrementan los derechos de los señores sobre los campesinos. Todavía en el siglo XIV habrá diferencias entre castellanos y leoneses: mientras el campesinado leonés se halla en su mayor parte sometido a la nobleza laica o eclesiástica, las comunidades rurales de la Castilla originaria podrán elegir su propio señor; en un caso habrá vasallos; en el otro, hombres de behetría; en los dos, campesinos dependientes, pues la behetría es, en suma, una modalidad de la encomendación que puede adoptar diversas formas, según la mayor o menor libertad que posean las comunidades para elegir señor.

Las desigualdades y diferencias económicas y sociales en el siglo XIII poco tienen que ver con la división en reinos; en lugar de establecerse entre el Este y el Oeste, entre Castilla y León, se establecen de Norte a Sur en razón de la proximidad o alejamiento de la frontera: los hombres libres dueños de la tierra que cultivan predominan en las tierras nuevas (Castilla la Nueva y Extremadura) recientemente conquistadas; la dependencia y el cultivo de tierras ajenas serán más numerosas en el norte de la Península, y cuando Alfonso X, en 1268, fije precios y salarios dividirá el territorio de Norte a Sur: un jornalero cobrará 6 maravedís al año entre el puerto del Muladar y Toledo y entre el Duero y el Camino de Santiago, y 4 en la zona situada al norte del Camino...

Pese a todo, la identificación entre castellanos y leoneses no es total y reflejo de las diferencias será la celebración de Cortes por separado y el estudio en ellas de problemas distintos para cada uno de los reinos; será preciso esperar a la primera mitad del siglo XIV para que los concejos pidan al rey que celebre conjuntamente Cortes para castellanos y leoneses, para que las diferencias económicas, sociales, jurídicas y culturales hayan desaparecido. José Luis Martín.

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EL CUADERNO DE UN ESTUDIANTE DE LATÍN

Vaya por delante que soy un cordial partidario de las fiestas y que cualquier excusa me parece válida para zascandilear en una si el convite vale la pena. No por ello doy necesariamente por bueno y oportuno el motivo de la celebración. Como tampoco le hago ningún asco a cobrar doble en el mes de julio, aunque, después de pasar por caja, quizá no me entusiasme el Movimiento Nacional y pueda preguntarme si realmente empezó un 18 y no más bien un 17 o un 19 (e incluso -apostillaría aquí un socarrón de izquierdas-, incluso si ha terminado ya). En hora bendita, pues, llegue el inesperado milenario del castellano, si trae consigo solaces y ocasión de divertirse con el espléndido juguete de la lengua. Pero de vuelta en casa, tras la función, no es imprescindible comulgar con ruedas de molino.

A estas alturas del número, supongo, el lector de Historia 16 habrá confirmado de sobras algo que sin duda no ignoraba: las lenguas no nacen tal o cual año, sino a lo largo de muchos azares, y conmemorar el milenario del castellano es solo una honesta manera de pasar el rato o (más exactamente) de matar el tiempo. Sin embargo, a ese mismo lector de talante crítico tal vez no sea inútil reiterarle otra precisión, por si no se le hubiera advertido según conviene: las Glosas Emilianenses, pretexto (entiéndase literalmente) para la digna conmemoración, no se escribieron en los aledaños del 977. Desde que Menéndez Pidal publicó una parte de ellas (en un libro de veras magistral, Orígenes del español), la paleografía ha caminado no poco, y los más expertos conocedores coinciden hoy en dictaminar que las Glosas difícilmente pueden ser anteriores al último tercio del siglo XI.

Al servicio del latín

También sabrá ya el curioso lector que no es el castellano el idioma de las Glosas : mejor dicho, el idioma de las Glosas no latinas ni vascas, y, sobre todo de la más extensa y sustancial, la doxología o súplica laudatoria «Cono aiutorio de nuestro dueno...». Los especialistas identifican ahí el habla riojana (en rasgos como cono, por 'con el') «muy impregnada de caracteres navarro-aragoneses» (así get -articúlese como si la g fuera una j francesa-, por 'es'). Pero es lícito proponer una cautela y señalar que no hay ninguna seguridad de que el autor de las Glosas (si admitimos que no se limitaba a copiar un modelo) tuviera como propio ese dialecto riojano con peculiaridades navarro-aragonesas. Es posible y aun probable que fuera eusquera y que hubiera aprendido el romance poco antes de iniciarse en el latín. Pues, si el recurso ocasional al vasco y algunas confusiones o singularidades llamativas hacen pensar que nuestro escriba no andaba muy fuerte en riojano-navarroaragonés (o lo que fuere: el panorama lingüístico de la Península en los siglos X y XI estaba demasiado revuelto, las variantes locales eran demasiado graves, para pretender ahora excesivos matices), caben escasas vacilaciones en cuanto al proposito del glosador al ponerse a la tarea : estudiar latín.

Es natural que por el legítimo deseo de dar a conocer una etapa relevante en la historia lingüística de la Península tienda a realzarse la pequeña porción de las Glosas que ilustra la pronunciación, la morfología o el caudal léxico de las hablas españolas en la Edad Media. Con todo, no se descuide el hecho primario: las Glosas Emilianenses son apuntes o anotaciones puestos para comprender unos textos latinos. El manuscrito que los contiene es logicamente modesto, como cabía esperar de un cuaderno de deberes: para hacer prácticas de gramática, no se iba a emplear uno de esos infolios de caligrafía y ornamentación espléndidas que eran el orgullo de un scriptorium. Así, el glosador fue a parar a un códice pobre y plebeyo: un volumen, en ínfimo pergamino, que verosímil mente se consideraría sin actualidad ni gran interés, y apto, por tanto, para los ejercicios de un escolarillo.

De entre las piezas de la miscelánea que le venía a las manos, nuestro hombre se entretuvo durante algún tiempo con un par de pasajes de un cierto tono pintoresco. Trabajo, pues, en desentrañar el relato de una visión en la que Satanás aparecía coronando y sentando a su diestra a un diablo que había perseguido cuarenta años el admirable logro de que un monje se decidiera a fornicar una vez (la anécdota formaba parte de una coleccion de ejemplos monásticos extraída de las Palabras de los mayores o Liber Geronticon) ; y se ocupó además en descifrar las revelaciones del «rey Aristoteles» al «obispo Alejandro» sobre los signos que anunciarán el fin del mundo (obra de procedencia no averiguada, aunque de ingredientes y personajes harto familiares a los investigadores) .Pero la principal atención se la dedicó a la antología de pláticas que cierra el manuscrito, donde se presenta atribuida a San Agustín, si bien consta mayormente de fragmentos de homilías de San Cesáreo de Aries (con algunas sabrosas adiciones). y no es síntoma desdeñable que las líneas que han solido juzgarse «el primer vagido de nuestra lengua» se hallen al margen de un sermón de San Cesáreo: porque el obispo de Aries, a comienzos del siglo VI, se distinguió en subrayar la urgencia de predicar al pueblo en una lengua y un estilo adecuados a su rusticidad.

Como trabajaba el glosador

Pero, ¿qué hacía nuestro estudiante con esos textos? Para empezar, los segmentaba en unidades con sentido relativamente autónomo y dentro de cada una, mediante letras superpuestas a cada palabra o grupo (a, b, c, ...), señalaba en qué orden debía leerse la frase. De suerte que al tropezar con un período como el siguiente: Nam de neclegentibus sacerdotibus ipse Dominus ad populo loquens dicit..., cavilaba que sus elementos habían de distribuirse así : Nam loquens dicit ipse Dominus ad populo de neclegentibus sacerdotibus... Después, recurriendo a la declinación de los pronombres correspondientes y a otras indicaciones, consignaba el caso gramatical de los sustantivos, suplía los sujetos y complementos no expresos, introducía los relativos implícitos, añadía enlaces y componentes supuestos, etc. Donde encontraba, pues, Que dicunt vobis lacite, que autem laciunt nolite lacere, él, amén de ordenar las oraciones o asentar (con un quibus) que vobis era dativo plural, daba esta interpretación:

[O populi] , que [precepta] dicunt
[qui sacerdotes] vobis, [vos] facite;
que [mala] autem [mala] faciunt
[qui sacerdotes] [vos] nolite facere
[ea mala].

Por otro lado, cuando no entendía un término, consultaba un vocabulario y anotaba en el margen de la página la significación que creía apropiada, en latín o en vulgar, relacionando la glosa y la palabra problemática con una llamada común a ambas. De tal manera, explicaba insinuo con «io castigo» (es decir, 'yo aconsejo') o libenter con «voluntaria» ('voluntariamente'). En esas operaciones, más de una vez se equivocaba, arrastraba errores del códice de las fuentes de información que manejaba, y ofrecía aclaraciones poco ortodoxas. Pero, en suma, se iba adiestrando en comprender y analizar un texto latino elemental.
Todos los ejemplos del párrafo anterior -transcritos con la ortografía y las deturpaciones del originalfiguran en el mismo folio que la invocacion «Cono aiutorio...» No obstante, si me he demorado en sugerir como sudaba el escolar de marras es porque vale la pena insistir en que las Glosas Emilianenses, además de como documento temprano del romance, tienen una segura importancia en tanto testimonio de los métodos empleados en la enseñanza del latín. Uno y otro dato dependen más entre sí de lo que con frecuencia se afirma.

¿Lengua real o jerga de principiante ?

En la más larga y elaborada de las Glosas se propone ver en general. «el primer texto en que el romance español quiere ser escrito con entera independencia del latín». Pero hay que limitar ligeramente este entusiasmo. Resulta obvio, desde luego. que una buena parte de la célebre formula es a un tiempo traducción y paráfrasis de unas líneas latinas. En efecto,

Cono aiutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena honore e qual duenno tienet ela mandatione cono Patre, cono Spíritu Sancto, enos siéculos de lo(s)) siéculos...

es simplemente un traslado de la deprecación con que concluye la homilía de San Cesáreo:

adiubante domino nostro Ihesu Christo, cui est honor et imperium cum Patre et Spíritu Sancto in secula seculorum...

Eso es obvio, digo, y en nada afecta a la identidad de la acotación romance, por cuanto aquí nos atañe. Sí quiero realzar, en cambio, que el autor de tal glosa se ejercitaba en el latín por el procedimiento de anotar en cada enunciado los factores que el uso normal y correcto deja tácitos; y así, para el pasaje recién citado, daba esta reconstrucción: ...domino nostro Ihesu Christo, cui (domino) est honor et (cui domino est) imperium...

No de otra manera que en el trozo que he citado antes unía al verbo el relativo y el nombre pertinentes: «que [precepta] dicunt [qui sacerdotes] vobis...». Pero ese recurso se le convirtió en hábito mental y determinó en varios aspectos las frases romances que trazaba. Por ejemplo, «qual dueno get ena honore e qual duenno tienet ela mandatione. ..» es tan artificial como la versión que más o menos daría el glosador, entre sí, a la frase recordada hace un momento: 'quales mandationes dicen quales sacerdotes a vos...' A la postre, ese «qual dueno. ..» pertenece a la misma jerga seudopedagógica, sin realidad lingüística, que quizá aún suene a veces en las academias de idiomas, me temo, cuando se lea «He saw me and he gave me the pen) y se traduzca por «El vio a mí y él dio a mi la pluma...» o disparate similar.

La más célebre Glosa Emilianense, pues, no se redactó «con entera independencia del latím) a todos los propósitos. No por ello le haré remilgos a la benemérita invención de un Milenario de la lengua castellana. Pero arriba he recordado al lector que las Glosas Emilianenses no parecen haber alcanzado el «milenario» ni estar en «lengua castellana». A la luz de casos como el que acabo de aducir, por otra parte, y con una pizca de escepticismo no rematadamente frívolo, .casi me atrevería a decir que en algunos rasgos ni siquiera son «lengua» de verdad: se quedan en pre-texto. Francisco Ríco - Fuente: vallenajerilla.com/glosas. ENCICLONET

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