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GLOSAS EMILIANENSES - EL
INICIO DE TODO
- IDIOMA
ESPAÑOL
Las herencias que ha recibido España a lo
largo de los siglos es incontable. Herencia cultural,
idiomática, psicológica, social,
económica. Aquí lo que dice el
diccionario de la RAE sobre la herencia: Rasgos o
circunstancias de índole cultural, social, económica, etc.,
que influyen en un momento histórico procedentes de otros
momentos anteriores. En esta recopilación
de datos se pueden ver también: Lenguas Romances - Plácidos
Casineses - Glosas Emilianenses - Dialectos - La Historia -
Vagido de la lengua - Dialecto Riojano - Mil años de ...
___________________________________
ASOMBROSA HERENCIA
Es realmente asombrosa la herencia, la caudalosa herencia
que de esas mínimas palabras se ha desprendido. Con razón
pueden ponerse hoy en esa lápida que, desde hace unos
instantes, brilla en las paredes de esta casa. Lo que a
mediados del siglo X se nos
presenta como un penoso balbuceo es hoy la lengua de más de
doscientos millones de hombres y tiene a sus espaldas el
haber creado, única entre las lenguas modernas, mitos de
universal valía: La Celestina, Don Juan, Don Quijote no
supieron nunca, en la anchura generosa de su personal vuelo,
nada de su humilde antepasado, aquí, en la raya del vasco,
en una situación conflictiva entre la huella de las legiones
y la administración romanas y una cultura de signo popular,
rural, vitalista, apegada al terruño. De una conjunción tan
dispar ha salido Como resultado el ademán español ante el
mundo. De ese ademán recordamos hoy, aquí, su primera
manifestación escrita, tímida, acobardada, recelosa casi,
agazapada entre el prestigio religioso de las palabras
latinas, las palabras ungidas por la cultura superior, por
el mito, por la relación con lo inasible.
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LENGUAS ROMANCES
Toda persona que se acerca al campo de las ciencias
filológicas tropieza más de una vez con estas pequeñas
advertencias, vocablos sueltos, alguna frasecilla breve que
un monje probablemente vasco, por lo menos, bilingüe,
escribió en el cenobio de San Millán a mediados del siglo
X. La lingüística románica,
ciencia ,que avanzó a una rapidez de vértigo en el siglo XIX
y la primera mitad del
XX (tan aprisa que está hoy
moribunda, exangüe) , tuvo que encararse con este
testimonio. y se destacaron de mil maneras, con esa afición
pedantesca del hombre de ciencia a ordenar todo según su
personal capricho, los rasgos de las voces contenidas en el
rancio documento. Y, como era de esperar, se comparaban con
sus parientes no españoles. Sobre todo con los testimonios
franceses e italianos, ya que otras lenguas eran poco
conocidas (el caso del portugués, del rético) , o había
aparecido muy tardíamente sobre el papel (el caso del
rumano) .Se destacaba siempre ,que el primer texto escrito
en francés, los Juramentos de Strasburgo, del año 842, era
un texto político, y 'que el primer texto escrito en
italiano (Plácitos Casineses) , de hacia 960, era un texto
jurídico. y se proclamaba que el nuestro, el español,
basándose especialmente en la traducción final de un sermón
agustiniano, era una oración.
Nada más fácil que deducir de ahí casi la prefiguración
total dela historia subsiguiente en cada una de las lenguas.
El francés, la lengua de la política, de las cancillerías,
la lengua de los salones, hábil con especial empeño para
dirimir cuestiones de límites, de peleas dinásticas, de
política, en una palabra. El italiano salía de esas
confrontaciones hecho la lengua del derecho, la de los
sesudos estudiosos de Bolonia. (El otro texto primitivo, más
primitivo aún, puesto que es de fines del VIII o principios
del IX, L´indovinello Veronese es una adivinanza, con lo que
nos llevaba al camino de la astucia y la artería
renacentista, y salían los Borgias al retortero, claro está,
pero olvidándose de que los Borgias tenían su mucho de
valencianos). Y el español, en esta ruta, era la lengua del
rezo, de la conversación con Dios. Realmente, era difícil
hallar una solución más oportuna para explicar, ya en los
años del siglo X, los místicos del XVI, la frase del
Emperador en la archifamosa reunión italiana, incluso la
evangelización de América o los Ejercicios de San Ignacio;
pero. ..
Todo esto es verdad. Es, además de verdad,
extraordinariamente subyugador. Yo veo prefigurada en esas
palabras iniciales la verdadera historia íntima de los
pueblos. la historia que en estos momentos parece estar en
descrédito, ahora que los historiadores se lanzan de
preferencia por las interpretaciones económicas de la
conducta humana, e incluso de la literatura. (Hay ilustre
profesor que piensa que los judíos fueron expulsados de
España a fines del siglo XV por razones económicas : ahí
tenemos un ejemplo de la falta de seriedad a que nos pueden
llevar nuestras opiniones partidistas).Todo eso, digo, es
verdad, pero la historia no puede ser solamente una cosa,
una sola cosa, de entre las muchas que el hombre hace. Al
hablar de hombres no podemos reducirlos a simplistas
esquemas, sino que conviene replantearse la situación de
cada cosa, de cada sucedido, para ver cuál es el que más se
repite y extraer de ello consecuencias estructurales,
formales, que nos sirvan para algo más y las Glosas como
sujeto histórico también nos dan ejemplar enseñanza.
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JURAMENTOS
DE STRASBURGO
Es verdad que los textos francés e italiano son así, son
lenguas que yo me atrevería a llamar de estadios superiores
de la vida (y entra, naturalmente, la realidad económica que
los historiadores actuales buscan} .La gente que jura en
Strasburgo los límites delas tierras del Rin son ,gentes de
salón, nobles, palatinos, gentes con el riñón bien cubierto,
y está fuera de toda duda que pertenecen a la casta
directora, son los que pueden repartir sobre el mapa sus
heredades, sin contar para nada con los repartidos. Ahí está
la realidad de una historia secular, el eterno litigio, ese
ir y venir de un lado a otro las tierras de Alsacia y de
Lorena. Y las gentes que lo hablan y escriben son siempre
aristócratas en el bueno y único sentido de la palabra,
aunque pueda coincidir con el más usual. Una transformación
fonética del francés, incluso casual, puede hacerse 'general
si ha sonado bien en los oídos cortesanos o si ha sido
pronunciada por los labios de una amante del rey. La lengua
se impone de arriba abajo, cortesanamente, ayudada por los
gramáticos. En toda la larga historia, larga y brillante, de
la lengua francesa, tan sólo un hecho evolutivo es obra del
pueblo, de la comunidad, y 'para eso ,hay que llegar a la
Revolución, a los años de la Restauración borbónica en el
siglo XIX. Lengua, pues, superior, dirigida desde arriba por
los socialmente mejores, y aceptada por los de abajo, por el
predicamento intocable, mítico, que los de arriba ejercen.
PLÁCITOS CASINESES
Algo parecido, incluso más extremista, ocurre en el
italiano. Los plácitos de Montecasino revelan el imperio de
la ley, de la mejor herencia romana: el derecho, así, en
abstracto. Se tiene un sentido reverencial de la
legislación, lo que no excluye el uso de trampas. El hecho
de las testificaciones de Capua lo demuestra. Pero esas
personas son también de la tradición culta, son de salón,
Jueces, magistrados; incluso las palabras populares que
suelta el labriego en el juicio están teñidas de
leguleyismo, son acomodadas del ritual consagrado y acatado.
Los jueces marcan una diferenciación entre su 'habla,
saturada de latines, y la del labriego ignaro. La lengua
literaria misma, por encima de las infinitas variedades
dialectales, es un invento superior, el resultado de una
laboriosa contienda entre el hombre, creador y artista, y la
lengua común. Esa lengua se la han sacado de la manga, un
buen día de la Florencia del XIV, tres hombres egregios:
Dante, Petrarca, y Boccaccio. y esa lengua sigue pesando
sobre todo nacido en la península italiana, una lengua
exquisita, pulidísima, que sirve de fácil espejismo de
coterraneidad, pero que, en realidad de verdad, no lo es.
Tan fuerte es o ha sido su fuerza sugeridora, que acabó con
las posibilidades literarias de otros dialectos, con el
veneciano, por ejemplo, o con el romano, vivo aún en el XVI,
extinguido a pesar del enorme relumbrón de la corte
pontificia. El halo cortesano del francés es aquí
deslumbramiento de la personalidad creadora, pero el primero
es muy parecido.
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LAS GLOSAS. MÍSTICA Y
PICARESCA
Vengamos ahora a nuestras Glosas y a nuestra habla
castellana. Nos encontramos con una lengua hecha totalmente
al revés que sus hermanas, el francés y el italiano. Es una
lengua que no sabe de salones, que está hecha de abajo
arriba. Se va imponiendo en su historia como la obra de
todos, colectivamente, en quehacer común, el del pueblo, y
al decir pueblo no quiero decir plebe, que es otra cosa,
digo pueblo, la organización sociocultural en la que todos
entramos, donde habita por igual el prelado, el noble de
sangre, el artesano, el villano, el sometido, el
delincuente, el santo... Una lengua que alcanza sus cimas
expresivas sin otra ortopedia que el «escribo, como hablo»,
que defendía Juan de Valdés, o el «buen gusto» de la reina
católica. Una lengua como la vida misma, en tumultuoso
devenir, dejando a cada paso su huella imborrable.
Este anónimo glosador es un monje que probablemente no tiene
el castellano como lengua materna. Desliza voces de claro
aire aragonés, con las oclusivas sordas sin sonorizar; no
está muy seguro todavía en lo que a las vocales finales se
refiere. Su peso latinizante le hace respetar siempre la «f»
inicial latina, pero es muy probable que le llamara, y
mucho, la atención el que muchos hablantes no la
pronunciaran, y quizá eso fuese ya para él un testimonio de
vulgarismo intolerable; tiene las formas arcaicas del
artículo y diptonga algunas formas del verbo ser, (que ya
aparece invadido por sedere) , como solían hacer los
mozárabes en muchos sitios. ...Ha
dejado escapar entre sus Glosas algunas en vasco, y en un
vasco algo dificilillo, que participa de caracteres de
varias variantes de esta lengua. En fin, se tiene la
impresión de estar oyendo a un mozárabe que se empeña en
adiestrarse en un latín olvidado.
Es un poco maestrillo, por otra parte, que necesita, por
alguna razón, allanarse dificultades en el texto fuente.
Este monje emilianense, que no pudo nunca calcular qué flaco
servicio nos hacía al tener que estar desentrañándole, me
produce la impresión de un estudiante actual, que va a los
exámenes con alguna minúscula, inocente trampa, donde van
escritas las contestaciones a las temidas preguntas, la
resolución a las fórmulas de los horripilantes problemas.
¿Que no sabemos traducir Et ecce repente? Pues escribo entre
líneas lueco; ese luego que significa «inmediatamente», como
lo significó hasta la lengua del XVlIl y como todavía se
puede perseguir en América. ¿Que suscitavi es rarillo ? Pues
escribo al lado levantai y ya está resuelto. ¿Que pecuniam
es confuso? Nada más fácil que poner al lado ganato.
En fin, si mirando las Glosas desde el punto de vista del
contenido y el contexto hemos llegado a explicarnos los
místicos, mirándolas desde el hecho mismo de hacerlas, nos
encarrilamos hacia la picaresca. Qué le vamos a hacer. y
esto sí Que es español, de veras español; un sentido
integral de la existencia, una mezcla extraña y absurda de
dignidad y satanismo, de bondad generosa y de roñosería
inequívoca.
Y digamos, para concluir, que lo que el monje anónimo está
haciendo no es otra cosa que escribir lo que habla. Palabra
romance, familiar, o vasca aún más familiar 'Y limitada,
igual que andando el tiempo, Santa Teresa recurrirá a tachar
cualquier voz que le parezca seria o erudita para
sustituirla por otra del mercado o de la conversación,
incluso 'por un regionalismo agresivo. Así va penetrando en
nuestros mejores hitos esa voz de la calle, la del que canta
en la esquina, la que resuelve, rapidez y buena intención,
los problemas del desvivirse cotidiano. Esos son las Glosas,
nada más, nada menos.
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PALABRAS QUE CONGREGAN
Sin embargo, no debemos hacer generalizaciones peligrosas.
Se han podido perder muchos documentos que alterarán esta
visión con que la filología románica nos ha venido atrayendo
a sus filas. Han podido ocurrir tantas y tantas cosas ...N o
olvidemos que estamos en 950, que aquí en esta tierra, no
hay ni siquiera españoles, que la palabra español es un
provenzalismo, que los que aquí habitan son gentes en una
constante lucha religiosa, enajenada, enloquecida. Para un
europeo, la que hay en la Península Ibérica, en la vieja
Hispania, son gentes de tres tipos...cristianos, moros y
judíos.
Esas tres palabras no añaden al hombre una connotación
terruñera o geográfica, sino que aluden a una peculiar
manera de resolverse los problemas de esta vida y de la
otra. Y aquí sí que las Glosas, con su papel de aclaración
de unos textos piadosos, cumplen con un papel muy del
tiempo. Los españoles hemos sido, de entre todos los pueblos
modernos, los únicos que hemos confundido, a veces muy
peligrosamente, las fronteras de la vida política con las
fronteras de la creencia. De ahí también que este monje
anónimo de San Millán, que hoy recordamos, tenga todavía la
fuerza necesaria para congregarnos, para ,hacernos ir una
vez y otra a rebuscar en las palabrejas sueltas que
intercaló sobre un texto ya entonces venerable. Lo que no
pudo prever cuando escribía cuidadosamente seguro, muy
despacito, y paseando la lengua de extremo a extremo de los
labios, para que saliera bien su grafía, lo que no pudo
prever, repito, fue esta formidable descendencia que, en
voz, en letra, en aliento, ha vivido el español, en aquella
lengua de su pequeña trampa de latinista mediocre: una
literatura incomparable, que participa, no podía ser menos,
de lo que tienen otras, es decir, de la que acarrea consigo
el hecho de ser hombre.
La Real Academia Española, que, ha
tenido el acuerdo de designarme para representarla aquí, no
podía estar ausente en este acto, en el que se recuerda el
primer balbuceo, a mil años vista, de la lengua cuya
custodia le está encomendada. Alonso Zamora Vicente
-
Secretario Perpetuo de la
Real Academia Española
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ESTUDIO PRELIMINAR DE LAS
GLOSAS
Las glosas emilianenses son las
anotaciones en latín, romance y vasco, interlineadas o
marginales, escritas en el siglo XI en el códice latino
Aemilianensis 60 (Biblioteca de la Real Academia de la
Historia), con la intención predominante de resolver
dificultades de comprensión sintáctica, morfológica y léxica
de ese texto latino.
2. La lingüística nos obliga a puntualizar que una lengua no
nace en un momento exacto y en un lugar determinado. Una
lengua hablada experimenta modificaciones que se difunden y
admiten por los hablantes con lentitud (E. Coseriu, 1988; E.
Alarcos, 1982; F. Lázaro, 1980); por ello, un planteamiento
riguroso a la hora de abordar lo concerniente al nacimiento
de nuestra lengua sería el que se encuentra en las palabras
justas y expresivas de Dámaso Alonso (1972, p. 11): «el
latín llega a ser el español a lo largo de una evolución
lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y
decir: " Aquí está el español recién nacido." Así contestó
la ciencia. Pero en el espectro hay un instante en el que ya
estamos seguros de ver el color amarillo, y no verde. Se
trata, pues, de saber cuál es el primer testimonio
conservado que caiga ya del lado del español, y no del
latín».
Y en este sentido, con la cautela y relativismo
convenientes, no cabe duda de que con las Glosas
Emilianenses nos encontramos ante «la más antigua aparición
escrita (por ahora) de algo que no es latín y parece
castellano», ante "el primer ejemplo histórico de nuestra
lengua» (E. Alarcos, 1982, pp. 10 y 17).
3.1. La importancia filológica del Aemilianensis 60 radica
en la presencia en él de las antedichas anotaciones o
glosas.
Es extraño que los más solventes archiveros del Monasterio
de San Millán, PP. Mecolaeta y Romero, del siglo XVIII y
Minguella, Prior del convento, en el XIX, no fijaran su
atención en la existencia de tan valiosas aclaraciones; sólo
repararon en la rareza y antigüedad del manuscrito. Tampoco
apreciaron el valor excepcional para la Historia de nuestra
lengua de las glosas de este códice los distinguidos
codicólogos y paleógrafos de finales del siglo pasado
Eguren, Ewald, Pérez Pastor o Ferotin.
Quien primero percibió tal trascendencia fue D. Manuel Gómez
Moreno (1911), que transcribió todas las glosas y las envió
a Menéndez Pidal; a la vista fundamentalmente de la
doxología que constituye la glosa más extensa, concluyó que
el romance castellano existía en San Millán como lengua
literaria. Dos años más tarde este autor (1913, p. 99)
publicó por primera vez esa glosa:
«Cono aiutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno
Salbatore, qual dueno get ena honore, e qual duenno tienet
ela mandatione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos
sieculos de losieculos. Faca nos Deus omnipotes tal serbitio
fere ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen».
Posteriormente, don Ramón Menéndez Pidal (1976) publicó las
glosas romances y estudió el códice y sus contenidos en la
obra, en todos los sentidos magistral, Orígenes del español.
Las glosas emilianenses constituyeron para el maestro de la
filología española una fuente capital en el análisis de la
etapa inicial de nuestro idioma.
Ya en las últimas décadas los mejores análisis e
interpretaciones del Aemilianensis 60 los debemos a D.
Manuel C. Díaz y Díaz. En 1976 ofreció la descripción del
manuscrito y presentó una bibliografía actualizada sobre el
códice en su estudio Manuscritos visigóticos de San Millán
de la Cogolla. En Las primeras glosas hispánicas (1978)
llevó a cabo una minuciosa descripción codicológica, que
todavía precisó más en Libros y librerías en la Rioja
altomedieval (1979).
3.2. En cuanto al contenido del códice, considera este autor
(1979, pp. 238-240) que el manuscrito 60, originario de zona
navarra o pirenaica (en el sentido medieval de los
términos), está constituido por la unión de dos piezas
independientes en su origen; «el sector A contiene una
versión de las Sentencias de Padres que tradujo al latín
Pascasio de Dumio, incompleta en su texto. Concluye en el
folio 28 recto actual, quedando en blanco el verso del
folio.
El sector E, que [...] comenzaba con el fol. 50, presenta en
el folio 50, y por consiguiente con la distribución usual en
un códice, las Orationes in diem sanctorum Cosme el
Damiani.. que se inician con el Vespertinum, el cual lleva
la Completuria y la Benedictio; siguen luego nueve
oraciones, tres para cada uno de los grupos de cantos y
oraciones que constituían las denominadas "missae" [...].
Todo este conjunto de oraciones concluye en el folio 59
donde se ha quedado medio folio en blanco. Desde el fol. 55
se lee una serie de homilías, introducidas [...] por el
epígrafe Incipit liber sententiarum [...]. En el fol.67
Incipiunt sermones cotidiani beati Agustini, que son
coincidentes en parte con textos también transmitidos en las
llamadas Homilías toledanas, las cuales se caracterizan,
cuando no son más que piezas tomadas de grandes sermonarios,
como los de Agustín, León Magno, Máximo de Turín y
singularmente Cesáreo de Arlés, por la libertad con que han
sido tratadas [...].
El primer y grave problema que nos afecta es el de los
añadidos del códice. En efecto, el primero de ellos consiste
en la Passio beatissimorum martirum cosme el damiani,
copiada por letra similar a la del sector A [ ...] .En el
fol. 42 se inicia la Missa in diem sanclorum cosme el
damiani, que concluye en el fol. 48. Al final de este texto
aparece la firma del copista, que se repite en fol. 28
[...]. T odavía ha tenido el manuscrito una vida mucho más
agitada. Una mano algo posterior, muy burda y desaliñada,
incorporó aprovechando los blancos restantes un Officium de
litanias, que se inicia en el folio 28 vuelto, corre por el
folio 29 recto y sigue ocupando los folios 48 vuelto, 49
íntegro y 50 recto».
3.3. Santos García Larragueta (1984), autor de una completa
publicación codicológica sobre las Glosas Emilianenses,
ofrece la descripción de las características materiales del
Amelianensis 60 (pp. 35-43). Se trata de un códice de 97
folios, en pergamino de escasa calidad, que una mano moderna
numeró Con numeración arábiga del 1 al 96, omitiendo el
folio situado entre el 25 y el 26. Las hojas Son de forma
rectangular, desgastadas en los bordes, con una media de
tamaño de 188,5 por 137 mm, dispuestas en bifolios,
agrupados por lo general en cuaterniones.
La tinta predominante es la de color marrón oscuro, y son
los colores verde, rojo y marrón los preferidos para la
iluminación.
El trazado de las letras de las glosas es ligero de peso, de
ástiles finos, hecho con pluma fina; su tamaño es menor que
el de las letras del texto, como consecuencia del espacio en
que han de plasmarse.
3.4. Este códice, en el que en los siglos XIII o XIV se
siguieron escribiendo palabras interlineadas o en los
márgenes (M.C. Díaz y Díaz, 1979, p. 241), salió de San
Millán a Burgos por decisión del Jefe Político de esa ciudad
castellana, como describe J.B. Olarte (1977), a principios
de marzo de 1821, junto con otros setenta y dos valiosísimos
ejemplares (códices góticos, códices galicanos e impresos
incunables) y posiblemente permaneció allí hasta 1872; hoy
día se encuentra en la Real Academia Española de la
Historia.
4.1. De la mayor importancia es plantear si nos hallamos
ante uno o varios autores de las glosas.
Considera Díaz y Díaz (1978, pp. 27-29) que el manuscrito
hubo de ser utilizado en dos momentos diferentes, ya en el
siglo XI: en el primero, como material escolar para el
análisis gramatical; en el segundo (tiempo después), dos
autores habrían introducido en el manuscrito las glosas (
este extremo no parece ofrecer duda a J. Fortacín -1980, pp.
85-6 - que habla de la existencia de «un grupo de
comentaristas» ).
Ello daría explicación coherente a la causa que hizo
aparecer las glosas, al propósito de quien o quienes
introdujeron sus anotaciones en el Aemilianensis 60.
Las interpretaciones al respecto se dividen entre la que es
opinión predominante, la de los investigadores que no dudan
de que el glosador era un estudiante de latín, y la de
aquellos que consideran que su actividad de anotación tenía
que ver con necesidades pastorales.
Abona la primera consideración el hecho de que el autor
utilizara un manuscrito materialmente pobre, sin iluminar y
falto de adornos; asimismo, el que proliferen en el códice
letras superpuestas que indican el hiperbatón de la frase
latina, el oficio de sujeto, complementos, etc., que hacen
algunas voces; el que abunden llamadas comunes a las glosas
y palabras problemáticas, así como la presencia constante de
aclaraciones poco ortodoxas y otras jergas seudopedagógicas.
El tema de que tratan los textos glosados encamina, sin
embargo, hacia la concepción de un monje predicador que
glosa para aclarar un texto del que ha de servirse en su
tarea pastoral. Los textos en los que aparece mayor número
de glosas son, en efecto, una meditación sobre las señales
que precederán al Juicio Final (glosas 11-29) y, sobre todo,
los sermones de San Cesáreo de Arlés, destinados al
adoctrinamiento de las gentes; en cuatro de esos sermones
aparecen ciento dieciséis glosas (de la 30 a la 145) J.B.
Olarte, 1977, pp. 18-9).
Bien es cierto, sin embargo, que de admitirse la idea de la
existencia de un solo glosador, esta conjetura de que las
glosas nacen para solventar necesidades de predicación se
compadecería mal con la evidencia de que quien anotó el
Aemilianense 60 desconocía el significado y estructura de
voces comunes en la predicación como deuotos, adulterium o
iniuste.
Ahora bien, no es menos cierto y no deja de ser notable
(como percibe M.C. Díaz y Díaz, 1978, p. 31) que ambas
actividades, la escolar y la catequética, prácticamente se
superpongan. A este respecto, es revelador comprobar que en
la glosa más extensa y elaborada (la doxología, que es el
traslado al romance de la deprecación con que concluye la
homilía de san Cesáreo) el glosador revele la pervivencia de
los hábitos de análisis de textos latinos que pueden
observarse a lo largo de las anotaciones del códice. Así lo
ejemplifica Díaz y Díaz (1978, p. 31) (entre paréntesis en
el texto latino las explicaciones sintácticas que
facilitaban habitualmente la comprensión):
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|
adiubante domino nostro
|
cono
aiutorio de nuestro
[dueno |
|
ihesu xristo
|
dueno xpo dueno
[ salbatore |
|
cui (
domino) est honor |
qual dueno ge ella
[honore |
|
cui ( domino est)
[imperium |
e qual duenno tienet ela
[ mandatione |
|
cum patre et spiritu
[sancto |
cono patre cono spu sco
|
|
in secula seculorum.
[Amén
|
enos
sieculos de lo
[
sieculos
Faca
nos ds ompts tal
[serbitio fere ke denante ela sua face
[gaudioso segamus Amén |
4.2. Si el propósito y número de los glosadores es cuestión,
como vemos, que plantea problemas de interpretación, no
parece haber duda, por el contrario, sobre la condición
idiomática del glosador ( o de uno de los glosadores). Las
glosas del Aemilianensis 60 revelan la presencia de un
glosador bilingüe, vascorrománico. Tal condición es más que
comprensible si se piensa que en aquella época -y aún
después- se hablaba vasco en buena parte de la Rioja
occidental (algo que se confirma por la pervivencia de
topónimos de origen euskara en esa zona: Ezcaray, Ollauri,
Zalduendo...), e incluso al sur de la provincia de Logroño
(lo que vendría a explicar la nutrida presencia de voces
vascas en la documentación notarial riojana) J.J.. Merino
Urrutia, 1978; E. Alarcos, 1982; M. Alvar, 1976).
De cualquier forma, no ha de ser solo de la presencia de las
dos glosas escritas en vascuence (31: izioqui dugu; 42: guec
aiutuezdugu) de donde se pueda inferir, según ha venido
haciéndose, que el glosador era hablante de romance y vasco;
como bien hace notar Fernando González Ollé (1978, pp.
113-4), un hablante puede utilizar palabras o frases de una
lengua que no es la suya, máxime si se encuentra en una zona
fronteriza con la otra lengua. Ahora bien, la hipótesis del
glosador hablante vascorrománico se refuerza cuando a la
existencia de esas dos glosas pueden añadirse otros dos
rasgos más de raigambre lingüística vasca. Es el primero «la
conservación regular, casi total de las consonantes sordas
intervocálicas», resultado que «coincide con el que
presentan los préstamos léxicos de latín al vascuence»; y el
segundo, «un proceso de sonorización de consonante sorda
tras sonante, n t >nd, cambio que caracteriza el tratamiento
de las palabras latinas y románicas primitivas en casi toda
el área del vascuence» (Ibid., pp. 114-115).
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4.3. Cuanto venimos diciendo sobre el autor o autores de las
glosas ya habrá puesto de relieve de forma suficiente
(frente al tópico de la candorosa ignorancia del monje
medieval del que no escapará el mismísimo Berceo) un hecho
manifiesto: que nos encontramos ante una actividad erudita;
como hace notar Díaz y Díaz (1978, p. 43), «la introducción
de tales glosas y, sobre todo, el esfuerzo para transcribir
los vocablos de la lengua vulgar suponen y exigen no pocos
conocimientos y un notable dominio, con conciencia refleja,
de los mecanismos de la escritura tradicional, junto con un
hábito admirable de la técnica lexicográfica. No se trata,
digámoslo en fin, de simples y tímidos tanteos, sino de la
expresión decidida de unas formas que comienzan a ser
consideradas algo más que apoyo para que comprendan textos
difíciles gentes de mediocre formación».
5. En el códice Aemilianensis 60 figuran, a juicio de
Menéndez Pidal (1976), 145 glosas, si bien en cuatro
ocasiones, al menos, prescinde este autor de la forma
quomodo (en otros momentos computada por él mismo), lo que
sumaría un total de 149.
En el Códice Aemilianensis 60 hallamos glosas latinas,
romances y vascas.
5.1. Numerosas anotaciones realizadas en el Aemilianensis 60
no están en romance, sino que se limitan a ofrecer un
sinónimo o equivalente latino de la palabra o frase
difíciles. Valgan, como muestra, los casos de pugna (texto
latino: bellum y certamina) 4 y 96; partitiones (texto
latino: diuisiones) 16; uerecundia (texto latino: pudor) 17;
quomodo (textos latinos: uelut, sicut o quasi) 25, 50, 52 y
83; merita (texto latino: iuducauit [...] meridie) 27; sanos
el salbos (texto latino: incolomes) 30; promissiones (texto
latino: deuotos) 33; donauit (texto latino: concessit) 34;
non quieti (texto latino: Si uero [...] non patiatur)
40;fornicationem (texto latino: adulterium) 46; de tota
fortitudine (texto latino: totius uiribus) 57; peccatos
(texto latino: criminis) 81; mandatione (texto latino:
imperium) 89; albis (texto latino: candidis) 95; sine arma
(texto latino: inermis) 97;felicitudine (texto latino:
beatitudinem) 123; prenditio (texto latino: acceptio) 125,
etc.
Conviene aclarar que muchas de estas glosas latinas, así
como las del mismo carácter que se documentan en las Glosas
Silenses, coinciden con las que hallamos en el Corpus
Glossariorum Latinorum de Goetz (1923), tales como bellum:
pugna 4; criminis: peccatos 81, 136; solliciti: ansiosu 39
(en CGL, anxians); inermis: sine arma (igual en las glosas
de Reichenau) 97, etc. La mayor parte de estas coincidencias
nos llevan a creer que en los monasterios de La Rioja y
Castilla circulaba un Glosario Latino-Latino que sirvió a
los autores de las Glosas Emilianenses y Silenses. En este
sentido, y a juicio de J.B. Olarte (1977), sin salirnos de
la documentación emilianense, el Aemilianensis 44 de la Real
Academia de la Historia, que presenta traducciones de un
latín más culto a otro más asequible, quizá sea el que
utilizaron ambos glosadores. Confirman esta suposición las
explicaciones bimembres, frecuentes en los dos libros de
glosas. He aquí algunos ejemplos: incolomes: sanos et salbos
30; occupare: parare uel aplecare 59; terribilem: paboroso
uel temeroso 107, etc.
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Este trabajo mecánico de consulta de un vocabulario
latino-latino se revela con claridad en un serio error
cometido por el amanuense de San Millán, que percibió
Menéndez Pidal (1976, pp. 382-3): «uota era explicado con la
voz promissione en ese diccionario que manejaba el glosador
de Silos 152, y el glosador de San Millán, leyendo mal
deuotos, entendió de uotos y puso al lado promissiones 33,
no sacando de su propia cabeza una voz explicadora, sino
valiéndose maquinalmente del mismo diccionario para poner
una glosa disparatada que nada explica».
Pero todavía hay más: Con frecuencia la misma palabra latina
que resulta difícil de entender se aclara del mismo modo en
los dos códices de glosas, lo que permite suponer la
existencia de un apéndice latino- romance en el Diccionario
Latino-Latino o bien la presencia de significantes vulgares,
patrimoniales, añadidos a cada uno de los artículos del
Glosario mencionado. Se llega a esta creencia de forma
indefectible cuando se observa que ciertas voces latinas de
los textos de San Millán y de Silos aparecen glosadas por la
misma expresión romance, aun cuando esta no sea, no ya
indispensable, sino ni siquiera propia, ajustada: así el
latín prius se traduce uniformemente por la forma anzes lo
mismo en San Millán que en Silos; forsitan se explica por el
raro adverbio alquieras, tanto en uno como en otro
monasterio; exercere se explica porfacere tanto en las
Glosas Emilianenses como en las Silenses, etc.
5.2. De entre las glosas del Aemilianensis 60, dos están
escritas en vascuence; se trata, como quedó apuntado, de la
glosa 31: izioqui dugu, que traduce la expresión latina
inueniri meruimur, y la glosa 42: guec aiutuezdugu, que
corresponde al latín del códice precipitemur.
La traducción de estas dos glosas sigue planteando en la
actualidad problemas a los vascólogos; la 31 podría
significar 'hemos encendido', 'lo hemos [ solicitado]
ardientemente', 'lo hemos ahuyentado', pero este significado
no coincide con el original latino al que se supone trata de
corresponder; algo similar sucede con la 44: 'nosotros no
nos arrojamos', 'nosotros no lo hemos adaptado a nuestra
conveniencia' (M. Alvar, 1976, pp. 20-21).
Al margen de estas dificultades de compresión, el interés de
estas dos glosas para la lingüística vasca es excepcional,
pero, como indica Fernando González Ollé (1978, p. 114), no
porque sean las primeras palabras euskaras atestiguadas,
como en ocasiones se afirma, sino porque son «nada menos que
las primeras frases».
5.3. El mayor número de glosas en el Aemilianiensis 60 son
traducciones (más o menos felices) de lo que el glosador no
entendía en el texto latino, análogas a las notas o
aclaraciones marginales o interlineales de los estudiantes
de idiomas, aunque no falta alguna como la oración de la
glosa 89 que es anotación vertida y no glosada.
Entre todas estas glosas unas son simples lexías o palabras
independientes: trastorné 8, amuestra 11, uerterán 22,
seingnale 26, correnteros 28, anzes 47, etc., y otras se
manifiestan enhebradas en sentido, y, por tanto, interesan
incluso al nivel sintáctico; por ejemplo: nos non kaigamus
43, non conuienet a nobis 44, qui dat a los misquinos 48,
non se bergudian tramare 75, quemo enospillu no ke non quemo
eno uello 115, zerte dicet don Paulo apostolo 137, etc.
Al hilo de la consideración precedente, es conveniente
advertir la existencia de distintos procedimientos técnicos
a la hora de glosar el texto latino. Como bien observa
Rafael Cano (1991), hay varios tipos de glosas. Unas, las
más simples, como ya se ha podido percibir, sustituyen una
palabra por otra, tanto en latín como en romance: suscitabi:
lebantaui, 6; submersi: trastorné 8; otras dan el
equivalente de la expresión latina y además lo insertan en
su entorno gramatical romance: et multiplicabitur beneficia:
elos serbicios 18, qui [...] pauperibus reddet: qui dat a
los misquinos 48, non se circumueniat qui talis est: non se
cuempetet elo uamne en siui 68. En alguna ocasión un término
de la glosa subsume dos del texto latino :Juste et merito:
mondamientre 32, salute adtentius: buenamientre 58, ad
litigandum: demandare 60, si bien lo más frecuente es que el
término latino de base dé origen a una glosa duplicada, en
forma yuxtapuesta pertinet: conuienet fere 35, intelligite:
intellegentia abete 38, inligat: non separat 55, potius:plus
maiius 61, o coordinada: incolomes: sanos et salbos 30,
occupare: parare uel aplecare 59, terribilem: paboroso ud
temeroso 107. Ahora bien, «las más notables» -afirma
acertadamente Cano (Ibid., p. 35)- «quizá sean aquellas que
suponen una variación clara respecto de la estructura sin
táctica latina del texto base, lo que indica una clara
conciencia de las diferencias estructurales entre los
respectivos modos lingüísticos (latino y románico»>: Et
tertius ueniens: do terzero diabolo uenot 9, asperius: plus
aspero mas 105, carens: lebando 108, 120, siquis: qualbis
uemne 130.
6. La vertiente lingüística de las glosas emilianenses ha
dado lugar a excelentes estudios de R. Menéndez Pidal
(1976), E. Alarcos (1982), M. Alvar (1976), etc.
Desde el punto de vista lingüístico se entiende, de manera
casi uniforme, que las glosas son el primer testimonio
escrito de una lengua romance peninsular, la primera muestra
de un sistema lingüístico, perfecto en sí mismo en razón de
su utilidad comunicativa, alejado ya de los esquemas latinos
(vid. supra Dámaso Alonso, 1972), con independencia
lingüística consciente, y que descubre las peculiaridades
idiomáticas de una región concreta. O más brevemente, a
nuestro juicio, las glosas son la primera manifestación
escrita del dialecto riojano; en rigor, del habla
altorriojana. Por tanto, estas palabras transcritas por el
amanuense de San Millán sólo podrán ser consideradas lengua
castellana o española en cuanto que revelan la existencia de
unos rasgos lingüísticos que son comunes al dialecto que,
con el transcurso de varios siglos, se convertirá en lengua
nacional (M. AIvar, 1987). En cualquier caso, conviene
precisar con Alarcos, que en ellas son más las
singularidades distantes del castellano ulterior y comunes
con las de los otros dialectos o romances vecinos (aragonés,
leonés, navarro) que los rasgos análogos a los que se
estabilizaron en el castellano literario medieval con la
normalización elaborada por Alfonso X el Sabio, como por
ejemplo, la diptongación ié único heredero de la ĕ breve
tónica etimológica.
En lo que sigue vamos a pasar al estudio pormenorizado de
estas particularidades lingüísticas, en el intento no de
apurar ningún tema concreto, sino de indicar algunos
aspectos esenciales para la comprensión lingüística del
conjunto.
En este análisis se aportan testimonios dialectales hoy
vigentes en su mayoría, en la convicción de que para conocer
el estado dialectal de la Edad Media prestan inestimables
servicios las hablas actuales: en el arcaísmo del dialecto
se pueden rastrear con mayor abundancia los rasgos populares
que enmascara la tendencia latinizante medieval.
6.1.1. La ŏ breve tónica diptonga en ué, tanto en sílaba
libre como en trabada, aunque lo sea por nasal, según puede
apreciarse: lueco 2, amuestra 11, aluenge 15, buenamientre
58, cuempetet 68, nuestro 89, duen(n)o 89, de fueras 102,
uello 115 y uemne 130.
Ante la yod de -K'L-, ŏ breve tónica diptonga: uello 115,
rasgo que los mozárabes poseen en común con el leonés y el
aragonés. Del mismo modo se produce diptongación ante la yod
2.ª procedente del grupo -NG- interior: aluenge 15.
El uso frecuente del heredero de d ŏ m i n u m don, ante
antropónimos: don Paulo 137, lo debilita acentualmente: de
ahí la no diptongación.
Aparece, asimismo, con diptongación antietimológica quemo
115, forma analógica de todas las que tenían abreve tónica
en su origen, frente al puro latinismo quomodo, documentado
en cuatro glosas diferentes: 25, 50, 52 y 83.
Más interés tiene la diptongación uá de (h)uamne 68 y 128,
frente a la solución general uemne 130, pues la existencia
de tales variantes refleja vivamente el estado de vacilación
primitiva por que pasó la diptongación de abreve tónica. En
el riojano primitivo se documenta algún caso más de
pervivencia de uá (incluso de uo: Quova), pero condicionado
a hechos de onomástica: Lifuar-, Lifuarrez . (M. Alvar,
1976, p. 41).
Hoy, en el habla viva, el occidente del dialecto leonés
presenta, al Iado de la solución más frecuente ué la
variante uá: nuaz 'nuez' en el Valle del Ibias; en Navia se
ha señalado puarta 'puerta', cuarno, 'cuerno', muarda
'muerda'; en La Cabrera dipuás 'después', etc. Del mismo
modo, el resultado uá goza de gran vitalidad en Aragón:
buano 'bueno',fuande 'fuente', puande 'puente', etc.,
recogidos en Aragüés, Jaca, Tena, Biescas?, etc.
6.1.2. En voces comunes, la vocal postónica desaparece por
norma general: duen(n)o 89, spillu 115, quemo 115, altra 116
y uemne 130. El mismo comportamiento se atestigua en la
documentación riojana medieval (M. Alvar, 1976, pp. 42-3):
annada.. cabçaleros, maniplos, etc.), y hoy quedan restos de
esta tendencia fonética por las formas sincopadas o
contractas en el superlativo absoluto sintético en -ísimo,
buenismo, grandismo, etc.
Son voces latinas o cultas: diabolo 9, ficieremus 41,
fortitudine 57, Spiritu 89, omnipotes 89, aspero
105,felicitudine 123, merita 27, quomodo 50, 52, 83 (pero
quemo 115) y apostolo 137.
No hay tampoco síncopa en el semicultismo sieculos,
documentado dos veces en la glosa 89.
Más interesante es hallar una vocal postónica que no
responde en modo alguno al timbre de la vocal etimológica,
pues ha pasado de la serie posterior (u) a la anterior (e):
cuempetet ( < c ŏ m p u t e t) 68. Acaso la e epentética no
sea sino mero recurso de vocal perdida, indicativa del
esfuerzo articulatorio exigido por la pronunciación de dos
consonantes exageradamente distintas en el grupo derivado
(R. Menéndez Pidal, 1976, pp. 165-6).
Por lo demás, el estado de gran vacilación que en este
período existía entre formas cultas o semicultas con
postónica conservada y formas transformacionales que
aparecían sin ella, es motivo suficiente que explica la
adición indebida de una e antietimológica en gelemo 'yelmo'
( < germ. h e l m u s) 112. La ultracorrección era fenómeno
endémico en esta época de vacilaciones. Bien es verdad que
la epéntesis en estos grupos quizá sea la misma tendencia
enfática que se manifiesta en cualquier época, sin que sea
preciso recurrir a la causa histórica apuntada. Hoy día
vemos cómo la afectación declamatoria produce el mismo
fenómeno de adición de una vocal relajada: heremanos,
veredad... (R. Menéndez Pidal, 1976, pp. 197-8).
6.1.3. En posición final absoluta se registra la presencia
habitual de -o: castigo 80, coniuro 56, dico 82, lueco 2,
lebando 108 y 120, terzero 9, ganato 84, duen(n)o 89, etc.
forma muy del adverbio proclítico actual). Hay reducción del
diptongo en deritura 90. Estas son, como se sabe, las
soluciones generales en Aragón y Navarra; Castilla ofrece ya
en la misma época el sonido palatal africado de la [ĉ] . En
La Rioja, la presión aragonesa, ha dicho M. Alvar (1976, p.
57), esto es la solución KT > it, «se siente por más tiempo
y con mayor amplitud en la zona oriental de nuestra región
[...]. Tras las Glosas [...] en la Rioja Alta, ch es la
solución única: p a c t a r e >peggare[...], f r a c t a > '
Rueta fregga'». Sin embargo, para Menéndez Pidal (1976, p.
281) «la historia de la región hace presumir que la forma
propiamente espontánea allí era la t, mientras que la ĉ era
debida a influjo castellano». Y ello al punto de que las
glosas silenses muito 368, scuitare 120,fruitu 143, etc.,
para este mismo autor (Ibid... pp. 281-282), más que
recordar un arcaísmo indígena en Castilla obedecerían a la
influencia del dialecto navarro-riojano, ejercida por el
monasterio de San Millán de la Cogolla.
De la terminación -u sólo hay un testimonio: spillu 115,
favorecido seguramente por su posición proclítica, si bien
no ha de descartarse la acción latinista ( distinción
rigurosa entre -ŭ breve y -ō larga finales; R. Menéndez
Pidal, 1976, pp. 170-172) o un posible influjo vasco (esta
lengua, como es bien sabido, oscurece normalmente la -u
breve final; hoy día espillu es usado en Vizcaya -Ibid.-, p.
467-). La vitalidad de -u final fue especialmente acusada en
leonés y todavía es frecuente dicho fenómeno en el habla
viva de esa región: pinachu, suelu, tenelu, etc. Este paso
-o > -u, del que no faltan testimonios en los escritos
primitivos de la Rioja Alta, Tellu, Nuñu, Conventu, riu,
Sabucu (M. Alvar, 1976, p. 43), está igualmente muy
documentado en riojano actual: el prau, colorau y en
general, en los participios -ado> ao> au (llegau,pasau,
apretau, etc.) (A. Zamora Vicente, 1967, p. 337).
La forma Spiritu del sintagma nominal Spiritu Sancto 89 es
claro latinismo.
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En el plural de los sustantivos -os se encuentra también
regularmente o patrimonial: serbicios 21, nafregatos 21,
correnteros 28, sieculos 89, etc. Se observa vacilación
solamente en los casos en que el plural va unido al verbo
ser, pues junto a gaudioso segamus 89, se documenta ansiosu
segamus 39. Una vez más parece que la proclisis justifica
esta reducción. (R. Menéndez Pidal, 1976, p. 169).
Conviene, por otra parte, indicar el carácter hipotético de
la persona Nosotros en las formas verbales: segamus 39 y 89,
kaigamus 43, lebartamus 119, etc., ya que todos estos
testimonios presentan morfema desinencial en abreviatura.
Fue Menéndez Pidal (1976, p. 170) quien resolvió tales
compendios basándose en un único caso documentado en las
Glosas Silenses, con desinencia -mus: debemus 310. Respecto
de esta terminación -us, notamos el escaso uso que tiene ya
en nuestra región el imperativo visus 'idos', en otro tiempo
muy frecuente, especialmente en la Rioja Baja.
6.1.4. Salvo en las formaciones originariamente analíticas
del futuro (ferán 15, nafregarsán 20, uerterán 22,
a!ongarsán, 23, etc.), que presentan regularmente apócope de
-e final en el infinitivo en presencia de la forma auxiliar
tónica de haber, y con excepción de algún caso esporádico de
forma apocopada como los pronombres ta! y qual de la glosa
89, resulta habitual la conservación de dicha vocal; tanto
en los infinitivos (fere 35, seruire 37, parare 59,
demandare 60, etc.) como en sustantivos (salbatore 89,
honore 89, seingnale 26,flore 133) o en otras categorías
gramaticales (aluenge 15, mondamientre 32, obe 121, etc.).
El predominio de estas formas plenas debe achacarse a la
escasa cabida que en la lengua común tenía todavía la
apócope, si bien no debe desecharse el influjo del cultismo
monacal (R. Menéndez Pidal, 1976, p. 186). No será inútil a
este respecto, recordar los hasta ahora muy frecuentes
imperativos con -e final conservada, característicos de La
Rioja, del tipo: venide, subide, marchaide, etc., o los
sustantivos como céspede (en alternancia con césped).
6.2.1. La j- inicial ante e se conserva en geiiat (<j e c t
a t) "echa" 45, que, según Manuel Alvar (1976, p. 48),
deberá ser juzgado como influencia aragonesa. Otras formas
análogas del riojano primitivo son Gelvira 'Elvira', iermana
'hermana', etc.
Conviene recordar que la pérdida de esta consonante, usual
hoy en el idioma oficial, se encuentra documentada en esta
época solamente en Castilla. Actualmente esta consonante
sonora se conserva en mirandés: gelar 'helar', janeiro
'enero', y en aragonés, en sonidos palatales con diversas
variantes: šen 'gente', chelar 'helar', chirmán 'hermano',
etc.
6.2.2. Los grupos iniciales PL- y FL- se conservan en los
dos únicos testimonios que los presentan en su origen:
aflarát 29 y aplecare 59. En castellano, ya desde el siglo
XI se produjo la reducción a [ ], como se comprueba por las
frecuentes ultracorrecciones. El leonés palatalizaba ambos
grupos, mientras que el aragonés los conservaba. Hoy lo
típico aragonés es el mantenimiento del grupo: plover
'llover', plorar 'llorar', plen 'lleno', flama 'llama',
flamarada 'llamarada', etc., si bien al riojano actual no le
es ajeno plegar 'allegar', flama 'llama', plantaina
'llantel' (A. Zamora Vicente, 1967, p. 337).
6.2.3. Es general en las Glosas la conservación de las
consonantes sordas intervocálicas: lueco 2, moueturas 7,
nafregatos 21, tota 57, aplecare 59, ganato 84 y 9 casos
más. Sólo está documentado un caso de sonorización:
bergudian 'se avergüenzan' 75. El mantenimiento de estos
sonidos sordos (atestiguado, asimismo, en la documentación
riojana primitiva: laco (A. Ubieto año 800); Ripa acuta
(Ibid.-, año 800); Capezon (Ibid.-, año 934, etc.) se opone
a la norma castellana y leonesa, pero coincide con la
navarra y aragonesa. Según Menéndez Pidal (1976, pp.
250-251), «Es de suponer que en la Rioja y en toda la
Navarra lindante con el país vasco, existía una fuerte
repulsión popular a la sonorización consonántica, semejante
a la del Alto Aragón, aunque no tan tenaz». Ahora bien, dado
el latinismo eclesiástico, puede plantearse hasta qué punto
la consonante sorda en estos viejos diplomas refleja una
lengua latinizante o más bien una pronunciación popular. En
cualquier caso, los frecuentes testimonios de
ultracorrección atestiguados en la documentación riojana más
primitiva «muestran a las claras que se cumplía ya la
sonorización» (M. Alvar , 1976, p. 51): Letesma « Ledisama),
Secobia « celta s e g o 'fortaleza'), etc.
6.2.4. Los grupos interiores -KT- y -ULT -presentan una
solución originaria -it-, -uit-, respectivamente: feito 94 y
106, geitat 45, muitas 54 y muitos 71 (recuérdese la forma
muy del adverbio proclítico actual). Hay reducción del
diptongo en deritura 90. Estas son, como se sabe, las
soluciones generales en Aragón y Navarra; Castilla ofrece ya
en la misma época el sonido palatal africado de la [ĉ] . En
La Rioja, la presión aragonesa, ha dicho M. Alvar (1976, p.
57), esto es la solución KT > it, «se siente por más tiempo
y con mayor amplitud en la zona oriental de nuestra región
[...]. Tras las Glosas [...] en la Rioja Alta, ch es la
solución única: p a c t a r e > peggare [...], f r a c t a >
'Rueta fregga'». Sin embargo, para Menéndez Pidal (1976, p.
281) «la historia de la región hace presumir que la forma
propiamente espontánea allí era la t, mientras que la ĉ era
debida a influjo castellano». Y ello al punto de que las
glosas silenses muito 368, scuitare 120,fruitu 143, etc.,
para este mismo autor (Ibid., pp. 281-282), más que recordar
un arcaísmo indígena en Castilla obedecerían a la influencia
del dialecto navarro-riojano, ejercida por el monasterio de
San Millán de la Cogolla.
6.2.5. El mantenimiento del grupo de nasal /m / más oclusiva
sonora de igual articulación que la nasal / b / es, a juicio
de los dialectólogos, rasgo específico de la Rioja. Así
lombana, (A. Ubieto, año 872?), lomba (Ibid., año 912),
Cambero (Ibid., año 1076), etc. En este sentido nuestra
región se opone a la norma castellana y a la aragonesa que
reducen mb a m. El único testimonio de las Glosas, ambas
partes 24, nos parece poco expresivo, pues la conservación
del grupo en esta voz es corriente por latinismo. Piénsese,
por otra parte, en los restos de este comportamiento en el
habla viva actual riojana: támbara, lamber (voz extendida
por casi todo el castellano popular y vulgar), camba (del
arado), la ultracorrección cambión, etc.
6.2.6. La consonante dental oclusiva sorda [t] del grupo
-NT- sonoriza en el único testimonio que presenta dichos
fonemas etimológicos: alquandas ( < a l i q u a n t a s) 73.
Atestiguan frecuentemente esta sonorización, característica
del vascuence (vid. supra), los documentos aragoneses,
navarros y riojanos. La toponimia actual de La Rioja (A.
González Blanco, 1987) muestra testimonios claros del cambio
-NT > -nd-: Abando/Abanto, Andona/Antona,. Canderuela/Las
Canteruelas, Aliende/Aliente.. etc. (así como sonorización
de otras consonantes sordas tras sonantes:
Albergue/Alberque, Alberqui; Ardachos/Artacho, Barda/Barta,
Burdenco/Burtengo, Cambarera, Cambarés/Camparesa, etc.).
Asimismo, todavía hoy perviven en La Rioja casos de
sonorización como ablendar, arricongas 'a hombros',
aparranguillas 'a horcajadas', angongos 'a hombros', etc.;
en la comarca de Sercué y Torla, por otro lado, se presenta
con enorme vitalidad la sonorización: planda 'planta',
mendir 'mentir', sendir 'sentir', pariende 'pariente',
fuande 'fuente', etc.
6.2.7. Las Glosas registran dos interesantes documentaciones
de palatalización del grupo secundario -K'L-: spillu 115 y
uello 115, resultado constante en leonés, navarro, aragonés
y altorriojano, habla esta última donde se conserva de modo
intermitente hasta el primer tercio del siglo XII :
clavilla, Apellia, annollio 'becerro de un año', etc. (M.
Alvar, 1976, p. 54); en tanto el castellano prefirió desde
antiguo un sonido que había perdido ya su carácter de
palatal [ļ] y que sin duda debemos de interpretar como
prepalatal predorsal fricativo [ž] o africado [] .También se
documenta la solución [] en las glosas silenses gasaillato
230, taillatu 293, conceillo 283; para Menéndez Pidal (1976,
p. 274) «En un códice escrito en Castilla en el siglo X esto
pudiera explicarse por arcaísmo que conservase un sonido
precursor del castellano prepalatal predorsal [] (africada)
[ž] (fricativa), pero mejor se explica por influencia
navarra de los monjes de San Millán». Obsérvese que en La
Rioja este grupo -K'L- permanece en [] lateral todavía hoy
de modo esporádico: agullaero 'agujero', aiguillau y
arguillao 'flaco, delgado como una aguja' o tapabulleros
'tapaagujeros, juego de niños'.
6.3.1. Las Glosas usan el artículo elo,. masculino singular,
procedente del acusativo ĭ l l u m: non se cuempetet elo
uamne en siui 68, elo terzero diabolo uenot 9, elo leged...
12; elos « ĭ l l o s), masculino plural: elos serbicios 18;
y ela ( < ĭ l l a), femenino singular: ela mandatione 89,
ela sua face 89. En todos estos casos puede apreciarse que
el artículo presenta una forma plena, con e- inicial
conservada, frente a los casos en que va precedido de
preposición: de lo sieculos 89, de la probatione 85, a los
misquinos 48, que por esa partícula prepositiva muestran
aféresis de e- inicial. La forma ulterior, lo, con aféresis
de e- inicial, tan frecuente en los textos riojanos
medievales (M. Alvar y E. Pottier, 1983a, p. 113), es
todavía hoy corriente en extensas áreas aragonesas
(Subordán, Valle del Tena y en Buesa).
Conviene destacar los casos de conglomerado de preposición
terminada en -n más artículo, pues aquí además de perderse
la -e inicial del artículo, la l- se asimila a la -n de la
preposición: cono ajutorio 89, cono Patre 89, cono Spiritu
89, eno spillu 115, eno uello 115, enos sieculos 89, ena
honore 89, ena felicitudine 123. Estos casos en que el
artículo se funde con la preposición se documentan
abundantemente hasta el siglo XIII en la Rioja Alta
{especialmente en Gonzalo de Berceo) y no son, por otro
lado, desusuales en el leonés actual.
Como puede percibirse, estos ejemplos son ya clara muestra
de función propia de artículo romance, esto es, de
actualizador puro: elo terzero diabolo 9, cono aiutorio 89,
ena honore 89, etc.
6.3.2. La expresión latina tu ipse es aparece glosada por tu
eleisco ies 138 'tú mismo eres', sintagma que recoge un caso
extraordinariamente raro de forma pronominal de indentidad
(sólo se ha documentado otro testimonio similar en las
Silenses, glosa 129: per semed ipsum: per sibieleiso).
Eleisco procede del latín vulgar, no documentado,'ĭ l l e *
ĭ c s u, formación ésta sustituta de la más usual 'ĭ l l e ĭ
c s u (R. Menéndez Pidal, 1976, p. 348). El valor fonológico
de la grafía isc / š / se documenta, asimismo, en ne deseras
te: tu non laisces, glosa 142 .
6.3.3. Presentan notable interés las siguientes formas de
pronombres indefinidos :
a) Qualbis.. en el sintagma qualbis uemne 'qualquier hombre'
130, compuesto del relativo q u a I e y el sufijo verbal -v
i s (bajo latín por q u a I i s I i b e t). Traduce la
expresión latina si quis. Fue bastante usual en este período
(si in licore: in qualbis bebetura, glosa silense 333, por
ejemplo), pero se olvidó pronto y no llegó a la época
literaria. La Rioja, como perteneciente a la gran zona
oriental que usó v o l o por q u a e r e r e, conoció otros
indefinidos con este verbo: s i v ŏ l i t q u i> sivuelque
'cualquiera', s i v ŏ l i t q u a l e> sivuelqual
'cualquiera', s i v ŏ l i t q u a n d o> sivuelquando
'cualquier día, algún día' (Gonzalo de Berceo).
b) El otro indefinido importante, y que tampoco tuvo
continuadores en época literaria, es quiscataqui 'cada uno',
'cada cual', forma que glosa al latín unusquisque, glosa 66.
Se usa también como adjetivo, en la glosa 128: quiscataqui
huamne 'cada hombre'. Obsérvese que los elementos de este
indefinido, quiscataqui, reaparecen, aunque ordenados de
otro modo en el moderno y vulgar cada quisque, cada quisqui
o caquisque, especialmente usuales en la jerga estudiantil.
Recuerda, por otra parte, este indefinido la forma quis cada
uno del Poema del Cid y la peculiar y exclusiva de Berceo
quisque 'cada uno'.
6.3.4. En el verbo son dignas de consideración las si- guien
tes singularidades :
a) El mantenimiento persistente de la -t en la tercera
persona del singular: fot 'fue' 1, uenot 9, aflarat 29,
conuienet 35, kalet 65, liebat 100 y 19 casos más, contra
sólo cuatro ejemplos de apócope de -t: amuestra 11,je 'es'
94 (pero get 89 -o jet 93, 117-), Faca nos 89 y k ale uos
129, testimonios estos dos últimos en que la pérdida de t es
muy explicable por la unión del verbo a un pronombre
enclítico que empieza por consonante.
En cualquier caso, esta -t final de la persona Él, que como
se sabe se perdía ya en el latín vulgar peninsular, parece
deberse a una reacción cultista que obró tenazmente para
mantener o restaurar dicho sonido. Por otra parte, la grafía
-d final, documentada ampliamente en los diplomas riojanos
medievales parece denunciar valor fonético (R. Menéndez
Pidal, 1976, pp. 352-353).
b) Interesa mencionar la coexistencia de las siguientes
desinencias de la primera persona de la conjugación -are en
el perfecto: forma latina lebantaui 6, forma vulgar arcaica
lebantai 3 y forma neológica y coincidente con la
actualmente en vigor trastorné 8. La convivencia de tan
distintos morfemas verbales es, una vez más, consecuencia
lógica de un momento de gran inestabilidad morfológica.
c) Proliferan los futuros tanto sintéticos, como analíticos
o con pronombres átonos interpolados: tarán 'te harán' 14,
se ferán 'se harán', 15, nafregarsán 'se hundiran' 20,
alongarsán 'se alargarán' 23, aflarát 'hallará' 29,
tardarsán 70, no se endrezarán 91, irás 103, etc., formas
que se atestiguan en la documentación riojana primitiva: Et
por fuero exient ad Cabannas nuevas et ficaran cabannas. Et
deinde a iuso et ad sursum por o potieren pasceran et de
Cabannas nuevas a iuso pasceran tota die et in nocte a
retro. El in Pratiella el in Losiellas fincaran cabannas ad
sursum et a iuso por o potieren (A. Ubieto, año 1044 ).
d) Los herederos de la segunda y tercera personas del
singular del verbo ser son: tú jes 138 y él get (jet) 89,
93, 117 o je 94. Estas formas diptongadas que, a juicio de
M. Alvar (1976, p. 64), no se documentan en la Rioja más que
en las glosas, se justifican por su tonicidad. En castellano
Tú ě s, él ě s t se tratan como formas átonas. Por otra
parte, los presentes Tú yes, Él ye son hoy usuales en leonés
y aragonés (M. Alvar y E. Pottier, 1983a, p. 226).
6.4. Las partículas que pueden tener más interés son aluenge
'lejos' 15, procedente del adverbio latino lŏnge (comp.
Poema del Cid, aluen 2696); anzes 'antes' 47 (indéntica
forma en la glosa silense 183), deriva seguramente de a n t
e a, precediendo a palabra con a- inicial, o bien de a n t
e, más palabra que empieza por vocal; a cualquiera de los
dos étimos habría que añadir la llamada -s adverbial.
Piénsese en el italiano anzi, voz que presenta una sucesión
fonemática similar. Alquieras 69 (también en la glosa
silense 200) es un curioso sustituto romance, procedente del
latín a I i d q u a e r a s, que traduce el clásico forsitan
'quizá' (comp. con el pronombre cualquiera o con los
adverbios siquier(a) y cuandoquiera); denante 89 'delante'
mantiene la nasal etimológica de d e i n a n t e y es muy
frecuente en este pe- ríodo (R. Menéndez Pidal, 1976, J?
373). De los adverbios compuestos con el sufijo -mente
quedan dos testimonios: mondamientre 32 y buenamientre 58;
en la glosa 88, uoluntaria, que traduce el latín libenter,
debe de faltar el sufijo -mientre.
Interesa, por fin, señalar la presencia de la preposición
ata 'hasta' 110, del sintagma ata quando, que traduce el
latín donec 'mientras'. Esta forma, heredera del árabe h á t
t a con simplificación consonántica, fue corriente en la
época primitiva.
7. En conclusión, la lengua de las Glosas, manifestación
notable del romance riojano primitivo y, más exactamente,
del habla altorriojana, embrión o ingrediente básico del
complejo dialectal que conformará el castellano, revela la
confluencia de formas que representan diversos estados de
evolución; el texto, como hemos visto, refleja la existencia
de una contienda entre posibilidades diferentes:
diptongación uá /ué grados distintos de desinencias del
perfecto, presencia / ausencia de -e final, etc. Sin
embargo, frente a esa impresión de anarquía formal (que
viene reforzada, a nuestro juicio, por la potente reacción
culta latinizante ejercida por el sistema escrito) hay una
transparente tendencia a uniformarse en torno a una norma;
una norma elaborada y profundamente enraizada en tierras
riojanas y que en muchos aspectos coincidía con la que por
los mismos años estaba modelando y caracterizando a los
dialectos navarro y aragonés. Por Claudio
García Turza y Miguel Ángel Muro - Univdersidad de La Rioja
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PRIMER VAGIDO DE LA
LENGUA ESPAÑOLA - DÁMASO ALONSO
Esta lengua que uso, por la que a cada instante vierto mi
pensamiento y mi corazón, ¿cuándo sonó por primera vez en
España? Hace mucho que la Lingüística contestó (y, en lo
esencial, aún vale esta respuesta): «El español actual es el
latín que se habla en España en el siglo XX.» O, de otro
modo: que el latín llega a ser el español a lo largo de una
evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por
un punto y decir: «Aquí está el español recién nacido.» Así
contestó la Ciencia. Pero en el espectro hay un instante en
el que ya estamos seguros de ver color amarillo, y no verde.
Se trata, pues, de saber cuál es el primer testimonio
conservado que caiga ya del lado del español, y no del
latín.
La dificultad estriba en que hasta los aledaños del siglo
XIII se escriben en latín más o menos correcto lo mismo los
documentos que las historias. Ese muro artificial nos tapa
lo que detrás ocurre. Sabemos que un siglo antes la lengua
hablada había ya producido nada menos que el Poema del Cid
(pero la copia que nos lo conserva es tardía). Desde época
muy anterior, los documentos en latín dejan filtrar a veces
la realidad de lo que se hablaba: algunas palabras del
romance diario se escapan de la pluma que quiere escribir
latín. Ni faltan tampoco quienes anoten sobre los documentos
latinos la traducción al vulgar de algunas palabras que ya
resultaban difíciles de entender. A tales anotaciones
llamamos glosas. Estudiando esas glosas y esas faltas, ha
podido Menéndez Pidal rastrear la lengua que vivía en España
entre los siglos X y XI: genial reconstrucción que nos honra
a los españoles, pues no tiene par en la ciencia moderna.
Pero el rastreo es siempre por palabras sueltas o muy cortas
frases. Sólo una vez, entre las glosas del monasterio de San
Millán de la Cogolla, atribuidas al siglo X, hay un trozo
que se puede decir que casi tiene ya estructura literaria.
El monje estaba anotando un sermón de San Agustín. En las
palabras finales le ha apretado la devoción dentro del
pecho. La última frase latina (dos líneas y media) la ha
traducido íntegra. Sin duda le ha parecido seca: la ha
amplificado (hasta doce líneas cortas), añadiendo lo que le
salía del alma. He aquí este venerable trozo (publicado por
Gómez Moreno y por Menéndez Pidal), que es, por hoy, el
primer texto, no podemos decir que de la lengua castellana,
pues hay algún matiz diaIectal, pero sí el primero de lengua
española:
Cono ayutorio de nuestro dueño dueño Christo, dueño
Salbatore, qual dueño yet ena honore e qual dueño tienet era
mandacione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos siéculos de
los siéculos. Fácanos Deus omnipotes tal serbicio fere que
denante ela sua face gaudiosos seyamus. Amen.
O sea, en castellano de hoy: «Con la ayuda de nuestro Señor
Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor
que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en
los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal
servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén».
El primer vagido de la lengua española es, pues, una
oración.
¿Qué balbucen por primera vez el francés, el italiano? Es el
año 842. Junto a Estrasburgo se reúnen dos nietos de
CarIomagno, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, y forman
contra otro hermano un tratado de alianza. Luis jura en
lengua francesa, para que le entiendan los súbditos de
Carlos; y éste en alemana, para ser comprendido por las
huestes de Luis. Estos famosos juramentos nos han sido
fielmente transmitidos, y en ellos tenemos el primer
balbuceo del período francés, un siglo, pues, anterior, al
del monasterio de San Millán. Pero trasladémonos ahora a
Italia, a la región de Nápoles. Es el año 960 y en Capua
están, delante del juez, el abad de Montecassino y un tal
Rodelgrimo. Discuten por unas tierras, y el abad prueba la
posesión por treinta años mediante tres testigos que repiten
una misma fórmula de juramento. Todo el documento está en
latín; pero los testigos juran en vulgar, y su juramento es
el primer testimonio de redacción italiana (si se prescinde
de una adivinanza, más latinizante, de la región Norte).
Tres primeros murmullos de tres grandes lenguas, cuya
literatura llenará el mundo. Y miro, y pienso si habrá sido
casualidad. ¿ O no es, más bien, que tenía que ser así,
porque de lo que está lleno el corazón habla la boca?
España, Francia, Italia ... i Oh, no!: no ha sido casualidad
que las primeras frases francesas que conservamos sean
militares y políticas (genio de Richelieu, glorias de
Austerlitz). Ni que las primeras italianas miren a los
bienes materiales (recuérdense las burlas contra banqueros
genoveses, en nuestras letras clásicas, pero no se olvide
tampoco cuánto oro de Venecia hay en los cuadros de
Tiziano). Y no puede ser azar, no. O, si acaso lo es,
dejadme esta emoción que me llena al pensar que las primeras
palabras enhebradas en sentido, que puedo leer en mi lengua
española, sean una oración temblorosa y humilde. El César
bien dijo que el español era lengua para hablar con Dios. El
primer vagido del español es extraordinario, entre los de
sus hermanas. No se dirige a la tierra: con Dios habla, y no
con los hombres. Dámaso Alonso
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LOS JUGLARES Y LOS
ORÍGENES DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
Es opinión muy común la de que las literaturas románicas
empiezan hacia los siglos XI o XII, poco antes de los
primeros textos conservados, y que nacen dirigidas por
clérigos imitadores de la literatura latina medieval y de la
antigüedad clásica. Se cree muy comúnmente también que los
juglares y los clérigos no iban por caminos opuestos, como
postulaba la crítica romántica, sino que los juglares se
habían formado técnicamente en la escuela de los clérigos,
aunque el tono de su poesía resultaba diverso del literario
y eclesiástico. Pero todo esto, que responde a ciertos
aspectos de los siglos tardíos, resulta inaceptable si
tendemos la vista a tiempos anteriores.
La razón de ser de toda juglaría es que ella procura el
recreo, alivio indispensable del ánimo, según decían
concordes los antiguos. El Libro de la Nobleza y Lealtad,
dedicado a san Fernando, recomienda al rey la honesta
diversión con los juglares, y se apoya en uno de los famosos
dísticos de Dionisio Catón, el mismo dístico que citan las
Partidas, el mismo que el Arcipreste de Hita aplica a su
arte: «Palabras son de sabio e díxolo Catón, / que omne a
sus coydados que tiene en coraçón / entreponga plazeres e
alegre la razón, / que la mucha tristeza mucho pecado pon».
Sin duda, el placer recreativo que ahuyenta las tristezas
del corazón es necesidad inexcusable del hombre, y lo es
sobre todo el solaz del canto, imperativo eterno lo mismo en
el descanso que en el trabajo, esos «dulces cantares» (Libro
de buen amor, 649) que aminoran las pesadumbres del alma,
llegando hasta paliar los dolores físicos del enfermo (según
se dice en el Cancionero de Baena); y de ese solaz musical
los juglares son los dispensadores profesionales: «illorum
officium tribuit laeticiam», según dicen unas leges
palatinae (de Mallorca, 1337). Pues respondiendo a una
necesidad vital, el oficio juglaresco hubo de ser ejercido
continuadamente. Los que recreaban al público en los teatros
de la antigüedad, los histriones y mimos que declamaban, los
thymélicos y citharistas que tañían y cantaban, debieron
transmitir ininterrumpidamente su arte a sus sucesores
medievales.
Esta continuación del arte antiguo en el medieval se nos
impone también considerando que los pueblos románicos no
pudieron estarse sin ningún recreo literario medio milenio
largo antes de ese siglo XI en que se suponen nacidas las
literaturas neolatinas. El canto del juglar, como
espectáculo público debió empalmar con el espectáculo
público del histrión y del thymélico; el cedrero de tiempos
de Berceo debió heredar su canto del citharista de tiempos
de Cicerón, como heredó su instrumento con el nombre de
cithara o de cedra por tradición ininterrumpida de mano en
mano y de boca en boca .
La dificultad para comprender esa tradición está en el
cambio de lengua en que unos y otros cantaban. En los
primeros tiempos de ese medio milenio se olvida el latín de
los histriones y nacen las lenguas romances de los juglares.
Y en este punto surge la perpetua oposición de la crítica
entre los dos conceptos antagónicos en el modo de entender
la poesía en cuanto diversión pública, el individualista y
el tradicionalista: los que iniciaron el cultivo literario
de las lenguas neolatinas ¿fueron los clérigos por disperso
trabajo individual o fueron los juglares por continua
tradición de su oficio? Sin duda contribuyeron unos y otros,
pero creo inexcusable pensar que los juglares tuvieron la
iniciativa y la parte mayor, la más difícil y la decisiva en
esos primeros tiempos. El juglar, hombre indocto, que cada
día entiende menos el bajo latín, usual entre las personas
instruidas, puesto en el trance de divertir a un concurso de
gentes que, cada vez más también, iba dejando de entender la
lengua de los letrados, se vio antes que nadie obligado, por
necesidad apremiante de su oficio, a emplear las formas del
latín vulgar, ajenas a la gramática, para con ellas
sustituir las formas más o menos gramaticales heredadas de
los actores del teatro antiguo. Era necesario darse a
entender en todo momento, era urgente renovar el repertorio
heredado, haciendo que el habla de los vulgares usos
cotidianos entrase más y más en la prosa recreativa y en la
canción musical del improvisado espectáculo público. En ese
período inicial en que las hablas románicas se iban
apartando totalmente del latín escrito, siglos debieron
pasar en que el canto y recitación de los histriones o
juglares fue la única literatura que existió en los
nacientes idiomas de la Romania. En la plaza de la villa, en
el atrio de la iglesia, en las danzas, en las romerías,
durante el solaz público, se realizaron los difusos y
pequeños aciertos de inspiración poética que fueron elevando
lentamente la humilde lengua vulgar, hasta hacerla apta para
ennoblecer la imaginación y la sensibilidad de los oyentes.
En fin, dedicados los juglares al espectáculo
poético-musical en lengua diversa de la latina, se
encontraron frente al mismo problema que afrontó muchos
siglos después Lope de Vega cuando hubo de ejercitar el arte
nuevo del espectáculo teatral moderno. Lope, no vacilante y
tímido como suele decirse, sino muy seguro de su decisión,
«encerró bajo seis llaves» los vigentes preceptos del arte
docto muy envejecido, y atendió sólo a los gustos del vulgo
que eran los propios de la sociedad moderna de su tiempo.
Los juglares, no por decisión unipersonal sino colectiva, en
esfuerzo difuso e instintivo, hicieron lo mismo que Lope:
echaron las seis llaves al arte de los clérigos, continuador
de una tradición latina docta, extremamente empobrecida, y
dejándose conducir del gusto vulgar al que inexcusablemente
debían atender, crearon una nueva tradición popular en la
lengua románica de los nuevos pueblos medievales.
Es verdad que el clérigo por razón de su ministerio, lo
mismo que el juglar por razón de su oficio, tuvo que allanar
su lenguaje para ser mejor comprendido de sus fieles; pero
la oratoria sagrada no se propone divertir sino adoctrinar,
no busca el solaz recreativo sino el «solatium charitatis»
que dice el Apóstol, de modo que su esfuerzo por sacar de la
vulgaridad el habla diaria fue siempre mucho menor que el de
la juglaría. El clérigo, servidor de una ideología teológica
y moral formulada desde antiguo con una terminología latina
muy suya, no podía intentar apartarse de ese tecnicismo
consagrado, imposible de alterar; su trabajo había de
consistir no en inclinarse hacia el habla vulgar, sino en
levantar la comprensión del vulgo hacia ese tecnicismo
latino, inculcando en el uso corriente varias de esas
expresiones doctas, tarea también, sin duda, ennoblecedora
del lenguaje vulgar, de la que se aprovecharían los
juglares. Los clérigos despreciarían la obra del juglar
construida con formas vulgares, que para ellos no eran sino
horrendos barbarismos, hasta que avanzando la literatización
de los espectáculos musicales, llegó un día en que los
doctos debieron sorprenderse grandemente al oír la primera
canción afortunada de un juglar que les ponía delante una
lengua nueva, capaz de nuevas posibilidades artísticas, y
entonces, cuando ya estaba muy usado el canto en lengua
vulgar, pudo haber clérigos que abandonasen el latín para
escribir en la lengua común, tratando temas propios de la
clerecía (Berceo, Libro de Alexandre). Hubo antes también
clérigos que cultivaron la canción y la música juglaresca,
aunque éstos ya no eran muy bien vistos en sus biografías o
en los vejámenes literarios (Peire Rogier, Hugo Brunenc,
Pedro Amigo); en fin, también hubo siempre algún clérigo mal
inclinado que practicaba todos los divertimientos no
literarios del histrión o del juglar, pero ése era condenado
y castigado por la Iglesia, lo mismo en el siglo VII que en
el XIV. Juglares y clérigos fueron, pues, dos clases
sociales muy distanciadas entre sí en su origen, y sólo
tardíamente tuvieron contacto literario.
En conclusión: durante los primeros siglos generadores de
las lenguas neolatinas, existió necesariamente en éstas una
elemental poesía recreativa de la que formaba parte
principal la canción, género esencialmente indocto, poesía
consustancial al idioma, que, a la par que el idioma, se
reforma y conforma siguiendo el mismo proceso evolutivo. A
la vez que del fondo latino van surgiendo las lenguas
romances, va a la par desgajándose de la canción del
cítarísta la canción del cedrero. Esto me parece
indisputable. [ ... ]
A España se aplica rutinariamente la teoría de los orígenes
monacales, sin hacerse cargo de que el espíritu de los
cantares de gesta es tan civil, tan no eclesiástico que en
el Mío Cid, se nombran 25 personajes hidalgos y guerreros,
muchos de ellos insignificantes, y, sin embargo, todos en
los diplomas aparecen comprobados como realmente existentes;
en cambio, en el poema sólo se cita una persona monacal, y
ésa lleva nombre falso, cuando en la realidad era un abad
que hasta tenía fama de santidad entre los clérigos. Lo
mismo en el Romanz del ínfant Carcía, todos los ricos
hombres que en él intervienen llevan nombre exacto,
comprobado documentalmente, aunque no figuran en las
crónicas, mientras el único personaje eclesiástico, el
obispo de León, aparece con un nombre arbitrario. Esto no
puede hacerlo un monje, sino un juglar.
Que los juglares fueron los primitivos poetas en lengua
románica y que por ellos inducidos entraron los clérigos a
cultivar el nuevo arte, lo confirma un hecho no bastante
considerado: el más antiguo clérigo que poetiza en romance
español, Gonzalo de Berceo, y aun el autor del Alexandre que
más pretendía ser ajeno a la escuela juglaresca, sin embargo
se dieron a sí mismo el nombre de juglar por hallarlo en uso
ya de antiguo con la significación del latinismo «poeta»,
totalmente inusitado.
En los siglos anteriores a Berceo, ocurrió sin duda varias
veces que algún clérigo se asociase al arte producido por
los legos (Auto de los tres Reyes) Vida de Santa María
Egipciaca} etc.), pero en metro y rima juglarescos.
Posteriormente muchos casos semejantes sucedieron; la
historia de las literaturas occidentales durante toda la
Edad Media y hasta comienzos de la Edad Moderna, es la
historia de cómo los legos van entrometiéndose a tratar en
su lenguaje vulgar los temas o géneros reservados a la
lengua latina, y cómo los clérigos se van sintiendo tentados
a abandonar su latín escribiendo en vulgar, viéndose a causa
de ello menospreciados por sus colegas y hasta acusados de
impiedad por poner al alcance del vulgo delicados temas
religiosos; tal fue el caso del inquisidor Valdés frente a
los dos Luises, de Granada y de León, como escritores en
lengua vulgar.
En fin, en esta multisecular competencia entre la lengua
latina y la romance, no es posible negar a los juglares el
mérito de haber reñido la primera y más grande batalla, la
de la poesía; y fue la primera, porque el cultivo literario
de toda lengua comienza siempre por el canto y por el verso,
y no por la prosa. El juglar primitivo, como el de todos los
tiempos, debió comunicar con los clérigos y aprender algo de
ellos, pero, repitamos, el primer clérigo que conocemos como
poeta en lengua del vulgo se estima juglar, prueba que entra
en un campo ajeno, a cultivar un arte que no era el de los
clérigos. Ramón Menéndez Pidal.
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LA CULTURA LATINA Y LOS
CO MIENZOS DE LAS LITERATURAS EN LENGUA VULGAR
La literatura francesa comienza en el siglo XI con relatos
religiosos en verso; la perla de estos relatos, la Vie de
Saint Alexis (hacia 1050), es la bien meditada composición
de un culto poeta artístico, que conocía todos los recursos
retóricos y había leído su Virgilio. Aparece luego, como
nuevo género, la epopeya heroica nacional, iniciada
gloriosamente con la Canción de Roldán (hacia 1100). Hay en
ella elementos estilísticos que muestran un conocimiento de
Virgilio, de los comentarios virgilianos de la Antigüedad
tardía y de la cultura clerical de la Edad Media. A partir
de 1150 se compone gran número de epopeyas sobre Guillermo
[de Aquitania]. Por esa época surge un nuevo género, el
roman cortesano en verso, que se vuelve a los temas antiguos
-tomados de Virgilio, de Estacio, de Dares y Dictis- y a los
temas célticos [o 'artúricos' que constituyen la «materia de
Bretaña»]. Su refinada técnica retórica y su sutil
casuística amorosa están inspiradas en Ovidio. El roman
cortesano revela la influencia del renacimiento latino del
siglo XII en la poesía francesa. También la poesía
alegórico-didáctica se inspira en la ciencia latina; una de
las fuentes principales de la segunda parte del Roman de la
Rose (hacia 1275) es el Planctus Naturae de Alain de Lille.
El rico despliegue de la poesía francesa en los siglos XI,
XII y XIII está, pues, en estrecha relación con la poesía y
la poética latinas que florecían en la Francia y en la
Inglaterra francesa de esa época. La cultura y la poesía
latinas van a la vanguardia, y siguiendo sus huellas, la
cultura y la poesía francesas. Al francés se le soltó la
lengua gracias al latín. Como Francia era la representante
del Studium, y como las artes, con la gramática y la
retórica a la cabeza, tenían su cuartel general en Francia,
fue aquí donde brotó por vez primera la flor de la poesía en
lengua vulgar.
A Edmond Faral corresponde el mérito de haber reconocido
antes que nadie [en 1913] la influencia de la poética y
retórica latinas medievales sobre la antigua poesía
francesa. La mayor parte de los poetas que escribían en
lengua vulgar eran hombres de cultura; habían aprendido las
artes y leído a los auctores en las escuelas catedralicias
del siglo XII. Era tal el número de los que concurrían a
esas escuelas, que no había suficientes puestos
eclesiásticos para los clérigos que habían terminado la
carrera. Hubo así una oferta excesiva de intelectuales, que
fueron absorbidos, en su mayoría, por las cortes feudales de
Francia e Inglaterra. Los señores feudales, como dice Alfred
Weber, habían sustituido desde hacía mucho la economía
propia por un sistema de impuestos. «Del caballero para
arriba, hasta llegar al más alto príncipe feudal, la
pirámide del feudalismo fue pérdiendo su dimensión
económica. La estructura feudal se transforma así en una
estratificación de castas, que tienen ahora libertad para
entregarse a intereses extraeconómicos, esto es,
espirituales. Los cabaIleros, sobre todo, vienen a
constituir una extensa capa, que en las épocas en que no
anda enredada en guerras y querellas, tiene que buscar una
actividad espiritual.» La sociedad cortesana de Francia,
como la Jonia de la época de Homero, busca esparcimiento.
Las epopeyas heroicas y los romans caballerescos vienen a
satisfacer esta necesidad. Sus autores son clérigos sin
empleo, que refieren a su público las historias de Troya, de
Tebas y Roma, además de aprovechar las obras de Ovidio;
engalanan sus composiciones con todos los ornamentos de la
retórica, que emplean también para temas modernos, como los
célticos. [ ... ]
España apenas tuvo un papel en el renacimiento latino del
siglo XII. La cultura islámica del Sur era muy superior a la
cristiana del Norte. Sólo en el Noroeste -en Navarra, y
sobre todo en Cataluña- hay desde el siglo XI centros en que
se cultiva la literatura latina, tal como irradia desde
Francia. El más importante de estos centros es el monasterio
de Santa María de Ripoll, cuna de la reforma cluniacense;
florece aquí una escuela de poetas latinos, a la cual
debemos canciones amorosas y también lamentaciones fúnebres
panegíricas. Entre éstas hay un poema sobre el Cid, [el
Carmen Campidoctoris,] del que desgraciadamente sólo se
conservan las primeras estrofas, de modo que no es posible
saber si se escribió antes o después de su muerte; en todo
caso, es el primer poema que se compuso sobre el Cid. El más
antiguo relato en prosa acerca de este héroe es la Historia
Roderici (de hacia 1110). El Cantar de mio Cid adopta, pues,
un tema ya tratado en latín; se ajusta formalmente al modelo
de la epopeya francesa y emplea clichés estilísticos que en
Francia no aparecen sino entre 1150 y 1170; de ahí que no
pueda haberse escrito antes de 1180. Vemos, así, que la
literatura española comienza más de un siglo después de la
francesa. La razón es clara: en España faltaba el estímulo
del florecimiento espiritual latino.
Apenas en el siglo XIII llega la cultura de los letrados al
otro lado de los Pirineos. Los poetas de ese tiempo llaman a
la rítmica y retórica latinas «mester de clerecía» (=
"técnica culta') o «nueva maestría», en contraposición al
«mester de juglaría». Berceo se jacta de su saber libresco
(«ál [´otra cosa'] no escribimos si non lo que leemos»). Los
temas son en su mayor parte de origen eclesiástico (Berceo)
o antiguo (leyenda de Alejandro, novela de Apolonio). Hacia
1330, en su Libro de buen amor, Juan Ruiz importa a España,
con gran desenfado, la erótica de Ovidio y de sus
refundiciones medievales. A una libre versión del Ars amandi
(que leyó en el original) añadió una adaptación de la
popularísima comedia medieval Pamphilus de amore, la cual, a
su vez, se remonta a una elegía de Ovidio (Amores, I, VIII)
que pinta a una alcahueta en el elocuente desempeño de su
oficio. El Arcipreste siguió los lances del Pamphilus casi
al pie de la letra, sin más alteración que la de hacer
españoles los nombres de lugar y de persona, para dar a su
obra sabor local y colorido temporal. [ ... ]
La poesía latina de la Edad Media penetró en España por
etapas. Una oleada llegó hacia 1230, con Berceo; otra hacia
1330, con el Arcipreste de Hita; la tercera con Alfonso de
la Torre. Todavía hacia 1440 pudo este último escribir una
enciclopedia con ropaje alegórico sobre las siete artes
liberales, la Visión delectable, inspirada en Marciano
Capela y en Alain de Lille.
Como los españoles incluyen a los autores ibéricos del
Imperio dentro de su literatura nacional, el tardío comienzo
de la poesía en lengua vulgar no los desazona mayormente. El
Poema de mio Cid constituye la espléndida iniciación de la
poesía romance en España. Italia no tiene nada que se pueda
comparar con él; se puede decir que hasta 1200 carece de
literatura en volgare. Sólo hacia 1200 se inicia la poesía
italiana. ¿Por qué tan tarde? Hace varias décadas que se
viene discutiendo esta cuestión. Puede responderse a ella
con sorprendente facilidad; basta considerar a la Romania en
su conjunto. En la Italia del siglo XII florecen la
jurisprudencia, la medicina y el arte de escribir epístolas;
pero el estudio de los auctores está en decadencia, lo mismo
que la poesía y la poética latinas; no hay humanismo, ni
tampoco filosofía. La lírica romance del siglo XIII es un
trasplante de la poesía artística provenzal. Sólo Dante dará
vuelta al timón y hará que su poesía vaya a nutrirse en el
legado de la Edad Media latina. La pregunta de por qué
comienza tan tarde la literatura italiana está mal
formulada; lo que hay que preguntar es más bien por qué
comienza tan pronto la literatura francesa. Creemos haber
dado ya la solución. Pero hay que ir más adelante y
preguntar: ¿Por qué el renacimiento latino (1066-1230) sólo
se dio en Francia y en la Inglaterra francesa? La respuesta
es: porque la reforma de los estudios en tiempo de
Carlomagno construyó cimientos que pudieron sobrevivir a las
conmociones de los siglos IX y X. Ernest Robert Curtius.
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EL DIALECTO RIOJANO
" el riojano resulta ser un dialecto más caracterizable por
la pluralidad lingüística que por su misma individualidad.
Cultura monástica latinizante, de una parte; vida rural y
arcaizante, de otra. Y, en medio, Berceo, que casa a
maravilla lo popular y lo culto, lo campesino y lo devoto."
LA
HISTORIA
1. La Rioja es una región de transición: se divide
claramente en dos zonas geográficas y la historia anduvo
condicionada por tal hecho. En la época de Constantino y en
la primera división eclesiástica de Hispania, la Rioja
pertenecía a la Tarraconense 1, por más que -en tiempos del
reino visigótico- Cantabria se extendiera hasta nuestra
región, de donde habían de salir más tarde los primeros
caudillos de la Reconquista: Pelayo, Alfonso I 2. La
ocupación árabe no pasó, de una manera estable, de la ciudad
de Nájera, que se convirtió en la plaza fronteriza más
importante que los árabes tenían frente a las últimas
estribaciones del reino asturiano 3. Aunque Nájera fue
conquista leonesa (923 ), la plaza fue pronto cedida a
Navarra (924 ), ya que la dinastía pamplonesa se sentía
heredera de la tradición romana 4. El padre Serrano, poco
afecto a la acción oriental en Rioja, juzga intrusismo la
presencia de Navarra o Aragón en estas tierras sin tener en
cuenta los hechos históricos que la condicionaban; sin
embargo, acierta, probablemente, cuando interpreta las
donaciones de García de Navarra a San Millán como una medida
política para asegurarse la fidelidad del importantísimo
monasterio 5, al mismo tiempo que sus concesiones en Rioja,
Navarra y Aragón trataban de borrar el límite del río
Najerilla situando a la Rioja occidental dentro del marco
territorial de Navarra 6. Justamente, este carácter
fronterizo de la Rioja volveremos a verlo jugar un
importante papel cuando Fernán González, en rebeldía contra
León, ayuda al monasterio de San Millán tratando de
granjearse de este modo el apoyo de Navarra 7. Por más que
Castilla, en la persona de su primer conde independiente,
consiguiera situar sus límites entre los ríos Oja y
Najerilla (no lejos de San Millán) 8, Navarra nunca cedió en
su pretensión de dominar toda la Rioja y llevar sus
posesiones hasta las regiones castellanas donde se sentía la
influencia riojana : así, en 1052, García de Navarra fundó
Santa María de Nájera, iglesia episcopal que extendería su
jurisdicción por los terrenos burgaleses de la Bureba, Oca y
la más vieja Castilla 9. Sin embargo, las aspiraciones
navarras no siempre lograron buen fin: Fernando I (1062)
dominaba la Bureba y la cuenca del Oja, Alfonso VI llegó a
ocupar todo el territorio (1076) 10, que fue castellano
hasta 1109 11. Algún testimonio de 1114 muestra a Alfonso I
el Batallador como señor de la Rioja 12; hecho que no
extraña puesto que el dominio aragonés se extendió hasta la
provincia de Burgos, donde Belorado era límite extremo de
las tenencias aragonesas 13. Sin embargo, un solo monasterio
riojano, el de Valbanera, fue hostil al gran rey 14. Después
de la derrota de Fraga (7-IX-1134), donde Alfonso I perdió
la vida, Alfonso VII reconquistó Nájera (antes del
10-IX-1134) y luego, toda la región 15. Esta dominación duró
hasta 1162 y, más tarde, en 1176, la Rioja se incorporó
definitivamente a Castilla 16.
2. Vemos, pues, que la fluctuación de la Rioja hacia el
centro o hacia el oriente peninsular es una herencia de los
tiempos romanos y visigóticos. De estas vacilaciones
anteriores a la Reconquista, habían de salir las rivalidades
medievales. y es que la Rioja es tierra de paso, y tierra de
contrarias fisonomías. De ahí esa Rioja Alta -desde el
Iregua hasta Logroño-que gravita hacia Castilla y por la que
discurrió el «iter francorum» (vid. §§ 13-14); de ahí esa
Rioja Baja, vertida hacia Navarra y Aragón, y en la que la
diócesis de Calahorra fue sufragánea de Zaragoza hasta 1574
y Alfaro, hito oriental de la región, perteneció siempre al
obispado de Tarazona. Esta partición geográfica y
eclesiástica hemos de ver que tuvo también sus consecuencias
para la lingüística 17.
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LOS MONASTERIOS RIOJANOS
3. El monacato fue muy importante en la Rioja medieval.
Sobre todo en el occidente de la región donde los cenobios
de Albelda, San Millán y Valbanera fueron focos de
irradiación cultural. En Albelda (siglo x) hubo residencia
episcopal ( el monasterio se fundó el año 924) y una
comunidad benedictina 18: en su época de florecimiento,
llegó a competir con San Millán y en él -doblada ya la mitad
del siglo XI- se redactó el cronicón que lleva el nombre del
monasterio y en el que se insertó la ya famosa Nota
emilianense 19. En cuanto a Valbanera, fue un monasterio de
no relevante significado, pero esto mismo hizo que allí se
escribieran unos documentos que suelen considerarse como de
carácter más vulgar 20; resulta obvio decir que -desde un
punto de vista lingüístico- estas escrituras tienen para
nosotros un interés mucho mayor 21 que las redactadas en un
latín más correcto. Pero, sin duda, es San Millán el más
famoso de los cenobios riojanos: su origen remonta al año
574 en que murió el eremita San Millán; sobre el oratorio
que él mismo había levantado, vino a erigirse el monasterio
de San Millán de Suso 22. La tumba del santo gozó tanto de
abundantísimos favores regios como de la generosidad de toda
clase de donantes y, a pesar de su localización, era lugar
al que venían a peregrinar los castellanos. Así, para que
las disputas de Alfonso VI y Sancho el de Peñalén no
afectarán a la vida espiritual de estas regiones, el conde
Gonzalo Salvadórez, gobernador del alfoz de Lara, hizo ver a
Sancho de Navarra cuán dañado resultaba el honor de San
Millán por los impedimentos que el rey navarro ponía a las
gentes que iban a adorar al santo. Como el monarca se
arrepintió de su conducta, visitó el sepulcro en compañía de
Gonzalo y rectificó su comportamiento dando licencia para
que cualquiera pudiera venir ( «con sportella vel ferrone» )
de donde quiera que fuese, sin sufrir ninguna clase de
molestias y estableció -además- severas penas para quienes
atentaran contra tal libertad 23. De estas peregrinaciones
hubo de salir la superchería conocida como «los votos de San
Millán»: las limosnas al santo eran recogidas por unos
colectores que -así- facilitaban la caridad, pero en el
siglo XIII decayó mucho la generosidad de las gentes, y, en
vista de ello, se inventó un testimonio escrito en el que
Fernán González establecía la contribución en especie que
debían de pagar los pueblos de Castilla para corresponder a
la ayuda que San Millán había prestado en las guerras contra
los moros 24.
4. El monasterio, ya en el siglo X, debió tener una buena
biblioteca, parte de ella copiada en el propio convento:
comentarios de Esmaragdo a la Regla de San Benito, una
«famosa» colección de vidas y tratados monásticos,
recopilación de concilios y decretos, bibliografía de
autores religiosos, historias eclesiásticas, repertorios
jurídicos y los tesoros de cualquier cenobio medieval: la
Biblia, las Etimologías de San Isidoro, las colaciones de
los Santos Padres 25, el antifonario, el «liber ordinum».
Como una necesidad cultural -lectura de textos latinos- aquí
se redactó el más viejo testimonio de una lengua peninsular:
La Glosas Emilianenses 26. Son éstas anotaciones para
aclarar diversos problemas -ordinariamente léxicos-
empleándose para ello otras equivalencias latinas, románicas
o vascas 27. Las Últimas líneas del sermón de San Agustín
que se copia en primer lugar, ya no son glosadas, sino
íntegramente vertidas. Pero el escritor no se conforma con
traducir el «adjubante domino nostro Jhesu Christo cui est
honor et jmperium cum patre et Spiritu Sancto jn secula
seculorum» 28, sino que ex imo cordis, añade unas
emocionadas palabras de oración: «conoajutorio de nuestro
dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena
honore, equal dueno tienet ela mandatjone cono Patre, cono
Spiritu Sancto, enos sieculos delosieculos. Facanos Deus
omnipotes tal serbitjo fere ke denante ela sua face gaudioso
segamus. Amen». Primer testimonio de una lengua peninsular,
nacido, precisamente, en un cenobio riojano, con las
peculiaridades idiomáticas (cono, enos) de la región, sin
excluir la de una impronta navarro-aragonesa que había de
ser muy duradera (get, honore femenino). Como al santo de
Silos, al viejo escriba le «fue saliendo a fuera la luz del
corazón» 29. y le brotó en forma de rezo en su dialecto
local: primer temblor de una lengua peninsular, nacido,
precisamente para hablar con Dios 30.
5. Este florecimiento cenobítico hizo que los monasterios
riojanos conocieran viejas acciones cultizantes o corrientes
culturales extranjeras. Cuando el anotador de San Millán
debe glosar los términos oscuros, muchas veces recurre al
propio latín: partitjones por diuisiones, verecundia por
pudor, sicut por quomodo, etcétera 31, y es que la tradición
latina no se agostaba en un solo venero. Y aquí -también-
Munio, el copista de la Nota emilianense 32, demostraba
conocer una tradición épica «no cronística, sino legendaria,
y casi seguramente poemática» 33, a la que podría traducir
en un latín bárbaro. Pero cualquiera que sea el valor de
estas transmisiones, lo cierto es que, junto a San Millán de
Suso, vinculado a la tradición del monasterio, iba a
florecer Gonzalo de Berceo, artista de valor inestimable y
el poeta de íntención más latinista en toda nuestra historia
literaria 34.
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LOS ELEMENTOS VASCOS
6. Por los siglos IX y X, el río Najerilla fue el límite del
vascuence 35. Así, pues, hace mil años, todo el occidente de
la provincia de Logroño no hablaba romance; y en esas
tíerras se alzaban, o habían de alzarse tiempos después,
cenobios y poblados en los que identificamos buena parte de
las características de la región: Nájera, Berceo, San Millán
de la Cogolla, Valbanera y, el más tardío, Santo Domingo de
la Calzada. Sin. embargo, J. J. Merino ha venido a demostrar
cómo el vascuence llegó muy al sur en la provincia de
Logroño, hasta una línea cuyos hitos se fijan en
Villavelayo, Mansilla, Viniegra de Arriba, Brieva de
Carneros, Villanueva de Carneros, Laguna de Carneros y
Enciso 36 (mapa 2). Estos hechos nos explican las numerosas
voces vascas que encontramos en los documentos riojanos, y
que no son sino eslabones de una cadena que, en los
testimonios toponímicos, nos llega hasta hoy.
7. Así, las Glosas emilianenses ( c. 950) 31 tienen un par
de ellas en vasco, no en romance o con sinónimos latinos,
según es norma 38: «jnueniri meruimur» = 'jzioqui dugu'
(glosa 31), «precipitemur» = 'guec ajutuezdugu' (glosa 42).
La segunda de estas aclaraciones se documenta también en
romance: 'nos nonkaigamus'. El vasco recién transcrito no es
demasiado fácil de identificar; Menéndez Pidal 39 recurrió a
ilustres vascólogos (Echegaray, Ugarte, Campión, Urquijo)
que tradujeron así:
Glosa 31: 'hemos encendido', 'lo hemos [solicitado]
ardientemente', 'lo hemos ahuyentado' o alguna frase
semejante, que no coinciden con el original latino.
Glosa 44: 'nosotros no nos arrojamos', 'nosotros no lo hemos
adaptado a nuestra conveniencia', con las mismas
dificultades de la glosa anterior.
8. Resurrección María Azkue 40 anotó unos cuantos elementos
léxicos del vasco que se incorporan a las obras de Berceo,
pero su lista es insegura: de una parte, hay que eliminar
voces como bren 41, entecada 42 y jeme 43 y, por otra, que
añadir alguna que falta. Así, pues, son vasquismos de
nuestro viejo poeta las azconas (Duelo, 81), relacionadas
con el vasco a z , a i t z 'piedra' 44, los zaticos
(Sacrificio, 275) < z a t i 'pedazo' + -k o 45, gabe
(Milagros, 197) < g a b e 'privado'46 y algunos que se
pueden añadir a los escasos de Azkue: don Bildur (Milagros,
292) < b i l d u r 'miedo', socarrar (SMillán, 388) < s u
'fuego' + k a r r (a) 'llama' y, tal vez, amodorrido
(Milagros, 528) y cazurro (Milagros, 647), si es que tiene
algo que ver con z a k u r r 'perro'.
Entre estos dos hitos -las Glosas, Berceo- la documentación
notarial permite enriquecer el parvo manojuelo.
9. En los documentos riojanos -por ejemplo- los tratamientos
de respeto son con frecuencia de origen vasco. Se repiten
hasta la saciedad eita ( < e i t a, a i t a 'padre') y
ander(a) 'señora'. En cuanto a los testimonios del primero,
son de señalar las formas Aita 47, que aparece en un
documento de Valbanera ( «Aita Gomiz», 1068), y Eita,
atestiguada con más frecuencia 48: «Eita Valeriz» (SMC,
996-1020, pág. 60), «Eita Didaco» (ib., 988, pág. 74), «Eita
Johannis» (ib., 998, pág. 79), «Eita Alarice» (ib., 1009,
pág. 85), «Eita Masciacon» (Valb., 1035, pág. 466 ), «Eita
Iohannes» (lb., 1037, pág. 467), «Eitavita» (SMC, 1063, pág.
186), «Eita Gomiz» (Valb., 1067, pág. 515) 49. Los formas
con it han evolucionado a ch, transcrita normalmente con gg
50: «Eggabita Moriellez» (SMC, 1065, pág. 195), «Eggagolen»
(ib., 1067, pág. 199), «Egga Lacine» (ib., 1077, pág. 238),
«Eggauitaz» (Valb., 1078, pág. 530), «Duen Eggavita» (SMC,
1079, pág. 247), «Agga Sango» (Valb., 1081, pág. 569), «Egga
de Millan» (SMC, 1083, pág. 255). Una fórmula de compromiso
entre las formas con i y con g debe ser -si no se trata de
un yerro de transcripción- «Eigiga don Nunnu» (SMC, 1048,
pág. 145). Como quiera que en el dialecto se conoce la
solución it del grupo latino -KT-, se han cometido
ultracorrecciones como «Acta Fanni» (SMC, 1035, pág. 121),
«Ecta Albaro» (Valb., 1073, pág. 508, passim), «Acta Santio»
(ib., 1081, pág. 570, passim). La voz vasca se usó «como
título de respeto o de amor» y desde allí pasó a convertirse
en nombre propio.
10. La correlación femenina del vasco eita es -en los
documentos riojanos- anderazo: Anderazo (SMC, 1009, página
85), «Anderazo de Fortes» (Valb., 1035, pág. 465), «Anderazo
de Clementi» (ib., 1071, pág. 500, passim), Anderazu (SMC,
1074, pág. 223) y más testimonios en Alvar, Valb., § 29. La
voz es la misma con la que hoy se designa a la 'señorita' en
bajo navarro y suletino (andere) y a la 'señora' en el resto
del dominio lingüístico vasco (andra en Vizcaya, andre en
las otras provincias) 51. En su origen, la voz equivalía al
tratamiento romance de domna, según podemos atestiguar: en
un documento de Ramiro I 52, se lee endregoto (año 1052),
nombre que tuvo cierta buenandanza en aragonés pirenaico 53.
Se trataba de un 'doña Goto', según justifican otros
documentos 54, y aunque hubiera redundancias como la de
«donna Andregoto» 55, bien que no sea distinta del «domina
domna» de cualquier documento que quiera ser romance. El
becerro de Valbanera autoriza a dar a la voz anderazo el
significado de 'uxor', pues la «mugier de Brasko Roman» de
un documento del año 1081 (pág. 562) es la «anderazo de
Blasco Roman» en otro lugar del mismo instrumento jurídico.
En cuanto a la terminación azo creo que
es la misma palabra que el vasco moderno atso, que en la
lengua común significa 'anciana' y en bajo navarro 'abuela'
56, tal como hace inferir algún documento riojano: «[damus]
duas eras: una in uallego de Padul, circa de sancta Maria de
Azo» (Valb., 1081, pág. 578). La advocación mariana que aquí
se cita es un híbrido que valdría tanto como 'Santa María la
Antigua', tan abundante en España. En otro cartulario puede
leerse «Bal de Azu» (SMC, 1078, pág. 242) que, si no es un
error 57, equivale a 'Valle Viejo' 58.
Concluyendo: Anderazo es, en su origen, una fórmula de
tratamiento respetuoso en la que entran dos elementos
(ander(a) 'señora' + azo 'anciana') con el mismo valor,
semántico e histórico, que el español señora doña. Después,
como Eita, se convierte en nombre propio, y si no lo
encontramos formando apellido es por la preponderancia
familiar del varón; de este modo, Eita sirve -incluso- para
formar gentilicios: Aitaz, Eytaz.
11. Otros vasquismos en documentos riojanos son: ama « ama
'madre' 59), documentado en SMC (1069, pág. 204) y Valb.
(1079, pág. 543); amuña ( < a m u ñ a 'abuela') 60 en Valb.
(1061, pág. 484) o el difundidísimo anaya 61: «Annaia
Monnioz» (SMC, 1042, pág. 130), «Annaia Moriellez» (ib.,
1065, p. 195), «Annaia Ferrero» (Valb., 1073, pág. 506),
etc.62. De este último, se forman apellidos: «Garcia
Annaiaz" (SMC, 1083, pág. 256), «Semeno Annaiaz" (ib., 1090,
pág. 280)63. Obsérvese que todos estos testimonios, como los
de eita o anderazo son fórmulas de respeto o cariño que con
cierto carácter fósil se usan, a veces, en los documentos
medievales; en ello radica su capacidad de pervivencia: rara
vez se identifican con los usos románicos y, de ese modo,
pueden subsistir en un nivel de lengua que se mantiene
incontaminado. Naturalmente, el empleo cortés o afectivo de
estas fórmulas no impide que se usen como apelativos comunes
(campo del que salieron), o, incluso, como nombres propios:
de ahí, también, la capacidad de algunos de estos términos
para formar derivados gentilicios.
12. Con excepción de los hechos anteriores, los demás
elementos vascos de los cartularios riojanos se reducen a
hechos de onomástica ( toponimia, antroponimia), que si son
valiosos para la historia lingüística no muestran en modo
alguno su grado de vitalidad en las hablas vivas 64.
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LOS FRANCOS EN LA RIOJA
13. La presencia de los francos en la Rioja es inseparable
de la historia de las peregrinaciones. Al parecer, fue
Sancho III el Mayor (1000-1035), quien decidió bajar la vía
francígena desde los altos montañeses a la llanura de Rioja.
Buscaba en ello «una nueva ruta política, militar y
económica, de acuerdo con los nuevos reinos cristianos de la
Reconquista» 65. Así, Nájera, que en 1052 tenía un mercado
en manos de judíos y francos, y parece plausible la
hipótesis de que, a partir de 1079, se incrementaría la
emigración francesa por donación de Alfonso VI al Cluny de
la iglesia y alberguería de Santa María: hubo aquí una
comunidad francesa, que sustituyó a la española, y un prior
francés. Hasta el siglo XIX llegó la vida de esta abadía que
aún sostenía tres camas, mermados restos de la que fue
-todavía en el siglo xv- generosa hospedería de peregrinos
66. Así otra ciudad famosa en los anales riojanos, Santo
Domingo de la Calzada, debió su vida toda, al «iter
francorum». El santo que dio nombre al pueblo, construyó la
calzada entre Nájera y Redecilla, movido por las penalidades
que vio sufrir a los peregrinos que atravesaban el río Oja,
en las cercanías de su ermita. Allí levantó un puente,
erigió una alberguería y, gracias a la generosidad de
Alfonso VI, vio nacer la población que llevó su nombre67 y
que se pobló después (en 1207) con el fuero de Logroño, «ad
forum de francos» 68. Así, también, Logroño, que había de
acabar siendo la capital de la Rioja: en 926, García Sánchez
de Navarra podía ceder a San Millán la villa, esto es,
'explotación agraria', de Logroño «cum omnibus hominibus,
terris, vineis, ortis, pomariis, montibus ac defesis et
pascuis, cum exitu et regressu, et cum suas pescheras, cum
omnibus mobitilibus [sic] et inmobilibus» 69; pero siglo y
medio después, esta villa era poblada con gentes «tan
Francigenis quam etiam Ispanis» 70 y estos francos son
quienes dieron resonancia extrapeninsular al naciente núcleo
urbano 71 o quienes determinaron la construcción de un
puente sobre el río Ebro, obra que coronó San Juan de Ortega
en 1183 72.
14. Sin entrar en pormenores sobre otros núcleos menos
importantes, vemos cómo Nájera, Santo Domingo y Logroño
debieron su florecimiento a la venida de estos francos que
-incluso- determinaron el nacimiento de un nuevo estatuto
jurídico, establecido para fomentar las nuevas poblaciones.
En 1092, el Cid destruyó Logroño y suele decirse que de este
hecho derivó la repoblación del conde García Ordóñez, que
intentó crear un núcleo urbano denso y vinculado a Castilla.
Según esta hipótesis en 1095 se concedió a la población un
fuero para que en él se ampararan tanto las gentes venidas
del otro lado de los Pirineos como las peninsulares 73. Por
fortuna, sobre este fuero y sus consecuencias jurídicas
tenemos un trabajo fundamental debido a mi maestro Ramos y
Loscertales 74. Gracias a esto podremos con todo rigor
determinar el sentido de esta puebla: la desviación del
Camino de Santiago hizo que el fundo agrario que García
Sánchez de Pamplona cedió a San Millán, pasara -otra vez- al
honor real, como fin de etapa importante en las
peregrinaciones jacobeas 75. De este modo, el rey, pensó
atraer gentes extrañas a las de su tierra para que, con un
estatuto jurídico poco gravoso y con garantías suficientes,
trocaran el lugar su vivienda 76; de ahí que ese nuevo
estatuto tuviera una personalidad muy definida: la
franquicia; es decir: «integración de una libertad y una
ingenuidad, como una capacidad del ejercicio de todos los
derechos inherentes al status libertatis y como una exención
de las cargas que debían levantar, al igual de los siervos,
los hombres libres que poseían un predio en el dominio
ajeno, cuya tenencia les imponía, además, una limitación de
su libertad» 77. Así, pues, lo que fue un mero adjetivo de
carácter étnico, francus, se convirtió en un estado social.
y su motivación fue, incuestionablemente, la atracción de
gentes que tuvieran facilidades para ejercer el comercio y
para desenvolver una vida segura, gracias a unos privilegios
reales. Aunque el fuero dice específicamente que a Logroño
podían venir francigenis, ispanis o ex quisbuscumque
gentibus, sin duda -al legislarse pensó en los franceses y
por eso en su capítulo III se explica el significado de una
expresión que allí se usa: "foro de francos» 78; esto es,
algo que motivado por gentes ultrapirenaicas iba a tener
aplicación para las de montes adentro. Baste recordar, por
ejemplo, que cuando Sancho, conde de Castilla, ofrece la
villa de Quintanilla al cenobio de San Millán ( 1003) la
franquitas no se designa, por más que el hecho jurídico se
formule: la cesión se hace genua et libera 79, es decir
franca, según la terminología que -más tarde- había de
acuñar el fuero de Logroño 80.
15. A pesar de estos hechos, no abundan los franceses en los
documentos riojanos. He leído cuidadosamente los textos
transcritos por don Luciano Serrano 81 y no he obtenido
ningún fruto; idéntico resultado se infiere al estudiar los
que editó M. Lucas Alvarez ( Valb. ) 82. No es mucho
conseguir en más de doscientas páginas de lectura la
documentación de un Monnio Peregrino 83 y el topónimo
Covadegallecos 84, que debe remontar a g a l l i c u 'de
Galia' (aunque no es imposible que fuera 'de Galicia'), cf.
río Gállego, en Aragón 85. No es muy claro por qué esta
ausencia de francos en la documentación, cuando tanto -lo
sabemos- abundaron en las ciudades riojanas 86. La única
explicación plausible es la de pensar que los documentos de
San Millán y Valbanera son de carácter rural (compras,
ventas, cesiones, etc., de predios más o menos en proximidad
de los cenobios o de gentes que se relacionan o buscan su
amparo en ellos), mientras que los franceses, cuando se
establecían para afincarse en un sitio lo hacían buscando el
lugar donde pudiera prosperar el comercio; esto es, en las
ciudades con importante núcleo urbano o a las que iba a
rendirse el final de una etapa de peregrinación.
16. Que la presencia de estos franceses fue abundante, por
más que la lingüística lo silencie, está acreditado por el
testimonio de la literatura. En Rioja se conocieron las
gestas francesas y una nota, copiada en San Millán,
precisamente, ha venido a revolucionar los estudios de la
épica rolandiana 87. Esta nota es fechada por su editor
entre 1065 y 1075; es decir, coincide con los años que otros
documentos señalan ya como de abundante presencia de
franceses: recuérdense los comerciantes que dominaban el
mercado de Nájera en 1052, y a quienes he aludido en líneas
anteriores. Manuel Alvar
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MIL AÑOS DE CASTELLANO
- CUNA PARA UN IDIOMA
Era Castilla entonces un pequeño rincón:
era de castellanos Montes de Oca mojón.
y era de la otra parte Hitero el hondón:
Carazo era de moros en aquella sazón» |
El «pequeño rincón» del siglo IX descrito
en el poema de Fernán González se libera de la tutela
leonesa en el siglo X se transforma en reino independiente
en el XI y sus reyes sostendrán con los leoneses una dura
pugna. que acaba en 1230 con la unión de ambos reinos bajo
Fernando III. Durante estos siglos, la lengua castellana
desplaza al latín, se impone al leonés y se convierte en
lengua culta que llevan a su esplendor el poema del Cid y
las obras - en prosa del Alfonso X el Sabio, hijo del rey
unificador de Castilla y León.
Dividida en múltiples condados, Castilla
debe su unidad y su independencia a su carácter de frontera
oriental del reino leonés; mientras las revueltas internas
mantienen a los emires cordobeses alejados de la frontera
cristiana. Castilla ha estado dividida y los reyes de León
han podido imponer fácilmente su voluntad; cuando Abd
al-Rahmán III unifique de nuevo al-Andalus y lance sus
ejércitos contra los cristianos, la defensa del reino leonés
exigirá la unificación de Castilla, la creación de un mando
único que permita hacer frente a los ataques musulmanes,
iniciados desde la zona del Ebro, para evitar el poco
poblado valle del Duero.
Esta unión, realizada espontáneamente por
los castellanos y alentada por los monarcas leoneses, dará
al nuevo conde, Fernán González, un poder que le permitirá
enfrentarse al rey de León y conseguir para Castilla una
situación de independencia reclamada por los castellanos,
que se sienten y son distintos a los leoneses. Las
tendencias disgregadoras del reino se manifiestan
simultáneamente en los dos extremos: en Galicia y en
Castilla, pero mientras los condes gallegos carecen de
fuerza para imponerse -sólo en el siglo XII se independizará
Portugal en momentos de debilidad de la monarquía-, los
castellanos logran, a partir del siglo X, que sea reconocida
políticamente su originalidad, aunque para conseguirlo
tengan que enfrentarse a leoneses, navarros y musulmanes o
aliarse a unos contra otros.
La fuerza militar y las ambiciones
personales de Fernán González y de sus herederos son
factores importantes a la hora de explicar la independencia
de Castilla, pero ésta no habría sido posble si castellanos
y leoneses no hubieran sido diferentes; del mismo modo,
puede afirmarse que sin la existencia de semejanzas y de
intereses comunes no habrían sido posibles las uniones que
culminarían en la unión definitiva de 1230, a la que
seguiría un proceso de unificación interna que aparece
consolidado en el siglo XIV.
En el siglo X, los castellanos tienen
intereses distintos y se sienten diferentes de los leoneses;
repoblada en los siglos IX y X por cántabros y vascos
occidentales poco «civilizados», es decir, poco romanizados
y escasamente influidos por la cultura visigoda, Castilla
prefiere la costumbre ancestral o la decisión de hombres
justos antes que la aplicación de la ley, representada en el
reino por el Liber Iudiciorum visigodo, y cuando los
castellanos creen sus propias leyendas las centrarán, en
primer lugar, sobre los llamados Jueces de Castilla, que son
los representantes de la diferenciación jurídica respecto a
los leoneses y también los defensores de la independencia
política, según se desprende del poema anteriormente citado:
«Todos los castellanos a una se
concertaron,
dos hombres de valía por alcaldes alzaron ;
los pueblos castellanos por ellos se guiaron :
sin nombrar ningún rey largo tiempo duraron.»
|
Las diferencias jurídicas no son las únicas que separan a
castellanos y leoneses: el idioma los diferencia,
igualmente, y también la organización social, de la que el
Derechó es un reflejo. Los repobladores de Castilla no
conocen la jerarquización social acentuada que, derivada del
mundo visigodo, se impone en el reino leonés, y las
desigualdades que pueden observarse entre los primeros
castellanos proceden no de la herencia, sino de la función
que cada uno puede desempeñar en una sociedad guerrera; será
noble aquel que por su riqueza esté capacitado para combatir
a caballo, pero su situación no difiere mucho de la de sus
convecinos.
La libertad individual frente a la
servidumbre gótico-asturleonesa será, pues, la primera
característica de la población castellana que alternará el
trabajo de los campos con el ejercicio de las armas exigido
por el carácter fronterizo de Castilla, mientras en Asturias
y León la guerra, como en época visigoda, es eminentemente
una actividad nobiliaria y esporádica, hecho que pone de
manifiesto el mayor precio de los caballos de guerra y de
las armas en Castilla que en León. A las diferencias entre
una sociedad guerrera y otra alejada de la frontera alude el
Cantar de Rodrigo cuando contrapone la mula que monta el rey
de León al caballo de Fernán González:
«Maravillado estoy conde, de cómo sois
tan osado
de no venir a mis cortes para besarme la mano,
que el condado de Castilla es de León tributario,
porque León es el reino y Castilla es un condado.
Entonces respondió el conde: Mucho vais andando en vano.
Vos estáis en buena mula y yo sobre un buen caballo.» |
El carácter fronterizo no anima a
instalarse en Castilla ni a la nobleza de origen o cultura
visigoda ni a los clérigos mozárabes huidos de Córdoba, por
lo que en Castilla ni existirán grandes linajes ni
proliferarán como en León, al menos hasta época tardía, los
monasterios y las grandes sedes episcopales, que son los
dueños de la tierra, de la riqueza, y poseen la fuerza
necesaria para someter a los campesinos libres que subsisten
en las montañas asturleonesas. No se produce, por tanto,
hasta época posterior, la concentración de la propiedad que
puede observarse en otras zonas y se mantiene la libertad
individual que está, además, garantizada por la mayor
resistencia que pueden ofrecer las comunidades rurales
-predomina el hábitat concentrado frente al disperso propio
de las montañas leonesasa la absorción de sus bienes y
personas por los grandes propietarios.
Estas diferencias con la población
asturleonesa terminarán provocando una diferenciación
política que se traduce en la independencia lograda a
mediados del siglo X bajo la dirección de Fernán González;
pero mucho antes se han producido las primeras
manifestaciones del particularismo político castellano.
Desde la creación de condados en Castilla (el primer conde
conocido, Rodrigo, aparece documentado en el año 850), sus
habitantes se ven obligados a erigir fortalezas que suplan
la ausencia de defensas naturales, y desde ellas los condes
no tardan en desafiar la autoridad de los reyes leoneses del
mismo modo que desafían al poder carolingio los condes
situados en zonas fronterizas. Castilla se independiza de
León del mismo modo que los condados catalanes se apartan de
la obediencia carolingia.
Mantener la independencia no fue fácil
para quien, según el Cantar de Rodrigo, «no quería obedecer
a moro ni a cristiano» y veía sus dominios rodeados por
leoneses, navarros y musulmanes. Una hábil política de
equilibrio y oportunas alianzas con unos y otros permitirán
a Castilla mantenerse independiente y ampliar
considerablemente sus fronteras a costa de los musulmanes,
pero no pudieron impedir que Castilla se convirtiera en un
protectorado de Navarra a raíz del asesinato en León del
infante García, en 1029.
A la muerte de Sancho el Mayor de Navarra
(1035), su hijo Fernando sería rey de Castilla y dos años
más tarde reinaría en León después de haber derrotado al
monarca Bermudo III; en adelante, la hegemonía corresponderá
a Castilla. Una inteligente política de atracción de la
nobleza leonesa y la evolución de la sociedad castellana
hacia formas feudales semejantes a las leonesas facilitaron
el entendimiento durante el reinado de Fernando, pero no
fueron suficientes para impedir que a su muerte resurgieran
las diferencias entre gallegos, castellanos y leoneses,
cuyos enfrentamientos ocupan los años 1065-1072 hasta la
muerte en Zamora de Sancho II de Castilla y la aceptación de
Alfonso VI como rey único tras jurar no haber tomado parte
en el asesinato de su hermano.
Nuevos enfrentamientos entre castellanos,
leoneses y gallegos tienen lugar a comienzos del siglo XII
durante la minoría de Alfonso VII el Emperador, quien, una
vez más, dividió en 1157 sus dominios entre sus hijos:
Sancho III sería rey de Castilla, y Fernando II, de León;
los enfrentamientos entre ambos reinos fueron continuos y
también los tratados de paz, uno de los cuales iría avalado
por el matrimonio de Alfonso IX de León y Berenguela de
Castilla; su hijo, Fernando III, heredaría los derechos de
uno y otra y unificaría ambos reinos en 1230, a la muerte de
Alfonso.
De simples condes dependientes del reino
de León, los señores de Castilla se han convertido en reyes
con autoridad sobre el antiguo reino; Castilla ha pasado a
ser hegemónica y así lo demuestran las divisiones de 1065 y
1157: en ambos casos, el primogénito fue rey de Castilla,
como símbolo de la importancia adquirida, y el segundo se
vio relegado a reinar en León; Fernando III y sus sucesores
antepondrán el título castellano al leonés...
Expansión del castellano
Paralela al ascenso político de Castilla es la extensión de
la lengua castellana, que si en principio es una más entre
las lenguas romances terminará convirtiéndose en el idioma
único de ambos reinos; signo distintivo de la personalidad
castellana, del mismo modo que las «fazañas» reflejan la
oposición al Fuero Juzgo, el castellano adquiere
importancia, según los lingüistas, porque evoluciona más
rápida y completamente que el leonés, y las razones de esta
evolución hay que buscarlas de nuevo en la situación de
Castilla en el siglo X.
Allí donde existe una población
relativamente culta el latín conserva un gran prestigio,
mientras el romance sólo tiene utilidad en la conversación y
se halla minusvalorado; en Castilla, la tradición culta es
prácticamente inexistente, el castellano es el único medio
de expresión para la mayor parte de los pobladores y el
deseo o la necesidad de diferenciarse de León da al
castellano un prestigio del que carece el leonés.
Pronto el idioma se convierte en arma
política utilizada por los poetas para cantar a los héroes
de Castilla y para, en cierto modo, crear una «conciencia
nacional» en la que cabe destacar el antileonesismo y los
ataques a los musulmanes; los cantares de Fernán González,
de los Siete Infantes de Lara, de la Condesa traidora, del
Infante Garcia... preparan el camino, son el precedente del
Cantar de Mio Cid, sobre el que otros especialistas escriben
en este número.
Diferente de León por su situación
fronteriza y por el distinto origen étnico y cultural de sus
pobladores, Castilla irá perdiendo sus rasgos diferenciales
a medida que cambien las circunstancias; su organización
interna le permitirá extenderse por el semidesierto valle
del Duero en los años iniciales del siglo X, y la unión con
los leoneses ampliará su capacidad ofensiva y repobladora
hasta hacer posible la ocupación, en 1085, de la antigua
capital visigoda y la repoblación de las tierras situadas
entre el Duero y el valle norte del Guadiana.
A medida que avanza la ocupación de
territorios por el esfuerzo, conjunto o separado, de
castellanos y leoneses, disminuyen las diferencias entre
unos y otros; en las zonas nuevamente ocupadas, la
repoblación es llevada a cabo del mismo modo: el sistema
empleado en Avila o Segovia no difiere del utilizado en
Zamora o Salamanca; los habitantes de la nueva frontera son
libres en su mayoría como lo exige la situación de guerra
permanente y son dueños de la tierra que cultivan; al igual
que en los concejos castellanos del siglo X, quien posee un
caballo pasa a formar parte de la nobleza conocida con el
nombre de caballería popular o villana que, con el tiempo,
se reservará en exclusiva el gobierno de los concejos...
En la zona norte de ambos reinos, las
diferencias subsisten, pero van disminuyendo continuamente;
también en Castilla con el paso del tiempo se crea una
nobleza de sangre, surgen grandes monasterios, se restauran
las sedes episcopales, aumentan las diferencias económicas y
sociales entre los hombres y los pequeños campesinos ven
cómo sus tierras son absorbidas por las grandes propiedades
y cómo ellos mismos se ven obligados a aceptar o a reconocer
la protección, la dependencia respecto a los grandes
propietarios.
Paradójicamente, la existencia de nuevas
tierras que cultivar y la oferta de libertad y de tierras en
propiedad a quienes se trasladen a ellas perjudica a los
campesinos dependientes del Norte; la emigración masiva
habría dejado sin cultivadores los viejos campos y para
evitarlo se reduce la libertad de movimiento y se
incrementan los derechos de los señores sobre los
campesinos. Todavía en el siglo XIV habrá diferencias entre
castellanos y leoneses: mientras el campesinado leonés se
halla en su mayor parte sometido a la nobleza laica o
eclesiástica, las comunidades rurales de la Castilla
originaria podrán elegir su propio señor; en un caso habrá
vasallos; en el otro, hombres de behetría; en los dos,
campesinos dependientes, pues la behetría es, en suma, una
modalidad de la encomendación que puede adoptar diversas
formas, según la mayor o menor libertad que posean las
comunidades para elegir señor.
Las desigualdades y diferencias
económicas y sociales en el siglo XIII poco tienen que ver
con la división en reinos; en lugar de establecerse entre el
Este y el Oeste, entre Castilla y León, se establecen de
Norte a Sur en razón de la proximidad o alejamiento de la
frontera: los hombres libres dueños de la tierra que
cultivan predominan en las tierras nuevas (Castilla la Nueva
y Extremadura) recientemente conquistadas; la dependencia y
el cultivo de tierras ajenas serán más numerosas en el norte
de la Península, y cuando Alfonso X, en 1268, fije precios y
salarios dividirá el territorio de Norte a Sur: un jornalero
cobrará 6 maravedís al año entre el puerto del Muladar y
Toledo y entre el Duero y el Camino de Santiago, y 4 en la
zona situada al norte del Camino...
Pese a todo, la identificación entre
castellanos y leoneses no es total y reflejo de las
diferencias será la celebración de Cortes por separado y el
estudio en ellas de problemas distintos para cada uno de los
reinos; será preciso esperar a la primera mitad del siglo
XIV para que los concejos pidan al rey que celebre
conjuntamente Cortes para castellanos y leoneses, para que
las diferencias económicas, sociales, jurídicas y culturales
hayan desaparecido. José Luis Martín.
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EL CUADERNO DE UN ESTUDIANTE DE
LATÍN
Vaya por delante que soy un cordial
partidario de las fiestas y que cualquier excusa me parece
válida para zascandilear en una si el convite vale la pena.
No por ello doy necesariamente por bueno y oportuno el
motivo de la celebración. Como tampoco le hago ningún asco a
cobrar doble en el mes de julio, aunque, después de pasar
por caja, quizá no me entusiasme el Movimiento Nacional y
pueda preguntarme si realmente empezó un 18 y no más bien un
17 o un 19 (e incluso -apostillaría aquí un socarrón de
izquierdas-, incluso si ha terminado ya). En hora bendita,
pues, llegue el inesperado milenario del castellano, si trae
consigo solaces y ocasión de divertirse con el espléndido
juguete de la lengua. Pero de vuelta en casa, tras la
función, no es imprescindible comulgar con ruedas de molino.
A estas alturas del número, supongo, el
lector de Historia 16 habrá confirmado de sobras algo que
sin duda no ignoraba: las lenguas no nacen tal o cual año,
sino a lo largo de muchos azares, y conmemorar el milenario
del castellano es solo una honesta manera de pasar el rato o
(más exactamente) de matar el tiempo. Sin embargo, a ese
mismo lector de talante crítico tal vez no sea inútil
reiterarle otra precisión, por si no se le hubiera advertido
según conviene: las Glosas Emilianenses, pretexto
(entiéndase literalmente) para la digna conmemoración, no se
escribieron en los aledaños del 977. Desde que Menéndez
Pidal publicó una parte de ellas (en un libro de veras
magistral, Orígenes del español), la paleografía ha caminado
no poco, y los más expertos conocedores coinciden hoy en
dictaminar que las Glosas difícilmente pueden ser anteriores
al último tercio del siglo XI.
Al servicio del latín
También sabrá ya el curioso lector que no es el castellano
el idioma de las Glosas : mejor dicho, el idioma de las
Glosas no latinas ni vascas, y, sobre todo de la más extensa
y sustancial, la doxología o súplica laudatoria «Cono
aiutorio de nuestro dueno...». Los especialistas identifican
ahí el habla riojana (en rasgos como cono, por 'con el')
«muy impregnada de caracteres navarro-aragoneses» (así get
-articúlese como si la g fuera una j francesa-, por 'es').
Pero es lícito proponer una cautela y señalar que no hay
ninguna seguridad de que el autor de las Glosas (si
admitimos que no se limitaba a copiar un modelo) tuviera
como propio ese dialecto riojano con peculiaridades
navarro-aragonesas. Es posible y aun probable que fuera
eusquera y que hubiera aprendido el romance poco antes de
iniciarse en el latín. Pues, si el recurso ocasional al
vasco y algunas confusiones o singularidades llamativas
hacen pensar que nuestro escriba no andaba muy fuerte en
riojano-navarroaragonés (o lo que fuere: el panorama
lingüístico de la Península en los siglos X y XI estaba
demasiado revuelto, las variantes locales eran demasiado
graves, para pretender ahora excesivos matices), caben
escasas vacilaciones en cuanto al proposito del glosador al
ponerse a la tarea : estudiar latín.
Es natural que por el legítimo deseo de
dar a conocer una etapa relevante en la historia lingüística
de la Península tienda a realzarse la pequeña porción de las
Glosas que ilustra la pronunciación, la morfología o el
caudal léxico de las hablas españolas en la Edad Media. Con
todo, no se descuide el hecho primario: las Glosas
Emilianenses son apuntes o anotaciones puestos para
comprender unos textos latinos. El manuscrito que los
contiene es logicamente modesto, como cabía esperar de un
cuaderno de deberes: para hacer prácticas de gramática, no
se iba a emplear uno de esos infolios de caligrafía y
ornamentación espléndidas que eran el orgullo de un
scriptorium. Así, el glosador fue a parar a un códice pobre
y plebeyo: un volumen, en ínfimo pergamino, que verosímil
mente se consideraría sin actualidad ni gran interés, y
apto, por tanto, para los ejercicios de un escolarillo.
De entre las piezas de la miscelánea que
le venía a las manos, nuestro hombre se entretuvo durante
algún tiempo con un par de pasajes de un cierto tono
pintoresco. Trabajo, pues, en desentrañar el relato de una
visión en la que Satanás aparecía coronando y sentando a su
diestra a un diablo que había perseguido cuarenta años el
admirable logro de que un monje se decidiera a fornicar una
vez (la anécdota formaba parte de una coleccion de ejemplos
monásticos extraída de las Palabras de los mayores o Liber
Geronticon) ; y se ocupó además en descifrar las
revelaciones del «rey Aristoteles» al «obispo Alejandro»
sobre los signos que anunciarán el fin del mundo (obra de
procedencia no averiguada, aunque de ingredientes y
personajes harto familiares a los investigadores) .Pero la
principal atención se la dedicó a la antología de pláticas
que cierra el manuscrito, donde se presenta atribuida a San
Agustín, si bien consta mayormente de fragmentos de homilías
de San Cesáreo de Aries (con algunas sabrosas adiciones). y
no es síntoma desdeñable que las líneas que han solido
juzgarse «el primer vagido de nuestra lengua» se hallen al
margen de un sermón de San Cesáreo: porque el obispo de
Aries, a comienzos del siglo VI, se distinguió en subrayar
la urgencia de predicar al pueblo en una lengua y un estilo
adecuados a su rusticidad.
Como trabajaba el glosador
Pero, ¿qué hacía nuestro estudiante con esos textos? Para
empezar, los segmentaba en unidades con sentido
relativamente autónomo y dentro de cada una, mediante letras
superpuestas a cada palabra o grupo (a, b, c, ...), señalaba
en qué orden debía leerse la frase. De suerte que al
tropezar con un período como el siguiente: Nam de
neclegentibus sacerdotibus ipse Dominus ad populo loquens
dicit..., cavilaba que sus elementos habían de distribuirse
así : Nam loquens dicit ipse Dominus ad populo de
neclegentibus sacerdotibus... Después, recurriendo a la
declinación de los pronombres correspondientes y a otras
indicaciones, consignaba el caso gramatical de los
sustantivos, suplía los sujetos y complementos no expresos,
introducía los relativos implícitos, añadía enlaces y
componentes supuestos, etc. Donde encontraba, pues, Que
dicunt vobis lacite, que autem laciunt nolite lacere, él,
amén de ordenar las oraciones o asentar (con un quibus) que
vobis era dativo plural, daba esta interpretación:
[O populi] , que [precepta] dicunt
[qui sacerdotes] vobis, [vos] facite;
que [mala] autem [mala] faciunt
[qui sacerdotes] [vos] nolite facere
[ea mala].
Por otro lado, cuando no entendía un término, consultaba un
vocabulario y anotaba en el margen de la página la
significación que creía apropiada, en latín o en vulgar,
relacionando la glosa y la palabra problemática con una
llamada común a ambas. De tal manera, explicaba insinuo con
«io castigo» (es decir, 'yo aconsejo') o libenter con
«voluntaria» ('voluntariamente'). En esas operaciones, más
de una vez se equivocaba, arrastraba errores del códice de
las fuentes de información que manejaba, y ofrecía
aclaraciones poco ortodoxas. Pero, en suma, se iba
adiestrando en comprender y analizar un texto latino
elemental.
Todos los ejemplos del párrafo anterior -transcritos con la
ortografía y las deturpaciones del originalfiguran en el
mismo folio que la invocacion «Cono aiutorio...» No
obstante, si me he demorado en sugerir como sudaba el
escolar de marras es porque vale la pena insistir en que las
Glosas Emilianenses, además de como documento temprano del
romance, tienen una segura importancia en tanto testimonio
de los métodos empleados en la enseñanza del latín. Uno y
otro dato dependen más entre sí de lo que con frecuencia se
afirma.
¿Lengua real o jerga de principiante ?
En la más larga y elaborada de las Glosas se propone ver en
general. «el primer texto en que el romance español quiere
ser escrito con entera independencia del latín». Pero hay
que limitar ligeramente este entusiasmo. Resulta obvio,
desde luego. que una buena parte de la célebre formula es a
un tiempo traducción y paráfrasis de unas líneas latinas. En
efecto,
Cono aiutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno
Salbatore, qual dueno get ena honore e qual duenno tienet
ela mandatione cono Patre, cono Spíritu Sancto, enos
siéculos de lo(s)) siéculos...
es simplemente un traslado de la deprecación con que
concluye la homilía de San Cesáreo:
adiubante domino nostro Ihesu Christo, cui est honor et
imperium cum Patre et Spíritu Sancto in secula seculorum...
Eso es obvio, digo, y en nada afecta a la identidad de la
acotación romance, por cuanto aquí nos atañe. Sí quiero
realzar, en cambio, que el autor de tal glosa se ejercitaba
en el latín por el procedimiento de anotar en cada enunciado
los factores que el uso normal y correcto deja tácitos; y
así, para el pasaje recién citado, daba esta reconstrucción:
...domino nostro Ihesu Christo, cui (domino) est honor et
(cui domino est) imperium...
No de otra manera que en el trozo que he
citado antes unía al verbo el relativo y el nombre
pertinentes: «que [precepta] dicunt [qui sacerdotes]
vobis...». Pero ese recurso se le convirtió en hábito mental
y determinó en varios aspectos las frases romances que
trazaba. Por ejemplo, «qual dueno get ena honore e qual
duenno tienet ela mandatione. ..» es tan artificial como la
versión que más o menos daría el glosador, entre sí, a la
frase recordada hace un momento: 'quales mandationes dicen
quales sacerdotes a vos...' A la postre, ese «qual dueno.
..» pertenece a la misma jerga seudopedagógica, sin realidad
lingüística, que quizá aún suene a veces en las academias de
idiomas, me temo, cuando se lea «He saw me and he gave me
the pen) y se traduzca por «El vio a mí y él dio a mi la
pluma...» o disparate similar.
La más célebre Glosa Emilianense, pues,
no se redactó «con entera independencia del latím) a todos
los propósitos. No por ello le haré remilgos a la benemérita
invención de un Milenario de la lengua castellana. Pero
arriba he recordado al lector que las Glosas Emilianenses no
parecen haber alcanzado el «milenario» ni estar en «lengua
castellana». A la luz de casos como el que acabo de aducir,
por otra parte, y con una pizca de escepticismo no
rematadamente frívolo, .casi me atrevería a decir que en
algunos rasgos ni siquiera son «lengua» de verdad: se quedan
en pre-texto. Francisco Ríco - Fuente:
vallenajerilla.com/glosas.
ENCICLONET
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Estos son los mejores datos del idioma español
que he encontrado en internet. Estos artículos no han sido escritos
por mí y tampoco me pertenecen, los he recopilado desde la red
(textos/imágenes).
En el caso de que me haya olvidado de hacerle la debida referencia a
alguna fuente, os pido que por favor me aviséis de la autoría de los
mismos envíandome un correo a:
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