España ha experimentado un gran
avance en el último cuarto del siglo XX, que ha logrado situar el país en el
vigésimo primer puesto por desarrollo humano (IDH) y en el trigésimo octavo
por cuantía del PIB. Su economía está fuertemente terciarizada y los
sectores de mayor importancia son el turismo y la industria automovilística.
Sin embargo, para entender su evolución económica es necesario hacer
referencia a la adhesión a la, entonces, Comunidad Económica Europea (CEE),
que supuso la integración de España en el ámbito común del continente.
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Para analizar la evolución
económica española a lo largo del siglo XIX, es indispensable reflejar la
situación del país en el segundo decenio del siglo. Por una parte, acababa
de librar una guerra de independencia contra la ocupación francesa, que
terminó con gran parte del orden conocido hasta el momento. Por otra, tuvo
que hacer frente a la pérdida de la mayoría de sus posesiones coloniales. En
general, la situación era caótica y la respuesta institucional dependía de
estructuras decadentes que procedían del antiguo régimen. A todo ello se
sumaba el enfrentamiento entre los movimientos liberales y
monárquico-absolutistas. En esta situación, el país se comportó como una
economía periférica, incapaz de responder al empuje de las grandes potencias
industriales europeas, inmersas en procesos de colonización e
industrialización.
En los dos segundos tercios del XIX, el desarrollo industrial no fue
significativo si se compara con el de otros países europeos, aunque se
sentaron las bases para el avance posterior. En ese periodo se creó una
estructura económica de carácter moderno a través de reformas
institucionales de tinte liberal como las desamortizaciones, la unificación
de la autoridad monetaria con la creación del Banco de España, la
desaparición de los sistemas de privilegios, la abolición de la Mesta o la
reforma tributaria.
En el tercer cuarto del siglo se produjo, según Nadal, una coyuntura
favorable a la industrialización española gracias a la intensificación de
los adelantos técnicos, al renovado interés en las producciones y
extracciones españolas y a la mejora de las comunicaciones. Durante ese
periodo se realizó una política librecambista, que continuó hasta los años
ochenta. Sin embargo, la postura giró hacia el proteccionismo en los años
noventa. Las razones del cambio en la política comercial se encontraron en
la exposición de los productos españoles a la competencia internacional por
el librecambismo y la mejora en las comunicaciones, que condujo a un aumento
de las importaciones de productos agrícolas (que España ofrecía a mayores
precios por la escasa productividad). El giro se apoyó desde el sector
textil catalán y el siderúrgico vasco, que se veían capaces de aprovechar
las oportunidades de la unificación del mercado español. Como resultado,
subieron los aranceles a partir de 1891.
La situación de la población, durante el siglo XIX, presenta una lentitud en
su crecimiento, en comparación con las tasas que ofrecen otros países,
merced, en gran parte, a la diferencia en las tasas de mortalidad, que tuvo
su razón de ser en la situación de atraso general del país. Por su parte, la
formación educativa de la mayor parte de la población, necesaria para
desarrollar trabajos de carácter cualificado, no tuvo lugar hasta la segunda
mitad del siglo XIX. Este aspecto quedó reflejado en los presupuestos de la
nación, que no contemplaron esos capítulos de manera significativa hasta
finales del siglo.
Con respecto a la agricultura, en su evolución tuvo gran influencia el
proceso de desamortización de tierras en manos institucionales (estado,
iglesia y municipios). Los responsables del proceso fueron Mendizábal, que
realizó las desamortizaciones de 1836 y 1841, y Madoz, a quien se debió la
de 1855. Con la desamortización, la agricultura consiguió un aumento
constante de la producción hasta el segundo tercio del siglo, aunque después
se estancó al final de la centuria. La minería, por su parte, se concentró
en las extracciones de hulla, mercurio y mineral de hierro y plomo, de las
que España tenía grandes reservas. Sin embargo, hasta el último tercio del
siglo, el sistema de concesión de licencias y los importantes privilegios
que mantenía la corona, no permitieron un pleno desarrollo del sector, que
sí se dio en el periodo posterior.
Por lo que se refiere a las producciones industriales, la algodonera fue una
de las actividades más destacadas durante el siglo, aun cuando las fábricas
concentradas en Cataluña no ofrecían ventajas importantes. El sector mantuvo
un continuo crecimiento, sólo roto en 1855. La siderurgia pasó por un
periodo de fuerte crecimiento en el que se implantaron altos hornos en
Andalucía, Asturias, León y Vizcaya. Sin embargo, la falta de competitividad
de los aceros españoles por razones de coste y de falta de recursos
energéticos adecuados, condujo a que el sector se concentrara en Vizcaya en
la segunda mitad del siglo.
Desde 1850, se hizo presente en España el capital extranjero que, además,
apoyó su llegada con la importación de tecnología. Todo ello permitió la
extensión del ferrocarril a lo largo de la península, la explotación del
subsuelo y la creación de infraestructuras. Sin embargo, las contrapartidas,
como la entrada al control de empresas estratégicas, fueron muy gravosas
para la hacienda pública. Puede decirse que las inversiones de otros países
permitieron la construcción de una red ferroviaria, que consiguió unificar
el mercado español, antes fragmentado por el perfil orográfico y por una red
viaria anticuada.
La situación presupuestaria del país, desde 1874 en adelante, proporcionó
una mejora de las finanzas publicas, gracias al esfuerzo de saneamiento
realizado por los diferentes gobiernos. De cualquier forma, los presupuestos
tenían una escasa cuantía y no pudieron afrontar las necesidades de gasto en
infraestructuras públicas, educación o protección social de un estado
moderno. En cuanto a la fiscalidad, era baja en comparación con el contexto
europeo y se aplicaba a una base social más reducida, lo que impidió su
efectividad y la hizo profundamente distorsionante. Asimismo, los gastos
estaban comprometidos en su mayoría por la importancia de la deuda pública,
que tras la reforma de Bravo Murillo había aumentado de manera continua, con
lo que se minó la situación financiera.
En cuanto al comercio exterior, sólo a partir de la década de los años
sesenta del siglo XIX surgió un interés por recursos energéticos y productos
españoles, que permitió compensar las importaciones. El aumento de las
exportaciones se concentró en los viñedos (por el problema de la filoxera en
Francia en el último tercio del siglo) y en los minerales. El primer
capítulo consiguió mantener el tipo de cambio de la peseta bajo unos niveles
adecuados, aunque con la recuperación gradual de la producción francesa
perdió importancia. El segundo se caracterizó por la explotación minera por
parte de empresas extranjeras (Río Tinto) y por la apertura a los precios y
a la demanda internacional. Las importaciones crecieron a lo largo de este
periodo en consonancia con las exportaciones. Aunque el socio comercial más
importante, Francia, mantuvo su posición dominante, se abrieron tratos con
la recién creada Alemania y con el Reino Unido. El producto comercial más
importante fue el algodón, que se destacó como la mercancía más importada
entre 1875 y 1913 en España. A la vez adquirieron presencia las
importaciones de bienes de equipo, realizadas por las compañías extranjeras.
Durante el tiempo que duró la Primera Guerra Mundial, los mercados
internacionales se encontraron desabastecidos por las circunstancias bélicas.
De esta situación se sirvió la economía española que aumentó su producción
industrial, aunque con unos costes más elevados que los de los mercados
internacionales. Esa fue la razón de la crisis del cierre de empresas
españolas cuando terminó el conflicto y de la vuelta al proteccionismo en la
dictadura del general Primo de Rivera.
La década de los años treinta, se inició con un cambio institucional que
instauró la Segunda República y, que tras grandes esfuerzos, no consiguió
dar solución a los problemas sociales del país que acabó inmerso en una
guerra civil. El conflicto duró tres años y produjo una ruptura social y
económica de la que España no conseguiría recuperarse hasta varias décadas
después. Tras la guerra, el país se encontraba completamente descapitalizado
y tanto las producciones agrarias como el tejido industrial estaban
destruidos. En estas condiciones y en el marco político de una dictadura, el
país se tuvo que enfrentar al aislacionismo de las demás naciones, fruto de
las relaciones entre el régimen franquista y los países del Eje, derrotados
tras la Segunda Guerra Mundial.
La principal consecuencia del aislacionismo internacional fue la autarquía
económica, que duró hasta 1959. En esta situación, la política económica
mantuvo una línea proteccionista con inspiración en el pensamiento
italoalemán. Para reactivar la economía española se creó el Instituto
Nacional de Industria (INI), que se caracterizó durante esta primera época
por un alto intervencionismo y por la sobreinversión, consecuencia de los
altos costes de producción. De esta manera, las décadas de los años cuarenta
y cincuenta se distinguieron por una lenta recuperación de los índices de
producción, una elevada presencia de las empresas públicas en la economía y
un fuerte intervencionismo estatal.
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Con el Plan de Estabilización de
1959, la economía española inició un proceso de apertura y de saneamiento
interno. El Plan, coordinado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), se
concentró en la estabilidad de precios y en la depreciación del tipo de
cambio de la moneda española, para conseguir su paridad a niveles reales y
la apertura al capital extranjero.
El fin del aislacionismo en España inició el camino del desarrollo que fue
guiado a través de una política económica elaborada por equipos de
tecnócratas y de planes de desarrollo. Desde ese momento, la economía
española se ha caracterizado por una mayor intensidad en los movimientos
cíclicos económicos que los países de su entorno. Por tanto, la tendencia es
de mayor crecimiento en los momentos de bonanza y de mayor recesión en los
momentos de desaceleración de la economía.
En el periodo que medió entre 1960 y 1974 la economía española creció por
encima de la media europea, aunque a partir de 1973 hubo una desaceleración
que condujo a un crecimiento negativo en 1975. Desde ese año hasta 1984 se
produjo una divergencia entre el crecimiento español y el europeo, debido a
los ajustes e inestabilidades socioeconómicas, consecuencia de la transición
socio-política española. Los otros factores que explican la evolución
económica durante esta época fueron los pactos de la Moncloa, la reforma
fiscal y la crisis energética que sufrieron todos las economías
desarrolladas. En el campo estructural, por una parte se acometió la
reconversión industrial y por otro se produjo una crisis bancaria, que llevó
a la quiebra a 58 bancos, la gran mayoría de pequeña y mediana dimensión.
Desde finales de los años setenta, se ejecutaron de políticas que tenían por
objetivo adecuar la economía nacional a la de los países europeos, para
preparar la integración de España en la entonces Comunidad Económica Europea
(CEE). De esta forma, se elaboraron políticas de reforma sectorial, de
reducción de aranceles y de apertura del mercado español al capital
extranjero.
El sector agrario, por su parte, ha perdido presencia en la economía
española de manera continuada en las últimas décadas. Aunque el desarrollo
del país aumentó la renta nacional, las necesidades agrarias no
evolucionaron con la misma intensidad. Por tanto, aunque la producción en
valores absolutos aumentó, su presencia en el PIB nacional no ha dejado de
caer. La mecanización del campo, el aumento del capital invertido y el
incremento de productividad generaron una reducción en la mano de obra
empleada en el campo y una alta emigración interna a las ciudades. Asimismo,
los precios relativos de venta de productos se han reducido con respecto a
los precios de compra de insumos, lo que ha provocado una reducción de la
renta y del beneficio agrario.
Al analizar la evolución del sector, hay que tener en cuenta la
especialización que ha sufrido el campo español, como consecuencia de su
integración en la Unión Europea. Así, se ha concentrado en el aceite de
oliva, las frutas y las hortalizas. Las causas de este fenómeno se explican
por el interés por el autoabastecimiento del área europea, que ha generado
una fuerte regulación y un proteccionismo frente al exterior. Se puede
observar, por tanto, que hay productos agrarios con alta especialización y
saldo comercial positivo, mientras otros se encuentran, o bien limitados por
el sistema de cuotas o son deficitarios con respecto a las necesidades, como
es el caso de la cebada. La agricultura se distingue en España por unas
altas tasas de envejecimiento, a lo que se suma la caída en el empleo (el
sector sólo aportó un 5% del PIB en 2000). Por otro lado la propiedad de la
tierra se ha concentrado, de tal forma que se ha reducido el número y la
importancia de las pequeñas explotaciones. Al tiempo, ha aumentado de 39,8%
a 53,8% la superficie agraria utilizable que se encontraba en manos de
explotaciones superiores a las 100 hectáreas.
La producción de energía en España ha presentado posiciones tradicionalmente
deficitarias. En primer lugar, la mala calidad del carbón español en la
cuenca asturleonesa y en los Pirineos no ha podido proveer de energía
suficiente a precios competitivos. A la vez, la falta de yacimientos de
petróleo y gas de importancia en el país implicó que prácticamente se
importase todo el consumo. En esta situación, se realizó un importante
esfuerzo para aumentar la capacidad de generación de energía hidráulica,
aunque su aporte no superó en el mejor momento el 8,3% de las necesidades
primarias de consumo. Con el desarrollismo de la década de los años sesenta,
España se hizo mucho más dependiente del petróleo, por lo que su capacidad
energética se encontraba muy desequilibrada con respecto a las necesidades
reales. En consecuencia, se amplió desde los setenta el uso del gas y se
aumentó el número de plantas de energía nuclear. Ya en los años ochenta se
llevó a cabo un Plan Energético Nacional, que tenía la función de resolver
algunos de los desequilibrios del sector. De esta forma, se ha reducido el
consumo de petróleo y aumentado los de energía nuclear y gas. Por último,
conviene comentar la liberalización de los hidrocarburos que se produjo en
la década de los años noventa y que abrió el país a la competencia
internacional.
La evolución de la industria española, en la segunda mitad del siglo XX,
partió de una situación de posguerra. El elevado número de empresas públicas
y el fuerte control que ejercía el régimen político sobre las organizaciones
no favoreció el desarrollo industrial. En 1941, el índice de producción
industrial del Instituto Nacional de Estadística (INE), que utilizaba como
año base 1929, presentó un 101 y en 1945 un 114. La dirección de la
industria española corría a cargo del Instituto Nacional de Industria (INI),
creado en 1941. A este escenario, se sumaron los monopolios estatales como
CASA, Iberia, Campsa, RENFE y la fuerte legislación industrial elaborada en
esa época.
La situación se rompió con el final del aislacionismo y, en el terreno
industrial, con el Primer Plan de Desarrollo que, desde una planificación
económica de carácter indicativo, dio lugar al periodo del desarrollismo. Se
aprovechó la diferencia que existía entre los salarios reales europeos y
españoles, aunque las industrias que se implantaron masivamente no tuvieron
un componente tecnológico elevado. Los resultados fueron menos brillantes en
el desarrollo social que en el económico y tras el Segundo Plan de
Desarrollo, que no tuvo los mismos resultados, el sistema de planificación
desapareció en 1976. De cualquier forma, durante este periodo se produjo una
reducción de las diferencias en valores industriales con respecto a Europa.
Desde ese momento, el sector estancó su crecimiento y el acercamiento a la
media europea se hizo con más lentitud. Además, la dimensión de las ramas de
actividad, tuvo que modificarse para permitir el ingreso del país en el
Mercado Común. Desde entonces, no se ha llevado a cabo por parte del Estado
una política industrial propiamente dicha y a lo anterior se ha sumado la
privatización de la mayoría de empresas en las que existía accionariado
público. En esta época, aún con el incremento de cualificación de la mano de
obra y de los salarios reales, no se ha percibido un incremento de las
industrias con altas tasas de incorporación de tecnología, lo que ha
afectado a la capacidad competitiva española.
Durante el despegue económico se sentaron las bases de otro de los sectores
que más importancia tendría posteriormente en el PIB, la construcción. Desde
la década de los años ochenta, la construcción se favoreció de la fuerte
tasa de inversión pública en infraestructuras a través de los concursos
públicos y del aumento de construcción de viviendas. La dimensión del
negocio ha reunido por una parte a grandes empresas con altos costes fijos y
economías de escala (como Ferrovial, Fomento de Construcciones y Contratas,
ACS o Vallehermoso) y a un elevado número de pequeñas empresas y autónomos
que son subcontratados. Los grandes grupos, que han elaborado estrategias de
internacionalización y de diversificación de la actividad, han aumentado su
tamaño y concentración tras un proceso de fusiones.
La importancia de los servicios en la actividad económica ha aumentado
conforme el país ha conseguido alcanzar las metas desarrolladas en los
planes de industrialización. Al tiempo, el incremento de la población urbana
también favoreció el dinamismo del sector, que mostró una gran capacidad de
absorción de empleo. En el último tercio del siglo XX, la economía española
ha continuado la tendencia hacia la terciarización, hasta el punto de
representar, según datos de 1999, el 61,5% del PIB.
Los elementos que caracterizan la evolución del mercado de trabajo español a
lo largo de la última mitad del siglo se concentran en un bajo crecimiento
de la población ocupada (aun con las altas tasas de crecimiento que tuvo el
país en la década de los años sesenta del siglo XX); y en un significativo
aumento de la población activa, que generaron un incremento del desempleo.
Durante la década de los años sesenta, la economía española creció con tasas
no conocidas con anterioridad, pero el empleo no sufrió variaciones
significativas a pesar de ello y de las migraciones internas que se
produjeron. Por tanto, el desempleo, en esta situación de crecimiento
demográfico y de aumento de la población activa, no aumentó debido a la
intensa migración externa que se produjo de España a Europa durante este
periodo. En la siguiente década, la crisis económica redujo el empleo, a lo
que se unió la vuelta a España de la población emigrante y la incorporación
de un número cada vez mayor de mujeres al mundo laboral. En consecuencia,
aumentó el desempleo, aunque la cifra de este incremento quedó camuflada por
la parte de población potencialmente activa que no buscaba trabajo
activamente (dato que quedó reflejado en la tasa de actividad). Durante la
década de los años ochenta y sobre todo durante su segunda mitad, la
incorporación de la mujer al trabajo y el alto crecimiento demográfico (representado
por el aumento de población potencialmente activa) fue absorbido por altas
tasas de crecimiento del empleo. Entre 1986 y 1990, la población ocupada
aumentó un 3,4% mientras que la población activa creció un 2%.
La intervención y presencia del sector público en la economía ha sido muy
significativa en España. Su papel en el desarrollo económico se plasmó en el
Plan de Estabilización de 1959, en la creación del Instituto Nacional de
Industria o en la importancia del sector financiero controlado por el Estado.
De esta forma, con el plan de desarrollo se proyectó una planificación
indicativa, de fuerte intervención estatal. El modelo planificado de
economía entró en crisis en 1973, a lo que se sumó el cambio político y
social del país tras la muerte del general Franco. Desde ese momento se
llevó a cabo un esfuerzo reformador y de reducción del sector público, que
condujo a políticas económicas de carácter más liberal en la década de los
años ochenta y a una reconversión del sector industrial. Con la entrada del
país en el Mercado Común, aumentó el interés por reducir la cifra del gasto
público con respecto al PIB total, el número de empresas estatales y el
déficit público. Durante la segunda fase de la Unión Económica y Monetaria
se hizo también un esfuerzo en cuanto al saneamiento de las finanzas
públicas y de reducción del déficit que continuó con la tendencia anterior.
El sistema financiero español ha seguido una evolución constante en el
último medio siglo para dar solución a las necesidades del país, a la
apertura de los mercados internacionales y a la armonización con la Unión
Europea. En estos cambios se transformaron las funciones del Banco de España,
se pusieron en funcionamiento nuevos mercados y se adaptaron las
instituciones, para cubrir las necesidades de un país desarrollado.
Si se utiliza el dato de la renta nacional disponible como medida de las
mejoras de la población española en su conjunto, los datos ofrecen una
evolución positiva y una reducción en la brecha que existía entre la media
europea y España, a lo que han contribuido los programas de convergencia
aplicados desde la entrada del país en la Unión Europea. Sin embargo, en el
ámbito regional, aunque la evolución ha sido convergente, existen
desequilibrios que han aumentado. Para ello hay que tener en cuenta que las
fuertes migraciones internas han producido un deterioro en la tendencia de
los ingresos de las comunidades autónomas con mayor migración.
En el ámbito internacional, una vez superado el aislamiento y la época de la
autarquía económica desde finales de la década de los años cincuenta, el
mayor interés del país se volcó en la convergencia con Europa y en la
aceptación del país dentro del Mercado Común. A una primera solicitud,
realizada en 1962, que no se tuvo en consideración, le siguió otra en 1964
que ya analizó las relaciones comerciales entre España y el mercado europeo.
En 1970 se firmó un acuerdo preferencial con la CEE que supuso una
intensificación de las relaciones comerciales y culminó con la solicitud de
ingreso de España en la Comunidad Europea en 1977. Desde esa fecha se
continuó el proceso de reformas y el 12 de junio de 1985 se firmó el acta de
adhesión al tratado.
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El Producto Interior Bruto español
se caracteriza por una elevada presencia del sector servicios, lo que es
habitual en las economías de países desarrollados. Según datos de 1999, el
sector primario aporto un 4,4% del PIB, el energético un 3,7%, la
construcción un 7,4%, la industria el 17,6% y los servicios un 61,5%.
Metodológicamente, las cifras son facilitadas en pesetas porque su
valoración en euros conllevaría la actualización de todas las cifras desde
el año en que se generaron hasta 1999 y la traslación de su valor de pesetas
de 1999 a euros. Por otro lado, la contabilidad española se rige por el
sistema de contabilidad nacional SEC-95. De esta forma, los datos se han
estructurado en función del desglose de este sistema por ramas de actividad.
Por último, los datos facilitados de 1999, no son los definitivos y pueden
existir algunas desviaciones.
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El sector primario, según el
sistema de contabilidad nacional, incluye las actividades agrarias, las de
explotación ganadera y pesquera y el sector forestal. Para entender la
evolución en los últimos diez años del sector, hay que tener en cuenta los
efectos de la Política Agrícola Común. La reforma de la PAC se aprobó en
1992 y en 1999, con la intención de reducir los precios agrarios, los
excedentes y el mantenimiento del empleo necesario para asegurar la
producción. La reforma de 1999 ha continuado la línea de acercamiento a la
realidad mundial y las posibles evoluciones futuras, al tener en cuenta la
negociación de ingreso en la UE de países del este europeo.
La presencia de la agricultura y la pesca en el PIB español en 1999 supuso
un 4,4% (3.668.600 millones de pesetas de 1995). Aunque la variación
interanual en 1996 fue del 17,6%, en los dos siguientes años fue mucho menor
que la del PIB español, con un 2,3% y un 1,5%. En 1999 presentó una
reducción de actividad en el sector del 3,1%.
Según datos de 1997, las tierras dedicadas a cultivo suponían el 36,7% del
territorio, con un 20,8% dedicado a cultivos herbáceos, un 9,4% a cultivos
leñosos y un 6,5% no explotadas o en barbecho. Asimismo, el terreno forestal
nacional ascendió al 32,2%.
La tierra total dedicada al cultivo, que se ha reducido de forma constante
en la última década, suponía en 1998 18.514.500 ha. De ella, la superficie
compuesta por tierras de regadío era de 3.3364.700 ha. (18,17%), mientras
que las de secano sumaron 15.149.800 ha. (81,83%). La distribución fue:
10.270.400 ha. (55,47%) de cultivos herbáceos, 4.831.700 ha. de cultivo
leñoso (26,1%) y 3.412.400 ha. (18,43%) de tierras no explotadas o en
barbecho. Además, la tierra se distribuyó según sus usos entre terreno
forestal (16.411.500 ha.), pastizales (5.627.900 ha.), prados naturales
(1.480.900 ha.), otras superficies (8.448.900 ha.) y asociación de cultivos
herbáceos o barbecho con monte abierto (227.400 ha.). De la superficie total
destinada a cultivos, las comunidades autónomas que mayor extensión
dedicaron a esta actividad fueron Andalucía (4.111.700 ha.), Castilla La
Mancha (4.212.700 ha.), y Castilla-León (2.922.900 ha.). De los productos
agrarios, según datos de 1998 y con precios corrientes, las principales
producciones correspondieron a las hortalizas frescas (612.400.000 millones
de pesetas), los cereales (405.800.000 millones), las frutas frescas
(282.700.000 millones) y el aceite de oliva (277.200.000 millones).
La producción agraria de cereales en España, según datos de 1996, se
concentró en la cebada, el trigo y el maíz. Del primer cereal se produjeron
106.970.000 Qm., 60.405.000 Qm. de trigo y 37.511.000 Qm. de maíz. Los
rendimientos se situaron entre los 28 y 30 Qm. por hectárea, en el caso de
secano, y entre los 43 y 44 Qm/ha. en el caso de regadío, aunque el maíz
presentó una productividad de 97 Qm/ha. Otro tipo de producciones
significativas en el territorio fueron las de tranquillón, escaña, arroz o
avena. Por comunidades y con cifras de 1996, la cebada tiene más superficie
dedicada en Castilla-León (1.439.597 ha.) y Castilla La Mancha (949.639
ha.), si bien la productividad fue mayor en el País Vasco (4.000 kg/ha.) y
Navarra (4.021 kg/ha.) para secano y en Cataluña (5.297 kg/ha.) y La Rioja
(5.100 kg/ha.) para el regadío. Las comunidades que más extensión dedicaron
al trigo y mayor producción obtuvieron fueron Castilla-León (528.373 ha.) y
Andalucía (545.332 ha.). Los rendimientos fueron mejores, sin embargo, en
las comunidades vasca (4.204 kg/ha.) y riojana (4.178 kg/ha.), para secano,
y en Cataluña (5.435 kg/ha.) y La Rioja (5.254 kg/ha.) en el caso de regadío.
Al maíz se dedicó mayor extensión en Galicia (83.700 ha.), Castilla-León
(82.806 ha.) y Aragón (82.443 ha.). En este capítulo, destacó el bajo
rendimiento en Galicia (2.784 kg/ha. en secano y 4.430 kg/ha. en regadío)
mientras la comunidad con mejor productividad por hectárea fue Cataluña, en
secano, con 7.045 kg/ha. y 11.832 kg/ha. en regadío.
De los tubérculos y hortalizas, destacó la producción de patata (38.557.000
Qm.), tomate (33.264.000 Qm.), melón (9.679.000 Qm.) y cebolla (9.671.000 Qm.).
A la patata se dedicaron más tierras en Galicia (55.882 ha.), Castilla-León
(28.637 ha.) y Andalucía (26.243 ha.), aunque en Galicia el cultivo fue de
secano en su mayoría (50.309 ha.). Los mejores rendimientos se dieron en La
Rioja y Castilla-León. El tomate, por su parte, tuvo mayor dedicación y
producción en Andalucía (14.308 ha.), Extremadura (14.063 ha.) y Murcia
(4.323 ha.).
Entre los cultivos arbóreos y arbustivos, destacó la vid con 49.735.000 Qm.
producidos y el olivo con 45.172.000 Qm. Sin embargo, en este apartado se
recogen frutas con gran explotación y dedicadas a la exportación como la
naranja (22.008.000 Qm.), el limón (7.132.000 Qm.), la mandarina (15.038.000
Qm.) o la manzana (8.994.000 Qm.). La vid, que es uno de los productos
agrarios principales para el país, se cultivó más en Castilla La Mancha
(582.591 ha.) y en la Comunidad Valenciana (94.546 ha.). También estas
comunidades fueron los mayores productores con 1.998.690 y 566.564 tm.,
respectivamente. La diferencia se encuentra en el destino, ya que la uva
valenciana se dedicó en un 36,84% al consumo fresco mientras que la uva
manchega se destinó a producción vitivinícola en un 99,97%. La producción de
vino es una actividad productiva importante y, aunque en lugares como La
Rioja o Cataluña con 1.763.564 y 3.292.116 hectolitros, la producción no
alcanzó los 12.457.089 hectolitros de Castilla-La Mancha, la calidad de los
vinos gestionada a través de las denominaciones de origen ha contribuido a
agregar valor al producto. El olivo, por su parte, es el otro capítulo en el
que se ha producido tradicionalmente una especialización nacional.
Geográficamente, el olivo es el cultivo prioritario en Andalucía (1.383.746
ha.) y Extremadura (251.450 ha.) aunque en Castilla La Mancha tuvo dedicadas
259.161 ha. La mayoría de la producción -3.778.918 tm. en Andalucía, 206.422
tm. en Castilla La Mancha y 220.183 tm. en Extremadura- se dedicó a la
almazara (95,75%, 99,84% y 85,94%, respectivamente). Así se obtuvieron
954.148 tm. de aceite virgen de oliva en todo el país.
De los cultivos industriales, destacó por superficie dedicada la remolacha
(157.097 ha.), el algodón (77.256 ha.) y el tabaco (18.000 ha.) con
producciones de 82.358.000 Qm., 2.777.000 Qm. y 443.960 Qm., respectivamente.
Además, es importante hacer mención a las producciones de soja y girasol.
Con respecto a los cultivos dedicados a forraje, los más importantes por
producción fueron los de alfalfa (110.150.000 Qm.), de especial importancia
en las dos Castillas y en Aragón; y los cereales de invierno (34.380.000 Qm.)
con más presencia en Baleares y Andalucía.
A las leguminosas para grano, se dedicaron 35.000 ha. y se produjeron
293.000 Qm. Destacó la producción de berza (1.980.840 Qm.) y guisantes
(841.100 Qm.), además de yeros y lentejas.
El segundo capítulo del sector primario es el compuesto por los terrenos
forestales, que sumaron en 1997, el 32,2% de la superficie. Por especies,
5.503.746 ha. eran coníferas, 4.052.448 ha. frondosas y 4.348.463 ha. mixtas.
Las principales extensiones forestales se localizaron en Andalucía
(2.106.252 ha.) y Castilla-León (2.119.139 ha.). Al utilizar datos relativos
de terrenos forestales entre la superficie total, destacan comunidades como
Cantabria, el País Vasco, Navarra o Asturias.
Con respecto a la cabaña ganadera española, no se distinguió por su
importancia, ya que el sector se mostró relativamente reducido en
comparación a otros países europeos. Toda la explotación, concentrada en la
mitad norte de país, está sujeta a un sistema de cuotas que mantiene la
Unión Europea sobre el sector primario, que no ha favorecido particularmente
las posiciones españolas. En este aspecto, la cuota láctea se fijó en
6.008.000 tm. de producción, por lo que hubo que redimensionar la industria.
En 1996, se concentró la producción de leche de vaca en Galicia
(1.798.573.000 litros), Castilla-León (1.061.186.000 l.) y Asturias
(661.878.000 l.). En cuanto a las producciones de leche de oveja
(303.354.000 l.) y cabra (358.044.000 l.) no consiguieron una importancia
relativa reseñable. Asimismo, se produjo en el país lana (31.539,64 tm.),
huevos (805.621.000 docenas) y miel (27.312.139 kg.). Por número de cabezas,
el primer puesto lo ocupó el ganado ovino con 23.982.000 piezas y le siguió
el porcino con 18.652.000, según cifras también de 1996. Por toneladas de
carne, el porcino aportó 2.356.000 tm. y el bovino 568.000 tm. Las
comunidades con mayor número de cabezas fueron las de Cataluña, Aragón y
Castilla-León en el caso del porcino, mientras que en ganadería bovina
destacaron Galicia, Castilla-León y Cataluña. Además, es importante hacer
mención a las cabañas de ganado ovino y caprino que mantuvo el país.
De la pesca, hay que destacar las capturas por peso de cangrejos (2.801.424
kg.), trucha (2.029.824 kg.) y salmón (7.382 kg.); cifras a las que hay que
sumar la producción en piscifactorías de trucha arco iris y cangrejo.
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El sector energético, según datos
de 1999, aportó un 3,7% del PIB (3.157.500 millones de pesetas de 1995). La
variación interanual ha sido menor que la del PIB en 1998 (2,9%) y 1999
(2,2%), si bien en el periodo inmediatamente anterior fue más dinámico. En
1999 su aportación se elevó a 3.157.500 millones de pesetas de 1995. Los
principales capítulos del consumo de energía primaria, ese mismo año, fueron:
el petróleo (54,5%), el carbón (18%), el gas natural (11,7%) y la energía
nuclear (13,3%). La energía hidráulica apenas llegó al 2,1%.
La producción de petróleo en el país es prácticamente nula, por lo que es
necesario importar el total del consumo. El consumo primario de petróleo, en
1999, fue de 63.041.000 tep., mientras que su autoabastecimiento solo
alcanzó el 0,5%. Este déficit energético ha tenido una destacada repercusión
sobre la importación de petróleo, que en 1998 fue de 58.892.000 tep.
El carbón que se produce en España dispone de un sistema de subvenciones y
es absorbido por el mercado interno obligatoriamente. La producción superó
el 26% del total de energía y el déficit se cubrió con importaciones. Ante
esta situación, se ha redimensionado el sector, que tiende a reducir la
población ocupada. En consecuencia, de los 27.879 empleos directos de 1995,
se pasó a 20.667 en 1999 y la expectativa es que continúe la reducción de
empleos.
Con respecto al gas natural, el aumento de su consumo -13.535.000 tep. en
1999- y el incremento relativo de su presencia en el empleo global de
energía, no ha llevado aparejado un aumento en la producción interna. En
1999, la importancia del gas natural para el consumo primario fue del 11,7%,
pero el autoabastecimiento fue solo del 0,9%. La producción de gas cayó de
537.000 tep. (1995) a 123.000 tep. (1999). En cuanto a la distribución,
aunque el sector se ha liberalizado por disposiciones legales y de
infraestructuras, la compañía Gas Natural continua liderando el mercado.
La energía nuclear, que se produjo en nueve centrales en todo el país,
supuso 15.337.000 toneladas equivalentes de petróleo (tep.) en el año 1999.
A lo largo de la última década del siglo XX, las cifras se han mantenido en
torno a las 14.500.000 tep., si bien entre 1997 y 1999 se produjo un aumento
de la energía primaria producida del 6,3%.
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El sector industrial presentó un
mayor dinamismo en la segunda mitad de los años noventa con variaciones
interanuales importantes en 1998 y 1999 -5,5% y 5,3% respectivamente-. Sin
embargo, en 1999, su variación bajó 2,1 puntos porcentuales, por lo que
aportó 14.805.900 millones de pesetas de 1995. El Sistema Europeo de Cuentas,
por otra parte, diferencia catorce ramas de actividad, que son: alimentación
bebidas y tabaco; textil y confección; cuero y calzado; madera y corcho;
papel, artes gráficas y edición; química; manufacturas de caucho y plástico;
productos minerales no metálicos; producción y fundición de metales;
productos metálicos; maquinaría, equipo, óptica y similares; material
eléctrico y electrónico; material de transporte; y otras industrias.
La producción española en alimentación, bebida y tabaco es elevada y existen
fuertes intereses de capitales multinacionales en el sector olivarero o en
lácteos, entre otros. La producción ha crecido 24,56 puntos porcentuales
desde 1995 por lo que en 1999 se situó en 8.140.725 millones de pesetas. Por
industrias, cabe destacar los alimentos elaborados para animales, los vinos,
la cerveza y el tabaco. Por comunidades, la mayor producción se registró en
Andalucía (1.154.636 millones de pesetas) y Cataluña (1.764.731 millones).
En contraste, Baleares solo produjo 59.701 millones de pesetas en esta rama.
La industria textil, aun con la apertura del mercado del resto del mundo, ha
podido mantener una posición firme. De esta forma, aumentó la producción de
585.482 millones de pesetas desde 1995, con lo que el sector se situó en
2.010.603 millones de producción en 1999. La importante manufactura de
algodón se concentra en el norte del Levante español. Como resultado, en un
análisis regional, destacan las comunidades catalana y valenciana con
961.222 millones y 388.900 millones producidos respectivamente. En el otro
extremo se situaron Canarias, Baleares y Extremadura.
Con respecto al calzado y el cuero, su elevada producción y fuerte
exportación la convirtieron en una industria de relevante consideración en
la economía española. Aunque las producciones en otros países y la elevación
de los costes no favorecen las exportaciones españolas, la elaboración de
mercancías se incrementó entre 1995 y 1998 en un 29,33%. Sin embargo, en
1999 la producción retrocedió en 7,91 puntos con lo que se situó en 588.818
millones de pesetas. En este campo, la región preponderante es la del
Levante -un 74,2% del total de la producción- con 311.752 millones
producidos en la Comunidad Valenciana, 64.409 en Cataluña y 39.478 en
Murcia. Por la importancia relativa del sector en la zona, cabe señalar a La
Rioja, que en 1999 produjo 34.840 millones.
La industria relacionada con la madera y el corcho ha intensificado su
actividad en la última década y esta expansión ha sido aún mayor en 1998 y
1999. De esta forma, entre 1995 y 1997 la elaboración aumentó 108.770
millones y en los dos años siguientes 192.884 millones, con lo que sumó, en
1999, 754.559 millones.
El desarrollo de la actividad del papel, las artes gráficas y la edición
conoció un aumento de producción del 23,68%, a lo que ha contribuido la
mejora de la industria de producción de papel (concentrada en el Levante y
en el País Vasco) y el incremento del volumen de publicación. En cuanto a la
edición, con importantes ventas en Iberoamérica, ha seguido una
concentración de los grupos editoriales y una clara entrada de capital
extranjero. Las comunidades donde se concentra esta industria son la
catalana (831.755 millones), la madrileña (641.898 millones), la valenciana
(227.670 millones) y la vasca (171.079 millones).
Dentro de la rama química, se incluye un heterogéneo grupo de industrias.
Por su importancia, destacan la farmacéutica, la de refino de petróleo y
obtención de productos derivados en las plantas de Gibraltar, La Rábida,
Tarragona y Castellón, entre otras localidades. Debido a la diversidad y al
amplio número de industrias, las cifras del sector son elevadas en
comparación con otros ramos de actividad. Así, el número de personas
empleadas en 1999, fue de 132.989 y se produjeron 5.199.042 millones de
pesetas. La industria química, se concentra en Cataluña (1.988.004 millones),
Andalucía (735.836 millones), Comunidad Valenciana (428.730 millones) y País
Vasco (417.602 millones).
Con respecto a las manufacturas de caucho y plástico, cabe distinguir de las
demás, por su cifra de negocio, la industria de neumáticos que en España
tiene una fuerte implantación. En 1999, las manufacturas se elevaron a
1.702.796 millones (38,62% más que en 1995). Su producción se concentró en
Cataluña (32,5%), País Vasco (15,5%), Comunidad Valenciana (10,8%) y
Castilla La Mancha (10,7%).
De la producción de minerales no metálicos, sobresalió la actividad de
obtención de sal común (tanto la sal gema como la sal marina). También fue
reseñable la producción de potasas (destinadas a los fertilizantes), calizas,
dolomías, granito y mármol. En 1999 su manufactura llegó a 2.521.065
millones de pesetas -un 43,52% más que en 1995-, en parte debido al fuerte
aumento de la construcción. Las áreas donde se realizó una mayor producción
fueron la Comunidad Valenciana (28,3%), Cataluña (14,6%) y Andalucía
(10,1%).
Entre las actividades siderúrgicas, la producción, primera transformación y
fundición de metales incluyen la elaboración de hierro y acero en diferentes
formas que después son transformados para su uso. La fabricación de los
mismos presentó un incremento lento entre 1995 y 1999, que la situó en
2.344.682 millones ese último año. Las zonas que mayor aporte realizaron
fueron las tradicionalmente siderúrgicas como el País Vasco (27,9%),
Asturias (17,2%) y Andalucía (13,3%) y, en esta última, principalmente Cádiz.
En la rama de actividad de los productos metálicos, que utiliza los metales
transformados o fundidos, se encuentran los elementos de construcción,
depósitos y estructuras. Su fabricación, que se intensificó en 1998 y 1999,
aumentó 1.063.027 millones desde 1995, por lo que se situó en 2.654.567
millones. Cataluña y el País Vasco produjeron más del 24% cada uno del total
nacional, aunque cabe también reseñar a Madrid (8,6%) y a la Comunidad
Valenciana (9%).
La maquinaria y los equipos (como ascensores, válvulas o motores
industriales, entre otros) también se han beneficiado del aumento del sector
de la construcción en los últimos años del siglo XX. Los productos
terminados se incrementaron en 444.402 millones en 1998 con respecto al año
anterior y en 355.283 millones en 1999, con lo que la cifra total en ese año
fue de 3.359260 millones. Los centros industriales que absorbieron mayor
actividad fueron el País Vasco (22%), Cataluña (29,7%) y Madrid (13,8%).
En los materiales eléctrico y electrónico, se comprenden gran parte de los
elementos relacionados con transporte y utilización de la energía eléctrica,
así como circuitos impresos y componentes de telefonía. Su elaboración pasó
de 1.408.801 millones en 1995 a 2.082.393 millones en 1999, si bien cabe
reseñar que el mayor incremento de producción se realizó en 1998. Al ser
industrias con un componente tecnológico significativo, destacaron las
regiones más dinámicas como Cataluña (34,6%) o Madrid (19,4%).
La rama de los materiales de transporte es por su aportación al PIB español
y por su alto nivel de exportaciones, el capítulo más relevante de la
industria española. Esto se debe al peso del sector automovilístico en la
economía, con presencia de Volkswagen (en cuyo grupo se encuentra Seat), PSA
(Peugeot-Citroën), Renault, Ford o Suzuki. El contraste con la producción de
vehículos se encuentra en la construcción naval, víctima de una reconversión
que no ha conseguido mejorar la competitividad de las empresas españolas
frente a las asiáticas. A la producción de vehículos de cuatro ruedas, hay
que sumar la industria de componentes, la fabricación de motocicletas y la
de vehículos industriales. La cifra total, se elevó entre 1995 y 1999 en
3.881.575 millones de pesetas, para alcanzar los 6.999.654 millones. Las
principales plantas de fabricación se situaron en Cataluña (23,6%),
Castilla-León (15,1%), Galicia y Madrid (ambas con un 10,9%).
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a construcción, en tanto
representa un sector que depende de la inversión directa empresarial y
familiar, reaccionó más tarde a la activación económica que se inició a
mediados de la década de los noventa, por lo que sus variaciones han ido en
aumento desde el 2,8% en 1996 al 8,7% en 1999 (6.265.700 millones de pesetas
de 1995).
Comenzó a mostrar un mayor dinamismo en la construcción de viviendas en
1998, con un fuerte aumento de las viviendas libres iniciadas (351.377 ante
las 258.337 del año anterior). La tendencia continuó en 1999 en el que se
iniciaron 453.114. Las cifra total de viviendas iniciadas en 1999 fue de
510.637, aunque este dato no refleja con claridad el estancamiento y
retroceso que se ha producido en la construcción de viviendas de protección
oficial (VPO), que sumaron en 1999, 57.523 (un 15,1% menos que en 1995). La
construcción anual fue mayor en las provincias de Málaga (54.660), Barcelona
(47.131), Madrid (39.604) y Alicante (35.803). En el otro extremo se
encontró Teruel, que en 1999 inició solo 952 viviendas.
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Este sector supuso en el PIB
español de 1998 51.731.200 millones de pesetas. De ellos, se dedicaron a
servicios de mercado 40.453.200 millones y 11.278.000 millones a servicios
no destinados a mercado (como sanidad o educación). El sector se compone,
según el Sistema de Contabilidad Nacional, de comercio; turismo; transporte;
servicio postal y telegráfico; sociedad de la información; servicios
prestados a empresas, personales y a la comunidad. Esta actividad, que en
gran parte depende del consumo y del turismo, empezó su activación en 1997
con tasas de crecimiento de 3,3% ese año y de 3,2% y 3,5% en los siguientes
periodos.
La actividad comercial, que compone la primera rama de actividad, incluye
por una parte la comercialización de maquinaria y equipos y por otra la de
productos de consumo perecederos o no. El comercio tuvo una producción final
en 1998 de 8.652.820 millones de pesetas y un valor añadido bruto a precios
de mercado de 5.157.916 millones. En el sector de distribución de alimentos
y frescos no perecederos, la mayoría de la cuota de mercado está controlada
por las grandes superficies (Carrefour, Eroski, Hipercor o Alcampo),
mientras el sector del pequeño y mediano comercio se mantiene en retroceso
frente a los grandes almacenes con los que no puede competir en costes.
Asimismo, las grandes cadenas disponen de formas de financiación más
flexibles que los comercios tradicionales, cuyo margen de explotación es
mucho menor. El valor de la producción en 1998 en alimentos, bebida, tabaco
y bienes de consumo no alimenticios sumó 4.151.872 millones. Por otra parte,
la comercialización de maquinaria y equipos, llegó a 1.496.560 millones, con
un valor añadido bruto a precios de mercado de 945.815 millones. La otra
clase de comercio destacable fue el realizado con productos no agrarios
semielaborados, chatarra y productos de desecho, que produjo en 1998
2.44.021 millones de pesetas.
La rama de actividad del sector servicios que mayor importancia tiene en el
PIB español es el turismo, dentro de la cual se encuentran los hoteles, la
restauración y las agencias de viaje. Para adquirir una perspectiva de la
trascendencia del sector para la economía nacional, es importante reseñar
que España es el segundo país por recepción de turismo del mundo, con
74.400.000 visitantes en el año 2000. Esta cifra supuso un aumento del 3,3%
con respecto al año anterior, si bien los mayores incrementos de visitantes
se dieron en 1998 (9,1%) y 1999 (6,8%). En cuanto a los ingresos de divisas
por turismo, fueron de 4.779.100 millones de pesetas en 2000. Con respecto a
los hoteles y alojamientos de corta duración, el valor de lo producido, en
1999, fue de 1.604.930 millones de pesetas y el valor añadido bruto a
precios de mercado de 910.483 millones. El número de plazas disponibles en
hoteles en España, según datos de 1999, fue de 1.282.013. A esa cifra,
además, se unieron las 719.626 plazas disponibles en campamentos turísticos.
Estas plazas facilitaron 149.035.995 pernoctas de extranjeros y 81.503.634
de españoles, lo que supuso una variación interanual del 21,68% y del 4,58%,
respectivamente. Por países, los principales lugares de procedencia de los
extranjeros que visitan España son Alemania (24,7%), Reino Unido (20,8%) y
Francia (9,3%). De las plazas en hoteles, destacaron las ofrecidas en los
tramos medio y medio-alto (hoteles de tres y cuatro estrellas de oro), con
un 58,96% del total. Las áreas con mayor infraestructura hotelera se sitúan
en Baleares (23,19% de las plazas), Canarias (11,07%) y Cataluña (17,02%).
Sin embargo, a estas comunidades autónomas hay que añadir por su importancia
relativa las ciudades de Madrid, Sevilla, Barcelona, Granada y Málaga. Por
su parte, la restauración es un sector cuya evolución se explica a través
del turismo y del consumo realizado por las personas del país. Este capítulo
tuvo una producción final, en 1999, de 3.294.096 millones de pesetas, por lo
que generó un valor añadido bruto de 1.309.931 millones. Por estas dos
variables, aportación al valor añadido bruto y producción, el segmento más
destacado fue el de los restaurantes (49,48%), seguido de los
establecimientos de bebida (42,42%) y, de manera residual, los comedores
colectivos y la provisión de comidas (8,1%). Con respecto a las agencias de
viajes y guías turísticos, tuvieron una producción equivalente a 456.119
millones en 1999 y un valor añadido bruto a precios base de 154.332 millones
de pesetas.
La rama del transporte (que comprende los traslados urbanos, por carretera,
ferroviarios, aéreos, marítimos y por tubería) ha sufrido una gran
transformación en los últimos 20 años. Sin embargo, las inversiones aún son
menores de lo necesario y el cómputo global de infraestructuras se encuentra
alejado de la media europea, lo que compromete el crecimiento del PIB en el
medio plazo. El transporte por carretera, en 1999, se realizó a través de
163.769 kilómetros, de los cuales 8.067 correspondieron a autovías (de libre
acceso) y autopistas (de peaje). Con esa infraestructura, circularon
22.411.100 vehículos automóviles (un 5% más que el año anterior). El tráfico
de viajeros produjo 304.837 millones de pesetas y creó una valor añadido
bruto a precios de mercado de 186.191 millones. El transporte interior de
mercancías tuvo un total de carga de 690.206.000 toneladas. Por comunidades,
cabe mencionar por el volumen cargado a Cataluña (17,69%), Andalucía (14%) y
Valencia (12,78%). La red de ferrocarriles se encuentra en la mayoría de
trayectos controlada por RENFE (89%), y el resto queda en manos de Feve. La
longitud total de las líneas (14.128 km.) se redujo un 1,16% con respecto a
1997. Esta cifra corresponde a una racionalización de las inversiones
ejecutada por RENFE y que cuenta, entre otros ejemplos, con los 6.078
millones de beneficio obtenido por la unidad de negocio de alta velocidad.
Todo ello permitió el transporte de 18.875.000 millones de viajeros-km (un
5,5% más que el año anterior) y de 11.801.000 toneladas-km (2,7% más que el
año anterior). En total, la producción supuso en 1998, 223.411 millones de
pesetas y un valor añadido bruto a precios de mercado de 79.041millones. Los
trayectos del espacio aéreo interior, que se liberalizó en la década de los
noventa, son cubiertos por varias compañías, lo que ha reducido los precios
de los trayectos y aumentado el número de empresas del sector. La rama de
actividad produjo, en 1998, 859.764 millones de pesetas, lo que representó
un valor añadido bruto de 305.468 millones. Aunque el sector estaba
compuesto por 19 líneas aéreas, la más importante por cifra de negocio es
Iberia. En datos acumulados, el movimiento en los aeropuertos españoles fue
de 126.694.000 pasajeros (88.905.000 de los cuales fueron regulares) y de
583.486 toneladas de mercancías. El transporte por tubería estaba compuesto,
en 1999, por 3.698 km. de oleoductos y 8.274 km. de gasoductos. Por medio de
estas infraestructuras se transportaron 22.345.000 toneladas de refinados,
7.557.000 tm. de crudo y 14.237.000 tm. de gas. Asimismo, el transporte
urbano de viajeros por autobús produjo 110.965 millones; y el transporte
marítimo 50.906 millones.
Por su parte, el servicio postal y telegráfico ha iniciado un proceso de
liberalización que culminará en el 2003. Ante el nuevo escenario, nació Vía
Postal cuyo objeto es competir en el sector de correo ordinario. Sin
embargo, la implantación de dicha empresa es mínima aún, por lo que el
Organismo Autónomo de Correos y Telégrafos (OACT) es la empresa que cubre la
práctica totalidad del mercado nacional. En estas condiciones, se recibieron
en España 5.020.539 miles de productos anuales y se distribuyeron 5.549.972.
El sector de la telefonía y las telecomunicaciones es el que se ha mostrado
más dinámico y el que mayores inversiones ha recibido en la segunda mitad de
los años noventa. Por una parte, los servicios de telefonía por cable fueron
liberalizados en diciembre de 1998. De esta forma, a la compañía privatizada
Telefónica, se le unieron otras como Retevisión, Jazztel, Uni2 o Aló.
Asimismo, la telefonía por satélite se ha liberalizado a través de licencias,
por medio de las que operan tres compañías: Movistar (del grupo Telefónica),
Vodafone (antes Airtel) y Amena (del grupo Retevisión). A este mercado se
unen también los proveedores de servicios de Internet, las plataformas de
televisión por satélite y las compañías proveedoras de servicios de cable de
fibra óptica. En total, las telecomunicaciones tuvieron una producción de
2.347.294 millones de pesetas con un valor añadido bruto a precios de
mercado de 1.745.340 millones. El otro renglón que forma la sociedad de la
información está compuesto por las empresas de servicios informáticos que
produjo, en 1998, 974.883 millones con un valor añadido bruto a precios de
mercado de 524.340 millones.
En el capítulo de los servicios prestados a empresas, se encuentran un grupo
diverso de actividades que se caracterizan por ser subcontratadas por unas
empresas a otras, especializadas en estas actividades. La primera de ellas,
está formada por la Investigación y Desarrollo (I+D), cuyos resultados
fueron de 130.689 millones en 1998 (muy inferior a la media de la Unión
Europea) y 83.026 millones de valor añadido bruto a precios de mercado. La
publicidad, por su parte, generó 549.976 millones de pesetas (332.735
millones de valor añadido bruto a precios de mercado) y los estudios de
mercado y las encuestas que produjeron 107.523 millones (67.492 millones de
valor añadido). Los servicios de selección y colocación de personal, que se
han beneficiado del fin del monopolio del Instituto Nacional de Empleo (INEM),
generaron, en 1998, 349.678 millones, de los cuales 309.599 correspondieron
al valor añadido bruto a precios de mercado. La última actividad la
constituyeron los servicios industriales, que produjeron 502.074 millones
con un valor añadido de 435.038 millones.
La última rama de actividad está representada por los servicios personales y
prestados a la comunidad que produjeron, en 1998, 261.916 millones con un
valor añadido bruto a precios de mercado de 179.876 millones de pesetas.
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A lo largo de la década de los
años noventa, se produjo una importante transformación en el escenario del
empleo en España, que se apoyó en dos reformas del mercado de trabajo
emprendidas en 1994 y 1997. A principios de la década, la tasa de desempleo
en España era del 16,3% frente al 9,5% de media en Europa. Aun con un fuerte
crecimiento del empleo, España no conseguía reducir el fuerte diferencial
que tenía con las cifras medias de desempleo en la UE, por la diferencia en
las tasas de actividad. A partir de esa situación, se presentó una fuerte
crisis con especial incidencia en la destrucción de empleo. La población
activa desempleada creció hasta el 24,2% y la realidad económica dinamitó el
marco del mercado de trabajo español, situación que derivó en las reformas
de 1994 y de 1997. Las razones de la diferencia de tasas de desempleo entre
España y Europa han sido objeto de estudios desde diferentes posiciones. Las
causas que sirvieron de base para las reformas plantearon la inadecuada
formación de la mano de obra con respecto a la cualificación requerida en
los empleos, la falta de movilidad geográfica y sectorial, la ineficacia de
las políticas de empleo y los altos costes de despido. En consecuencia, en
el primer semestre de 1994 se realizó una reforma con la intención de
flexibilizar el mercado laboral, fruto de la cual nacieron los contratos en
prácticas y de aprendizaje. A ello se unieron las agencias privadas de
colocación (1996) y las Empresas de Trabajo Temporal (ETT), en 1994. Pero la
falta de resultados positivos de esta iniciativa, propició en 1997 una nueva
reforma de los tipos de contratación.
En este contexto, el ciclo económico favorable que se ha producido en la
segunda mitad de la década de los años noventa ha reducido el desempleo de
manera muy intensa e incluso se ha reducido el diferencial en la tasa de
paro con Europa. Sin embargo, y aunque la tasa natural de paro español ha
bajado, la cifra es aún elevada con respecto a la media europea. Todo ello,
sin olvidar datos como una tasa de incorporación al trabajo de las mujeres
españolas menor que en Europa y una edad mayor que la europea a la hora de
incorporarse la población al mercado laboral. Las razones de esta situación
se encuentran en los altos salarios con respecto a la productividad, en la
rigidez del mercado, en los altos costes de despido y en la falta de
movilidad, entre otras causas.
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La población activa española se
cifró, en 2000, en 16.844.100 personas, lo que supuso un incremento de 7,79
puntos porcentuales con respecto a 1995. De esa cifra, se encontraban
ocupadas 14.473.700 personas y el desempleo afectaba a 2.370.400 individuos.
Hay que resaltar la fuerte reducción en el desempleo (33%) entre 1995 y
2000. La tasa de paro se situó en 2000 en un 14,7%, frente al 22,93% que
había en 1995. A este dato se unió la positiva evolución de la tasa de
actividad, es decir, del número de personas mayores de 16 años y menores de
65 que entraron a formar parte de la población activa. En 1995, la tasa se
encontraba en el 49,01% y en el 2000 en el 51,31%.
Por su parte, el salario mínimo interprofesional quedó fijado en 2001 en
70.680 pesetas (424,8 euros). Por tanto, ha variado por encima del 2% anual
desde 1995, excepto en 1999, cuando su variación anual fue del 1,8%.
Asimismo, las diferencias que existían entre los sueldos mínimos que
cobraban los menores de 18 años y los mayores de esta edad quedaron
eliminadas por el Real Decreto 2015/1997.
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Pese a la incorporación de la
mujer al trabajo, la tasa de paro de este segmento de la población, según
cifras de 2000, se sitúa en el 20,51% (9,61 puntos porcentuales por encima
de la media europea). Con la coyuntura positiva que se ha dado en la segunda
mitad de la década de los años noventa, la población femenina en situación
de desempleo se ha reducido un 24,04% entre 1995 y 2000. La cifra es aún más
importante si se tiene en cuenta que, en el mismo periodo, la tasa de
actividad entre las mujeres aumentó 2,78 puntos porcentuales. En cualquier
caso, en el comportamiento de la tasa de paro femenina persistió una
diferencia de 10,77 puntos con respecto a la ofrecida por los varones.
La distribución por edad ha reflejado la situación de desventaja a la que se
enfrenta la población menor de 19 años y entre 19 y 24 años, con tasas de
paro del 34,31% y 23,81%, respectivamente, en 2000. La cifra se redujo a un
12,37% en el tramo 24 a 55 años y a un 9,11% en el caso de mayores de 54
años. Sin embargo, con respecto al grupo situado entre los 16 y los 24 años,
es importante resaltar las bajas tasas de actividad -25,93% y 60,81%
respectivamente-, como consecuencia de la dedicación a la formación
educativa. En definitiva, aun con la mejora de la situación, existe una gran
barrera en la incorporación de los jóvenes al mercado laboral, que no ha
sido solventada con las reformas del mercado.
Por comunidades, las que mayor población activa tienen son Andalucía
(2.871.900 personas), Cataluña (2.716.000) y Madrid (2.305.100). En el
ángulo opuesto se sitúan las comunidades de Cantabria (205.000 personas) y
La Rioja (106.500). Las tasas de actividad reflejan menor facilidad para
incorporarse al mundo laboral en Castilla-León (47,54%) y Cantabria
(45,86%). En contraste, las tasas de actividad más altas se dieron en
Baleares (54,02%) y Madrid (53,05%). La geografía del paro se concentra en
Andalucía, Extremadura, las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y
Asturias. En el caso andaluz, la tasa de desempleo se sitúa en el 24,48%
(con 30% en Cádiz y 26,61% en Sevilla). Aun cuando el número de ocupados fue
de 2.168.800 personas, la reconversión industrial y los problemas de sector
agrario han profundizado en la crisis laboral de la comunidad. Un escenario
similar y la distancia de los centros mercantiles ha repetido la situación
en Extremadura (23,62%) y en Ceuta y en Melilla (24,12%). En el caso
asturiano (17,01%), a la reconversión industrial se suma la de las cuencas
mineras, que implica una redistribución de la población y el fomento de
nuevas actividades económicas.
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El sector primario ha seguido la
tendencia de reducción de empleo que, según cifras de 2000, lo sitúan en el
7,1% de la población activa frente al 10,7% con que se inició la década de
los años noventa. Este dato representó en 2000 1.196.900 empleos, entre
cuyas ramas de actividad se distinguió la agricultura y ganadería, con
737.400 empleos. Por otro lado, las actividades extractivas, tanto de
minerales energéticos como no energéticos, representó el 0,4% de la
población activa, con 63.900 personas.
La industria ha mantenido las cifras con mayor estabilidad, pero la
tendencia también se ha dirigido a la reducción de la población empleada en
el sector. Ante el 22% de la población activa empleado en 1991, en 2000 sus
activos se elevaron al 17,4%. De los 2.927.900 activos, las ramas de
actividad con mayor empleo fueron: la industria de la alimentación, bebidas
y tabaco, con 433.200 personas (2,6%); la metalurgia y fabricación de
productos metálicos, con 415.200 personas (2,5%); y la industria textil y de
la confección, con 284.200.
Por su parte, el sector energético aportó un 0,6% de la población activa,
con 97.500 personas. La construcción ha absorbido cada vez más empleo
durante el mismo periodo, dato que se apoya en la importancia de este sector
dentro del PIB y en el ciclo económico favorable. Desde 1991 ha aumentado en
0,8 puntos porcentuales hasta representar el 10,5% de la población activa
(1.776.800 personas)
El sector que mayor empleo absorbió, según datos de 2000, fue el de los
servicios, con un 58.5%. La tendencia ha presentado un ligero crecimiento
porcentual de 0.5 puntos desde 1991, aunque hay que tener en cuenta el
aumento total de empleos y el crecimiento de la tasa de actividad. De las
9.853.798 personas de población activa, la rama de hostelería aportó
1.045.700 personas (6,2%); el transporte, almacenamiento y comunicaciones
911.900 (5,4%); la intermediación financiera 401.700 (2,4%); las actividades
inmobiliarias, de alquiler y los servicios empresariales 1.125.700 (6,7%);
la administración pública, seguridad social y defensa 1.012.500 (6%); la
educación 853.900 (5,1%); actividades sociales y servicios a la comunidad
624.500 (3,7%); y el empleo doméstico 445.700 personas (2,6%).
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La estructura del sector público
en el caso español se encuentra dividida en un estrato supranacional (la
Unión Europea) y uno nacional. El sector público nacional se compone a su
vez de administraciones públicas y de empresas públicas (financieras y no
financieras). La administración pública incluye administraciones
territoriales (Comunidades Autónomas y Corporaciones Locales),
Administración de Seguridad Social y Administración Central. Esta última
comprende al Estado y a los Organismos Autónomos.
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Con las reformas fiscales que se
llevaron a cabo tras la transición política española, no sólo se consiguió
un sistema impositivo coherente y con amplia base (lo que aumentó la
recaudación y su importancia como forma de financiación del sector público);
sino que además se armonizó con los sistemas impositivos de los demás países
miembros de la Unión Europea.
Si se toman datos del presupuesto del año 2000 y se atiende a lo recaudado,
la mayor partida de los ingresos públicos del Estado estuvo compuesta por
los recursos no financieros (19.560.537 millones de pesetas), mientras que
las operaciones financieras aportaron el 27,43% de los ingresos (7.394.740
millones de euros). En total, lo recaudado a 31 de diciembre de 2000 fue de
26.955.277, mientras que lo presupuestado fue de 18.856.122 y los derechos
reconocidos (cobrados o no) 27.696.460 millones.
De todos los ingresos percibidos en el año 2000 por impuestos directos y
cotizaciones sociales (8.433.475 millones de pesetas), se distinguió por su
importancia el Impuesto de la Renta Sobre las Personas Físicas (IRPF) que
supuso un 62,33% (5.256.921 millones), seguido del Impuesto de Sociedades
con un 33,57% (2.831.240 millones), el Impuesto de la Renta de No Residentes
con 2,16% (182.635 millones), y el de Patrimonio con 1,27% (107.607 millones).
Los ingresos por estos conceptos se beneficiaron de la evolución positiva
del empleo, que tiene una correlación directa con la contribución de las
cotizaciones sociales.
De la recaudación tributaria por imposición indirecta (8.480.876 millones de
pesetas), la mayor cuantía fue aportada por el Impuesto sobre el Valor
Añadido (IVA) sobre importaciones y operaciones interiores, con 5.511.045
millones de pesetas (64,98%). La otra gran fuente de ingresos indirectos fue
la de los impuestos especiales, que generó 2.668.679 millones (31,46%).
Los ingresos no financieros se completaron con los capítulos de ingresos
patrimoniales (1.021.123 millones); transferencias corrientes (992.792
millones); transferencias de capital (326.508 millones); tasas, precios
públicos y otros ingresos (293.840 millones); y enajenación de inversiones
reales (11.923 millones).
El otro gran grupo de ingresos está compuesto por las operaciones
financieras, que sumaron 7.394.740 millones, de los cuales 7.261.790
procedieron de pasivos financieros y 132.950 de activos financieros.
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El presupuesto de gastos español,
en cuanto a lo realizado en 2000, ascendió a 25.028.939 millones. Asimismo,
los pagos ordenados representaron 25.029.962 millones y las obligaciones
reconocidas 26.468.956 millones. Las principales partidas fueron las de
transferencias corrientes (45,92% del total), las operaciones financieras
(23,09%) y los gastos financieros (11,69%).
Del total de gastos realizados, correspondieron a operaciones no financieras
18.870.113 millones. Las operaciones corrientes, que incluyen cargas
salariales, gastos en bienes y servicios, trasferencias y gastos financieros,
ascendieron a 17.579.645 millones. La partida más importante de este
capítulo estuvo formada por las transferencias corrientes, que sumaron
11.493.088 millones (66% del gasto corriente) e incluyen transferencias
monetarias a los entes territoriales y corporaciones locales o a Seguridad
Social, entre otros. Las demás partidas, por orden de importancia, fueron
las de gastos financieros con 2.926.189 millones (16,8%), los costes
salariales que ascendieron 2.698.090 millones (15,49% del gasto corriente) y
los gastos corrientes en bienes y servicios con 296.511 millones (1,7%).
Por su parte, las partidas de capital sumaron 1.456.235 millones, de los
cuales, el 43,51% se destinó a inversiones reales y el 56,49% a
transferencias, principalmente a Comunidades Autónomas y en forma de
subvenciones a empresas. Las operaciones financieras alcanzaron los
6.158.826 millones de los que el 93,84% se aplicó a operaciones de activo y
el resto a operaciones de pasivo.
De todos lo gastos realizados por el Estado, si se analiza la clasificación
por secciones, las carga más representativa medida por pagos ordenados, en
el año 2000, fue la de la deuda pública, con 8.703.515 millones de pesetas
(34,77%). El segundo capítulo por importancia lo representaron los pagos
realizados a las clases pasivas, que se encuentra en constante incremento
por el aumento del número de pensionistas. También resultaron relevantes los
gastos aplicados a sanidad y consumo, que supusieron el 17,07% del gasto
total (4.273.292 millones) y el realizado por los entes territoriales, que
llegaron al 18,71% (4.682.458 millones). Del resto de partidas, por su
relevancia para el país, cabe reseñar el gasto en defensa con 839.359
(3,57%), en relaciones con la U.E. con 938.838 millones (3,93%) y educación,
cultura y deporte con 893.359 (3,57%), frente a los 148.046 millones (0,59%)
de gasto en justicia.
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El déficit español se ha reducido
a lo largo de la década de los años noventa y aún más en la segunda fase de
UEM (1994-1998). Esta situación deficitaria debe corregirse ya que existe la
voluntad en la Unión de que todos los países alcancen el equilibrio
presupuestario. De cualquier forma, en los países que pertenecen a la
eurozona, el déficit no puede ser superior al 3%, lo que encamina sus
políticas hacia el equilibrio. Sin embargo, la deuda pública que ya existe
sí supone una carga preocupante para el país. La condición de convergencia
en la segunda fase estableció la deuda pública viva a un máximo del 60% del
PIB, medida que en el caso español se encuentra en el límite. Estas cargas
supusieron, según datos del año 2000, 8.703.515 millones de pesetas.
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La economía española se
caracteriza por tener un gran número de pequeñas y medianas empresas (PYMES).
Según cifras del año 2000, el número de empresas con menos de 50
trabajadores fue de 2.573.583 (99,1% del total de empresas). Un sector tan
atomizado implica unas desventajas de competencia en cuanto a costes,
productividad, economías de alcance o capacidad de exportación. Las empresas
con mayor dimensión, que suelen tener una estructura de capital con gran
intervención de capital extranjero, han sufrido un periodo de concentración
del capital en los años noventa. Las empresas de 50 empleados o más sumaron
21.809 y las mayores de 5.000 empleados 71. Entre las mismas, se generaliza
la forma de Sociedad Anónima y un gran número de ellas ha salido a bolsa,
alentadas por los buenos resultados de los mercados hasta el 2000. Por
número de empresas, las comunidades más dinámicas fueron Cataluña (492.546),
Madrid (365.083) y Andalucía (376.646). Las empresas de mayor dimensión se
concentraron en Madrid y Cataluña.
Las familias
La renta nacional disponible neta por habitante ha tenido una evolución
favorable en los años noventa, de manera que ha aumentado en 430.800 pesetas
desde 1995, lo que la situó, en 1999, en 2.049.800 pesetas. Sin embargo, la
distribución de los ingresos por decilas ha reflejado un mayor aumento de la
renta en los casos de los grupos de individuos con una mayor renta, un
ligero aumento en las decilas intermedias y un receso en los ingresos de la
población con menores ingresos.
Ahorro familiar
España ha sido tradicionalmente un país en el que el ahorro de las familias
ha sido reducido con respecto a los países de su entorno, lo que afectaba a
la capacidad de financiación de la nación, que no podía compensar el déficit
con el ahorro público. En suma, esta situación conducía al endeudamiento con
el resto del mundo. Sin embargo, es importante recalcar que este defecto se
corresponde con el alto índice de compra de viviendas entre los ciudadanos,
lo que se verifica en el hecho de que el 80% de los españoles habite
viviendas en propiedad. Desde 1996, se ha producido un aumento del ahorro
privado, que en 1999 se cifró en el 6,2% del PIB (21.429.079 millones de
pesetas); una mejora que, si bien ha sido mayor que el crecimiento del
ahorro público (5%), se ha mostrado coyuntural y dependiente del buen ciclo
económico, de la favorable reforma fiscal y de la mejora en la calidad del
empleo.
Por otro lado, la distribución del ahorro privado ha sufrido una variación,
consecuencia de los malos resultados que han arrojado los fondos de
inversión, de la reducción porcentual de los depósitos y del incremento de
las acciones. En consecuencia, las aportaciones de los diferentes activos en
1999 son de: 13,1% en activos líquidos, 35,3% en otros depósitos, 28,5% en
acciones y 10,9% en seguros y fondos de pensiones.
Consumo familiar
Por lo que se refiere al consumo final realizado por los hogares españoles,
ascendió en 1999 a 496.195.000 millones de pesetas. Esta cifra representó
una recuperación del consumo privado con respecto a los años anteriores, que
coincidió con la recuperación económica que llegó al consumo a partir de
1997, con tasas de incremento del 3,1% ese año y del 4,5% y el 4,7% los dos
años siguientes.
Por lo que respecta a los capítulos que presentaron una mayor cuantía, se
destacaron los de alimentos y bebidas no alcohólicas (8.642.700 millones de
pesetas constantes de 1995); vivienda, energía y agua (7.437.900 millones),
con especial presencia de los alquileres; el transporte (7.324.900 millones);
y los gastos en hoteles, cafés y restaurantes (9.718.600 millones).
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El sistema financiero español
cubre las necesidades del país y se muestra parejo con el de los países de
su entorno. A través de él, se canalizan los fondos de las unidades
económicas con superávit a las unidades económicas con déficit.
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Los Ministerios de Economía y
Hacienda ordenan y controlan el sistema financiero español y cinco órganos
dependientes de estas carteras tienen la responsabilidad ejecutiva. De la
Dirección General de Comercio e Inversiones depende el control de cambios,
función que comparte con el Banco de España. Por medio de este mecanismo se
regulan la entrada y salida de divisas en el país, las cuentas abiertas en
el país en moneda extranjera y las transacciones u operaciones en las que
intervengan divisas, entre otras.
El Banco de España es la institución con más responsabilidades sobre el
sistema financiero nacional. Sus competencias cubren el control de cambios,
el control sobre las entidades financieras de crédito, las entidades de
crédito y sobre los mercados de deuda pública anotada, de divisas y el
mercado interbancario. En el ámbito monetario, participa en las decisiones
en el eurosistema, además de llevar a cabo las funciones monetarias que no
absorbe el eurosistema.
La segunda institución por importancia en el sistema financiero español es
la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). De ella depende la
supervisión y el control de los intermediarios de los mercados de valores,
además del buen funcionamiento y la protección de los agentes que
intervienen en los mercados de valores y en el mercado de deuda pública
anotada.
Por otro lado, la Dirección General de Seguros lleva a cabo las funciones de
inspección, control, sanción y elaboración de normas con respecto a las
entidades aseguradoras y las gestoras de fondos de pensiones. La última
entidad rectora del sistema es la Dirección General del Tesoro y Política
Financiera, que se encarga de la supervisión y control de las sociedades y
fondos de capital riesgo.
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Dentro de las instituciones
financieras, por su importancia y tamaño, las entidades de crédito ocupan el
lugar más destacado. De entre ellas, los bancos componen el sector más
importante por tamaño y por volumen de operaciones. Tras completar la
privatización de la banca pública con la venta de Argentaria, el sector
bancario español se compone de Banca Extranjera y de Banca Española. Tras
las operaciones de fusión y de privatización del sector, que tuvieron el
objetivo de formar grandes grupos capaces de competir en un mercado
financiero global, el segmento tiene dos grupos bancarios que sobresalen por
su volumen de activos: el Santander Central Hispano (Santander [grupo
financiero]) y el Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA). Estas entidades,
con fuerte implantación en el territorio, se lanzaron en los años noventa a
una estrategia de internacionalización que les condujo a adquirir un gran
número de entidades financieras en toda Iberoamérica, cuyos resultados han
sido muy variables para las matrices. A estas dos entidades les siguen por
volumen de activos el Banco Popular, Bankinter y el Banco de Sabadell.
Al tiempo, la Confederación Española de Cajas de Ahorro y las Cajas de
Ahorro forman el segundo sector por importancia entre las entidades de
crédito. Su oferta de servicios y ámbito de operación se ha homogeneizado
con el de la banca, si bien las cajas no tienen autorización para operar en
el extranjero. Por su volumen de captación de depósitos, según datos de
1999, aún eran el sector con mayor captación (38.253.638 millones de pesetas
frente a los 30.678.916 millones de la banca privada). Por el volumen de
activos, destacó la Caja de Ahorros y Pensiones de Barcelona, la Caja de
Ahorros y Monte de Piedad de Madrid y la Caja de Ahorros de Cataluña.
Además, existe un grupo de entidades cuya denominación era -entidades de
crédito de ámbito operativo limitado (ECAOL)- y que actualmente son
conocidas como entidades financieras de crédito. Están compuestas por la
entidades de financiación, entidades de factoring, sociedades de
arrendamiento financiero y sociedades de crédito hipotecario. Asimismo,
dentro de las entidades de crédito se encuadra el Instituto de Crédito
Oficial (ICO), que tiene como función, tras varias reformas, la actuación
como agencia financiera del Gobierno. La última institución de las entidades
de crédito está compuesta por las sociedades de garantía recíproca y de
segundo aval, cuya función es solventar los problemas de financiación de las
PYMES.
Entre los agentes vinculados a los mercados de valores que dependen de la
CNMV se encuentran la sociedades y agencias de valores, las instituciones de
inversión colectiva y las sociedades gestoras de fondos de titulación, ya
sean en títulos de inversión mobiliaria o inmobiliaria.
El marco correspondiente a los intermediarios se completa con las entidades
dedicadas a negociar los fondos de pensiones y los seguros: las entidades
aseguradoras y las entidades gestoras de fondos de pensiones.
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Los mercados financieros españoles
han tenido un gran desarrollo desde la mitad de los años ochenta, lo que ha
aumentado su importancia, el número de activos financieros negociados o la
capitalización bursátil. Dependen, bien del Banco de España, bien de la CNMV.
El primer caso es el de los mercados interbancarios y de divisas que, tras
la introducción de la moneda única, ha sufrido una profunda transformación
por la reducción del número de divisas negociables y la caída de los
diferenciales entre los tipos de interés de los países integrados en la
Unión Económica y Monetaria.
En el caso del mercado de deuda pública anotada, la supervisión es
compartida por el Banco de España y la CNMV. Las emisiones han sido objeto
de modificaciones en cuanto al tratamiento fiscal y se ha mejorado su
colocación, aunque en los últimos años se ha reducido el número de emisiones
por la menor necesidad de financiación del sector público. Con respecto a
los mercados de negociación de títulos, de futuros y opciones y AIAF, su
funcionamiento depende de la CNMV. A la bolsa de valores corresponde la
negociación de acciones y títulos y aquellos valores representados por
títulos que la CNMV considere que deben ser negociados en este mercado. En
España, existen mercados bursátiles en cuatro ciudades: Madrid, Barcelona,
Valencia y Bilbao. Además, en aquellos lugares en los que no existe Bolsa,
se actúa por medio de los bolsines. La negociación de títulos de renta fija
privada ha aumentado en la década de los años noventa, lo que refleja una
mejora en las fuentes de financiación. En cuanto a la renta variable,
también se ha incrementado el volumen de negociación, en parte debido a la
política de privatizaciones.
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La evolución de los ingresos ha
sido positiva y se ha apoyado en el ciclo económico favorable. Si se utiliza
como medida de los ingresos la renta nacional disponible neta a precios de
mercado por habitante ha pasado de 1.619.000 pesetas a 2.049.800 pesetas
constantes de 1995. Si se atiende a la distribución que la renta tuvo por
familias, según datos de 1996, el 9,9% de los hogares españoles se mantuvo
con ingresos iguales o menores a las 66.000 pesetas mensuales. Las familias
con ingresos entre 66.000 y 132.000 pesetas fueron el 26,1% del total de
unidades familiares. Con ese nivel de renta, se mantuvo el 44% de las
parejas con hijos y el 36,4% de los hogares monoparentales. En los
siguientes tramos de renta, hasta las 396.000 pesetas, se situaron el 42,9%
de las familias españolas y por encima de esos ingresos, se encontraba el
10% de los hogares.
La segunda fase de la convergencia de la Unión Económica y Monetaria impuso,
dentro del paquete de medidas previsto, que la inflación interanual no debía
superar el 3%. En consecuencia, reducir los aumentos del Índice General de
Precios (IPC) fue uno de los compromisos prioritarios del Gobierno. Como
resultado, se mantuvo un IPC en los años 1994 y 1995 del 4,7%. En los
siguientes años, la tendencia fue de disminución, con lo que se llegó a un
1,8% en 1998. Sin embargo, a partir de ese momento, se ha producido un
repunte inflacionario que se mantuvo dentro de los objetivos de convergencia
en 1999 (2,3%). En cifras del año 2000, la evolución ha sido adversa para el
crecimiento del país y alcanzó el 3,4%. Según estos datos, la equivalencia
de 100 pesetas del año 92 en cifras de 2000 es de 131 pesetas.
Si bien la evolución de la inflación ha sido muy positiva en la segunda
mitad de la década de los años noventa, existe un componente en la
estructura de precios y salarios de la economía española que produce una
cierta diferencia negativa entre sus datos y los de la media europea. Por
sectores, los precios han aumentado con mayor intensidad en transportes y
comunicaciones (5,9%) y en vivienda (4,4%), si bien la sanidad (2,7%)
también ha tenido un comportamiento desfavorable que se ha contenido en el
2000. Por otro lado, los sectores con mayor contención en precios han sido
ocio, enseñanza y cultura (2,2%); vestido y calzado (2,1%), que no había
presentado cifras tan positivas los años anteriores; y alimentos, bebidas y
tabaco (2,2%). Si la distribución de los precios se analiza desde un punto
de vista territorial, han sido mayores en las comunidades autónomas de La
Rioja (4%), Baleares (3,6%), Cataluña (3,8%) y Murcia (3,9%). En contraste,
las comunidades que menos inflación han presentado en la segunda mitad de la
década de los años noventa han sido las de Andalucía, Castilla La Mancha y
Extremadura con tasas en el año 2000 de 3,1%, 3,1% y 2,5%, respectivamente.
Con respecto a los tipos de interés, cuya evolución guarda correlación con
la evolución de precios y con el coste de la deuda pública, han tenido una
progresión negativa desde 1995. Al tomar el Mibor (tipo de referencia del
mercado interbancario en la bolsa de Madrid) como representativo de los
demás, se observa una reducción muy acusada de las tasas entre 1995 y 1997,
que bajaron 4,8 puntos porcentuales y se situaron en el 5,2%. Desde entonces,
la tendencia se mantuvo, aunque los márgenes de reducción son mucho menores
por la baja tasa. Al final de 1999, era del 3,16%. Desde enero de 1999, lo
adecuado es utilizar como medida el euribor (tipo de referencia en el
mercado interbancario de la zona euro), que también ha mostrado una
constante reducción desde 1996 que lo situó en 1999 en el 3,83%.
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La balanza de pagos española ha
constatado la cada vez mayor integración de la economía del país en los
mercados internacionales y una combinación entre las posiciones deudoras y
acreedoras con respecto al resto del mundo. La situación se repitió en 1997
y 1998, años en los que pasó de una posición deudora con el resto de los
países en 458.643 millones a una posición acreedora en 17.404 millones. En
1999, la posición se mantuvo como acreedora con 1.837.849 millones.
El primer gran bloque de la balanza de pagos está compuesto por la balanza
por cuenta corriente, que registra los movimientos de bienes, rentas de
trabajo e inversión, servicios y transferencias corrientes entre el país y
el resto del mundo. El renglón de las mercancías se caracteriza por ser
tradicionalmente deficitario, carácter que no se rompió en 1999 cuando el
país arrojó un saldo deficitario en 2.003.703 millones de pesetas. Por
capítulos, tuvieron mayor incidencia sobre la balanza las importaciones de
animales vivos y productos del reino animal, que en 1998 sumaron
20.441.536,7 millones de pesetas; los productos minerales, con 1.562.144,6
millones (de los que destacó la importación de combustible); los productos
de la industria química y derivados, con 1.954.584,7 millones en 1998; la
maquinaria y los materiales eléctricos, con 4.785.728,8 millones; y las
importaciones de materiales de transporte, con 3.519.517,6 millones de
pesetas. Por lo que se refiere a las exportaciones durante 1998, fueron
mayores en los bienes relacionados con animales y productos del reino animal
(16.6113.552 millones); industria química y derivados (1.074.729 millones);
metales comunes y sus manufacturas (1.201.998,6 millones); máquinas y
materiales eléctricos (2.799.306,5 millones); y material de transporte
(4.315.845,3 millones), con especial peso de los vehículos automóviles. La
prestación de servicios, por su parte, arrojó un saldo positivo de
3.592.390,21 millones gracias a la tradicional balanza positiva del turismo
que, en 1999, alcanzó los 4.209.615 millones de pesetas.
En cuanto al saldo que correspondió a las rentas, cabe destacar la poca
relevancia de los movimientos de rentas procedentes del trabajo y el
resultado negativo que tuvo el capítulo procedente de rentas de inversión (consecuencia
de la retribución al capital extranjero), que llegó a los 1.491.817 millones
de pesetas. Por último, el saldo de las operaciones por transferencias ha
reflejado unos ingresos mayores que los pagos en 478.859 millones,
consecuencia de los fondos recibidos desde la Unión Europea. El valor
agregado de los elementos anteriores supuso un saldo negativo de la balanza
por cuenta corriente de 2.003.620 millones de pesetas.
Con respecto a la cuenta de capital, que incluye las operaciones
relacionadas con activos inmateriales, con activos no financieros no
producidos y parte de los fondos recibidos desde la Unión Europea, fue
favorable a España en 1.102.806 millones de pesetas.
Por lo que se refiere a la cuenta financiera, cuyo valor debe compensar
técnicamente el saldo de las dos cuentas anteriores, alcanzó un saldo
positivo de 900.980 millones de pesetas. Su evolución ha mostrado un proceso
de armonización de la posición de España y del resto del mundo; además de un
aumento de la presencia de las inversiones en cartera de carácter temporal.
Por capítulos, la variación neta de activos de las inversiones españolas en
el exterior (positiva en 12.836.347 millones de pesetas) fue superada por la
variación neta de pasivos de las inversiones exteriores en España (8.682.687
millones) y por otras inversiones (6.441.966 millones).
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El principal tratado suscrito por
España es el de la Unión Europea (que se firmó en 1986), por el que el país
se integró en el acuerdo de implementación de la Unión Económica y Monetaria
(UEM). En lo que se refiere a la producción de mercancías, existe un sistema
de cuotas de producción que se aplica al sector primario. En cuanto la
circulación de las mismas, existe libertad de movimiento en el mercado único
y, desde 1993, las barreras arancelarias desaparecieron por completo. Con
respecto a la libertad de movimiento de capitales, se completó para España
en 1992 y la prestación de servicios, tras el periodo de adaptación, es
libre en los países de la Unión. Las implicaciones del acuerdo en política
económica incluyen, en el caso español, que la política monetaria sea
dirigida por el Banco Central Europeo y que tanto la fiscal como la política
de rentas se encuentren armonizadas. Para las negociaciones con terceros
países, la Unión participa activamente en los foros internacionales (como el
GATT, G-7, G-11 u OMC) para defender los intereses europeos. Sin embargo, la
instrumentación de su participación es aún complicada, debido a la falta de
personalidad jurídica de la Unión Europea. De cualquier forma, la Unión
también tiene suscritos acuerdos preferenciales y de nación más favorecida
con un gran número de países. Con respecto a los demás acuerdos, España ha
suscrito tratados con el EFTA y acuerdos bilaterales con países
mediterráneos y latinoamericanos. Enciclopedia Universal ©Micronet S.A.
1995-2006 Fuente de la foto:
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