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ÍNDICE DE LOS REYES DE
GRANADA
LOS PROTAGONISTAS DE UNA
ÉPOCA
Abd al-Rahman I (756-788)
Miembro de
la dinastía omeya que gobernaba en Damasco, Abd al-Rahman I fue el único
de la familia que consiguió escapar con vida en la fatídica tarde del 25
de julio del año 750, cuando los abbasíes acabaron con los omeyas para
hacerse con el poder. Abd al-Rahman tenía sangre beréber por parte de su
madre y puso rumbo al norte de Africa, tras una breve estancia en Irak.
La tribu de Nafta le dio cobijo en Marruecos, en las proximidades de
Ceuta donde estaba asentada. Desde allí decidió enviar algunos emisarios
hacia al-Andalus donde podía encontrar partidarios, en un momento de
revueltas y hambrunas. En efecto, entre las tropas sirias -la mayoría
clientes de los Omeyas- la figura de Abd al-Rahman fue recibida con
mucho cariño, aunque no experimentó la misma sensación entre los
dirigentes del grupo del poder, los qaysíes. No obstante, los sirios se
volcaron con el omeya y le dieron su total apoyo para cruzar el estrecho
de Gibraltar y desembarcar en Almuñécar (agosto del año 755). Abd al-Rahman
se puso al frente de un potente ejército formado por sirios, yemeníes y
beréberes, derrotando al gobernador de Córdoba un año más tarde, en mayo
de 756. En la mezquita de la capital andalusí Abd al-Rahman era
proclamado emir. De esta manera se instauraba el primer poder musulmán
independiente del califato. No será fácil la tarea a la que se tuvo que
enfrentar el joven omeya ya que los levantamientos fueron continuos,
encabezados por el gobernador Yusuf al-Fihrí. Esta revuelta fue sofocada
en el año 759, acabando con la vida del antiguo gobernador. El jefe
beréber de Cuenca también se rebeló al igual que el caudillo árabe
al-Ala ben Mugit. Estas continuas luchas de poder motivarán que un grupo
de jefes árabes de la zona nordeste solicitaran ayuda a Carlomagno para
levantarse contra Abd al-Rahman. Corría el año 777 y al año siguiente
las tropas dirigidas por el rey franco alcanzaron Zaragoza. Carlomagno
no pudo rendir la ciudad y regresó a sus posesiones, siendo derrotado
por los vascones en Roncesvalles. Estas continuas rebeliones estarían en
buena parte motivadas por la diversidad de razas que encontramos en la
población andalusí -mozárabes, beréberes, árabes, sirios, etc.-,
pudiendo mantenerse el emir en el poder gracias a la creación de un
potente ejército profesional que aumentaba en relación con las
necesidades. Los beréberes y los esclavos del norte constituían el
núcleo de la milicia. Abd al-Rahman tomó como modelo la administración
omeya y desarrolló un importante programa constructivo en el que resalta
la edificación de la mezquita de Córdoba, que sería después ampliada por
Abd al-Rahman II, Al-Haken II y Almanzor. Le sucedió su hijo Hishem I.
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Hisam I (788-796)
La sucesión entre los musulmanes no recaía sobre el primogénito, sino
sobre el más cualificado. Este es el caso de Hishem I, que fue elegido
por su padre Abd al-Rahman I para sucederle en el emirato de Córdoba, en
detrimento de su hermano mayor, Sulayman. Este se consideró agraviado
por lo que se rebeló contra el nuevo emir, saliendo derrotado en su
intento por ocupar el poder. En el emirato de Hishem I apenas se
producen revueltas por lo que los ánimos guerreros de parte de la
población se dirigieron a luchar contra los cristianos del norte,
quienes aprovechando las luchas intestinas de los musulmanes habían
ampliado su zona de influencia. Hishem I dirigió continuas campañas
contra los reyes asturianos Vermudo I y Alfonso II. Las tierras francas
también sufrieron los ataques islámicos, las llamadas aceifas -del árabe
saífa, verano- ya que se realizaban en esta estación del año para
destruir las cosechas del enemigo. Las tropas andalusíes alcanzaron la
región de Aquitania consiguiendo un importante botín. La doctrina malikí,
versión ortodoxa del Islam hispano, fue introducida en tiempos de Hishem
I. Le sucedió su hijo al-Hakam I.
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al-Hakan I (796-822)
Al-Hakam I
sucedió a su padre Hishem I en el cargo de emir de al-Andalus antes de
la muerte de éste. De la misma manera que había ocurrido en el emirato
anterior, también se produjeron luchas entre bandos por el poder, que en
este caso enfrentaron al nuevo emir y sus tíos paternos. La revuelta fue
rápidamente sofocada con la muerte del tío de más edad y el
reconocimiento de la autoridad de al-Hakam por parte de su otro tío.
Pero los conflictos internos no tardaron en llegar, produciéndose la
famosa "Jornada del Foso" del año 797. Los notables toledanos que no
admitían la autoridad del nuevo emir fueron atraídos al castillo del
gobernador para presentar sus respetos al heredero. Una vez en el
castillo fueron decapitados uno a uno y sus cuerpos arrojados a un foso.
Nuevas rebeliones se sucedieron, esta vez en Córdoba (805), siendo los
cabecillas detenidos y ejecutados en número de 72. El motín del arrabal
producido en el año 818 fue también duramente reprimido por parte de las
tropas del emir que atacaron por la espalda a los amotinados que
rodeaban el palacio. Tres mil supervivientes fueron ejecutados y el
resto de los habitantes del arrabal fueron condenados a abandonar la
ciudad mientras veían como sus casas eran incendiadas. En las zonas
fronterizas también se produjeron sublevaciones, especialmente por los
intentos autonomistas de los gobernadores de las llamadas Marcas que en
número de tres existían: la Marca Superior con capital en Zaragoza, la
Media con capital en Toledo y la Inferior con capital en Mérida. El
ejército profesional se vio fortalecido con participación de un elevado
número de beréberes y esclavos. Al-Hakan I fue sucedido por su hijo Abd
al-Rahman II.
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Abd al-Rahman II
Los treinta
años que gobernó Abd al-Rahman II el emirato de al-Andalus fueron de
prosperidad y cierta calma. Sucedió a su padre al-Hakam I cuando éste
falleció en el año 822. Las revueltas de épocas anteriores continuaron
en las zonas periféricas mientras en el centro apreciamos un elevado
grado de unidad. Aprovechando las fuerzas destinadas a sofocar estos
levantamientos periféricos -encuadrados en las ansias autonomistas de
los gobernadores de los territorios fronterizos- se realizaron diversas
campañas contra los reinos cristianos del norte. En una de ellas se
alcanzó la ciudad de León que fue saqueada e incendiada mientras que en
otra aceifa Barcelona y Gerona fueron sitiadas. Los normandos llegaron a
tierras andalusíes en el año 844, atacando Lisboa y Sevilla. Fueron
rechazados pero se llevó a cabo la construcción de un amplia red de
atalayas para evitar nuevos ataques. Esta política constructiva indica
la eficacia del régimen. Abd al-Rahman II puso en marcha un importante
cambio en la administración, inspirándose en el Imperio Sasánida para
superar el modelo sirio imperante hasta entonces. Los usos sociales
procedentes de Bagdad se impusieron en Córdoba. A pesar de vivir un
periodo de calma social, en el año 850 estallaron ciertas convulsiones
entre los cristianos, quienes manifestaron su voluntad de mantener su
identidad frente a la creciente arabización que se estaba manifestando
en la sociedad. Los mozárabes, dirigidos por san Eulogio o Speraindeo,
no dudaron en recibir voluntariamente el martirio con tal de mantener su
personalidad religiosa. Esta tensión alteró la pacífica convivencia
entre ambas comunidades. Muhammad I sucedió a su padre cuando murió en
el año 852
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Muhammad I 852-886
Muhammad I
era hijo de Abd al-Rahman II y le sucedió en el cargo de emir de
al-Andalus. La prosperidad iniciada en el reinado anterior continuó,
salpicada de sublevaciones que intentaron hacer frente al poder
cordobés. La mayoría de las revueltas estallaron en las regiones
fronterizas. En el valle del Ebro un miembro de la poderosa familia de
los Banu Qasi llamado Musa ibn Musa se autotituló "tercer rey de
España". Toledo siguió un camino similar gracias a la ayuda del monarca
asturiano Ordoño I pero las tropas musulmanas se impusieron a los
rebeldes en la batalla de Guazalete. Extremadura también sufrió la llama
de la sedición encabezada por el muladí Ibn Marwan, conocido como el
Gallego. Alcanzó cierto grado de independencia y estableció una especie
de dinastía que se mantuvo en el poder durante años. En Sevilla también
se establecerá un gobierno semi-independiente liderado por el jefe de
una familia árabe, movimiento reconocido por el propio emir. Pero el
levantamiento más importante tuvo lugar en el seno de la propia
Andalucía donde el muladí Umar ibn Hafsun se rebeló en la serranía de
Ronda. Esta insurrección durará casi 50 años, siendo sofocada por el
califa Abd al-Rahman III. La prosperidad que vivía el Estado Omeya era
más bien engañosa y la estructura parecía resquebrajarse, continuando
durante los emiratos de Almundir y Abd Allah.
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Al-Mundir (886-888)
El corto
gobierno de Almundir, hijo de Muhammad I, vendrá determinado por sus
deseos de acabar con la revuelta encabezada por Umar ibn Hafsun. El emir
no podía tolerar que el rebelde se asentara en el corazón de sus tierras
- en la serranía de Ronda- por lo que dirgió todos sus esfuerzos para
acabar con la sublevación. Umar había ampliado su zona de acción al
apoderarse de Mijas, Comares y Archidona. Las expediciones enviadas por
el emir iban ganando terreno, ajusticiando a los dirigentes regionales
que apoyaban al rebelde. La presión de Almundir motivó que Umar iniciara
negociaciones con el emir. El rebelde regresaba a Córdoba pero pronto
volvería a la sierra. Tomándolo como una cuestión personal, Almundir se
dirigió a Bobastro, donde tenía Umar su cuartel general, para poner
sitio a la plaza. Durante el asedio fallecía Almundir, sucediéndole como
emir su hermano Abd Allah.
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Abd Allah (888-912)
Las
rebeliones marcan el reinado de Abd Allah, sucesor de Almundir al ser
ambos hijos de Muhammad I. En Sevilla se enfrentaron miembros de
poderosas familias por el poder, al igual que en Granada. Las luchas
entre árabes e hispanomusulmanes -llamados muladíes- eran cada vez más
enconadas, al considerarse los primeros los únicos dueños del poder que
era reclamado por los segundos. De alguna manera el emir intentó
mantenerse al margen de las luchas para concentrar toda su fuerza en
sofocar la rebelión de Umar ibn Hafsun que ya duraba desde el año 880.
Para acabar con la revuelta Umar y Abd Allah alcanzaron un pacto por el
que el rebelde se convertía en gobernador de la zona, dependiendo en
todo momento de Córdoba. Pero Umar volvió a demostrar que actuaba
libremente cuando inició conversaciones con el gobernador de Qayrawuán
(actual Túnez) para conseguir apoyo militar y convertirse en emir de
al-Andalus. La extensión de los dominios de Umar alcanzaba las actuales
provincias de Granada, Jaén y Málaga. La encarnizada lucha con Umar
motivó que el rey Alfonso III extendiera sus territorios a costa de las
tierras andalusíes, sin poder Abd Allah evitar la expansión cristiana.
Bien es cierto que durante la mayor parte de su reinado el poder del
emir se reducía a Córdoba y su región circundante, ya que los clanes
locales habían ocupado el poder, acercándose a un sistema feudal. Sin
resolver el conflicto, Abd Allah falleció designando como sucesor a su
nieto Abd al-Rahman III.
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Abd al-Rahman III (912-929)
La situación de al-Andalus era tremendamente negativa cuando falleció
Abd Allah y designó como sucesor a su nieto Abd Al-Rahman III. Tenía
sólo 21 años pero ya había demostrado interesante dotes políticas que
pronto puso en marcha desde su nuevo cargo. Las perspectivas no eran
favorables al mantenerse la rebelión de Umar, dominar los señores de las
Marcas la mayor parte del territorio y manifestarse dos graves peligros
externos: el reino cristiano de Asturias en el norte y los fatimíes en
la actual Túnez. Su primer objetivo será restablecer el orden interno,
dirigiendo varias campañas victoriosas contra Umar. Los partidarios del
joven emir controlaban las plazas fuertes y los castillos de la zona
rebelde, poniendo fin a la revuelta en el año 928 tras tomar la plaza de
Bobastro. Las capitales de las diferentes Marcas cayeron también bajo su
órbita. Toledo era tomada en 932, Badajoz dos años antes y Zaragoza en
el año 937. Una vez solucionados los problemas internos Abd Al-Rahman
III pudo dedicarse con fuerza a detener las incursiones cristianas
procedentes del norte. Los primeros éxitos -victoria de Valdejunquera
(920) donde se vengaba la derrota de San Esteban de Gormaz de tres años
antes y se dominaba la zona sur de Navarra- se vieron alterados por las
campañas dirigidas por el rey asturiano Ramiro II, especialmente el
enfrentamiento en la batalla de Simancas (939) que cayó del lado
cristiano, suponiendo un duro varapalo para los andalusíes. Ramiro
extendió sus dominios hasta las cercanías de Salamanca pero la muerte
del monarca asturiano en el año 950 motivó que Abd Al-Rahman III
impusiera su soberanía a los reyes de León y Navarra y a los condes de
Barcelona y Castilla, aprovechando su debilidad. El reconocimiento de la
soberanía andalusí iba acompañado del pago de un tributo anual. Otro
peligro para al-Andalus procedía del sur donde los fatimíes se habían
hecho fuertes. Precisamente la amenaza fatimí motivó que Abd Al-Rahman
III tomara los títulos de califa, príncipe de los creyentes y defensor
de la religión de Dios en el año 929. Con este cargo reivindicaba la
independencia política andalusí frente a una autoridad superior,
procediera ésta de Bagdad o de Túnez. Un paso más en el control del
norte de Africa será la conquista de las plazas de Melilla, Tánger y
Ceuta. Las fronteras del reino manifestaban general tranquilidad lo que
motivó el desarrollo económico y la prosperidad. El califa controlaba el
poder de manera absoluta e inició contactos diplomáticos con los Estados
europeos, especialmente con Bizancio y el emperador Otón I. Dentro de
este próspero ambiente destaca la construcción de numerosas obras
públicas y monumentos en Córdoba, destacando la edificación de una nueva
ciudad residencial para la corte en las cercanías de Córdoba: Madinat
al-Zahra. Este periodo de paz y prosperidad será continuado por su
sucesor, Al-Hakam II.
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al-Hakam II (929-976)
A los ocho
años fue nombrado sucesor de Abd Al-Rahman III su hijo Al-Hakam. Sin
embargo, se hizo cargo del poder con 47 años, tras la muerte de su
padre. Su educación fue exquisita y participó intensamente de las
actividades de gobierno así como de las campañas militares, acompañando
al califa en varias ocasiones. Podemos afirmar que Al-Hakam continuó la
política de Abd Al-Rahman III, manteniendo la paz y la prosperidad en
al-Andalus. Su califato fue pacífico, abogando por la vía diplomática
antes que la militar. No en balde dio órdenes a sus gobernadores para
evitar que la población fuera oprimida o se entregara a crueles
matanzas. Esta paz sería alterada por los ataques normandos a las costas
portuguesas en los años 966 y 971. Daneses y vikingos se retiraron al
conocer que los musulmanes "iban a su encuentro y se prestaban a
atacarles por tierra y por mar" tal y como nos cuenta el cronista Ibn
Hayyan. Al-Hakam II confió en exceso en los funcionarios que le
rodeaban, especialmente en el chambelán al-Mushafi, el visir Ibn Abi
Amir (futuro Almanzor) y el general Galib, quienes lucharan para ocupar
el poder a la muerte del califa. Las relaciones exteriores tendrán dos
frentes: la lucha contra los reinos cristianos del norte y la
intervención en el norte de Africa. En el Magreb se restauró el
protectorado de Marruecos (974) para hacer frente al empuje fatimí. En
el frente norte la alianza de León, Castilla, Barcelona y Navarra contra
Al-Hakam tuvo como respuesta la toma por parte del califa del castillo
de San Esteban de Gormaz (963), imponiendo Córdoba su autoridad. La gran
pasión de Al-Hakam II serán las artes y las letras. Reunió una
biblioteca de más de 400.000 volúmenes y fundó 27 escuelas públicas en
las que los eruditos enseñaban a los pobres y huérfanos a cambio de
atrayentes salarios. La ampliación de la mezquita con la exquisita
decoración del mihrab pone de manifiesto su admiración artística. El
gran error de Al-Hakam sería no nombrar a un sucesor capacitado y
eficaz. Su concubina Subh de Navarra le dio un hijo cuando él ya era
bastante mayor, siendo el pequeño nombrado sucesor. El nombramiento de
Hisam II como califa provocó la lucha entre los poderosos funcionarios
para ocupar el poder tras la muerte de Al-Hakam II en el año 976.
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Hisam II (976-1009) Primer
Reinado
A los diez
años Hisam II fue reconocido sucesor de Al-Hakam II. Su madre la
concubina Subh de Navarra apostó fuerte por el pequeño ayudada por el
visir Ibn Abi Amir, el futuro Almanzor. El ministro Yafar al-Mushafi
también apostó por el joven con tal de mantener las riendas del poder en
sus manos. De esta manera los tíos y primos más capacitados que el joven
Hisam eran apartados de la sucesión. En el año 978 Ibn Abi desplazó a
al-Musafi del poder y era nombrado hayib o mayordomo real. El general
Galib mostraba su total apoyo al nuevo líder político ya que era su
yerno. Desde ese cargo Ibn Abi dirigió al califa hacia los placeres
sensuales, encerrándole en su palacio donde se convirtió en un juguete
en manos del hayib. Hisam vivía aislado, al margen de las luchas por el
poder y dedicado a la devoción y diferentes pasatiempos. La muerte de
Almanzor motivó el desplome del califato y el inicio del periodo
denominado la "Gran Fitna" en el que Hisam fue depuesto y nombrado
califa en varias ocasiones. Su muerte se produjo hacia el año 1013,
posiblemente asesinado.
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Muhammad II (1009) Primer
Reinado
Cuarto califa de al-Andalus (1009; 1010), bisnieto del primer califa
omeya de al-Andalus, Abd al-Rahman III (912-961), nacido en el año 980
en Córdoba y muerto el 23 de julio de 1010, asesinado por el eslavo
Wadih. Su breve reinado estuvo marcado por terribles enfrentamientos
entre árabes, beréberes y eslavos. Fue él quien, al mando de una gran
ejército, en 1009 puso fin a la dictadura impuesta por Abd al-Rahman
Sanchuelo, último representante de la dinastía amirí.
Cuando en 1006 perdió a su padre, Hisham ben Abd al-Chabbar, asesinado
por las fuerzas de Abd al-Malik al-Muzaffar, máximo líder de una
revuelta cuyo propósito era poner fin a la dictadura de los amiríes y
deponer al títere Hisham II, Muhammad se convirtió en el pretendiente
oficioso para el trono califal que proponían los omeyas descontentos.
Dos años más tarde, en 1008, Abd al-Malik murió envenenado, parece ser
que por orden de su ambicioso hermanastro Abd al-Rahman Sanchuelo, que
le sustituyó en el poder absoluto de al-Andalus.
El libertinaje, el desorden y la dejadez en los asuntos de Estado en el
que cayó el califato bajo la autoridad de Sanchuelo fue de tal calibre
que alarmó e irritó sobremanera a los cordobeses. Al saberse que
Sanchuelo abrigaba intenciones de ser nombrado sucesor al trono por el
propio Hisham II, los diferentes pretendientes omeyas cerraron filas
entre sí y se aprestaron a reclamar sus derechos al trono, apoyados por
la resentida madre de Abd al-Malik, al-Dhalfa, que acusaba directamente
a Sanchuelo de la muerte de su hijo. A pesar de su poca capacidad para
gobernar, y de que no tenía habilidad suficiente para manejar la
situación política y social de al-Andalus (su única cualidad consistía
en ser un omeya), Muhammad ibn Hisham Ibd Abd al-Chabbar fue elegido
para el trono califal.
Las circunstancias se mostraron favorables a los intereses de los
sublevados y descontentos, ya que cuando Muhammad se disponía a
emprender una marcha contra Córdoba para derrocar al amirí, éste se
hallaba haciendo la guerra contra los reinos cristianos del norte. Así
pues, el 15 de febrero de 1009, Muhammad se hizo dueño de Córdoba y del
Alcázar sin problema alguno. Obligó al títere califa a que renunciara al
trono en su favor, a lo que éste no opuso resistencia alguna y,
seguidamente, se intituló con el laqab de al-Mahdí bi-llah ('el bien
guiado por Alá'); a continuación, permitió a sus tropas, compuestas de
la gente más humilde y vulgar que pudo encontrar, someter a la capital a
un terrible saqueo que la dejó prácticamente diezmada. Enterado de los
sucesos, Sanchuelo regresó precipitadamente a Córdoba con intenciones de
recuperar el poder pero, antes de llegar a Córdoba, fue sorprendido por
las tropas del nuevo califa, que le estaban esperando. Acribillado
durante la batalla, la cabeza de Sanchuelo fue cortada y expuesta y
paseada en un pica por toda la capital. Sólo a partir de ese momento,
Muhammad II comenzó a ser considerado como el nuevo califa de
al-Andalus, y como tal, a recibir las correspondientes adhesiones y
juramentos de fidelidad de los gobernadores de las marcas y provincias
del califato, entre ellos el del poderoso esclavo Wadih, comandante de
la Marca Media.
Pero, a pesar de la gran oportunidad que tuvo para hacerse querer y
consolidar su autoridad en el trono, el nuevo califa demostró ser tan
imprudente o más que el propio Sanchuelo. Se rodeó de una corte de
visires incapaces y sin preparación alguna, escogidos todos ellos de
entre el populacho más ruin y de sus amigotes de fiestas y francachelas,
y empezó a vivir con un lujo desordenado; a todo esto, mantenía oculto
al destronado califa Hisham II, fuertemente vigilado y privado de todos
los placeres de los que tenía costumbre, sin tener valor para
asesinarle, ante las posibles represalias que pudiera suscitar el
regicidio. Muhammad II anunció la muerte de Hisham II mostrando el
cadáver de un judío que se parecía mucho al omeya, al que enterró con
todos los honores. La treta levantó inmediatamente las sospechas de
algunos familiares omeyas, por lo que Muhammad se vio obligado a
encarcelar a algunos de sus propios parientes para cortar de raíz todo
tipo de murmuraciones o sospechas.
Uno de esos parientes encarcelados, Sulayman, también bisnieto del gran
Abd al-Rahman III, aprovechó la rebelión de los beréberes contra
Muhammad II para que éstos le nombraran pretendiente al trono califal. A
tal propósito, los beréberes no dudaron en firmar un tratado de alianza
con el conde castellano Sancho García, lo cual contradecía
peligrosamente la tradición impuesta desde un siglo antes. Ambos
ejércitos vencieron a las tropas de Muhammad II en la batalla de Alcolea
el 1 de noviembre de 1009. Muhammad II no pudo evitar la entrada
triunfal de Sulayman en Córdoba, pero intentó un último recurso sacando
a la luz al cautivo Hisham II, al que la gran mayoría suponía ya muerto.
En vista de que su estratagema no había tenido éxito, Muhammad II huyó
precipitadamente a Toledo, donde aún mantenía fuertes alianzas y
fidelidades. Sin ningún estorbo aparente, Sulayman se intituló nuevo
califa con el título o laqab de al-Mustain bi-llah ('el que busca el
auxilio de Alá').
En su provisional destierro toledano, Muhammad II consiguió levantar un
ejército de unos cuarenta mil hombres, en su mayoría eslavos adeptos al
general Wadih; además, contó con la colaboración de importantes
contingentes catalanes al mando de los condes Ramón Borrell III de
Barcelona y Armengol de Urgel. Con una tropa tan impresionante, Muhammad
II tuvo pocos problemas para derrotar a Sulayman en una cruenta batalla
el 10 de mayo de 1010, contienda que le permitió adueñarse, por segunda
vez, del trono califal. Pero, al mes siguiente, Muhammad II se vio
obligado a contestar a los ataques del derrocado Sulayman en la serranía
de Ronda, campaña que se saldó con el fracaso absoluto del califa, donde
perdió la mayor parte de sus mejores hombres.
De regreso a Córdoba para reorganizar a sus maltrechas tropas, los
catalanes se negaron a prestar de nuevo su apoyo militar a Muhammad II,
quien no tuvo más remedio que resignarse a su suerte y esperar en
Córdoba a que las tropas de Sulayman aprestasen el golpe final. Durante
la espera, Muhammad II manifestó su disoluto carácter, pues fue incapaza
de organizar la ciudad para afrontar convenientemente los ataques del
rebelde, por lo que el general Wadih, harto de un hombre tan falto de
inteligencia como sobrado de vicios, resolvió asesinarle y reponer en el
trono al títere Hisham II. El 23 de julio de 1010, Muhammad II fue
ajusticiado por uno de los oficiales de Wadih en presencia del no menos
inepto Hisham II.
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Sulayman al-Musta'in
(1009-1010)
Quinto
califa cordobés de al-Andalus (1009-1010; 1013-1016), bisnieto de Abd
al-Rahman III (912-961), nacido en el año 958 en Córdoba y muerto en la
misma ciudad el 1 de julio de 1016, asesinado por orden del nuevo califa
Ibn Hammud. Durante su tumultuoso reinado se intensificó notablemente la
fitna (guerra civil) entre las tres etnias dominante en al-Andalus:
beréberes, árabes y eslavos.
Excelente poeta y hombre muy culto, Sulayman se alzó contra su pariente
Muhammad II en el año 1009, apoyado por el importante sector beréber,
que padecía una persecución sistemática por orden expresa de Muhammad II.
Fracasada la primera intentona golpista, Sulayman se refugió junto con
sus adeptos en las riberas del río Guadalmellato, donde los beréberes le
ofrecieron el título de califa e imán del partido beréber para imprimir
con una pátina legitimista lo que constituía a todas luces una rebeldía
en toda regla. Después de apoderarse de las plazas de Calatrava y
Guadalajara sin apenas oposición, Sulayman sufrió un serio contratiempo
en las inmediaciones de Medinaceli, en cuya batalla sus tropas fueron
diezmadas por las del excelente general eslavo Wadih, que se había
convertido en el único sostén que tenía Muhammad II para seguir como
califa.
Sulayman comprendió que para conquistar el califato necesitaba ayuda
militar urgente, por lo que pidió la ayuda del conde castellano Sancho
García, a cambio de la concesión en plena potestad de varias plazas
fuertes situadas en la frontera del valle del Duero, las cuales serían
entregadas al conde una vez que Sulayman se sentase en el trono de los
omeyas. Seguidamente, Sulayman invitó al eslavo Wadih a que se uniera a
su causa y traicionase a Muhammad II, petición que el eslavo rechazó de
plano, lo cual reforzó aún más toda la línea fronteriza de la Marca
Media. El encuentro irreversible entre ambas fuerzas se produjo en las
inmediaciones de la actual Alcalá de Henares en agosto de 1099, y se
saldó con una victoria sin paliativos de las tropas coaligadas, lo cual
permitió a Sulayman avanzar sin oposición alguna en dirección a Córdoba.
El 8 de noviembre de ese mismo año, Sulayman hizo su entrada triunfal en
Córdoba sin que Muhammad II pudiera evitarlo, a pesar de que en un
intento desesperado sacó a la luz al depuesto califa Hisham II, al que
todos ya creían muerto y enterrado. Muhammad II logró esconderse en un
lugar seguro de la ciudad hasta que pudo escapar a Toledo, ciudad en la
que todavía mantenía un grupo importante de adeptos, con los que al poco
tiempo volvería a reclamar el trono omeya que consideraba suyo
legítimamente.
Sulayman fue confirmado califa de al-Andalus con el título o laqab de
al-Mustain bi-llah (el que busca el auxilio de Alá). El nuevo califa
instaló a las tropas beréberes en el magnífico palacio que mandó
construir Abd al-Rahman III, Medina al-Zahara, mientras que el conde
castellano hizo lo propio en una suntuosa almunia de la capital. Pronto
se confirmó un hecho gravísimo para los intereses de Sulayman: su total
dependencia de las tropas beréberes que le habían aupado hasta el trono
califal, las cuales, en venganza por las humillaciones y persecuciones
sufridas durante el reinado de Muhammad II, se entregaron al saqueo,
incendios y toda clase de matanzas, con la total aquiescencia del
califa. El antagonismo de los cordobeses hacia los beréberes y Sulayman
alcanzó su punto más alto cuando este nombró a su hijo como sucesor,
maniobra que hizo que sus días en el trono cordobés estuvieran contados.
La reacción de Muhammad II no se hizo esperar. De nuevo, con la
inestimable ayuda de Wadih, pudo reunir un impresionante ejército en
Toledo, al que se unieron un buen número de contingentes cristianos al
mando de los condes catalanes Ramón Borrell III de Barcelona y Armengol
de Urgel. La coalición militar impidió a Sulayman cumplir lo pactado con
el conde castellano, puesto que en esos precisos momentos se vio incapaz
de entregarle las plazas prometidas; la reacción del conde castellano
fue dejar solo al califa y retirar todas sus tropas de la capital
califal.
Sin más apoyo que los beréberes, Sulayman se dispuso, en una acción
bastante suicida y a la desesperada, a hacer frente al avance coaligado,
pero fue derrotado el 22 de mayo de 1010 por las fuerzas de Muhammad II,
quien se apresuró a tomar por segunda vez el trono cordobés, al mismo
tiempo que sus tropas repetían los mismo desmanes de matanzas que
anteriormente había realizado los beréberes. Un mes más tarde, el 21 de
junio, las tropas beréberes de Sulayman devolvieron el ataque en las
inmediaciones del valle alto del Guadiana, donde aniquilaron a más de
tres mil hombres de Muhammad II, en su mayor parte catalanes. Muhammad
II huyó a la desesperada a Córdoba mientras los condes catalanes rompían
la alianza militar. Una vez en Córdoba, Muhammad II se mostró incapaz de
ofrecer protección a los habitantes de la capital, por lo que Wadih,
harto de tanta incompetencia por parte del omeya, resolvió matarle el 23
de julio y reponer en el trono califal al títere Hisham II. Wadih, en un
intento por llegar a un acuerdo con Sulayman, envió la cabeza del
depuesto califa al pretendiente y sus seguidores beréberes, e instó a
Sulayman a abandonar la actitud revolucionaria y secesionista y a que
todos jurasen fidelidad al legítimo califa. Sin embargo, tanto Sulayman
como sus partidarios beréberes se negaron a aceptar a Hisham II e
insistieron en seguir en pos de su objetivo, aunque esto significase la
prolongación de la fitna entre los musulmanes.
El 4 de noviembre de 1010, Sulayman tomó al asalto Medina al-Zahara y
puso cerco a la capital, mientras que otro contingente de sus
partidarios se dedicaba a reconquistar paulatinamente las principales
ciudades andalusíes, como Málaga, Jaén, Elvira y, por último, Algeciras.
Sulayman sometió a Córdoba a un durísimo asedio y bloqueo que surtió
efecto en cuanto la sed, el hambre y la peste se enseñorearon de la
ciudad. El general Wadih intentó huir en medio del desorden
generalizado, pero fue asesinado por los líderes cordobeses, quienes se
apresuraron a reafirmar en el trono al inepto Hisham II, presa fácil
para cualquiera que albergase ambiciones políticas. Finalmente, el 9 de
mayo del año 1013, una agotada Córdoba se rindió ante la evidente fuerza
militar de Sulayman, acción que por lo menos evitó el más que probable
saqueo de la capital.
Nada más hacer posesión, por segunda vez, del Alcázar, Sulayman mandó
apresar a Hisham II y se intituló como califa. Parece ser que, una vez
en la cárcel, Hisham II fue estrangulado por iniciativa propia del hijo
de Sulayman, Muhammad, desapareciendo así el que sin duda alguna fue el
peor gobernante de toda la historia del emirato y califato andalusí.
La primera medida que tomó Sulayman al recuperar el poder, fue la de
hacer un llamamiento a la calma en todas las provincias y distribuir el
gobierno de algunas entre los líderes de las principales familias
aliadas (Elvira, Zaragoza, Jaén, Sidonia, Morón, Ceuta y Tánger), medida
que provocó la aparición de una nueva realidad política que acabaría
imponiéndose una vez que la institución califal desapareciera para
siempre, los reinos de taifas (muluk al-Tawaif), ya que en realidad el
poder efectivo de Sulayman no iba más allá de los límites territoriales
de Córdoba.
El segundo período califal de Sulayman tampoco proporcionó la paz, y sus
tres años de reinados acentuaron todavía más las tensiones sociales en
vez de mejorarlas. Su total dependencia hacia los beréberes y el
favoritismo que les mostró enardeció los ánimos de las elites cordobesas
e incluso de gran parte de sus antiguos colaboradores. Ambos grupos
reclamaron la vuelta del depuesto Hisham II sin sospechar que éste había
sido asesinado anteriormente. El portavoz de la disidencia fue Alí ibn
Hammud, gobernador de Ceuta por imposición del propio Sulayman, quien, a
finales del año 1013, reclamó el trono cordobés pretextando haber sido
el depositario del califato en nombre del depuesto Hisham II, quien
según él seguía todavía vivo y oculto.
En la primavera del año 1016, Ibn Hammud abandonó Ceuta, atravesó el
estrechom y desembarcó en Algeciras, donde se le unió Jayran de Almería,
jefe de los eslavos amiríes de Levante, con quien estaba puesto de
acuerdo de antemano, para desde allí dirigirse sin más dilación a
Córdoba. El ejército de Sulayman apenas ofreció resistencia armada,
dándose pronto a la fuga. Sulayman fue hecho prisionero cuando intentaba
escapar. El 1 de julio del año 1016, Ibn Hammud hizo su entrada
victoriosa en Córdoba, emplazando a Sulayman a que le entregara, vivo o
muerto, al infeliz Hisham II. Una vez que se supo el trágico final del
omeya, Sulayman fue ejecutado en el acto por el propio Ibn Hammud, quien
se hizo proclamar legítimo califa con el título de al-Nasir li-din Allah
('el que combate victorioso por la religión de Alá').
Muhammad II (1010) Segundo reinado - Mirar la
Biografia del primer reinado
Hisam II (1010-1013) Segundo reinado - Mirar la
Biografia del primer reinado
Sulayman al-Musta'in(1013-1016) Segundo reinado -
Mirar la biografía del primer reinado
'Abd al-Rahman IV
al-Murtada (1018)
De nombre
completo Abd al-Rahman ben Muhammad ben Abd al-Malik, séptimo califa
cordobés de al-Andalus (1018), bisnieto del gran califa Abd al-Rahman
III (912-961), nacido en Córdoba en fecha indeterminada y muerto en
Guadix a mediados de 1018. Fue puesto por los señores de Zaragoza y
Almería al frente de un movimiento para expulsar a la dinastía de los
hammudíes del trono califal cordobés. Proclamado califa nominal en abril
de 1018, no llegó a reinar de hecho al ser asesinado por los mismos que
le habían encumbrado.
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Al-Qasim b Hammud al-Ma'mun (1018-1021) Primer reinado
Octavo
califa cordobés de al-Andalus (1018-1021; 1023) y gobernador de Sevilla
nacido hacia 959 y muerto en Málaga en junio de 1036. Fue hermano del
anterior califa, Ali Ibn Hammud (1016-1018), murió asesinado en Málaga,
cuando sufría presidio por orden de su sobrino. Pertenecía a la dinastía
norteafricana de los idrisí, fundadora de la ciudad de Fez (Marruecos),
cuyos orígenes se remontan al propio Mahoma. Su reinado estuvo
condicionado por la desconfianza del pueblo cordobés ante un monarca de
origen extranjero y por la continua fitna (guerra civil) que sostuvo,
por el trono de Córodba, en primer lugar con su sobrino, Yahya ibn Alí
ibn Hammud, y posteriormente con un pretendiente omeya, Abd al-Rahman V.
Yahyà b 'Alí b Hammud al-Mu'tali (1021-1023) Primer
reinado
al-Qasim b Hammud al-Ma'mun (1023) Segundo reinado
- Mirar la biografia del primer reinado.
Abd al-Rahman o
Abderramán V (1002-1024)
Décimo califa cordobés de al-Andalus (1023-1024), hermano de Muhammad II
al-Mahdi (1009-1010), nacido en Córdoba en 1002 y muerto en la misma
ciudad en 1024, ajusticiado por su sucesor Muhammad III (1023-1025).
Bisnieto del gran califa Abd al-Rahman III (912-961), tuvo el honor de
restaurar en el califato a la dinastía omeya, aunque su reinado fue el
más corto -tan sólo de cuarenta y siete días- de toda la historia de
al-Andalus.
Tras la expulsión del califa hammudí al-Qasim ibn Hammud, el 9 de
septiembre de 1023, los cordobeses decidieron confiar de nuevo sus
destinos en un príncipe de origen omeya. El 2 de diciembre se procedió a
la elección de califa entre los tres candidatos posibles, todos ellos
descendientes directos de Abd al-Rahman III: Sulayman, hijo del
malogrado califa Abd al-Rahman IV al-Murtada (1018); Muhammad ben al-Iraqi;
y, por último, Abd al-Rahman ben Hisham ben Abd al-Chabbar. Cuando todo
hacía prever que la elección recaería sobre el primero de ellos, Abd al-Rahman
hizo una entrada de fuerza espectacular en la Mezquita Aljama,
acompañado de un impresionante aparato militar, acto con el que se
impuso a la multitud allí congregada. El pretendiente fue inmediatamente
reconocido por todos y entronizado como califa con el título o laqab de
al-Mustazhir bi-llah ('el que implora el socorro de Alá').
A pesar de tener cierta capacidad para la política y de poseer una gran
cultura y sensibilidad artística (fue el autor de algunos versos de
indudable belleza estilística), su corta edad e inexperiencia en los
asuntos de Estado, además de su falta de autoridad para imponerse en un
período de crisis tan acuciante como el que le tocó en suerte provocaron
su rápida defenestración.
Abd al-Rahman V supo rodearse de consejeros de valía, como Abu Amir ben
Shuhayd, Abd al-Wahhub ben Hazam y el gran escritor Ali Ibn Hazam (autor
de la magnífica obra El collar de la paloma), pero le faltó tiempo para
restaurar la tradición de los grandes emires y califas de su dinastía,
tal como era su propósito.
Abd al-Rahman V heredó una califato con el Tesoro Público totalmente
esquilmado. Las escasas rentas que pudo recabar apenas llegaban para
pagar a la mitad de todos los funcionarios que había reclutado.
Semejante panorama le indujo, en contra de sus principios y voluntad, a
iniciar una serie de expediciones ilegales para recabar dinero, lo que
le granjeó la enemistad de la pequeña burguesía y de los estamentos más
bajos de Córdoba, grupos ambos que fueron los más perjudicados.
Asimismo, como también carecía de un ejército medianamente competente
para afrontar cualquier tipo de ataque exterior, el nuevo califa acogió
con muestras de alegría a un escuadrón beréber que llegó a Córdoba a
ofrecerle sus servicios. Semejante imprudencia bastó para desencadenar
un violento motín en Córdoba. La población acorraló y maltrató a los
odiados norteafricanos para, acto seguido, invadir el palacio califal.
Abd al-Rahman V intentó sustraerse al furor de la plebe enloquecida, y
se escondió en el depósito de leña destinado a los baños reales. En el
fragor de la revuelta, los amotinados encontraron en palacio a otro
miembro de la familia omeya, también bisnieto de Abd al-Rahman III,
llamado Muhammad ben Abd al-Rahman ben Ubayd Allah, el cual se había
escondido temiendo por su propia vida. Sin tan siguiera pedirle su
parecer, los amotinados aclamaron al omeya como nuevo califa y le
coronaron el mismo día de la asonada, el 17 de enero de 1024. La primera
medida que adoptó el nuevo soberano, que se intituló con el laqab de al-Mustakfi
bi-llah ('el que se satisface con Alá'), fue traer a su predecesor a su
presencia y ordenar su ejecución inmediata.
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Muhammad III
(1024-1025)
Décimo
primer califa cordobés de al-Andalus (1024-1025), bisnieto del fundador
del califato Abd al-Rahman III (912-961), nacido en el año 976 en
Córdoba y muerto en junio o julio deo 1025 cerca de Uclés (Cuenca),
asesinado por uno de los cortesanos que le acompañaban en su huida de
Córdoba. Su corto reinado se caracterizó por la progresiva
desintegración social y política del califato.
Hijo de Abd al-Rahman ben Abd Allah, asesinado por mandato del general
amirí al-Mansur (Almanzor), y de una esclava llamada Hawra, fue
encumbrado al califato el 17 de enero del año 1024, a la edad de treinta
y ocho años, como consecuencia de una revuelta de los cordobeses en
protesta por la aceptación del califa Abd al-Rahman V (1023-1024) de
tropas beréberes para engrosar las filas del ejército califal. La turba
ciudadana que invadió el palacio lo encontró escondido en una de las
dependencias del edificio temeroso por su vida. Sin pedirle su parecer,
ese mismo día fue nombrado califa por unanimidad, adoptando el título o
laqab de al-Mustakfi bi-llah ('el que se satisface con Alá'). La primera
medida de gobierno del nuevo soberano fue hacerse traer a su predecesor
y ordenar su inmediata ejecución.
Aunque su proclamación como califa respondió al intento por parte de la
aristocracia cordobesa de acabar con la anarquía imperante en los
últimos años del gobierno de la dinastía de los hammudíes, Muhammad III
no estuvo, ni mucho menos, a la altura de las circunstancias. De
naturaleza débil, indolente y libertina, desde el primer momento desató
una desenfrenada venganza contra todos sus enemigos políticos, a los que
eliminó sin más, como a su primo Ibn al-Iraqi, al que mandó estrangular
después de haberle nombrado su heredero. A otros los encarceló, caso de
gran escritor y poeta Ibn Hazam (autor de la magnífica obra El collar de
la paloma). Semejante acto de depravación e insensatez provocó las iras
de los notables de la ciudad, en principio favorables a la dinastía de
los omeyas, pero que, paulatinamente, fueron separándose del califa
hasta que cayeron en los brazos del depuesto califa hammudí Yahya ben
Ali ben Hammud, que estaba refugiado en Málaga.
Muhammad III empeoró más la situación al rodearse en la Corte de
personas groseras, sin preparación ni escrúpulos para enderezar un reino
que naufragaba por todas partes. El año y medio largo que estuvo en el
trono, en medio de grandes desórdenes, se abandonó a la disipación, a la
bebida, a la comida y a todo tipo de placeres sexuales, incapaz de
hacerse respetar por el pueblo, el cual se mofaba impunemente de él
llamándole "miedecillo" o "barriguita", a causa de su conocida cobardía
y de su impresionante obesidad.
El hammudí Yahya determinó, por fin hacerse cargo por segunda vez del
trono califal, para lo cual empezó a organizar, sin prisa alguna, un
gran ejército para asediar Córdoba. Ante la amenaza del hammudí y en
vista de que la agitación social era cada vez más fuerte, el pusilánime
califa decidió huir antes de ser destronado, ya que lo último
equivaldría a una muerte segura.
Aprovechando los tumultos que padecía la ciudad por el asedio al que la
tenía sometida Yahya, Muhammad III logró escapar el 26 de mayo del año
1025, cubierto con un velo y disfrazado de cantora, dirigiéndose raudo
hacia la Marca Superior. Unas semanas más tarde fue asesinado por un
miembro de su guardia personal cerca de la población conquense de Uclés.
Nuevamente quedaba vacío el trono califal para que Yahya lo alcanzase
por segunda vez, seis meses después de la desaparición de Muhammad III,
tardanza que daba pruebas más que suficientes de que Córdoba ya había
dejado de ser una presa codiciable para cualquier candidato.
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Yahyà b 'Alí b Hammud (1025-1027) Segundo reinado.
Mirar biografía del primer reinado... si se ha puesto alguna de este
rey.
Hisam III al-Mu'tadd
(1027-1031)
Último
califa cordobés de al-Andalus (1027-1031), hermano mayor del malogrado
califa Abd al-Rahman IV al-Murtada (1018), nacido en Córdoba en el año
975 y muerto en Lérida en 1036, exiliado de Córdoba y refugiado en la
corte del reyezuelo de la ciudad, Sulayman ben Hud. Su reinado coincidió
con el final de la institución califal en al-Andalus, que dio paso al
período conocido como el de los reyes de taifas (muluk al-tawaif).
Tras la expulsión de Córdoba del último califa hammudí, Yahya ben Ali
ben Hammud (1021-1023; 1025-1026), gracias a la colaboración de los
reyezuelos esclavos de Almería y Denia, Jayran y Muchahid,
respectivamente, en junio de 1026, la nobleza cordobesa, liderada por un
miembro de la vieja familia de los Banu Abda, Abu al-Hazam Yahwar,
intentó por última vez restaurar el califato en la persona de un miembro
de la dinastía omeya. Los notables cordobeses acordaron como requisito
para entronizar al candidato que éste fuera reconocido por los numerosos
jefecillos y señores eslavos y andalusíes independientes que pululaban
por todo al-Andalus, con el fin de presentarlo como una especie de
aglutinador o campeón nacional en la lucha contra el enemigo común, los
beréberes, considerados como la única fuente de todos los males que
venía sufriendo al-Andalus desde la caída de los amiríes en 1009.
Tras una exhaustiva búsqueda de casi un año, se encontró al candidato
perfecto. Se trataba de Hisham ben Muhammad ben Abd al-Malik, hermano
mayor de Abd al-Rahman IV al-Murtada, el desgraciado héroe de la
malograda aventura granadina. El candidato, que vivía desde los primeros
tiempos de la fitna (guerra civil) en el castillo de Alpuente, al
noroeste de Valencia, hospedado por el señor de la fortaleza, Abd Allah
ben Qasim al-Fihri, no manifestó ninguna prisa por tomar posesión de un
trono tan peligroso y problemático como era el cordobés. Córdoba había
dejado de ser una presa codiciable para cualquier príncipe, omeya o no,
que aspirase a un trono vacante. Todo aquel que se instalaba en el
Alcázar de los descendientes del Inmigrado (Abd al-Rahman I, fundador
del emirato independiente en 756), sabía de sobra que exponía su propia
vida por un título despojado de toda su gloria y esplendor pasado, y por
unos provechos materiales insignificantes, así como un territorio sobre
el que reinar que se extendía un poco más allá del alfoz dominado por la
urde de Córdoba. Todas las provincias califales (Sevilla, Granada, Jaén,
Elvira, etc), hacía ya mucho tiempo que se habían desentendido de la
autoridad califal, gobernadas por sus respectivas dinastías locales. De
todos modos, Hisham accedió al requerimiento que se le hacía y fue
proclamado califa en el mes de junio de 1027, con el título o laqab de
al-Mutadd bi-llah ('el que confía en Alá'), aunque continuó viviendo en
Alpuente, mientras esperaba que se desvanecieran por completo las
susceptibilidades que su nombramiento había suscitado en Córdoba.
Al cabo de dos años y medio de su proclamación, en diciembre de 1029,
Hisham III hizo su aparición en Córdoba, a la cabeza de un pequeño y
anodino séquito, y se instaló en el imponente Alcázar heredado de sus
mayores. La impresión que causó a sus nuevos súbditos, que no pudo ser
más decepcionante, preludiaba lo que habría de ser su reinado.
Tal como sospecharon todos los cordobeses, el nuevo califa no se quedó
atrás, en cuanto a mediocridad e incapacidad para gobernar, respecto de
sus inmediatos predecesores. Hisham III, recordando los tiempos del
califato de Hisham II (976-1009; 1010-1013), delegó el gobierno en su
primer ministro. Hakam ben Said, un advenedizo intrigante y antiguo
tejedor, al que confirió plenos poderes, mientras que él se preocupaba
únicamente de disfrutar con todos los lujos posibles la dorada
existencia que le habían procurado los cordobeses. Hakam asumió el
verdadero mando de la nave del Estado, con una actitud arrogante que
desembocó en una sucesión interminable de abusos de todo tipo, sobre
todo económicos, hasta el punto de que el Tesoro Público fue sangrado
hasta su último dinar. Asimismo, Hakam despidió a casi todos los
funcionarios de la Corte, cuyos puestos cubrió con jóvenes libertinos
menos escrupulosos si cabe que el visir y el califa, atentos sólo a su
medro personal. Para paliar la ausencia del dinero en las arcas
públicas, Hakam impuso una serie de impuestos contrarios a la ley
coránica con los que pudo recabar el dinero suficiente para cubrir los
gastos derrochadores de una Corte abandonada por completo a la lujuria
constante y a la deriva administrativa y política. Ante las lógicas
protestas de los juristas coránicos, Hisham III y Hakam amenazaron a
éstos con iniciar una represión sangrienta en contra de todo aquel que
osara enfrentarse al poder del califa y al de su visir. Semejante
episodio colmó la paciencia de la aristocracia cordobesa y selló el
principio del fin, tanto del reinado de Hisham III como de la propia
institución del califato en al-Andalus.
La aristocracia cordobesa resolvió deshacerse de semejante pelele. Para
ello provocaron un levantamiento de la población, liderado por otro
familiar de la dinastía omeya, Umayya ben Abd al-Rahman ben Hisham ben
Sulayman, al que la aristocracia cordobesa prometió el trono si
asesinaba al odiado visir Hakam. La promesa como tal no era cierta, ya
que los notables cordobeses, con Abu al-Hazam a la cabeza, habían
decidido de antemano prescindir definitivamente del califato como forma
de gobierno, dignidad ficticia que ya no correspondía a ninguna
realidad, ni temporal ni espiritual, y sustituirlo por un Consejo de
Notables que se encargaría de administrar la ciudad y el poco territorio
que dependía de ella.
Umayya cumplió con su palabra. Reunió a un nutrido grupo de partidarios
descontentos y se apostó con ellos en la calle por la que de ordinario
pasaba el visir para ir a palacio. Hakam fue literalmente despedazado el
30 de noviembre de 1031, mientras que su cabeza era paseada por la
ciudad en el extremo de una pica ante la general alegría de todos los
cordobeses.
Una vez calmados los ánimos, el infeliz Umayya fue conminado a abandonar
la ciudad lo antes posibles, so pena de muerte. Hisham III, al darse
cuenta de lo que sucedía a su alrededor, se refugió, muerto de miedo, en
una dependencia de la Mezquita, aprovechando un pasadizo que unía ésta
con el Alcázar. Reunido el Consejo de Notables, el veredicto de la
asamblea fue la pena del destierro para el califa destronado. Aunque
Hisham III se atrevió todavía a protestar dicha decisión, en el fondo se
felicitó por haber podido salvar la vida, cuando la tónica general ante
semejante situación no era otra que la pena de muerte o la ejecución
inmediata. Hisham III se exilió en Lérida, donde encontró asilo político
bajo la protección de su reyezuelo, Sulayman ben Hud. En 1036 moría en
aquellas tierras, de manera oscura y sin aclarar.
Con este lejano y poco glorioso descendiente de Abd al-Rahman I el
Inmigrado, finalizó para siempre la larga nómina de príncipes andalusíes
que reinaron en al-Andalus. Sin duda alguna, el antaño esplendoroso
emirato y califato cordobés no merecía un final tan triste y patético
como el que tuvo, proceso iniciado desde el reinado del cautivo Hisham
II y que, en tan sólo un cuarto de siglo, se derrumbó como si de un
castillo de naipes se tratase. Desaparecida la institución califal, hizo
su aparición el período de los reyes de taifas (muluk al-tawaif).
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