Reyes de Andalucia

   
 

 

 

 

 

     

 

             ÍNDICE DE LOS REYES DE GRANADA

 

            LOS PROTAGONISTAS DE UNA ÉPOCA

 

Abd al-Rahman I (756-788)

Miembro de la dinastía omeya que gobernaba en Damasco, Abd al-Rahman I fue el único de la familia que consiguió escapar con vida en la fatídica tarde del 25 de julio del año 750, cuando los abbasíes acabaron con los omeyas para hacerse con el poder. Abd al-Rahman tenía sangre beréber por parte de su madre y puso rumbo al norte de Africa, tras una breve estancia en Irak. La tribu de Nafta le dio cobijo en Marruecos, en las proximidades de Ceuta donde estaba asentada. Desde allí decidió enviar algunos emisarios hacia al-Andalus donde podía encontrar partidarios, en un momento de revueltas y hambrunas. En efecto, entre las tropas sirias -la mayoría clientes de los Omeyas- la figura de Abd al-Rahman fue recibida con mucho cariño, aunque no experimentó la misma sensación entre los dirigentes del grupo del poder, los qaysíes. No obstante, los sirios se volcaron con el omeya y le dieron su total apoyo para cruzar el estrecho de Gibraltar y desembarcar en Almuñécar (agosto del año 755). Abd al-Rahman se puso al frente de un potente ejército formado por sirios, yemeníes y beréberes, derrotando al gobernador de Córdoba un año más tarde, en mayo de 756. En la mezquita de la capital andalusí Abd al-Rahman era proclamado emir. De esta manera se instauraba el primer poder musulmán independiente del califato. No será fácil la tarea a la que se tuvo que enfrentar el joven omeya ya que los levantamientos fueron continuos, encabezados por el gobernador Yusuf al-Fihrí. Esta revuelta fue sofocada en el año 759, acabando con la vida del antiguo gobernador. El jefe beréber de Cuenca también se rebeló al igual que el caudillo árabe al-Ala ben Mugit. Estas continuas luchas de poder motivarán que un grupo de jefes árabes de la zona nordeste solicitaran ayuda a Carlomagno para levantarse contra Abd al-Rahman. Corría el año 777 y al año siguiente las tropas dirigidas por el rey franco alcanzaron Zaragoza. Carlomagno no pudo rendir la ciudad y regresó a sus posesiones, siendo derrotado por los vascones en Roncesvalles. Estas continuas rebeliones estarían en buena parte motivadas por la diversidad de razas que encontramos en la población andalusí -mozárabes, beréberes, árabes, sirios, etc.-, pudiendo mantenerse el emir en el poder gracias a la creación de un potente ejército profesional que aumentaba en relación con las necesidades. Los beréberes y los esclavos del norte constituían el núcleo de la milicia. Abd al-Rahman tomó como modelo la administración omeya y desarrolló un importante programa constructivo en el que resalta la edificación de la mezquita de Córdoba, que sería después ampliada por Abd al-Rahman II, Al-Haken II y Almanzor. Le sucedió su hijo Hishem I.

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Hisam I (788-796)

La sucesión entre los musulmanes no recaía sobre el primogénito, sino sobre el más cualificado. Este es el caso de Hishem I, que fue elegido por su padre Abd al-Rahman I para sucederle en el emirato de Córdoba, en detrimento de su hermano mayor, Sulayman. Este se consideró agraviado por lo que se rebeló contra el nuevo emir, saliendo derrotado en su intento por ocupar el poder. En el emirato de Hishem I apenas se producen revueltas por lo que los ánimos guerreros de parte de la población se dirigieron a luchar contra los cristianos del norte, quienes aprovechando las luchas intestinas de los musulmanes habían ampliado su zona de influencia. Hishem I dirigió continuas campañas contra los reyes asturianos Vermudo I y Alfonso II. Las tierras francas también sufrieron los ataques islámicos, las llamadas aceifas -del árabe saífa, verano- ya que se realizaban en esta estación del año para destruir las cosechas del enemigo. Las tropas andalusíes alcanzaron la región de Aquitania consiguiendo un importante botín. La doctrina malikí, versión ortodoxa del Islam hispano, fue introducida en tiempos de Hishem I. Le sucedió su hijo al-Hakam I.

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al-Hakan I (796-822)

Al-Hakam I sucedió a su padre Hishem I en el cargo de emir de al-Andalus antes de la muerte de éste. De la misma manera que había ocurrido en el emirato anterior, también se produjeron luchas entre bandos por el poder, que en este caso enfrentaron al nuevo emir y sus tíos paternos. La revuelta fue rápidamente sofocada con la muerte del tío de más edad y el reconocimiento de la autoridad de al-Hakam por parte de su otro tío. Pero los conflictos internos no tardaron en llegar, produciéndose la famosa "Jornada del Foso" del año 797. Los notables toledanos que no admitían la autoridad del nuevo emir fueron atraídos al castillo del gobernador para presentar sus respetos al heredero. Una vez en el castillo fueron decapitados uno a uno y sus cuerpos arrojados a un foso. Nuevas rebeliones se sucedieron, esta vez en Córdoba (805), siendo los cabecillas detenidos y ejecutados en número de 72. El motín del arrabal producido en el año 818 fue también duramente reprimido por parte de las tropas del emir que atacaron por la espalda a los amotinados que rodeaban el palacio. Tres mil supervivientes fueron ejecutados y el resto de los habitantes del arrabal fueron condenados a abandonar la ciudad mientras veían como sus casas eran incendiadas. En las zonas fronterizas también se produjeron sublevaciones, especialmente por los intentos autonomistas de los gobernadores de las llamadas Marcas que en número de tres existían: la Marca Superior con capital en Zaragoza, la Media con capital en Toledo y la Inferior con capital en Mérida. El ejército profesional se vio fortalecido con participación de un elevado número de beréberes y esclavos. Al-Hakan I fue sucedido por su hijo Abd al-Rahman II.

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Abd al-Rahman II

Los treinta años que gobernó Abd al-Rahman II el emirato de al-Andalus fueron de prosperidad y cierta calma. Sucedió a su padre al-Hakam I cuando éste falleció en el año 822. Las revueltas de épocas anteriores continuaron en las zonas periféricas mientras en el centro apreciamos un elevado grado de unidad. Aprovechando las fuerzas destinadas a sofocar estos levantamientos periféricos -encuadrados en las ansias autonomistas de los gobernadores de los territorios fronterizos- se realizaron diversas campañas contra los reinos cristianos del norte. En una de ellas se alcanzó la ciudad de León que fue saqueada e incendiada mientras que en otra aceifa Barcelona y Gerona fueron sitiadas. Los normandos llegaron a tierras andalusíes en el año 844, atacando Lisboa y Sevilla. Fueron rechazados pero se llevó a cabo la construcción de un amplia red de atalayas para evitar nuevos ataques. Esta política constructiva indica la eficacia del régimen. Abd al-Rahman II puso en marcha un importante cambio en la administración, inspirándose en el Imperio Sasánida para superar el modelo sirio imperante hasta entonces. Los usos sociales procedentes de Bagdad se impusieron en Córdoba. A pesar de vivir un periodo de calma social, en el año 850 estallaron ciertas convulsiones entre los cristianos, quienes manifestaron su voluntad de mantener su identidad frente a la creciente arabización que se estaba manifestando en la sociedad. Los mozárabes, dirigidos por san Eulogio o Speraindeo, no dudaron en recibir voluntariamente el martirio con tal de mantener su personalidad religiosa. Esta tensión alteró la pacífica convivencia entre ambas comunidades. Muhammad I sucedió a su padre cuando murió en el año 852

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Muhammad I 852-886

Muhammad I era hijo de Abd al-Rahman II y le sucedió en el cargo de emir de al-Andalus. La prosperidad iniciada en el reinado anterior continuó, salpicada de sublevaciones que intentaron hacer frente al poder cordobés. La mayoría de las revueltas estallaron en las regiones fronterizas. En el valle del Ebro un miembro de la poderosa familia de los Banu Qasi llamado Musa ibn Musa se autotituló "tercer rey de España". Toledo siguió un camino similar gracias a la ayuda del monarca asturiano Ordoño I pero las tropas musulmanas se impusieron a los rebeldes en la batalla de Guazalete. Extremadura también sufrió la llama de la sedición encabezada por el muladí Ibn Marwan, conocido como el Gallego. Alcanzó cierto grado de independencia y estableció una especie de dinastía que se mantuvo en el poder durante años. En Sevilla también se establecerá un gobierno semi-independiente liderado por el jefe de una familia árabe, movimiento reconocido por el propio emir. Pero el levantamiento más importante tuvo lugar en el seno de la propia Andalucía donde el muladí Umar ibn Hafsun se rebeló en la serranía de Ronda. Esta insurrección durará casi 50 años, siendo sofocada por el califa Abd al-Rahman III. La prosperidad que vivía el Estado Omeya era más bien engañosa y la estructura parecía resquebrajarse, continuando durante los emiratos de Almundir y Abd Allah.

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Al-Mundir (886-888)

El corto gobierno de Almundir, hijo de Muhammad I, vendrá determinado por sus deseos de acabar con la revuelta encabezada por Umar ibn Hafsun. El emir no podía tolerar que el rebelde se asentara en el corazón de sus tierras - en la serranía de Ronda- por lo que dirgió todos sus esfuerzos para acabar con la sublevación. Umar había ampliado su zona de acción al apoderarse de Mijas, Comares y Archidona. Las expediciones enviadas por el emir iban ganando terreno, ajusticiando a los dirigentes regionales que apoyaban al rebelde. La presión de Almundir motivó que Umar iniciara negociaciones con el emir. El rebelde regresaba a Córdoba pero pronto volvería a la sierra. Tomándolo como una cuestión personal, Almundir se dirigió a Bobastro, donde tenía Umar su cuartel general, para poner sitio a la plaza. Durante el asedio fallecía Almundir, sucediéndole como emir su hermano Abd Allah.

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Abd Allah (888-912)

Las rebeliones marcan el reinado de Abd Allah, sucesor de Almundir al ser ambos hijos de Muhammad I. En Sevilla se enfrentaron miembros de poderosas familias por el poder, al igual que en Granada. Las luchas entre árabes e hispanomusulmanes -llamados muladíes- eran cada vez más enconadas, al considerarse los primeros los únicos dueños del poder que era reclamado por los segundos. De alguna manera el emir intentó mantenerse al margen de las luchas para concentrar toda su fuerza en sofocar la rebelión de Umar ibn Hafsun que ya duraba desde el año 880. Para acabar con la revuelta Umar y Abd Allah alcanzaron un pacto por el que el rebelde se convertía en gobernador de la zona, dependiendo en todo momento de Córdoba. Pero Umar volvió a demostrar que actuaba libremente cuando inició conversaciones con el gobernador de Qayrawuán (actual Túnez) para conseguir apoyo militar y convertirse en emir de al-Andalus. La extensión de los dominios de Umar alcanzaba las actuales provincias de Granada, Jaén y Málaga. La encarnizada lucha con Umar motivó que el rey Alfonso III extendiera sus territorios a costa de las tierras andalusíes, sin poder Abd Allah evitar la expansión cristiana. Bien es cierto que durante la mayor parte de su reinado el poder del emir se reducía a Córdoba y su región circundante, ya que los clanes locales habían ocupado el poder, acercándose a un sistema feudal. Sin resolver el conflicto, Abd Allah falleció designando como sucesor a su nieto Abd al-Rahman III.

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Abd al-Rahman III (912-929)

La situación de al-Andalus era tremendamente negativa cuando falleció Abd Allah y designó como sucesor a su nieto Abd Al-Rahman III. Tenía sólo 21 años pero ya había demostrado interesante dotes políticas que pronto puso en marcha desde su nuevo cargo. Las perspectivas no eran favorables al mantenerse la rebelión de Umar, dominar los señores de las Marcas la mayor parte del territorio y manifestarse dos graves peligros externos: el reino cristiano de Asturias en el norte y los fatimíes en la actual Túnez. Su primer objetivo será restablecer el orden interno, dirigiendo varias campañas victoriosas contra Umar. Los partidarios del joven emir controlaban las plazas fuertes y los castillos de la zona rebelde, poniendo fin a la revuelta en el año 928 tras tomar la plaza de Bobastro. Las capitales de las diferentes Marcas cayeron también bajo su órbita. Toledo era tomada en 932, Badajoz dos años antes y Zaragoza en el año 937. Una vez solucionados los problemas internos Abd Al-Rahman III pudo dedicarse con fuerza a detener las incursiones cristianas procedentes del norte. Los primeros éxitos -victoria de Valdejunquera (920) donde se vengaba la derrota de San Esteban de Gormaz de tres años antes y se dominaba la zona sur de Navarra- se vieron alterados por las campañas dirigidas por el rey asturiano Ramiro II, especialmente el enfrentamiento en la batalla de Simancas (939) que cayó del lado cristiano, suponiendo un duro varapalo para los andalusíes. Ramiro extendió sus dominios hasta las cercanías de Salamanca pero la muerte del monarca asturiano en el año 950 motivó que Abd Al-Rahman III impusiera su soberanía a los reyes de León y Navarra y a los condes de Barcelona y Castilla, aprovechando su debilidad. El reconocimiento de la soberanía andalusí iba acompañado del pago de un tributo anual. Otro peligro para al-Andalus procedía del sur donde los fatimíes se habían hecho fuertes. Precisamente la amenaza fatimí motivó que Abd Al-Rahman III tomara los títulos de califa, príncipe de los creyentes y defensor de la religión de Dios en el año 929. Con este cargo reivindicaba la independencia política andalusí frente a una autoridad superior, procediera ésta de Bagdad o de Túnez. Un paso más en el control del norte de Africa será la conquista de las plazas de Melilla, Tánger y Ceuta. Las fronteras del reino manifestaban general tranquilidad lo que motivó el desarrollo económico y la prosperidad. El califa controlaba el poder de manera absoluta e inició contactos diplomáticos con los Estados europeos, especialmente con Bizancio y el emperador Otón I. Dentro de este próspero ambiente destaca la construcción de numerosas obras públicas y monumentos en Córdoba, destacando la edificación de una nueva ciudad residencial para la corte en las cercanías de Córdoba: Madinat al-Zahra. Este periodo de paz y prosperidad será continuado por su sucesor, Al-Hakam II.

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al-Hakam II (929-976)

A los ocho años fue nombrado sucesor de Abd Al-Rahman III su hijo Al-Hakam. Sin embargo, se hizo cargo del poder con 47 años, tras la muerte de su padre. Su educación fue exquisita y participó intensamente de las actividades de gobierno así como de las campañas militares, acompañando al califa en varias ocasiones. Podemos afirmar que Al-Hakam continuó la política de Abd Al-Rahman III, manteniendo la paz y la prosperidad en al-Andalus. Su califato fue pacífico, abogando por la vía diplomática antes que la militar. No en balde dio órdenes a sus gobernadores para evitar que la población fuera oprimida o se entregara a crueles matanzas. Esta paz sería alterada por los ataques normandos a las costas portuguesas en los años 966 y 971. Daneses y vikingos se retiraron al conocer que los musulmanes "iban a su encuentro y se prestaban a atacarles por tierra y por mar" tal y como nos cuenta el cronista Ibn Hayyan. Al-Hakam II confió en exceso en los funcionarios que le rodeaban, especialmente en el chambelán al-Mushafi, el visir Ibn Abi Amir (futuro Almanzor) y el general Galib, quienes lucharan para ocupar el poder a la muerte del califa. Las relaciones exteriores tendrán dos frentes: la lucha contra los reinos cristianos del norte y la intervención en el norte de Africa. En el Magreb se restauró el protectorado de Marruecos (974) para hacer frente al empuje fatimí. En el frente norte la alianza de León, Castilla, Barcelona y Navarra contra Al-Hakam tuvo como respuesta la toma por parte del califa del castillo de San Esteban de Gormaz (963), imponiendo Córdoba su autoridad. La gran pasión de Al-Hakam II serán las artes y las letras. Reunió una biblioteca de más de 400.000 volúmenes y fundó 27 escuelas públicas en las que los eruditos enseñaban a los pobres y huérfanos a cambio de atrayentes salarios. La ampliación de la mezquita con la exquisita decoración del mihrab pone de manifiesto su admiración artística. El gran error de Al-Hakam sería no nombrar a un sucesor capacitado y eficaz. Su concubina Subh de Navarra le dio un hijo cuando él ya era bastante mayor, siendo el pequeño nombrado sucesor. El nombramiento de Hisam II como califa provocó la lucha entre los poderosos funcionarios para ocupar el poder tras la muerte de Al-Hakam II en el año 976.

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Hisam II (976-1009) Primer Reinado

A los diez años Hisam II fue reconocido sucesor de Al-Hakam II. Su madre la concubina Subh de Navarra apostó fuerte por el pequeño ayudada por el visir Ibn Abi Amir, el futuro Almanzor. El ministro Yafar al-Mushafi también apostó por el joven con tal de mantener las riendas del poder en sus manos. De esta manera los tíos y primos más capacitados que el joven Hisam eran apartados de la sucesión. En el año 978 Ibn Abi desplazó a al-Musafi del poder y era nombrado hayib o mayordomo real. El general Galib mostraba su total apoyo al nuevo líder político ya que era su yerno. Desde ese cargo Ibn Abi dirigió al califa hacia los placeres sensuales, encerrándole en su palacio donde se convirtió en un juguete en manos del hayib. Hisam vivía aislado, al margen de las luchas por el poder y dedicado a la devoción y diferentes pasatiempos. La muerte de Almanzor motivó el desplome del califato y el inicio del periodo denominado la "Gran Fitna" en el que Hisam fue depuesto y nombrado califa en varias ocasiones. Su muerte se produjo hacia el año 1013, posiblemente asesinado.

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Muhammad II (1009) Primer Reinado

Cuarto califa de al-Andalus (1009; 1010), bisnieto del primer califa omeya de al-Andalus, Abd al-Rahman III (912-961), nacido en el año 980 en Córdoba y muerto el 23 de julio de 1010, asesinado por el eslavo Wadih. Su breve reinado estuvo marcado por terribles enfrentamientos entre árabes, beréberes y eslavos. Fue él quien, al mando de una gran ejército, en 1009 puso fin a la dictadura impuesta por Abd al-Rahman Sanchuelo, último representante de la dinastía amirí.

Cuando en 1006 perdió a su padre, Hisham ben Abd al-Chabbar, asesinado por las fuerzas de Abd al-Malik al-Muzaffar, máximo líder de una revuelta cuyo propósito era poner fin a la dictadura de los amiríes y deponer al títere Hisham II, Muhammad se convirtió en el pretendiente oficioso para el trono califal que proponían los omeyas descontentos. Dos años más tarde, en 1008, Abd al-Malik murió envenenado, parece ser que por orden de su ambicioso hermanastro Abd al-Rahman Sanchuelo, que le sustituyó en el poder absoluto de al-Andalus.

El libertinaje, el desorden y la dejadez en los asuntos de Estado en el que cayó el califato bajo la autoridad de Sanchuelo fue de tal calibre que alarmó e irritó sobremanera a los cordobeses. Al saberse que Sanchuelo abrigaba intenciones de ser nombrado sucesor al trono por el propio Hisham II, los diferentes pretendientes omeyas cerraron filas entre sí y se aprestaron a reclamar sus derechos al trono, apoyados por la resentida madre de Abd al-Malik, al-Dhalfa, que acusaba directamente a Sanchuelo de la muerte de su hijo. A pesar de su poca capacidad para gobernar, y de que no tenía habilidad suficiente para manejar la situación política y social de al-Andalus (su única cualidad consistía en ser un omeya), Muhammad ibn Hisham Ibd Abd al-Chabbar fue elegido para el trono califal.

Las circunstancias se mostraron favorables a los intereses de los sublevados y descontentos, ya que cuando Muhammad se disponía a emprender una marcha contra Córdoba para derrocar al amirí, éste se hallaba haciendo la guerra contra los reinos cristianos del norte. Así pues, el 15 de febrero de 1009, Muhammad se hizo dueño de Córdoba y del Alcázar sin problema alguno. Obligó al títere califa a que renunciara al trono en su favor, a lo que éste no opuso resistencia alguna y, seguidamente, se intituló con el laqab de al-Mahdí bi-llah ('el bien guiado por Alá'); a continuación, permitió a sus tropas, compuestas de la gente más humilde y vulgar que pudo encontrar, someter a la capital a un terrible saqueo que la dejó prácticamente diezmada. Enterado de los sucesos, Sanchuelo regresó precipitadamente a Córdoba con intenciones de recuperar el poder pero, antes de llegar a Córdoba, fue sorprendido por las tropas del nuevo califa, que le estaban esperando. Acribillado durante la batalla, la cabeza de Sanchuelo fue cortada y expuesta y paseada en un pica por toda la capital. Sólo a partir de ese momento, Muhammad II comenzó a ser considerado como el nuevo califa de al-Andalus, y como tal, a recibir las correspondientes adhesiones y juramentos de fidelidad de los gobernadores de las marcas y provincias del califato, entre ellos el del poderoso esclavo Wadih, comandante de la Marca Media.

Pero, a pesar de la gran oportunidad que tuvo para hacerse querer y consolidar su autoridad en el trono, el nuevo califa demostró ser tan imprudente o más que el propio Sanchuelo. Se rodeó de una corte de visires incapaces y sin preparación alguna, escogidos todos ellos de entre el populacho más ruin y de sus amigotes de fiestas y francachelas, y empezó a vivir con un lujo desordenado; a todo esto, mantenía oculto al destronado califa Hisham II, fuertemente vigilado y privado de todos los placeres de los que tenía costumbre, sin tener valor para asesinarle, ante las posibles represalias que pudiera suscitar el regicidio. Muhammad II anunció la muerte de Hisham II mostrando el cadáver de un judío que se parecía mucho al omeya, al que enterró con todos los honores. La treta levantó inmediatamente las sospechas de algunos familiares omeyas, por lo que Muhammad se vio obligado a encarcelar a algunos de sus propios parientes para cortar de raíz todo tipo de murmuraciones o sospechas.

Uno de esos parientes encarcelados, Sulayman, también bisnieto del gran Abd al-Rahman III, aprovechó la rebelión de los beréberes contra Muhammad II para que éstos le nombraran pretendiente al trono califal. A tal propósito, los beréberes no dudaron en firmar un tratado de alianza con el conde castellano Sancho García, lo cual contradecía peligrosamente la tradición impuesta desde un siglo antes. Ambos ejércitos vencieron a las tropas de Muhammad II en la batalla de Alcolea el 1 de noviembre de 1009. Muhammad II no pudo evitar la entrada triunfal de Sulayman en Córdoba, pero intentó un último recurso sacando a la luz al cautivo Hisham II, al que la gran mayoría suponía ya muerto. En vista de que su estratagema no había tenido éxito, Muhammad II huyó precipitadamente a Toledo, donde aún mantenía fuertes alianzas y fidelidades. Sin ningún estorbo aparente, Sulayman se intituló nuevo califa con el título o laqab de al-Mustain bi-llah ('el que busca el auxilio de Alá').
En su provisional destierro toledano, Muhammad II consiguió levantar un ejército de unos cuarenta mil hombres, en su mayoría eslavos adeptos al general Wadih; además, contó con la colaboración de importantes contingentes catalanes al mando de los condes Ramón Borrell III de Barcelona y Armengol de Urgel. Con una tropa tan impresionante, Muhammad II tuvo pocos problemas para derrotar a Sulayman en una cruenta batalla el 10 de mayo de 1010, contienda que le permitió adueñarse, por segunda vez, del trono califal. Pero, al mes siguiente, Muhammad II se vio obligado a contestar a los ataques del derrocado Sulayman en la serranía de Ronda, campaña que se saldó con el fracaso absoluto del califa, donde perdió la mayor parte de sus mejores hombres.

De regreso a Córdoba para reorganizar a sus maltrechas tropas, los catalanes se negaron a prestar de nuevo su apoyo militar a Muhammad II, quien no tuvo más remedio que resignarse a su suerte y esperar en Córdoba a que las tropas de Sulayman aprestasen el golpe final. Durante la espera, Muhammad II manifestó su disoluto carácter, pues fue incapaza de organizar la ciudad para afrontar convenientemente los ataques del rebelde, por lo que el general Wadih, harto de un hombre tan falto de inteligencia como sobrado de vicios, resolvió asesinarle y reponer en el trono al títere Hisham II. El 23 de julio de 1010, Muhammad II fue ajusticiado por uno de los oficiales de Wadih en presencia del no menos inepto Hisham II.

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Sulayman al-Musta'in (1009-1010)

Quinto califa cordobés de al-Andalus (1009-1010; 1013-1016), bisnieto de Abd al-Rahman III (912-961), nacido en el año 958 en Córdoba y muerto en la misma ciudad el 1 de julio de 1016, asesinado por orden del nuevo califa Ibn Hammud. Durante su tumultuoso reinado se intensificó notablemente la fitna (guerra civil) entre las tres etnias dominante en al-Andalus: beréberes, árabes y eslavos.

Excelente poeta y hombre muy culto, Sulayman se alzó contra su pariente Muhammad II en el año 1009, apoyado por el importante sector beréber, que padecía una persecución sistemática por orden expresa de Muhammad II. Fracasada la primera intentona golpista, Sulayman se refugió junto con sus adeptos en las riberas del río Guadalmellato, donde los beréberes le ofrecieron el título de califa e imán del partido beréber para imprimir con una pátina legitimista lo que constituía a todas luces una rebeldía en toda regla. Después de apoderarse de las plazas de Calatrava y Guadalajara sin apenas oposición, Sulayman sufrió un serio contratiempo en las inmediaciones de Medinaceli, en cuya batalla sus tropas fueron diezmadas por las del excelente general eslavo Wadih, que se había convertido en el único sostén que tenía Muhammad II para seguir como califa.

Sulayman comprendió que para conquistar el califato necesitaba ayuda militar urgente, por lo que pidió la ayuda del conde castellano Sancho García, a cambio de la concesión en plena potestad de varias plazas fuertes situadas en la frontera del valle del Duero, las cuales serían entregadas al conde una vez que Sulayman se sentase en el trono de los omeyas. Seguidamente, Sulayman invitó al eslavo Wadih a que se uniera a su causa y traicionase a Muhammad II, petición que el eslavo rechazó de plano, lo cual reforzó aún más toda la línea fronteriza de la Marca Media. El encuentro irreversible entre ambas fuerzas se produjo en las inmediaciones de la actual Alcalá de Henares en agosto de 1099, y se saldó con una victoria sin paliativos de las tropas coaligadas, lo cual permitió a Sulayman avanzar sin oposición alguna en dirección a Córdoba. El 8 de noviembre de ese mismo año, Sulayman hizo su entrada triunfal en Córdoba sin que Muhammad II pudiera evitarlo, a pesar de que en un intento desesperado sacó a la luz al depuesto califa Hisham II, al que todos ya creían muerto y enterrado. Muhammad II logró esconderse en un lugar seguro de la ciudad hasta que pudo escapar a Toledo, ciudad en la que todavía mantenía un grupo importante de adeptos, con los que al poco tiempo volvería a reclamar el trono omeya que consideraba suyo legítimamente.

Sulayman fue confirmado califa de al-Andalus con el título o laqab de al-Mustain bi-llah (el que busca el auxilio de Alá). El nuevo califa instaló a las tropas beréberes en el magnífico palacio que mandó construir Abd al-Rahman III, Medina al-Zahara, mientras que el conde castellano hizo lo propio en una suntuosa almunia de la capital. Pronto se confirmó un hecho gravísimo para los intereses de Sulayman: su total dependencia de las tropas beréberes que le habían aupado hasta el trono califal, las cuales, en venganza por las humillaciones y persecuciones sufridas durante el reinado de Muhammad II, se entregaron al saqueo, incendios y toda clase de matanzas, con la total aquiescencia del califa. El antagonismo de los cordobeses hacia los beréberes y Sulayman alcanzó su punto más alto cuando este nombró a su hijo como sucesor, maniobra que hizo que sus días en el trono cordobés estuvieran contados.

La reacción de Muhammad II no se hizo esperar. De nuevo, con la inestimable ayuda de Wadih, pudo reunir un impresionante ejército en Toledo, al que se unieron un buen número de contingentes cristianos al mando de los condes catalanes Ramón Borrell III de Barcelona y Armengol de Urgel. La coalición militar impidió a Sulayman cumplir lo pactado con el conde castellano, puesto que en esos precisos momentos se vio incapaz de entregarle las plazas prometidas; la reacción del conde castellano fue dejar solo al califa y retirar todas sus tropas de la capital califal.

Sin más apoyo que los beréberes, Sulayman se dispuso, en una acción bastante suicida y a la desesperada, a hacer frente al avance coaligado, pero fue derrotado el 22 de mayo de 1010 por las fuerzas de Muhammad II, quien se apresuró a tomar por segunda vez el trono cordobés, al mismo tiempo que sus tropas repetían los mismo desmanes de matanzas que anteriormente había realizado los beréberes. Un mes más tarde, el 21 de junio, las tropas beréberes de Sulayman devolvieron el ataque en las inmediaciones del valle alto del Guadiana, donde aniquilaron a más de tres mil hombres de Muhammad II, en su mayor parte catalanes. Muhammad II huyó a la desesperada a Córdoba mientras los condes catalanes rompían la alianza militar. Una vez en Córdoba, Muhammad II se mostró incapaz de ofrecer protección a los habitantes de la capital, por lo que Wadih, harto de tanta incompetencia por parte del omeya, resolvió matarle el 23 de julio y reponer en el trono califal al títere Hisham II. Wadih, en un intento por llegar a un acuerdo con Sulayman, envió la cabeza del depuesto califa al pretendiente y sus seguidores beréberes, e instó a Sulayman a abandonar la actitud revolucionaria y secesionista y a que todos jurasen fidelidad al legítimo califa. Sin embargo, tanto Sulayman como sus partidarios beréberes se negaron a aceptar a Hisham II e insistieron en seguir en pos de su objetivo, aunque esto significase la prolongación de la fitna entre los musulmanes.

El 4 de noviembre de 1010, Sulayman tomó al asalto Medina al-Zahara y puso cerco a la capital, mientras que otro contingente de sus partidarios se dedicaba a reconquistar paulatinamente las principales ciudades andalusíes, como Málaga, Jaén, Elvira y, por último, Algeciras. Sulayman sometió a Córdoba a un durísimo asedio y bloqueo que surtió efecto en cuanto la sed, el hambre y la peste se enseñorearon de la ciudad. El general Wadih intentó huir en medio del desorden generalizado, pero fue asesinado por los líderes cordobeses, quienes se apresuraron a reafirmar en el trono al inepto Hisham II, presa fácil para cualquiera que albergase ambiciones políticas. Finalmente, el 9 de mayo del año 1013, una agotada Córdoba se rindió ante la evidente fuerza militar de Sulayman, acción que por lo menos evitó el más que probable saqueo de la capital.

Nada más hacer posesión, por segunda vez, del Alcázar, Sulayman mandó apresar a Hisham II y se intituló como califa. Parece ser que, una vez en la cárcel, Hisham II fue estrangulado por iniciativa propia del hijo de Sulayman, Muhammad, desapareciendo así el que sin duda alguna fue el peor gobernante de toda la historia del emirato y califato andalusí.

La primera medida que tomó Sulayman al recuperar el poder, fue la de hacer un llamamiento a la calma en todas las provincias y distribuir el gobierno de algunas entre los líderes de las principales familias aliadas (Elvira, Zaragoza, Jaén, Sidonia, Morón, Ceuta y Tánger), medida que provocó la aparición de una nueva realidad política que acabaría imponiéndose una vez que la institución califal desapareciera para siempre, los reinos de taifas (muluk al-Tawaif), ya que en realidad el poder efectivo de Sulayman no iba más allá de los límites territoriales de Córdoba.

El segundo período califal de Sulayman tampoco proporcionó la paz, y sus tres años de reinados acentuaron todavía más las tensiones sociales en vez de mejorarlas. Su total dependencia hacia los beréberes y el favoritismo que les mostró enardeció los ánimos de las elites cordobesas e incluso de gran parte de sus antiguos colaboradores. Ambos grupos reclamaron la vuelta del depuesto Hisham II sin sospechar que éste había sido asesinado anteriormente. El portavoz de la disidencia fue Alí ibn Hammud, gobernador de Ceuta por imposición del propio Sulayman, quien, a finales del año 1013, reclamó el trono cordobés pretextando haber sido el depositario del califato en nombre del depuesto Hisham II, quien según él seguía todavía vivo y oculto.

En la primavera del año 1016, Ibn Hammud abandonó Ceuta, atravesó el estrechom y desembarcó en Algeciras, donde se le unió Jayran de Almería, jefe de los eslavos amiríes de Levante, con quien estaba puesto de acuerdo de antemano, para desde allí dirigirse sin más dilación a Córdoba. El ejército de Sulayman apenas ofreció resistencia armada, dándose pronto a la fuga. Sulayman fue hecho prisionero cuando intentaba escapar. El 1 de julio del año 1016, Ibn Hammud hizo su entrada victoriosa en Córdoba, emplazando a Sulayman a que le entregara, vivo o muerto, al infeliz Hisham II. Una vez que se supo el trágico final del omeya, Sulayman fue ejecutado en el acto por el propio Ibn Hammud, quien se hizo proclamar legítimo califa con el título de al-Nasir li-din Allah ('el que combate victorioso por la religión de Alá').

Muhammad II (1010) Segundo reinado - Mirar la  Biografia del primer reinado

Hisam II (1010-1013) Segundo reinado - Mirar la  Biografia del primer reinado

Sulayman al-Musta'in(1013-1016) Segundo reinado - Mirar la biografía del primer reinado

'Abd al-Rahman IV al-Murtada (1018)

De nombre completo Abd al-Rahman ben Muhammad ben Abd al-Malik, séptimo califa cordobés de al-Andalus (1018), bisnieto del gran califa Abd al-Rahman III (912-961), nacido en Córdoba en fecha indeterminada y muerto en Guadix a mediados de 1018. Fue puesto por los señores de Zaragoza y Almería al frente de un movimiento para expulsar a la dinastía de los hammudíes del trono califal cordobés. Proclamado califa nominal en abril de 1018, no llegó a reinar de hecho al ser asesinado por los mismos que le habían encumbrado.

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Al-Qasim b Hammud al-Ma'mun (1018-1021) Primer reinado

Octavo califa cordobés de al-Andalus (1018-1021; 1023) y gobernador de Sevilla nacido hacia 959 y muerto en Málaga en junio de 1036. Fue hermano del anterior califa, Ali Ibn Hammud (1016-1018), murió asesinado en Málaga, cuando sufría presidio por orden de su sobrino. Pertenecía a la dinastía norteafricana de los idrisí, fundadora de la ciudad de Fez (Marruecos), cuyos orígenes se remontan al propio Mahoma. Su reinado estuvo condicionado por la desconfianza del pueblo cordobés ante un monarca de origen extranjero y por la continua fitna (guerra civil) que sostuvo, por el trono de Córodba, en primer lugar con su sobrino, Yahya ibn Alí ibn Hammud, y posteriormente con un pretendiente omeya, Abd al-Rahman V.

Yahyà b 'Alí b Hammud al-Mu'tali (1021-1023) Primer reinado

al-Qasim b Hammud al-Ma'mun (1023) Segundo reinado - Mirar la biografia del primer reinado.

Abd al-Rahman o Abderramán V (1002-1024)

Décimo califa cordobés de al-Andalus (1023-1024), hermano de Muhammad II al-Mahdi (1009-1010), nacido en Córdoba en 1002 y muerto en la misma ciudad en 1024, ajusticiado por su sucesor Muhammad III (1023-1025). Bisnieto del gran califa Abd al-Rahman III (912-961), tuvo el honor de restaurar en el califato a la dinastía omeya, aunque su reinado fue el más corto -tan sólo de cuarenta y siete días- de toda la historia de al-Andalus.

Tras la expulsión del califa hammudí al-Qasim ibn Hammud, el 9 de septiembre de 1023, los cordobeses decidieron confiar de nuevo sus destinos en un príncipe de origen omeya. El 2 de diciembre se procedió a la elección de califa entre los tres candidatos posibles, todos ellos descendientes directos de Abd al-Rahman III: Sulayman, hijo del malogrado califa Abd al-Rahman IV al-Murtada (1018); Muhammad ben al-Iraqi; y, por último, Abd al-Rahman ben Hisham ben Abd al-Chabbar. Cuando todo hacía prever que la elección recaería sobre el primero de ellos, Abd al-Rahman hizo una entrada de fuerza espectacular en la Mezquita Aljama, acompañado de un impresionante aparato militar, acto con el que se impuso a la multitud allí congregada. El pretendiente fue inmediatamente reconocido por todos y entronizado como califa con el título o laqab de al-Mustazhir bi-llah ('el que implora el socorro de Alá').

A pesar de tener cierta capacidad para la política y de poseer una gran cultura y sensibilidad artística (fue el autor de algunos versos de indudable belleza estilística), su corta edad e inexperiencia en los asuntos de Estado, además de su falta de autoridad para imponerse en un período de crisis tan acuciante como el que le tocó en suerte provocaron su rápida defenestración.

Abd al-Rahman V supo rodearse de consejeros de valía, como Abu Amir ben Shuhayd, Abd al-Wahhub ben Hazam y el gran escritor Ali Ibn Hazam (autor de la magnífica obra El collar de la paloma), pero le faltó tiempo para restaurar la tradición de los grandes emires y califas de su dinastía, tal como era su propósito.

Abd al-Rahman V heredó una califato con el Tesoro Público totalmente esquilmado. Las escasas rentas que pudo recabar apenas llegaban para pagar a la mitad de todos los funcionarios que había reclutado. Semejante panorama le indujo, en contra de sus principios y voluntad, a iniciar una serie de expediciones ilegales para recabar dinero, lo que le granjeó la enemistad de la pequeña burguesía y de los estamentos más bajos de Córdoba, grupos ambos que fueron los más perjudicados. Asimismo, como también carecía de un ejército medianamente competente para afrontar cualquier tipo de ataque exterior, el nuevo califa acogió con muestras de alegría a un escuadrón beréber que llegó a Córdoba a ofrecerle sus servicios. Semejante imprudencia bastó para desencadenar un violento motín en Córdoba. La población acorraló y maltrató a los odiados norteafricanos para, acto seguido, invadir el palacio califal. Abd al-Rahman V intentó sustraerse al furor de la plebe enloquecida, y se escondió en el depósito de leña destinado a los baños reales. En el fragor de la revuelta, los amotinados encontraron en palacio a otro miembro de la familia omeya, también bisnieto de Abd al-Rahman III, llamado Muhammad ben Abd al-Rahman ben Ubayd Allah, el cual se había escondido temiendo por su propia vida. Sin tan siguiera pedirle su parecer, los amotinados aclamaron al omeya como nuevo califa y le coronaron el mismo día de la asonada, el 17 de enero de 1024. La primera medida que adoptó el nuevo soberano, que se intituló con el laqab de al-Mustakfi bi-llah ('el que se satisface con Alá'), fue traer a su predecesor a su presencia y ordenar su ejecución inmediata.

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Muhammad III (1024-1025)

Décimo primer califa cordobés de al-Andalus (1024-1025), bisnieto del fundador del califato Abd al-Rahman III (912-961), nacido en el año 976 en Córdoba y muerto en junio o julio deo 1025 cerca de Uclés (Cuenca), asesinado por uno de los cortesanos que le acompañaban en su huida de Córdoba. Su corto reinado se caracterizó por la progresiva desintegración social y política del califato.

Hijo de Abd al-Rahman ben Abd Allah, asesinado por mandato del general amirí al-Mansur (Almanzor), y de una esclava llamada Hawra, fue encumbrado al califato el 17 de enero del año 1024, a la edad de treinta y ocho años, como consecuencia de una revuelta de los cordobeses en protesta por la aceptación del califa Abd al-Rahman V (1023-1024) de tropas beréberes para engrosar las filas del ejército califal. La turba ciudadana que invadió el palacio lo encontró escondido en una de las dependencias del edificio temeroso por su vida. Sin pedirle su parecer, ese mismo día fue nombrado califa por unanimidad, adoptando el título o laqab de al-Mustakfi bi-llah ('el que se satisface con Alá'). La primera medida de gobierno del nuevo soberano fue hacerse traer a su predecesor y ordenar su inmediata ejecución.

Aunque su proclamación como califa respondió al intento por parte de la aristocracia cordobesa de acabar con la anarquía imperante en los últimos años del gobierno de la dinastía de los hammudíes, Muhammad III no estuvo, ni mucho menos, a la altura de las circunstancias. De naturaleza débil, indolente y libertina, desde el primer momento desató una desenfrenada venganza contra todos sus enemigos políticos, a los que eliminó sin más, como a su primo Ibn al-Iraqi, al que mandó estrangular después de haberle nombrado su heredero. A otros los encarceló, caso de gran escritor y poeta Ibn Hazam (autor de la magnífica obra El collar de la paloma). Semejante acto de depravación e insensatez provocó las iras de los notables de la ciudad, en principio favorables a la dinastía de los omeyas, pero que, paulatinamente, fueron separándose del califa hasta que cayeron en los brazos del depuesto califa hammudí Yahya ben Ali ben Hammud, que estaba refugiado en Málaga.

Muhammad III empeoró más la situación al rodearse en la Corte de personas groseras, sin preparación ni escrúpulos para enderezar un reino que naufragaba por todas partes. El año y medio largo que estuvo en el trono, en medio de grandes desórdenes, se abandonó a la disipación, a la bebida, a la comida y a todo tipo de placeres sexuales, incapaz de hacerse respetar por el pueblo, el cual se mofaba impunemente de él llamándole "miedecillo" o "barriguita", a causa de su conocida cobardía y de su impresionante obesidad.

El hammudí Yahya determinó, por fin hacerse cargo por segunda vez del trono califal, para lo cual empezó a organizar, sin prisa alguna, un gran ejército para asediar Córdoba. Ante la amenaza del hammudí y en vista de que la agitación social era cada vez más fuerte, el pusilánime califa decidió huir antes de ser destronado, ya que lo último equivaldría a una muerte segura.

Aprovechando los tumultos que padecía la ciudad por el asedio al que la tenía sometida Yahya, Muhammad III logró escapar el 26 de mayo del año 1025, cubierto con un velo y disfrazado de cantora, dirigiéndose raudo hacia la Marca Superior. Unas semanas más tarde fue asesinado por un miembro de su guardia personal cerca de la población conquense de Uclés. Nuevamente quedaba vacío el trono califal para que Yahya lo alcanzase por segunda vez, seis meses después de la desaparición de Muhammad III, tardanza que daba pruebas más que suficientes de que Córdoba ya había dejado de ser una presa codiciable para cualquier candidato.

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Yahyà b 'Alí b Hammud (1025-1027) Segundo reinado. Mirar biografía del primer reinado... si se ha puesto alguna de este rey.

Hisam III al-Mu'tadd (1027-1031)

Último califa cordobés de al-Andalus (1027-1031), hermano mayor del malogrado califa Abd al-Rahman IV al-Murtada (1018), nacido en Córdoba en el año 975 y muerto en Lérida en 1036, exiliado de Córdoba y refugiado en la corte del reyezuelo de la ciudad, Sulayman ben Hud. Su reinado coincidió con el final de la institución califal en al-Andalus, que dio paso al período conocido como el de los reyes de taifas (muluk al-tawaif).

Tras la expulsión de Córdoba del último califa hammudí, Yahya ben Ali ben Hammud (1021-1023; 1025-1026), gracias a la colaboración de los reyezuelos esclavos de Almería y Denia, Jayran y Muchahid, respectivamente, en junio de 1026, la nobleza cordobesa, liderada por un miembro de la vieja familia de los Banu Abda, Abu al-Hazam Yahwar, intentó por última vez restaurar el califato en la persona de un miembro de la dinastía omeya. Los notables cordobeses acordaron como requisito para entronizar al candidato que éste fuera reconocido por los numerosos jefecillos y señores eslavos y andalusíes independientes que pululaban por todo al-Andalus, con el fin de presentarlo como una especie de aglutinador o campeón nacional en la lucha contra el enemigo común, los beréberes, considerados como la única fuente de todos los males que venía sufriendo al-Andalus desde la caída de los amiríes en 1009.

Tras una exhaustiva búsqueda de casi un año, se encontró al candidato perfecto. Se trataba de Hisham ben Muhammad ben Abd al-Malik, hermano mayor de Abd al-Rahman IV al-Murtada, el desgraciado héroe de la malograda aventura granadina. El candidato, que vivía desde los primeros tiempos de la fitna (guerra civil) en el castillo de Alpuente, al noroeste de Valencia, hospedado por el señor de la fortaleza, Abd Allah ben Qasim al-Fihri, no manifestó ninguna prisa por tomar posesión de un trono tan peligroso y problemático como era el cordobés. Córdoba había dejado de ser una presa codiciable para cualquier príncipe, omeya o no, que aspirase a un trono vacante. Todo aquel que se instalaba en el Alcázar de los descendientes del Inmigrado (Abd al-Rahman I, fundador del emirato independiente en 756), sabía de sobra que exponía su propia vida por un título despojado de toda su gloria y esplendor pasado, y por unos provechos materiales insignificantes, así como un territorio sobre el que reinar que se extendía un poco más allá del alfoz dominado por la urde de Córdoba. Todas las provincias califales (Sevilla, Granada, Jaén, Elvira, etc), hacía ya mucho tiempo que se habían desentendido de la autoridad califal, gobernadas por sus respectivas dinastías locales. De todos modos, Hisham accedió al requerimiento que se le hacía y fue proclamado califa en el mes de junio de 1027, con el título o laqab de al-Mutadd bi-llah ('el que confía en Alá'), aunque continuó viviendo en Alpuente, mientras esperaba que se desvanecieran por completo las susceptibilidades que su nombramiento había suscitado en Córdoba.

Al cabo de dos años y medio de su proclamación, en diciembre de 1029, Hisham III hizo su aparición en Córdoba, a la cabeza de un pequeño y anodino séquito, y se instaló en el imponente Alcázar heredado de sus mayores. La impresión que causó a sus nuevos súbditos, que no pudo ser más decepcionante, preludiaba lo que habría de ser su reinado.

Tal como sospecharon todos los cordobeses, el nuevo califa no se quedó atrás, en cuanto a mediocridad e incapacidad para gobernar, respecto de sus inmediatos predecesores. Hisham III, recordando los tiempos del califato de Hisham II (976-1009; 1010-1013), delegó el gobierno en su primer ministro. Hakam ben Said, un advenedizo intrigante y antiguo tejedor, al que confirió plenos poderes, mientras que él se preocupaba únicamente de disfrutar con todos los lujos posibles la dorada existencia que le habían procurado los cordobeses. Hakam asumió el verdadero mando de la nave del Estado, con una actitud arrogante que desembocó en una sucesión interminable de abusos de todo tipo, sobre todo económicos, hasta el punto de que el Tesoro Público fue sangrado hasta su último dinar. Asimismo, Hakam despidió a casi todos los funcionarios de la Corte, cuyos puestos cubrió con jóvenes libertinos menos escrupulosos si cabe que el visir y el califa, atentos sólo a su medro personal. Para paliar la ausencia del dinero en las arcas públicas, Hakam impuso una serie de impuestos contrarios a la ley coránica con los que pudo recabar el dinero suficiente para cubrir los gastos derrochadores de una Corte abandonada por completo a la lujuria constante y a la deriva administrativa y política. Ante las lógicas protestas de los juristas coránicos, Hisham III y Hakam amenazaron a éstos con iniciar una represión sangrienta en contra de todo aquel que osara enfrentarse al poder del califa y al de su visir. Semejante episodio colmó la paciencia de la aristocracia cordobesa y selló el principio del fin, tanto del reinado de Hisham III como de la propia institución del califato en al-Andalus.

La aristocracia cordobesa resolvió deshacerse de semejante pelele. Para ello provocaron un levantamiento de la población, liderado por otro familiar de la dinastía omeya, Umayya ben Abd al-Rahman ben Hisham ben Sulayman, al que la aristocracia cordobesa prometió el trono si asesinaba al odiado visir Hakam. La promesa como tal no era cierta, ya que los notables cordobeses, con Abu al-Hazam a la cabeza, habían decidido de antemano prescindir definitivamente del califato como forma de gobierno, dignidad ficticia que ya no correspondía a ninguna realidad, ni temporal ni espiritual, y sustituirlo por un Consejo de Notables que se encargaría de administrar la ciudad y el poco territorio que dependía de ella.

Umayya cumplió con su palabra. Reunió a un nutrido grupo de partidarios descontentos y se apostó con ellos en la calle por la que de ordinario pasaba el visir para ir a palacio. Hakam fue literalmente despedazado el 30 de noviembre de 1031, mientras que su cabeza era paseada por la ciudad en el extremo de una pica ante la general alegría de todos los cordobeses.

Una vez calmados los ánimos, el infeliz Umayya fue conminado a abandonar la ciudad lo antes posibles, so pena de muerte. Hisham III, al darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor, se refugió, muerto de miedo, en una dependencia de la Mezquita, aprovechando un pasadizo que unía ésta con el Alcázar. Reunido el Consejo de Notables, el veredicto de la asamblea fue la pena del destierro para el califa destronado. Aunque Hisham III se atrevió todavía a protestar dicha decisión, en el fondo se felicitó por haber podido salvar la vida, cuando la tónica general ante semejante situación no era otra que la pena de muerte o la ejecución inmediata. Hisham III se exilió en Lérida, donde encontró asilo político bajo la protección de su reyezuelo, Sulayman ben Hud. En 1036 moría en aquellas tierras, de manera oscura y sin aclarar.

Con este lejano y poco glorioso descendiente de Abd al-Rahman I el Inmigrado, finalizó para siempre la larga nómina de príncipes andalusíes que reinaron en al-Andalus. Sin duda alguna, el antaño esplendoroso emirato y califato cordobés no merecía un final tan triste y patético como el que tuvo, proceso iniciado desde el reinado del cautivo Hisham II y que, en tan sólo un cuarto de siglo, se derrumbó como si de un castillo de naipes se tratase. Desaparecida la institución califal, hizo su aparición el período de los reyes de taifas (muluk al-tawaif).

 

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Este sitio se actualizó por última vez el 28/10/08